Autor: Lehna Valduciel

  • CALÉNDULA: EL VALOR DE LA DIFERENCIA

    CALÉNDULA: EL VALOR DE LA DIFERENCIA

    Resumen

    Caléndula, una joven mitad hada y mitad humana, nunca ha sido aceptada en Enalterra. Cuando la espada sagrada Solkeium es robada, la envían a recuperarla más como castigo que como misión de honor. Su búsqueda la lleva al mundo mortal, donde un chico aparentemente común le ofrece ayuda… y esconde un secreto capaz de cambiar el destino de ambos mundos.

    Perseguidos por tanarianos, atrapados entre dimensiones y enfrentados a una verdad que puede destruirla, Caléndula deberá decidir si sigue sirviendo a un reino que la desprecia o si forja su propio camino.
    Una aventura de magia, identidades prohibidas y valentía nacida de la diferencia.


    Bajo la luna llena, dos hadas se miran intensamente en un balcón. Ella, de cabello rojo y figura curvilínea, viste una blusa verde. Él, con piel lavanda y cabello blanco, lleva un traje azul oscuro con detalles dorados. Él sostiene su rostro con delicadeza, mientras el fondo muestra sombras de torres en la noche, envolviendo la escena en un aura mágica y silenciosa.

    Caléndula echó a correr escaleras arriba tan rápido como su peso se lo permitía. El destello de la espada la guiaba en la oscuridad. Extendió las alas. Rompería la primera norma: no mostrar su naturaleza feérica en el mundo mortal, aunque, en realidad, siendo mestiza, tampoco es que quebrantaba la norma del todo. Quiso despegar en vertical, pero la falta de práctica y la gravedad jugaron en su contra; trastabilló y dio de bruces contra el suelo. Ailek aprovechó la caída y se escabulló por la puerta directo a la azotea del museo.

    La joven hada se incorporó con esfuerzo y retomó la persecución. En cuanto atravesó el umbral una red mágica le cayó encima. Envuelta en un capullo casi irrompible quedó suspendida de cabeza mientras el príncipe tanariano huía con la espada de Minok.

    —¿Ahora sí estás dispuesta a recibir la ayuda de un miserable mortal? —preguntó un joven de aspecto desgarbado—. O dejarás que el orgullo te gane la partida.

    Caléndula resopló, exasperada, mientras se revolvía como un insecto atrapado en una telaraña.

    —Tú ganas —masculló—. Si logras sacarme de aquí, aceptaré que me ayudes.

    —Trato hecho. Eso sí, no me vayas a salir después con que los mortales no podemos ir a tu mundo y bla, bla, bla.

    —Un trato es un trato —respondió con las mejillas arreboladas por el esfuerzo al intentar zafarse—. Libérame y te llevaré conmigo a Enalterra.

    —¿Lo prometes?

    —¡Sí! Ahora, sácame de aquí, si es que de verdad puedes.

    El joven enarcó una ceja.

    —Eres demasiado incrédula. Quizá debería…

    —¡Libérame! Anda, —pidió jadeante—. Me disculpo por dudar de tus capacidades.

    El joven cabeceó una vez. Luego rodeó la trampa varias veces. Extendió el brazo y tocó las hebras de la red. La sensación pegajosa le dio una idea.

    —Aguarda aquí —dijo y salió disparado.

    —Como si pudiese irme a alguna otra parte.

    Caléndula cerró los ojos un instante. Se reprochó por haber sido tan impulsiva al ofrecerse a cumplir una misión imposible ¿y para qué? Para nada. Al final, como siempre, Abrus la hizo a un lado En cuanto vio a su hermana. Obnubilado por la belleza de Mancinella, ni siquiera había tenido el gesto de darle las gracias. Olvidó de inmediato su sacrificio; claro, ¿quién era ella? nadie. Una mestiza regordeta incapaz de moldear la plata sin destrozar el metal. La culpa había sido solo suya por dejar que le comiera la cabeza una vez más y la enredara en sus problemas. Una sensación desagradable se le asentó en el estómago. De pronto, el calor se le hizo insoportable. Abandonó el hilo de pensamientos autocompasivos y abrió los ojos. Lo que vio, la dejó sin habla.

