El terror siempre ha sabido adaptarse a los tiempos, pero hoy se enfrenta a su mayor transformación: la era digital. Lo que antes eran páginas y tinta, ahora son pantallas, algoritmos y experiencias inmersivas. El miedo se está reconfigurando frente a nuestros ojos (y nuestras notificaciones). Ya no basta con fantasmas o monstruos en la oscuridad: el nuevo horror habita en la nube, en los sistemas que aprenden de nosotros, en los ecos de nuestras propias voces almacenadas en servidores. ¿Qué pasa cuando el género que siempre nos hizo temer lo desconocido empieza a reflejar lo más íntimo y cotidiano de nuestra vida tecnológica?
«La emoción más antigua y más fuerte de la humanidad es el miedo, y el tipo de miedo más antiguo y más fuerte es el miedo a lo desconocido» —H.P. Lovecraft.
Quizás el terror del siglo XXI no provenga de lo sobrenatural, sino de lo hipernatural: de esa realidad aumentada que ya no podemos distinguir del sueño o de la simulación. Hay algo poéticamente aterrador en la idea de que nuestras huellas digitales —esos rastros inocentes que dejamos al navegar, al subir una foto o al aceptar “términos y condiciones”— puedan convertirse en la materia prima del próximo relato que nos quite el sueño. En un mundo donde cada historia puede personalizarse, el miedo también se vuelve íntimo, casi artesanal. La pregunta es: ¿estamos preparados para leer un relato que nos conozca mejor que nosotros mismos?
Ya hay señales claras de este viraje. Black Mirror nos acostumbró a los terrores tecnológicos, pero nuevas formas de narrativa van más allá. Plataformas interactivas como Stories Untold o Simulacra mezclan lectura y juego para construir experiencias donde el miedo nace de la interacción. Autoras como Mariana Enríquez exploran el horror urbano desde la sensibilidad contemporánea, mientras Carmen Maria Machado reinterpreta la angustia doméstica y digital desde la perspectiva del cuerpo y la identidad. Y del lado experimental, proyectos como AI Dungeon o LoreCraft (que utilizan inteligencia artificial para generar relatos en tiempo real) insinúan un futuro donde el lector se convierte en coautor de su propia pesadilla.
Claro que no todo es entusiasmo tecnológico. Esta nueva ruta también abre grietas éticas: ¿qué significa que una inteligencia artificial aprenda de nuestras emociones más oscuras para ofrecernos un relato “a medida”? ¿Dónde está el límite entre la inmersión narrativa y la manipulación emocional? Algunos autores hablan ya de la necesidad de una “ética del horror digital”: un marco creativo que proteja al lector de la explotación emocional sin frenar la innovación del género. El reto está en usar la tecnología como una extensión del lenguaje literario, no como un truco vacío.
Quizás el futuro del terror no consista en crear historias más espeluznantes, sino más significativas. Historias que nos asusten porque revelan algo esencial sobre nuestra relación con la tecnología, la soledad y la memoria. El horror siempre ha sido un espejo deformado de lo humano; ahora, ese espejo es una pantalla táctil que nos devuelve la mirada. Lo verdaderamente inquietante no será lo que la inteligencia artificial pueda inventar, sino lo que nosotros, como lectores y creadores, decidamos mirar dentro de ese abismo digital.
Hay libros que se leen, y hay libros que se habitan. En un mercado editorial saturado, donde cada semana nacen cientos de títulos que compiten por un segundo de atención, el diseño —ese lenguaje silencioso que guía la mirada del lector— se ha convertido en una herramienta decisiva. Un buen diseño no es un adorno: es una promesa estética, una invitación a entrar en un mundo narrativo que se siente vivo antes de que el texto siquiera comience. Y cuando ese diseño falla, la experiencia lectora se resiente de manera casi invisible pero devastadora. Tipografías ilegibles, márgenes erráticos o portadas genéricas pueden ser el equivalente editorial de un mal guion con una puesta en escena torpe: el mensaje se pierde antes de llegar.
«El arte es un viaje de ida. El diseño es un viaje de vuelta» —Cruz Novillo (Diseñador gráfico español).
El diseño, al fin y al cabo, es el puente entre la historia y los sentidos. Leer es una experiencia visual, táctil y emocional, una conversación entre el ojo y la mente. Un libro bien diseñado no solo se lee: se respira, se recorre, se siente. En los tiempos digitales —cuando los lectores dividen su atención entre pantallas, notificaciones y la promesa constante de inmediatez—, el cuidado estético puede ser lo que diferencie una lectura efímera de una experiencia memorable. Tal vez por eso el diseño, como la magia en una buena novela de fantasía, funciona mejor cuando parece invisible pero transforma todo a su paso.
Ejemplos de esta alquimia editorial abundan. Sellos como Penguin Clothbound Classics, diseñados por Coralie Bickford-Smith, demostraron que una portada puede ser una obra de arte en sí misma, rescatando clásicos literarios del olvido gracias a su belleza física. En el ámbito de la autoedición, editoriales independientes como Minotauro o Editorial Sigilo cuidan la maquetación con la precisión de un artesano digital: márgenes, ritmo visual, elección de tipografía, interlineado. Todo importa. Un estudio de la University of London (2019) demostró que los lectores asocian la legibilidad y la armonía visual con la autoridad del contenido: un libro mal maquetado no solo se lee peor, sino que se percibe como menos confiable o profesional. En un género como la ciencia ficción o el terror, donde la atmósfera lo es todo, un error de diseño puede fracturar el hechizo antes de la primera página.
Por supuesto, hay quien argumenta que lo esencial está en el texto, que la historia debería sostenerse por sí sola. Y aunque la idea suena romántica, la realidad editorial es mucho menos indulgente. En la era del scroll infinito, la primera impresión visual determina si un lector potencial se detendrá o pasará de largo. El diseño no sustituye la calidad literaria, pero la enmarca, la potencia y la hace accesible. Un mal diseño, por el contrario, puede condenar una buena historia al anonimato, arrastrando consigo la reputación del autor. En redes sociales y plataformas como Goodreads o Amazon, los lectores no perdonan los descuidos visuales: reseñan con dureza portadas mediocres, errores tipográficos o diagramaciones incómodas. Y en un entorno donde la visibilidad lo es todo, una sola mala impresión puede tener consecuencias aplastantes.
Cuidar el diseño, entonces, no es una cuestión de estética superficial, sino de respeto por la experiencia del lector. Un buen diseño editorial es, en esencia, un pacto de confianza: el autor promete una historia digna de leerse, y el objeto libro (físico o digital) promete acompañar esa historia con dignidad. En un mundo cada vez más visual, donde el libro compite con la inmediatez del video y la fugacidad de la red, el diseño se convierte en el último refugio del detalle. Porque cuando un lector abre un libro, no busca solo palabras: busca un lugar donde quedarse. Y ese lugar, si está bien diseñado, puede ser tan inolvidable como la historia que lo habita.
No hay nada más frustrante que leer una historia de terror que no consigue respirarte en la nuca. Las tramas pueden ser ingeniosas, los monstruos memorables, pero si la atmósfera falla, el miedo no prende. La atmósfera es el alma invisible del horror, ese aliento que se esconde entre las líneas, transformando lo cotidiano en una amenaza latente. Más que una descripción, es una presencia viva que crece con cada página, una entidad que acompaña al lector hasta el punto de hacerlo dudar de lo que percibe. Dominarla es un arte, porque el verdadero terror no está en lo que se ve, sino en lo que se siente antes de verlo.
«No hay infierno. No hay cielo. Solo hay este lugar que a veces es terrible y a veces no» —Mariana Enríquez, sobre el terror en la vida cotidiana
Quizás esa sea la magia más pura del género: el poder de invocar lo intangible. Una buena atmósfera no solo sitúa al lector en un espacio narrativo, sino que lo envuelve, lo somete a un ritmo respiratorio distinto, como si la historia latiera en sincronía con su propio cuerpo. Crear atmósfera es una forma de invocación: el autor no describe una casa abandonada, la convoca. No dice que el viento sopla; hace que el lector lo escuche, lo sienta colarse por las rendijas. En ese sentido, el escritor de terror se asemeja más a un médium que a un narrador, canalizando sensaciones que trascienden las palabras.