    Frente a ella, el joven desgarbado sostenía un artilugio moderno del que no recordaba el nombre. Lo había visto alguna vez en las clases de artes del fuego no convencional. Detrás del pequeño cristal que llevaba incrustado la gran máscara, los ojos cerúleos del joven brillaron con determinación. Parpadeó varias veces. Algo en esa mirada le resultaba familiar, solo que no lograba definir de qué se trataba. Alejó la idea de su cabeza y se concentró en el cacharro.

    —¿Estás seguro de lo que piensas hacer?

    —Absolutamente. Tú, confía en mí. Te sacaré de ahí, cueste lo que cueste.

    Caléndula elevó una plegaria para que, entre otras cosas, el fuego de aquel aparatejo no le quemase las alas. Por su parte, el joven se dedicó a calentar la red. Tras varios minutos las hebras se cristalizaron. En segundos, una reacción en cadena convirtió la pegajosa trampa en un capullo firme que se resquebrajó al primer golpe. Incapaz de luchar contra la gravedad y de remontar en vuelo por encontrarse de cabeza, la joven hada optó por hacer uso del único recurso que tenía a mano. Un secreto bien guardado que no compartía con nadie: magia antigua enalterrense, evidencia de que por sus venas también corría sangre real, además de la humana.

    Evait cug elj ataig —dijo en voz muy baja.

    El conjuro impidió que se estrellara contra el suelo de la azotea, aunque igual se golpeó la frente con el barandal.

    —¡Joder! —exclamó el joven—. Menuda forma de aterrizar. Debiste usar tus alas, ¿no?

    —No soportan mi peso, ¿acaso no me has visto bien? —masculló con las mejillas arreboladas.

    El joven la miró de arriba abajo, luego se rascó la barbilla, meditabundo.

    —Sí que parecen pequeñas. ¿Pueden ejercitarse?

    Caléndula se quedó algo perpleja.

    —No hablas en serio.

    —¿Por qué no? Si tienen tendones como otras partes de tu cuerpo, no veo por qué no puedes fortalecerlas para que las uses a plenitud.

    El hada se apoyó sobre las rodillas algo tambaleante. Él le tendió una mano como apoyo. Caléndula titubeó unos segundos; finalmente se asió, insegura. Temía arrastrarlo consigo de vuelta al suelo. Mayor fue su sorpresa al ver que, pese a su apariencia, el joven no se había movido ni un ápice. Era mucho más fuerte de lo que hubiese imaginado.

    —Creíste que era un debilucho, ¿verdad?

    Ella se sonrojó al verse descubierta.

    —No he dicho nada.

    —No hace falta, tu cara lo dice todo. Anda, vamos a ese mundo tuyo o jamás podrás recuperar la reliquia.

    —Nunca te he dicho qué buscaba.

    El joven puso los ojos en blanco. Disimular se le había hecho costumbre.

    —Tengo ojos en la cara, por si no te habías fijado. Vi lo que ese sujeto cogió del museo. ¿Y qué se exhibe en los museos? Reliquias.

    Caléndula entornó los párpados. El recelo y la desconfianza se abrieron paso desde su inconsciente. No obstante, se esfumaron con rapidez. Un trueno retumbó en lo alto; un ventarrón surgió de la nada. Nubes densas, de color morado oscuro se enroscaban como inquietos espirales que no tardaron en tapizar la bóveda celeste. La joven hada levantó la vista. La grieta dimensional que se formó sobre sus cabezas se expandía con demasiada rapidez. La palidez se apoderó de sus mejillas.

    —¡Corre! —gritó.

    —Ni sueñes que voy a abandonarte —exclamó y la rodeó por la amplia cintura.

    La novena ola terminó de abrirse y una fuerza descomunal los levantó como si fuesen un par de plumas.

    —¡Sujétate a mí con fuerza!

    —Nada me separará de ti, eso puedes jurarlo —le dijo muy cerca del oído.

    En segundos la magia los envolvió y los arrojó hacia el otro lado.

    🍃

    El ruido ensordecedor de la batalla junto al olor metálico de la sangre y la fetidez de los excrementos sacudió sus sentidos. La llanura que antecedía al bosque de álamos plateados que mantenía oculta la montaña de Airgid estaba tapizada de restos y sangre. La muerte de Minok había desatado el caos en algunos reinos de enalterra.

    —¡Despliega las alas! —pidió el joven.