Autores como Shirley Jackson o H.P. Lovecraft comprendieron esto con precisión quirúrgica. Jackson, en La maldición de Hill House, convirtió una mansión en un organismo sensible, con paredes que observan y pasillos que respiran. Lovecraft, por su parte, no necesitaba mostrar a sus criaturas cósmicas: bastaba con insinuarlas a través de un clima de extrañeza que parecía expandirse más allá del texto. Más recientemente, escritores como Carmen Maria Machado o Paul Tremblay han demostrado que la atmósfera puede ser también emocional, una distorsión de lo doméstico que transforma lo familiar en inquietante. Incluso en el cine, The Witch de Robert Eggers o Hereditary de Ari Aster traducen este principio literario en imágenes: la oscuridad ya no es ausencia de luz, sino una presencia que respira con el espectador.
No obstante, construir atmósferas terroríficas exige un equilibrio delicado. No se trata de saturar con adjetivos o llenar de sombras cada escena. La atmósfera se teje desde la economía sensorial: un sonido fuera de lugar, una textura mal descrita a propósito, una pausa donde el lector espera una respuesta que nunca llega. El terror atmosférico depende de la espera, de la manipulación del tiempo y del silencio. Como señaló Stephen King en Mientras escribo, “el miedo no proviene del monstruo que salta, sino del espacio entre el silencio y el salto”. Esa distancia emocional, ese momento suspendido, es donde la atmósfera demuestra su poder.
Entender la atmósfera como un ente vivo también implica reconocer que cambia con el lector. No hay una sola forma de miedo, y por tanto, no hay una sola forma de atmósfera. Algunas historias respiran frío, otras humedad o claustrofobia; algunas avanzan con lentitud reptil, otras con la súbita violencia de un parpadeo. El reto del escritor es construir un espacio donde el lector no solo lea, sino habite. Cuando lo logra, la atmósfera no termina al cerrar el libro: se filtra en los rincones del dormitorio, en el reflejo del monitor apagado, en el sonido de la casa al dormirse.
En última instancia, la atmósfera es el vínculo más profundo entre autor y lector. Es la voz que susurra desde las páginas, el tacto invisible que hace que un relato no solo se entienda, sino que se sienta. Cuidarla es cuidar la inmersión, la credibilidad emocional y la huella del miedo. Porque las historias se olvidan, pero las atmósferas quedan, como perfumes o heridas. Y cuando un escritor logra que su atmósfera respire dentro del lector mucho después de que el libro haya terminado, entonces ha logrado lo más cercano a la inmortalidad que permite el terror.
Eternitus, la tierra del tiempo eterno donde habitan los merilov, afronta una rebelión. Los lupiriones, cambiaformas encargados de custodiar a los fantagnos, hartos de servir han decidido alzarse contra el reino.
En vista del peligro inminente, Nairea, la reina, solicita ayuda a Enalterra a fin de preservar la vida de Berenge, su primogénita y heredera.
Liam y Connor, príncipes de Enalterra, tendrán la responsabilidad de escoltar a la joven que no es conocida, precisamente por su obediencia, antes de que se meta en problemas de los cuales pudiera no salir bien librada.
Cuarta entrega de la serie «Crónicas de Enalterra».
El roce de una daga al abandonar la vaina se pierde en el fragor del enfrentamiento. Las fauces del lupirión quedan a centímetros del rostro de Berenge. El gruñido ahogado enmudece de golpe. La sangre le salpica la cara. La joven aprieta los ojos para evitar que sus retinas graben aquella agónica expresión. Tiembla a punto de desfallecer. Su mente divaga entre el presente y lo sucedido horas antes. Odia reconocerlo, pero no le queda otra alternativa. Su madre tenía razón, era un blanco fácil. Tendría que haberle obedecido y no darle dolores de cabeza a los príncipes de Enalterra. Pensar en Connor le dispara las pulsaciones. . El recuerdo irrumpe en su psique justo antes de que la engulla el agotamiento.
Berenge avanza a zancadas con las alas tensas y las plumas desordenadas; la contrariedad se le dibuja en el rostro. La reina Nairea la mira de soslayo. Advierte, por su expresión, que se avecina otro de sus berrinches.
—No aceptaré que me envíes a Enalterra justo ahora, Madre —dice y se planta con los brazos cruzados—. Le prometí a mi…
—Tu abuela ha caído prisionera de los rebeldes. Hasta que no controlemos el alzamiento de los lupiriones, te quiero fuera y no se hable más del asunto. No voy a exponer a la heredera de Eternitus a las artes oscuras siendo un blanco tan fácil.
La joven palidece, su mirada pierde animosidad. El gesto altivo de la reina la provoca.
—¡No soy ninguna cría! Quizá no puedo enfrentarme en batalla por mis malditas alas, pero puedo ir a por el antídoto hasta la frontera. Yo…
—¡No discutas conmigo! Te irás con los príncipes de vuelta a Enalterra hasta que resolvamos esta situación. Y ojito con arrastrarlos contigo a cualquiera de tus locuras. ¿Me he explicado bien?
—¡Te entendí, madre, no soy una imberbe; pero no estoy dispuesta a obedecerte!
Berenge da media vuelta, echa a correr y alza el vuelo.
—¡Detenedla! —ordena la reina.
Un par de guardias salen tras la jovencita. Ella les da esquinazo y se oculta entre los arbustos que rodean la muralla del castillo.
Media hora más tarde, un carraspeo seguido de una risita la catapulta como un resorte. La joven se vuelve dispuesta a enfrentar la amenaza. Levanta ambas manos y saca las garras.
—Parece que la princesita está de mal humor —dice Liam risueño—. ¿tú que crees, Connor? ¿La desenmascaramos o le pedimos algo a cambio de guardarle el secretito?
—Capullo —espeta y lanza un zarpazo.
Connor se atraviesa y recibe el arañazo en el pecho. Berenge recula un paso y ahoga un gemido. El labio inferior le tiembla.
—Lo-lo siento, yo…
Connor hace un ademán y niega con la cabeza. Un suspiro cansado se le escapa.
—Podemos hacer esto de la manera sencilla o de la difícil, tú decides.
—Tú siempre tan correcto y remilgado, ¡verdad? Nunca rompes las reglas, nunca corres riesgos. ¿Es que no te aburre la cotidianidad?
Liam pone los ojos en blanco. Connor guarda silencio. Si la princesa supiera cuál es la verdadera razón por la que los enviaron a Eternitus, no diría eso y se volvería un incordio.
—Pues para considerarlo un duermeovejas, bien que le has hecho ojitos todo el verano, ¿no?
—Tú no eres más Estúpido porque no tienes más tamaño ni más edad.
—Basta de puyitas. —Connor mantiene su posición entre ambos—. Ven con nosotros, mi madre de seguro podrá hacer algo más…
—Que os den a ambos —espeta con los ojos encendidos como dos ascuas. —Liam sonríe de oreja a oreja—. Idos al pozo sulfuroso del inframundo exclama y despega en vertical.
Connor inspira hondo. El aroma floral de la princesa se le queda impreso en el olfato. Liam se inclina y recoge varias plumas que han quedado en el suelo.
—Creo que prefiere la opción difícil, hermano.
—Es mejor que la sigamos de cerca. La reina puede ser intransigente en ocasiones, pero esta vez tiene toda la razón. La revuelta no ofrece buen pronóstico y es mejor que estemos preparados.
Los gemelos echan a andar a paso vivo antes de perderle la pista por completo.
🍃
Berenge pierde altura y esquiva, a duras penas, las copas de los árboles que rodean la frontera con Purgius. Aterriza y el impacto contra el suelo le llena los ojos de lágrimas. El bosque de la vigilia constante se muestra más penumbroso que nunca. El crujido de varias ramillas al quebrarse la obliga a ponerse de pie. El dolor en el tobillo derecho casi le arranca un chillido. Inspira hondo y contiene el aire. Recuerda las enseñanzas de su abuela: «lo que no se mueve es más difícil de percibir». En aquel instante se maldice por ser diferente. El intenso escarlata de sus plumas, cabello y ojos la convertían en una diana ineludible. El aroma acre del sudor masculino le irrita las fosas nasales. Las ganas de estornudar le disparan las pulsaciones. Aquello solo obedecía a una posibilidad: lupirión a menos de un metro. Por primera vez, en sus diecisiete años, agradece aquella maldita alergia.
—No temáis, alteza —dice el lupirión con una voz tan grave que la piel de todo el cuerpo se le eriza.
La familiar voz se abre paso entre la neblina de sus pensamientos. Sin embargo, mantiene la intención de ignorarlo. Laurence no es santo de su devoción. Presa de la desesperación hace cuanto puede por evitar estornudar; el hombre la mira con curiosidad. Los ambarinos ojos brillan en la penumbra y compiten con la blancura de esa sonrisa rapaz. El estornudo la estremece. El lupirión suelta una carcajada que silencia la melodía habitual del bosque.
—Yo… —Berenge traga; las manos le sudan.
—Insisto en que no debéis temerme, alteza. No formo parte de la rebelión —dice y avanza un paso hacia ella.
La joven recula. El lupirión ladea la cabeza. Una brisa gélida los envuelve de improviso. El letargo que experimenta Berenge se acentúa; el instinto de supervivencia la obliga a espabilarse. Da un vistazo alrededor. Los ojos del hombre siguen su mirada.
—Debo marcharme —masculla ella y se desplaza en dirección al sonido cantarín del agua.
—El nacimiento del riachuelo perspicaz está en aquella dirección. —Él señala con el índice hacia el sur.
Berenge arruga el entrecejo. «me habré despistado». El pensamiento no tarda en volatilizarse. Los efectos de no haberse hidratado hacen de las suyas.
—¿Estás seguro? Yo tenía entendido que se ubicaba al norte.
El hombre niega con un balanceo suave de la cabeza. Varios mechones se le escapan y le enmarcan el rostro. La joven entrecierra los ojos. La cantinela dentro de su mente se le convierte en un incordio: «No hables con extraños, no confíes en desconocidos ni siquiera si parecen inofensivos y jamás, jamás te acerques a un lupirión por manso que te parezca». La voz de su abuela pasa de largo y apenas roza la densa niebla que le ralentiza los sentidos.
—Puedo acompañaros, si lo preferís. El bosque no entraña peligros para alguien como vos, pero si tenéis en cuenta el alzamiento reciente, cualquier precaución que toméis no está de más.
—No es necesario que os convirtáis en mi guardián. Sé cuidarme solita.
—Perdonad que os contradiga, alteza, faltaría más. Solo cumplo con mi deber como custodio de los fantagnos; si alguno os cogiese… —El lupirión adopta una expresión compungida que se esfuma en segundos, sustituida por la preocupación.
La referencia despierta en Berenge una sensación desagradable que le hormiguea en el estómago. Un fantagnos hijo de puta había atacado a su abuela y ella estaba allí, rompiendo la primera norma que le habían inculcado desde que era niña. Se hallaba tan cerca de lograr su cometido que ignoró todas las advertencias.
—¿Puedes indicarme cómo encontrar las lucídidas?
—Puedo llevaros hasta donde florecen.
Ella niega con la cabeza.
—Indícame el camino, las hallaré.
El lupirión sonríe de medio lado.
—De acuerdo, alteza. Prestad atención.
🍃
Liam y Connor se detienen en el claro de la arboleda al toparse con el montón de plumas escarlata. Ambos jóvenes entornan los párpados mientras evalúan las huellas.
—¿Qué diablos estaría pensando Berenge para irse en sentido contrario? —Liam recoge las plumas y las olisquea.
—La pregunta exacta es: ¿tendría la suficiente claridad para pensar? —Connor dirige la mirada en dirección al sonido del riachuelo—. Ni una sola pisada —masculla.
—Lleva sangre real, no sufrirá los efectos de la hipnesis como nosotros.
—Todavía no ha cumplido los dieciocho.
—Mierda, mierda, mierda. —Liam señala un segundo juego de pisadas.-
—Recarguemos la reserva de agua y movamos el culo antes de que ocurra una tragedia.
—Rastrearla no va a ser nada fácil —dice y vuelve a oler las plumas.
—No hará falta. —Liam arruga el entrecejo—. Si está desorientada no dará con las lucídidas.
—¿No estarás pensando en ir a Purgius o sí?
La determinación en la mirada de Connor responde a su pregunta. Liam maldice y echa a andar tras su gemelo.
🍃
Laurence avanza con sigilo. La fetidez que mana del fantagnos lo orienta pasillo a través. Detiene la marcha en cuanto distingue al par de guardianes. Esos no iban a ser tan sencillos de manipular como la heredera. «Niñata estúpida». La idea de deshacerse de la princesa cobra intensidad. Desde luego, primero se ocupará de la maldita virreina. La boca se le hace agua al imaginar lo suculenta que le resultará la sangre real. Después irá a por la zorra de Nairea y, de postre, el engendro de la naturaleza. Él no hacía caso a profecías ni supersticiones. Poco le importaba la fantasía que su pueblo había tejido respecto de la primogénita; derramaría su sangre y la de cualquier merilov que se interpusiese en su camino con tal de obtener lo que le correspondía. Adoptó forma animal y se lanzó a por sus presas.
🍃
Berenge avanza a zancadas. El hedor ferruginoso le eriza la piel; el silencio se le clava en el corazón como cientos de alfileres candentes. El crujido del manto colorido de plumas al aplastarse le encoge el estómago. Un gemido lejano la empuja a correr. La escena que la recibe enardece su sentido del honor. La bestia que acorrala al guardia contra la pared, da un giro imposible y se abalanza sobre ella. La joven pliega las alas y da una voltereta atrás; rueda sobre sí y se incorpora tambaleante con las garras listas para atacar. A sus pies las flores que llevaba consigo yacen aplastadas. La distracción le brinda tiempo suficiente al guardián para desenvainar la espada. El grito de su abuela casi le detiene el corazón. Con el pulso a todo galope se eleva en dirección al torreón norte. Los efectos de la primera fase de la hipnesis se hacen sentir. Por una fracción de segundos se desorienta. El ruido de la reyerta la obliga a mirar hacia abajo. Los rebeldes habían atravesado la muralla del castillo brumoso. La situación es mucho peor de lo que se imaginaba. Agita las alas en un intento de imprimirse velocidad. Lo único que consigue es agotarse casi hasta el límite.
Posa los pies en el pequeño balcón a duras penas. Avanza y atraviesa el umbral. La habitación permanece en penumbras. El hedor le revuelve las tripas.
—¿Abuela?
—Mi pequeña —dice la anciana con voz grave.
—Te ves tan… —Ella titubea unos segundos antes de permitirse dar el primer paso—. Diferente.
La virreina se aproxima. El brillo de sus iris es menos deslumbrante.
—Efectos del maldito fantagnos, querida —dice en voz muy baja.
Berenge estornuda una, dos, tres veces. Un escalofrío le recorre de pies a cabeza. La piel se le eriza. Su cuerpo responde ante la amenaza que perciben sus sentidos y que su mente aún no procesa.
—¿¡Qué hiciste con mi abuela?!
La anciana sonríe con malevolencia. En segundos la piel arrugada se resquebraja y termina sustituida por una densa capa de pelaje oscuro. El rostro se deforma y un hocico surge en lugar de la aguileña nariz. Las fauces ocupan el espacio de los labios femeninos y la hilera de dientes casi triplican su tamaño.
—¿No se os ocurre que pude haber hecho con ella, alteza? —La voz casi gutural de la bestia le provoca una sensación de vacío en el estómago.
—Laurence…
—A vuestras órdenes.
La criatura da un salto inesperado hacia ella; la joven recula. Lanza el brazo derecho al frente; las garras alcanzan a penetrar la gruesa capa de pelos.
—¡Aléjate!
La criatura emite un sonido entre rugido y risa burlona; segundos más tarde se lanza a por ella. La joven reprime el quejido que amenaza con escapársele al chocar contra el suelo.
—No tenéis oportunidad.
—Eso está por verse —masculla y le clava las garras en el abdomen.
La bestia usa sus zarpas contra los brazos de Berenge. Débil por el esfuerzo y los efectos de la segunda fase de la hipnesis, la joven apenas logra evitar que las fauces de la bestia se cierren alrededor de su garganta.
La lucha desigual le pasa factura a la heredera de Eternitus. Una lágrima furtiva le recorre la mejilla. El lupirión la recoge con la lengua y se regodea con el aroma del miedo que exhala en cada jadeo.
El grito se le hace familiar y la catapulta de vuelta al presente. Parpadear es un verdadero incordio y las náuseas no tardan en apoderarse de su garganta. Connor se aleja del portal; Liam lo sigue de cerca. El lupirión articula alguna palabra que se termina desvaneciendo en los predios de la muerte.
—Quitádmelo de encima, por favor —suplica la joven mientras se esfuerza por no vomitar.
Liam recoge la daga y empuja el cuerpo de la bestia. El lupirión inicia la transmutación a fantagnos.
Consciente del riesgo que implica enfrentarse a un espíritu sediento de venganza, Connor desenvaina su espada y tras varios golpes secos, le escinde la cabeza. El cuerpo combustiona y deja un cúmulo de cenizas que se convierten en polvo con lentitud.