    —¡No servirá de nada! Nos estrellaremos sin remedio.

    —¡Hazlo! Termina de quitarle poder al miedo que otros te sembraron. ¡Ábrelas!

    Caléndula titubeó una fracción de segundos. A medida que la vista del paisaje se aproximaba a ellos a toda velocidad, pensó que no perdía nada por intentarlo. Al menos uno de los dos podría tener una oportunidad. Lanzó una orden silenciosa hacia los apéndices que colgaban de su espalda. El primer intento fue inútil; el segundo apenas si logró un leve estremecimiento; el tercero, con el suelo a punto de recibirlos en un abrazo mortal fue decisivo. Las alas cristalinas se desplegaron en toda su extensión. El tirón le robó el aliento. El vendaval se estrelló contra sus alas y la velocidad de caída disminuyó de manera significativa. Un crujido, seguido por un dolor agudo e insoportable le llenó los ojos de lágrimas. El alarido que brotó de entre sus labios ensordeció a su acompañante. Ambos se inclinaron hacia un lado. Por fortuna, el viento amortiguó el resto del descenso. La pareja chocó contra unos arbustos espinosos que se hallaban en dirección sur respecto del enfrentamiento.

    Un rugido atravesó el campo de lado a lado. El rumor de la reyerta era estremecedor. Llenos de arañazos y espinas lograron incorporarse. El joven se fijó en las alas de la feérica. Una parecía haber resistido, en cambio, la otra lucía algo caída.

    —¿Te duele mucho? —dijo señalándole las alas.

    Ella inspiró hondo y asintió con la cabeza.

    —Sanará —masculló conteniendo las lágrimas.

    —¿Y si no?

    —Tendré que cortarlas.

    —No hablas en serio. Dejarías de ser un hada.

    —Jamás he sido una verdadera hada de plata —dijo con amargura—. Es lo que te diría mi reina, incluso mi propia hermana.

    —Eso es cruel —replicó el joven.

    Ella intentó encogerse de hombros; el dolor la persuadió de hacerlo.

    —¿Acaso la vida no es cruel en sí misma?

    El joven abrió la boca para replicar. Un nuevo rugido, ahora más cercano, interrumpió sus intenciones. El hada se quedó boquiabierta en cuanto tuvo frente a sí al consejero real y a la reina Brianna.

    —¿Os encontráis bien? —preguntó la reina; el cúmulo de arrugas que se le formaron alrededor de los ojos daba cuenta de su preocupación.

    —¿Dónde están vuestros compañeros de armas? —gruñó Gult con impaciencia.

    —Calma —pidió la reina y hundió los dedos en la melena leonina—. Necesitan un tiempo para recuperarse.

    Caléndula hizo sendas reverencias y casi pierde el equilibrio producto del dolor del ala. El consejero real intercambió una mirada con el joven desgarbado que Brianna pilló al vuelo, aunque la joven hada, más ocupada en seguir el protocolo, ignoró por completo.

    —La reina Adelfa solo me ha enviado a mí, consejero —respondió y clavó los ojos en el suelo.

    —Eso es absurdo —protestó Brianna—. ¿Cómo es posible que Adelfa haya sido tan inconsciente? ¿Acaso no valora ella a su pueblo? ¿Qué clase de reina envía a una adolescente sola a enfrentar al heredero de Minok? ¿pero acaso es que se ha vuelto loca?

    Gult carraspeó.

    —Este no es momento para esos cuestionamientos, majestad

    Gritos desgarradores se impusieron durante un instante a la conversación.

    —Llevas razón, como siempre —reconoció la reina—. Entréganos solkeium y os podréis marchar de vuelta a vuestro sidhe.

    —No-no-no la tengo en mi-mi-mi poder.

    —Lo que quiere decir es que alguien más la robó —intervino el joven desgarbado—. Ella no tiene la culpa.

    El consejero rugió. El joven dio un paso atrás y se colocó a modo de escudo para proteger al hada.

    —Permite que se expliquen —ordenó la reina a su consejero.

    —Quien debe darnos muchas explicaciones es Adelfa, majestad. No un hada mesti… bueno de plata —se retractó al notar el gesto sombrío de la reina—. Y este… No sé ni cómo llamarlo.

    —Acompañante —interrumpió el joven

    —Lo que sea. El punto es que la reliquia sigue fuera de nuestro alcance y es indispensable obtenerla antes de que sea muy tarde.