—Bebe —Le ofrece Liam a la joven.
Ella niega con la cabeza. Harto de la actitud malcriada de Berenge, Connor suelta la espada, le arrebata el recipiente a su hermano, lo destapa y le presiona las mejillas a la joven de tal forma, que la obliga a abrir la boca y a beber.
—Serás… —tose repetidas veces—. ¡Bruto! —espeta y se pone en pie.
Liberada de la hipnesis, recobra buena parte de sus habilidades.
—No pretendo incordiar, pero ten en cuenta que nos has complicado mucho las cosas —dice recogiendo la espada de su gemelo—. Agradece que en medio de todo, sigues siendo su prioridad.
Berenge le lanza una mirada asesina.
—Nadie te ha pedido tu opinión —reprocha Connor—. Cierra esa bocaza que tienes.
El príncipe pone los ojos en blanco y le entrega la espada; luego da media vuelta.
—Después no digas que no te echo una mano.
—¿A dónde crees que vas? —Berenge le corta el paso.
Liam extrae de la bolsa que lleva atada a la cintura, un ramillete de flores que abren y cierran los pétalos como si sus capullos palpitaran.
La joven se sonroja. El recuerdo de las flores que había dejado caer la abofetea. Además de debilucha era una verdadera ignorante. ¿Cómo no se había fijado que las flores que ella había cogido no palpitaban?
—Si me permites —dice el joven y la esquiva—. Voy a ocuparme de que la virreina sea liberada.
—Lo lamento, Liam. —El príncipe hace un gesto con la mano libre y avanza hacia la cama.
Connor se le acerca; Berenge sigue con las mejillas arreboladas.
—Soy una inútil.
—Eres malcriada, no una inútil. Azotarte no sirve de nada —dice y le retira un mechón del rostro—. Lo importante es que reconozcas el fallo y rectifiques.
—¿No me odias?
—Me exasperas más veces de las que me gustaría, pero ¿odiarte? No me has dado motivos de peso para ello.
Ella da un paso hacia él. Connor le mira la boca; traga saliva y asciende hasta fijar los ojos en aquella mirada escarlata.
—En agradecimiento, ¿aceptarías que te invite a comer? Podemos pasar un rato muy agradable, me comportaré, lo juro —asegura con tono seductor.
—Mira, yo… este —Connor desvía la mirada.
Berenge se vuelve. La expresión de la reina de la tierra del tiempo eterno, augura una tempestad.
—¿Cómo te atreves a dirigirte al príncipe en esos términos? ¡Serás confinada en tu habitación lo que resta del verano!
—¡Mamá!
Connor se interpone entre ambas a riesgo de que cualquiera de las dos o ambas inclusive, le claven las garras.
—Vuestra hija no ha roto el protocolo, majestad —asegura el príncipe—. Ambos la hemos autorizado a que nos trate con familiaridad.
—Habéis hecho mal, alteza —reprocha con severidad.
—¿Ahora qué hiciste, hermano? —pregunta Liam mientras sujeta a la virreina que va junto a él.
—Madre —susurra Nairea con voz trémula.
—¡Abuela!
Berenge corre y abraza a la anciana. La virreina responde al gesto con cierta solemnidad.
—Venga ya, no me he muerto. Aparta el dramatismo, ninea.
El apelativo cariñoso le anega los ojos de lágrimas. Berenge traga varias veces. Logra recomponerse a duras penas.
—¿Llevaréis a la virreina con vosotros? —pregunta Nairea—. Quizá Brianna podría asegurarse de que…
—Estoy perfectamente bien, Nairea.
Antes de que ambas mujeres se enzarcen en una pelea infinita, Berenge interviene:
—Ven con nosotros, abuela —pide con suavidad—. Ya sabes que el protocolo se me da fatal. Además, mientras menos dolores de cabeza tenga la reina aquí, más pronto acabará de solucionar este asunto.
La virreina levanta una ceja.
—Solo me faltaba que tú también me tomes por estúpida, ninea.
—Abu…
—Abu una cornamenta completa de unicornios. El protocolo se te da a la perfección; otro asunto es que pases de él cuando te apetece. No obstante, como entiendo que has mentido en favor de colaborarle a tu madre, no te dejaré colgada de cabeza por demasiado tiempo. Ahora vamos, quiero a Eternitus en orden. Vosotros dos, ¡a qué esperáis? Abrid el portal hacia Enalterra.
—Como ordene, mi señora —dice Liam, risueño.
La virreina le da un cachete cariñoso.
—Qué buen chico, si señor.
—Informad cuando lleguéis al castillo —exige Nairea.
—Así se hará, majestad —responde Connor justo antes de crear el portal.
La reina asiente, satisfecha. Liam atraviesa el portal acompañado de la virreina. Berenge los sigue de cerca. De improviso se da media vuelta:
—Entonces, ¿aceptas salir conmigo?
El joven reprime la sonrisa y permanece todo lo serio que le permite el corazón; en cualquier momento el órgano va a salírsele por la boca como siga palpitando así, a todo galope cual unicornio en estampida. «Si vuelves a pedirme que salga contigo, no respondo». El pensamiento se esfuma en cuanto divisa el comité de bienvenida que les espera del otro lado. Connor se dispone a observar y callar. Al menos esta vez ni él ni Liam eran responsables del embrollo. La lianta era otra y él no iba a perderse aquel espectáculo.
En un futuro distópico donde la línea entre la evolución y la ética se difumina, Randra, una joven esentialis, presencia la cruda realidad de una sociedad dividida por el poder y la experimentación. Cuando una clase (constituída por individuos indispensables para la supervivencia de la élite) se convierte en víctima de un sistema corrupto, Randra se ve obligada a tomar una decisión que cambiará su vida para siempre. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar para poner fin a la opresión y la desigualdad?
Experimentum es una emocionante historia de ciencia ficción que te sumergirá en un mundo oscuro y lleno de secretos, donde la ética y la moralidad son puestas a prueba.
Sácarac, 2055 d. CM.
Randra procesó el último lote de alimentos sintéticos. Por el rabillo del ojo miró el reloj; faltaban cinco minutos para que terminara su jornada. El calor bajo el traje de seguridad le perló la frente de sudor. Detuvo la máquina y pulsó el botón. La voz sintética le dio la autorización y salió a prisa.
Caminó pasillo a través en dirección al cuarto de intercambio. Colgó el traje, abrió su casillero y cogió la pequeña mochila. Echó un vistazo alrededor y después de asegurarse de que ningún obrero andaba por ahí, entró en el baño.
El rostro andrógino que observaba en el espejo arrugó la nariz, juntó las cejas y apretó los labios. «Porquería de maquillaje», pensó mientras corregía el tono de piel. Usó el labial y cerró los ojos mientras fijaba el polvo con el sellador. Guardó el maquillaje y se aplicó el atenuador con destreza; enseguida sus rizos rebeldes se escurrieron, adoptando un tono azabache opaco que cubrió el bonito caoba oscuro de su pelo. Respiró hondo y asió el frasco de perfume. Pulsó el atomizador; odiaba el olor a químicos que se le impregnaba en la piel al utilizar ese maldito traje.
La sirena de salida le aceleró el pulso. Revisó los lentes de contacto con rapidez, el derecho le molestaba horrores. Tragó saliva. La sed Hacía de las suyas. Cogió una esponja hidratante y se la metió en la boca en el instante en que abrían la puerta.
—No sé cómo haces para finalizar siempre a tiempo y parecer recién salida de la ducha —dijo una de las obreras que entró.
Randra se colgó la mochila con agilidad.
—Cuestión de práctica —respondió y les guiñó un ojo.
—Exigencias del curro nocturno —dijo otra—. Como llegue vuelta un asco la echan de patitas a la calle.
—Eso también. En «Apocalipsis» son exigentes —dijo y apretó el paso.
—No sé cómo trabaja en ese lugar —murmuró otra de las obreras.
Las palabras le llegaron amortiguadas.
—Mera supervivencia, querida —masculló para sí.
Randra puso un pie fuera de la fábrica. La luz solar todavía no atenuaba su fulgor. Exhaló el aire y echó a andar. «Otro día más sin que me pillen», pensó mientras caminaba a zancadas hacia el transportador.
⭑
El sicario verificó el monto recibido. 5 000 DIEC. Enseguida saltó la notificación del chat. Leyó el mensaje y frunció los labios. Deslizó los dedos sobre la pantalla y pulsó en enviar. Permaneció atento a la respuesta.
La curiosidad lo impulsó a abrir el adjunto. Un cosquilleo desagradable le erizó la piel cuando se fijó en los ojos desiguales que le devolvían la mirada. El rostro de rasgos andróginos apenas representaba el principio de la adultez.
El sonido de la notificación interrumpió el carrusel de pensamientos. «Maldito Ripe y su emporio». Envió la respuesta y bloqueó la pantalla. Giró la muñeca y miró el reloj. Faltaban quince minutos para que el sol se ocultara y la ciudad despertara del letargo diario.
El sicario cogió los cuchillos y los envainó. Tiró del chaquetón que colgaba en el perchero y se puso las gafas oscuras. Entró en la cocina, abrió el congelador y pilló una tira de esponjas hidratantes. Aunque todavía tenía en existencia, se haría con otro lote. Después del Cataclismo Mundial, los agujeros en la capa atmosférica transformaron a la superficie terrestre en un infierno.
El agua potable se había convertido en el activo de más valor, los alimentos escaseaban debido a la disminución de animales y vegetación. Si quería permanecer con vida no debía descuidar sus existencias.
El ruido de las persianas automáticas lo invitó a asomarse al exterior. De pie en el salón, ignoró la palidez que le devolvía su reflejo en el cristal. Detestaba la idea de verse obligado a acudir al mercado negro. Constató que el ocaso se alzaba por fin y salió a cumplir con el último encargo, no iba a exponer su culo por mucho tiempo más.
⭑
Ripe abandonó el despacho presidencial. Tomó el ascensor privado y descendió al sótano. Caminó por el pasillo y entró en el laboratorio. Fijó la mirada al frente. Contempló la escena que ocurría tras el cristal con una impasividad espeluznante.
Experimentar con humanos estaba vetado por el Legislatium. Desde luego, esa restricción le tenía sin cuidado porque él presidía la organización y Zue-Lab, su corporación, financiaba las operaciones a lo largo y ancho de la región. En pocas palabras, él creaba las leyes y las violaba a conveniencia.
La cámara empírica era un espacio aséptico e insonorizado. Sin embargo, no necesitaba oír; la expresión del sujeto de estudio era lo bastante elocuente como para percatarse de que sufría, probablemente, producto del dolor y las reacciones adversas que experimentaba su organismo.
El sistema disparó la alerta naranja. Ripe apretó los dientes. «Puta mierda». Desde que cientos de enfermedades surgieron sin explicación aparente y la humanidad entró en un ciclo decadente del cual no había podido librarse, él, continuaba sin obtener los resultados que buscaba.
El jefe del laboratorio se quedó petrificado al encontrarlo de pie junto al cristal. Tragó saliva y permaneció inmóvil.
—Invierto DIEC a diestra y siniestra y tú sigues fallando. ¿Por qué no debería deshacerme de ti?
El científico palideció. Sofocado por el traje y el nefasto resultado, sudaba como un cerdo. Un mínimo ademán de su inesperado visitante y se retiró la máscara protectora.
—Estamos muy cerca —dijo en voz baja.
—Llevo oyendo lo mismo durante los últimos tres años. Comienzas a agotar mi paciencia y la del sicario.
—Hago… hacemos lo que podemos —se corrigió—. Hemos logrado alargar los períodos de inactividad del virus y…
—Pero seguimos sin poder exponernos a la luz solar, teniendo que depender de esos… putos surtidores —dijo en voz alta—. ¿De qué nos ha servido acorralarlos y someterlos, si al final tienen el poder de…
—Ellos no lo saben —interrumpió el científico—. Eso juega a nuestro favor. Mientras crean que surtirnos de su sangre es una excentricidad de la clase alta, los tendremos en nuestro poder y contaremos con tiempo y especímenes. Estamos cada vez más cerca.
Ripe negó con la cabeza.
—La organización de naciones Confederadas ha puesto la vista sobre nosotros. Las desapariciones y la dinámica de nuestro ecosistema actual no encaja con la mayoría y en la última reunión los delegados hicieron demasiadas preguntas.
—Comprendo…
Ripe lo acorraló en dos zancadas.
—No, no has comprendido —dijo mientras lo cogía por el cuello—. El sicario insiste en abdicar y la ONC nos respira en la nuca. Tendrás una última oportunidad y más te vale no volver a fallar.
El científico asintió con un leve movimiento de cabeza. Ripe lo soltó, se limpió las palmas en el propio traje de protección y abandonó el laboratorio con el rostro sombrío.
⭑
Randra miraba por el cristal del transportador. La calle mostraba la misma cara de siempre: suciedad y desolación. Los despojados de estatus comiendo de la basura; los surtidores prostituyendo sus venas en el mercado negro. El corazón le dio un vuelco cuando atisbó aquella pequeñaja entre las zarpas de ese eliteum. ¿Cuánto tiempo más soportaremos esta miseria?
Desvió la mirada porque no quería guardar el recuerdo de una muerte más en su memoria. «Maldita cobarde», se reprochó. Reprimió la lluvia de azotes morales que solía infligirse de vez en cuando. El timbre estridente del transportador la sacó de su ensimismamiento. Adoptó el semblante habitual que la caracterizaba y bajó en la estación.
⭑
El sicario redujo la velocidad y estacionó una cuadra antes del «Apocalipsis». Apagó el motor y se guardó la llave en el bolsillo interno. Se apeó de la motocicleta y echó a andar hacia el callejón.
Surtidores y eliteums realizaban transacciones sin darle la menor importancia a encontrarse en un callejón mugriento. Ubicó a su surtidora de confianza y apretó el paso.
Randra caminaba a toda prisa. El tiempo se le había echado encima y como llegase tarde, no se libraría del idiota del supervisor. Maldijo al encontrarse con el callejón en pleno apogeo. Empujó aquí y allá para aproximarse a la entrada lateral y así escabullirse de las cámaras. Una vez adentro siempre podría inventar cualquier excusa.
⭑
La vibración de los drones de vigilancia antecedió a la voz sintética que advirtió el arribo del escuadrón de seguridad. El caos convirtió el callejón en un pandemónium. Varios surtidores echaron a correr.
Randra quiso evitar la marabunta. En el intento tropezó y empujó a una pareja que aún no finalizaba el intercambio. El sicario levantó la cara. De sus comisuras chorreaba parte de la sangre que todavía no había podido tragar.
Ambas miradas se encontraron durante algunos segundos. Las retinas del sicario evocaron los recuerdos recientes. Empujó a la surtidora y avanzó hacia su presa. Randra reculó un paso. El cambio repentino en la expresión de aquel sujeto le disparó las pulsaciones. El destello de reconocimiento que advirtió en esas pupilas solo podía significar una cosa: la habían encontrado.
Echó a correr sin mirar atrás. El sicario le pisaba los talones. A punto de abandonar el callejón la alcanzó. Tiró de la mochila y se la arrancó. La apresó desde atrás y chocaron contra la pared del local. Él desenvainó un cuchillo. Ella le asestó un codazo en el abdomen.
El sicario aflojó el agarre de la empuñadura. Ella giró sobre sus talones y le asestó una patada en los huevos. Doblado sobre sí, no tuvo tiempo de evitar el rodillazo que le dio de lleno en la nariz.
—zorrita hija de puta… —masculló y escupió sangre—. Te atraparé no importa lo que hagas.
—Ya lo veremos —respondió y le asestó una patada en la cara.
Las gafas del sujeto salieron despedidas. Los cristales, convertidos en esquirlas atravesaron la pálida piel. El sicario cayó de espaldas. Randra aprovechó para hurgar entre sus ropas. Cogió el cuchillo y el llavero Okionkay.
Él reaccionó y la cogió por la muñeca. Ella le clavó el cuchillo en el antebrazo. Forcejearon durante algunos minutos. La voz del oficial los paralizó una fracción de segundos. Ella aferró la empuñadura y se hizo con el cuchillo. Lo arrojó en dirección al oficial y salió a la carrera. El uniformado esquivó el filo a duras penas y apuntó al sicario.
—¡Sigue a la espectrum! —dijo a su compañero—. YO me ocupo de este.
—¡Idiotas! —gritó el sicario—. Habéis jodido mi misión —mintió.
Ambos hombres palidecieron al reconocerlo.
—Te-teniente, Schrödinger.
—Dame tu arma, inútil —ordenó y se la arrancó de la mano.
Schrödinger echó a correr seguido por el par de oficiales.
⭑
Randra avistó la Okionkay y amplió las zancadas. Trepó al asiento e introdujo la llave en el switch de encendido y la giró, pulsó el botón de arranque y metió la tercera marcha. Pisó el embrague y empujó. Arrancó a toda velocidad justo cuando el par de oficiales le salió al paso. Esquivó a la pareja e ignoró las voces de alto.
Schrödinger disparó. Falló cada tiro. La hija de puta lo había podido joder. El pulso le temblaba y el dolor en el rostro no le permitía pensar con claridad. Maldijo a Ripe mil veces y a sí mismo por no haber cortado por lo sano antes.
La fugitiva tomó la autovía principal seguida por el escuadrón de la seguridad nacional. El uniformado que conservaba su arma de reglamento disparó. La llanta trasera explotó y Randra casi pierde el control de la motocicleta. Activó el sistema de suspensión. El oficial volvió a disparar. El olor a combustible se le filtró por la nariz y le revolvió el estómago.
Soltó el manillar; el viento y la velocidad hicieron el resto. Otro disparo rozó el tanque y el chispazo desencadenó la explosión. Por fortuna la motocicleta no había logrado altura y la vegetación amortiguó el impacto.
⭑
Randra rodó sobre sí. La fetidez le provocó arcadas. El sonido del agua le encogió las tripas. Estiró los brazos buscando asirse para evitar caer al río. El estómago le dio un vuelco en el momento en el que esa mano pálida la sujetó con firmeza.
—Te lo advertí —susurró Schrödinger.
—¿Teniente? ¿La encontró? —La voz del oficial se oía lejana.
—¡Cayó al río! Informad a la central que hemos perdido a la fugitiva.
Randra miró al sujeto boquiabierta. Schrödinger le sostuvo la mirada y arrugó el entrecejo. Se inclinó sobre ella y le frotó la piel del rostro con el pulgar. Abrió mucho los ojos al distinguir el tono alabastro que ocultaba el mejunje oscuro que simulaba la piel de una espectrum cualquiera.
—Fija la mirada o quítate las lentillas —le exigió.
—No sé de qué hablas —mintió Randra.
—No me hagas perder la paciencia —amenazó con el arma—. Quítatelas.
Ella obedeció. Schrödinger clavó la mirada en los iris desiguales y soltó una ristra de imprecaciones. Randra se encogió y cerró los ojos un instante.
—¿Vas a llevarme con él? —preguntó resignada.
—¿Con quién?
—Ripe. ¿Acaso no te envió él?
El teniente entornó los ojos.
—¿De qué hablas?
Ella abrió los ojos. La incredulidad se mezcló con la desconfianza innata que solía acompañarla día y noche desde que su familia entera desapareció.
—Eres un cazador, ¿no?
—¿Cazador?
Ella se incorporó. Las sirenas se oían cada vez más lejanas.
—No tienes pinta de ser un idiota —masculló.
—Más respeto. Todavía puedo volarte la cabeza.
Ella fijó la mirada en el cañón y asintió tragando saliva.
—Llevas razón, disculpa —dijo a regañadientes.
—¿Qué historia es esa de cazadores? Trabajo para Ripe como limpiador, sicario si lo prefieres.
Randra negó con un balanceo casi imperceptible. La condescendencia se asomó en su mirada.
—Quizá no eres idiota, pero sí muy ingenuo. ¿Esperas que crea que no tienes idea de qué hablo?
El rostro de Schrödinger se ensombreció. La mocosa lo estaba sacando de quicio.
—Lo que creas me tiene sin cuidado. Ahora, responde mi pregunta de una puta vez, niñata.
—Los ejecutores, limpiadores, sicarios… vamos, oficiales bajo las órdenes de Ripe, esos encargados de las OLPS, son cazadores, ni más ni menos. Esas supuestas «Operaciones de Limpieza de Perturbadores Sociales», no son más que cazas encubiertas.
El teniente abrió y cerró la boca. ¿Habría sido tan idiota para tragarse las historias de Ripe? Apuntó a la chica. Ella no parpadeó.
—me estás queriendo decir que cazan… cazamos personas? ¿Para qué?
Ella asintió con la cabeza en un movimiento sutil.
—Experimentum…
Schrödinger bajó el arma.
—Eso es un mito. Además, No tiene sentido, yo siempre le entregué cadáveres.
Ella se encogió de hombros.
—No siempre tienes que estar vivo para que experimenten contigo.
Él se le quedó mirando unos segundos. El asco le revolvió las tripas y contuvo las arcadas a duras penas.
—¿Cómo es que sabes todo esto?
—¿Qué más te da? Hace nada ibas a matarme, ¿no? Es a lo que te dedicas, a asesinar.
El teniente gruñó, exasperado.
—Mira, una cosa es limpiar el ecosistema de perturbadores sociales con el fin de garantizar la paz y nuestra prevalencia como especie y otra muy distinta participar en esa aberración de experimentos humanos. Jamás Hice sufrir a ninguno de mis objetivos —dijo en voz baja—. Se suponía que era por una buena razón, ¿lo entiendes? Ripe nunca me dijo…
Al teniente se le quebró la voz. Le dio la espalda para recomponerse.
—Quizá tú no, pero él y sus científicos sí y si nadie lo detiene… Condenará a toda Sácarac a la extinción.
Schrödinger se estremeció. Randra sopesó sus posibilidades. Quizá si admitía la verdad ganaría tiempo a su favor y por qué no, un aliado. Usó su propia camiseta y se limpió el resto del maquillaje.
—¿Por qué debería creerte?
El teniente volvió el rostro para enfrentarla. Clavó los ojos en ella.
—Puedes entregarme o rebelarte contra este maldito sistema.
—¿Eres una esentialis? Se supone que sois una quimera.
—la verdadera quimera es la teoría de nuestra extinción. Desaparecimos a la vista de nuestro enemigo, pero seguimos entre vosotros.
Schrödinger desvió la mirada. A lo lejos, las pocas estrellas que aún brillaban en el manto nocturno competían con las luces de la ciudad. La esentialis aguardó en silencio. La espera se le hacía tortuosa. ¿Habría cometido un error?.
El teniente inhaló y exhaló muy hondo antes de devolverle la mirada. Hervía de rabia por haberse tragado el anzuelo de Ripe y, al mismo tiempo, experimentaba un desasosiego inusual.
En apenas unas horas todo su sistema de creencias se desmoronó como un castillo de naipes. Perdió el norte y el sentido de su existencia tal y como la había concebido. Esa niñata había puesto su mundo de cabeza.
—¿Me entregarás? —preguntó con voz trémula.
El miedo que escondía aquella interrogante lo sacó de sus cavilaciones. La observó con detenimiento. ¿Cómo podría alguien considerarla una amenaza mortal? Lo averiguaría sin duda.
—No… Por ahora.
—¿Qué harás conmigo?
Schrödinger puso el seguro del arma y dio un vistazo alrededor.
—Mantenerte a buen resguardo mientras me ocupo de resolver este embrollo. Es mejor que todos te sigan dando por muerta. Después… ya veremos.
Randra disimuló el alivio; no contaría puntos a su favor hasta no estar segura de que aquel eliteum no la llevaría directo a las fauces del lobo. Él le hizo un ademán para que lo siguiera. Abandonaron las márgenes del río.
—¿A dónde vamos?
—Al único sitio en donde Ripe no se le ocurrirá buscarte.
Ella lo miró ceñuda.
—Ni siquiera sé cómo te llamas.
—Schrödinger.
«Vaya si le queda el nombre«, pensó y aceleró el paso para no quedarse atrás.
⭑
Ripe permanecía sentado tras su escritorio con las yemas de los dedos juntas y los ojos fijos en la pantalla. Las imágenes de la persecución permanecían estáticas.
Un par de golpes atrajeron su atención. La puerta del despacho presidencial se abrió despacio. Ataviada con el uniforme de Zue-Lab, su asistente precedía a la visita que estaba esperando.
—El teniente Schrödinger, señor.
—Gracias, puedes retirarte. No voy a necesitarte hasta mañana.
La asistente asintió con un gesto leve y cerró la puerta tras de sí.
—¿Visita oficial? —Dijo y lo invitó a sentarse con un ademán.
Schrödinger permaneció de pie.
—La ONC quiere respuestas.
—Yo también las quiero —dijo y desvió la mirada de vuelta a la pantalla—. ¿Por qué no cumpliste el encargo?
—De hecho lo hice. El objetivo fue eliminado —respondió en voz muy baja.
Ripe se levantó y rodeó el escritorio en dos zancadas.
—Te pago 9 000 DIEC para que te hagas cargo de una labor que cualquiera de tus compañeros haría gustoso por su salario convencional. ¿Cómo esperas que confíe si no me entregas pruebas?
El teniente se cruzó de brazos y entornó los ojos.
—Qué más da? Un cadáver más uno menos… No entiendo la insistencia con el tema de los cuerpos. Soy un oficial…
—Eres un maldito sicario a mi servicio y si te pago por un sujeto, quiero al sujeto, ¿se entiende? —espetó Ripe.
La conversación que había tenido con la esentialis tres noches atrás surgió desde un rincón de su memoria. El tono hostil de su interlocutor despertó la rabia que llevaba aletargada a marchas forzadas. Mantener la serenidad le estaba exigiendo más de la cuenta.
—¿Para qué? —preguntó en voz alta.
—No te pago para hacer preguntas —dijo y volvió a su sillón.
—Tampoco para exponer mi culo mientras permanece ahí sentado sin que la mierda lo salpique. Le advertí que las desapariciones llamarían la atención si continuaban a ese ritmo. Esta vez no…
—Un encargo más —dijo y carraspeó con suavidad—. Te pagaré 18 000 DIEC si te ocupas de traerme al siguiente sujeto con vida.
—¿Qué tiene de especial para que lo quiera con vida?
—No es tu asunto, pero para tu tranquilidad, es un alborotador de los despojados. Lo queremos con vida para mantener las zonas rojas en calma —mintió sin reparo
El teniente advirtió el engaño. Aquella oferta ocultaba un trasfondo oscuro que descubriría antes de que la ONC le pusiera precio a su cabeza. Ripe acababa de firmar su sentencia sin apenas darse cuenta y él se encargaría de ejecutarla.
Liam y Connor no dejan de meterse en líos; esta vez, han arrastrado a la heredera del reino de las hadas de plata. Los gemelos no han estudiado para sus exámenes en el mundo mortal y pretenden ubicar los Cyrgüiles (frutos del conocimiento perenne) que solo se dan en el oasis de la luz perpetua; paraíso escondido en Dunay, el desierto del silencio infinito. la pequeña Amoena, hija de Caléndula y Napellus, abrirá el portal que los llevará a su destino. El problema es que su falta de experiencia los conducirá al desierto del silencio infinito y los dunayros no son conocidos, precisamente, por su amabilidad.
Tercera entrega de la serie «Crónicas de Enalterra».
Liam y Connor intercambiaron una mirada cómplice. Segundos después se dejaban arrastrar hacia el otro lado del portal tras la pequeña Amoena; aquella era una expedición ida por vuelta. Ni su madre ni Gult ni Caléndula tendrían por qué enterarse. Volverían para la cena y todos tan felices.
Apenas aterrizaron del otro lado supieron que algo iba muy, pero que muy mal. El calor era sofocante y la hediondez perturbadora. La penumbra hacía difícil distinguir lo que tenían a un metro de distancia. Ambos gemelos se miraron. Abrieron la boca una, dos, tres veces. Movieron los labios, tensaron el cuello, chocaron las palmas, el miedo los recorrió de pies a cabeza. No cabía duda, estaban en el desierto del silencio infinito. La vibración que percibieron bajo los pies los alertó del peligro. Nada que fuese lo bastante pequeño causaría una sacudida tan colosal. Connor señaló los platinados mechones que danzaban a unos cuantos pasos; la pequeñaja brincoteaba mientras agitaba sus alitas y hacía palmas, ajena a lo que se les avecinaba.
—¡Corre! —articuló Connor mientras señalaba en dirección de Amoena.
Liam negó con la cabeza.
—Tú. —Lo apuntó con el índice y luego se volvió.
Al seguir sus movimientos y ver lo que se les aproximaba, Connor no lo dudó. Corrió en dirección a la chiquilla, la levantó como si fuese un saco de patatas y corrió todo lo que le permitía la arena.
Liam se plantó frente al enorme escarpión. Tras dar un vistazo alrededor, exhaló un suspiro. No había ni una roca. Nada que pudiera usar como arma. Probaría lanzar un pequeño conjuro distractor. Al menos así su hermano tendría tiempo de sacarle ventaja al bicho. Solo esperaba que a ningún dunayro le diese por pasearse por allí.
El insecto levantó la cola y lo apuntó con el aguijón. El líquido viscoso le rozó el muslo izquierdo. Liam maldijo y trastabilló. Debilitado por la potente ponzoña cayó de culo.
Connor se detuvo para recuperar el resuello. Lidiar con la pequeña hada resultaba más difícil de lo que imaginó. Pese a su estatura, era fuerte e inquieta. Apenas había podido adelantarse un poco. Correr y luchar para que la chiquilla no se escabullera de sus brazos eran dos tareas incompatibles.
Con los ojos desorbitados al ver la sombra que se cernía sobre Liam, Amoena movió sus deditos, extendió las alas y salió disparada. Connor salió tras ella. Abrió y cerró la boca; gritar no le serviría de nada, más que para perder aire. El corazón le dio un vuelco al ver a su hermano acorralado entre la arena y aquel bicho gigante. Recordó que se había guardado el boli en el bolsillo y tomó nota mental de agradecerle a Gult que fuese tan pesado con el tema de no salir a ningún lado sin protección. En cuanto lo sostuvo en la mano, el objeto adoptó su apariencia real.
Elevó la espada y lanzó el mandoble con todas sus fuerzas. El cuerno que casi ensarta a su hermano se clavó en la arena. La bestia se sacudió como posesa. Otro chorro ponzoñoso salió en dirección a Connor. La pequeña hada remontó el vuelo y arrojó un hechizo aturdidor. Las alas de la criatura se despegaron de su caparazón.
Ágil como un colibrí, Amoena captó la atención del bicho el tiempo suficiente como para que Connor ayudara a Liam a ponerse de pie. El rostro del joven había adoptado un tono verduzco muy alarmante.
El escarpión se elevó unos centímetros sobre el suelo. El fuerte aleteo provocó una tormenta de arena que camufló su posición.
La pequeña hada hizo un giro para volver con los gemelos. En ese instante, las dunas se estremecieron. Connor temió que otros escarpiones hubiesen despertado de su letargo. Las siluetas que iban cogiendo forma delante de sus narices le sentaron como una patada en el hígado. La suerte no podía ser tan cabrona. una decena de dunayros emergieron de las profundidades del desierto y la expresión de sus rostros mostraba lo enfadados que estaban.
Gesticulando a gran velocidad, Naboirg, abordó a los adolescentes:
—Habéis invadido Dunay y lesionasteis a uno de nuestros guardianes sagrados. Nuestra soberana ha contactado con el castillo y ni la reina Brianna ni su consejero han respondido a nuestras preguntas.
Connor quiso responder. No obstante, como la diplomacia le interesaba tan poco, jamás aprendió a comunicarse con la lengua gestual de Dunay; por tanto, apenas si pudo captar el mensaje.
—Nimos a oasis —intervino Amoena.
—Ha sido un pequeño accidente —añadió Liam.
Connor tiró del pantaloncillo corto de la pequeña y la apartó de la trayectoria de los brazos que pretendían apresarla.
—¡Excusas! Habéis violentado el protocolo y deberéis pagar un precio —gesticuló Naboirg y a medida que hablaba, salpicaba granos de arena y virutas de cristal.
El suelo vibró con más fuerza. Del resto de dunas emergieron más escarpiones. La fetidez hizo que el aire fuese casi irrespirable. La penumbra se volvió más densa. Era hora de salir de allí, si es que se le ocurría alguna estrategia.
Como si les hubiese podido leer el pensamiento, Amoena agitó los deditos, extendió los brazos hacia arriba y un portal surgió sobre sus cabezas. La fuerza que manaba desde el otro lado los obligó a recular. El oasis de la luz perpetua era un lugar que todo dunayro evitaba de ser posible. La pequeña ascendió y atravesó la brecha.
—Algraim et selvet eireen trug.
Connor sujetó con fuerza a su hermano mientras con la otra mano aferraba la espada y el conjuro los elevaba directo a la brecha.
🍃
El sonido de algunos pájaros se impuso a la melódica bienvenida del agua brotando a borbotones. Connor inspiró hondo. El olor a hierba mojada le cosquilleó en la nariz. Abrió los ojos y los cerró de golpe. La luminosidad le provocó una punzada incómoda. Se frotó los párpados y llamó a su hermano en voz baja:
—¿Liam?
No obtuvo respuesta. El pulso se le aceleró. Se incorporó y abrió los ojos despacio. Dio un vistazo. Se levantó de un salto al distinguir el pequeño cuerpecillo de la niña. Temió que el esfuerzo hubiese sido demasiado para la criatura. Pensar en el dolor que le ocasionaría a Caléndula si Amoena moría, le produjo una culpa que se le clavó en el corazón. «¿Cómo hemos podido ser tan irresponsables? ¡¿Cómo he podido ser yo tan irresponsable?! Le daba igual que la culpa no sirviese de nada; que azotarse solo minase su ánimo y su espíritu. Si no hubiese mencionado lo de usar los recursos mágicos para obtener el conocimiento que deberían haber obtenido estudiando como cualquiera, no estarían metidos en aquel embrollo.
Revisó a la chiquilla. El alivio que experimentó al percatarse de que respiraba y que solo permanecía en un sueño profundo le quitó miles de toneladas de peso de los hombros. Dio otro vistazo. La agradable sensación se esfumó enseguida. Liam yacía despatarrado un poco más allá. El tono verduzco de su piel se había intensificado y la manera en que su pecho apenas se movía le abrió las puertas al terror. Si perdía a su gemelo no se lo perdonaría jamás.
—¿Qué puedo hacer? —masculló mientras se mesaba el pelo y deambulaba entre Amoena y Liam.
Frenó en seco. La visión de aquel fruto de color violáceo casi le desorbita los ojos. Corrió hacia el árbol. Los intentos por desprender la fruta con una roca no sirvieron de nada. Paseó los ojos hasta que divisó la espada. Consciente de que la savia del Cyrgüil era cáustica, cortó las ramas con cuidado. El aroma penetrante de la fruta se le impregnó en los dedos. La acidez de la pulpa lo hizo salivar y le anegó los ojos.
Masticó y tragó tan rápido como pudo. El jugo le corrió por las comisuras y le irritó la piel. Evitó frotarse con las manos enrojecidas. Cuando hubo engullido el último trozo, avanzó a zancadas hacia el riachuelo que rodeaba el pequeño claro donde se encontraban.
A cada paso que daba, experimentaba los efectos del fruto. El conocimiento perenne se abría paso en su psique. Tras el primer trago de agua fresca ya sabía cómo salvar a Liam del envenenamiento.
Minutos después de haberle administrado el antídoto a su hermano, una borrasca le advirtió que ya no estaban solos. Se volvió despacio sujetando la espada con firmeza. Parpadeó varias veces. La incredulidad lo dejó sin palabras. Ahora sí que estaban metidos en un problema muy gordo.
🍃
Gult aterrizó con Brianna en su lomo, seguido por Caléndula y Napellus. La reina de Enalterra dio un salto y corrió hacia Liam. Connor abrió la boca; la mirada de Brianna lo persuadió de excusarse. Arrodillada junto al joven rompió en un llanto silencioso que a Connor le encogió el corazón.
—Estáis metidos en un problema muy serio —advirtió el consejero.
Caléndula y Napellus se ocuparon de su hija y solo cuando se cercioraron de que se encontraba fuera de peligro relajaron la hosca expresión.
—Nell-Dunayr está furiosa y no es para menos —dijo Napellus—. ¿Qué pretendíais?
Liam abrió los ojos. Pese a tener la garganta como si hubiese tragado piedras ardientes, confesó su travesura:
—Es culpa mía. —tosió y se incorporó con ayuda de Brianna—. Convencí a Amoena de que nos trajese al oasis…
—La culpa es mía por proponer que usáramos los cyrgüiles porque no estudiamos y tenemos examen mañana. —Connor manoteaba inquieto—. Si suspendíamos la prueba, el entrenador se lo diría a mamá y nos dejaría sin el gran partido.
Liam asintió con las mejillas arreboladas; el color verdoso de su piel apenas era una sombra tenue. Desvió la mirada hacia la pequeña y palideció. La preocupación se le dibujó en el rostro y los ojos se le anegaron, aunque no derramó una sola lágrima.
—Solo está agotada —explicó Caléndula al ver su expresión—. Es más fuerte que otras crías de su edad, pero no lo bastante como para afrontar semejante esfuerzo sin quedar exhausta.
Ambos jóvenes se relajaron, al menos respecto de la pequeña. Claro que, la sensación no les duró demasiado.
—¡Ni os creáis que os vais a librar de reparar esta falta!
El rugido del consejero espantó a un grupo de aves que permanecían en las ramas del Cyrgüil.
—Recuerda lo que hablamos —dijo Brianna; Gult resopló y gruñó—. Me encargaré de este asunto.
—Así sea, majestad.
La reina se puso de pie y encaró a sus sobrinos.
—Habéis corrido un peligro innecesario, os habéis saltado las normas, pasasteis por encima de lo que os hemos inculcado respecto del uso de la magia y los recursos enalterrenses. —Ambos jóvenes abrieron la boca; ella alzó la palma—. No solo os quedaréis sin el gran partido; desde este momento tendréis prohibido el uso de la magia, no tendréis acceso a recursos de enalterra de ningún tipo y os tendréis que ocupar de cuidar de los guardianes sagrados de Dunayr durante un mes completo.
—Mamá… —protestaron ambos a la vez.
—¡Mamá un cuerno de petrovarius!
Gult abrió muchísimo los ojos. La reina no solía perder la compostura con frecuencia, pero cuando lo hacía, era mejor no atravesarse en su camino.
—Obedeceréis y como os pille en alguna de las vuestras, os enviaré con Nairea a la tierra del tiempo eterno. A Berenge le encantará vuestra compañía.
—¡No puedes hacernos eso! —protestaron de nuevo.
—Puedo, claro que sí. Y será mejor que no me sigáis calentando la poca paciencia que me queda.
Los jóvenes pusieron los ojos en blanco. Sin embargo, a sabiendas de que lo mejor era guardar silencio, se mantuvieron con la boca bien cerrada.
—¿Algo que agregar? —preguntó Gult sin perderlos de vista.
Liam y Connor negaron con la cabeza.
—Yo si tengo algo que añadir —dijo Brianna y subió a lomos de su consejero—. Mas vale que no suspendáis ni una sola de las asignaturas o me veréis muy enfadada.
La amenaza quedó flotando en el aire. Gult alzó el vuelo sin siquiera despedirse.
—Siuf, volt et camsaig —pronunció Caléndula.
Un portal se formó con rapidez. La joven lo atravesó con Amoena en brazos. Del otro lado, la pradera verde azulada despertó la sensación de añoranza en Connor. Era hora de volver a casa.
—Será mejor que me sigáis, chavales —propuso Napellus.
Connor dio un paso adelante con el hada muy de cerca. Liam, en cambio dijo algo bajito, se agachó y lo cruzó un par de minutos después con una sonrisa traviesa en los labios.
Al día siguiente
Liam y Connor se miraron estupefactos. Ambos seguían con la hoja en blanco, incapaces de responder una sola pregunta. El profesor recogió las hojas; al verlas sin un solo trazo, chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Los jóvenes bajaron la mirada, resignados. La bronca que les esperaba iba a ser de magnitudes épicas.
Brianna los esperaba con el motor encendido. A Connor lo miró de soslayo, a Liam por el espejo retrovisor. El escrutinio los puso nerviosos.
—En casa tengo algo para esos labios agrietados. Tanto cítrico no os sienta nada bien —dijo y los jóvenes palidecieron—. Por cierto, no sé si Gult os lo explicó, quizá no.
—¿El qué? —preguntaron con voz trémula. —Esa sonrisita de su madre les puso los pelos de punta.
—Los cyrgüiles pierden todo su efecto en el mundo mortal —dijo en voz baja y pisó el pedal.
Ambos jóvenes maldijeron su mala suerte. Ahora no solo estaban seguros de que suspenderían varias asignaturas, la peor parte era que tendrían que pasarse todo el verano ocupándose de entretener a la insoportable de Berenge.
Las cookies necesarias habilitan funciones esenciales del sitio como inicios de sesión seguros y ajustes de preferencias de consentimiento. No almacenan datos personales.
Ninguno
►
Las cookies funcionales soportan funciones como compartir contenido en redes sociales, recopilar comentarios y habilitar herramientas de terceros.
Ninguno
►
Las cookies analíticas rastrean las interacciones de los visitantes, proporcionando información sobre métricas como el número de visitantes, la tasa de rebote y las fuentes de tráfico.
Ninguno
►
Las cookies de publicidad ofrecen anuncios personalizados basados en tus visitas anteriores y analizan la efectividad de las campañas publicitarias.
Ninguno
►
Las cookies no clasificadas son aquellas que estamos en proceso de clasificar, junto con los proveedores de cookies individuales.