    El firmamento se oscureció de improviso.

    —Perdonad que os lo recuerde, pero solkeium debe retornar a la forja o guardarse en nuestra cámara, es lo que manda la ley airgídnica, majestad.

    Brianna observó a la joven en silencio; en el fondo reconoció para sí que le complacía que se hubiese atrevido a señalarle el desliz.

    —Transmítele a Adelfa que mi deseo es que solkeium desaparezca.

    —Así se hará, majestad —aseguró la joven.

    Gult desplegó sus alas. La reina subió a su lomo con rapidez.

    —Volved a Airgid. Y advertidle a vuestra reina que más vale que tenga una buena explicación para haberos expuesto a tanto peligro.

    —Me comprometí a recuperar la reliquia y no cesaré hasta lograrlo. Perdonadme de nuevo si os desobedezco, majestad—dijo Caléndula antes de echar a correr en dirección a la nube de tanarianos que se aproximaba desde el oeste.

    —¡Aguarda, Testaruda inconsciente! —gritó el joven y echó a correr tras ella.

    Reina y consejero siguieron con la mirada a los dos jóvenes hasta que los perdieron de vista.

    —Espero que la testarudez de esa jovencita no la meta en más problemas de los que ya tiene —dijo el consejero y despegó con Brianna.

    —Espero lo mismo. Ahora tratemos de ganar un poco de tiempo para ellos, a ver si la suerte nos acompaña y la joven hada logra su propósito.

    —De acuerdo, cógete fuerte que vamos directo a la tormenta tanariana.

    🍃

    Caléndula se detuvo a fin de recuperar el resuello. Delante de ella, un pelotón de tanarianos avanzaba con Ailek a la cabeza. El joven desgarbado le dio alcance y tiró de su brazo para sacarla de la trayectoria.

    —¿Te volviste loca?

    Ella lo miró con los ojos encendidos.

    —¿No me dijiste que me deshiciera del miedo? Eso es lo que estoy haciendo ahora.

    —Me refería a que no te dejaras paralizar, no a que te lanzaras de frente a una muerte segura.

    —Prefiero morir como valiente que seguir viviendo como una cobarde de la que todos se burlan.

    El joven quiso detenerla; Caléndula lo esquivó y fue al encuentro del hijo de Minok que se había apostado en el claro que limitaba el bosque de los reflejos.

    —Vaya, tanto tiempo sin verte —ironizó Ailek—. Parece que no quedaste muy contenta con nuestro último encuentro o me equivoco.

    El hada plantó bien los pies en el suelo y se cruzó de brazos.

    —Robaste una reliquia que has de devolver.

    —La espada de mi padre me pertenece.

    —Sabes bien que no funciona así. Una vez fallecido el dueño de un arma forjada por nosotros, debe fundirse o pasar a formar parte de nuestros tesoros. Más vale que me la devuelvas. La reina Brianna dio orden de que…

    —Me importa una mierda lo que diga Brianna.

    —¿Es la reina de Enalterra!

    —¿Y qué?

    —¿Cómo que y qué? Sus deseos deben satisfacerse y ha sido muy clara, quiere que solkeium desaparezca.

    —Y si no obedezco ¿qué pasaría? ¿Vas a obligarme a devolvértela? No seas ridícula. Si ni siquiera eres capaz de volar. —La miró de arriba abajo con desdén—. No sé como la reina Adelfa no te ha ofrecido en sacrificio al forjatorum.

    —La rechazaría de inmediato, demasiada grasa y, para colmo de males, mestiza —gritó uno de los soldados; el resto se echó a reír.

    A Caléndula le tembló el labio inferior. Los ojos se le anegaron en lágrimas. Aquel príncipe había descubierto su punto débil y lo explotaba a su antojo.

    —Oh, pobrecilla, pero si va a llorar y todo —se burló—. Te invitaría a colgarte de uno de los álamos platinados —dijo mientras veía de soslayo al más próximo—, pero ni siquiera sus ramas soportarían tu peso.

    Una lágrima furtiva se le escapó por el rabillo del ojo. El recuerdo del infructuoso intento horadó la fortaleza con la cual había revestido su inseguridad. En su mente, el crujido de la rama se repetía como una cantinela insidiosa. Las risotadas de los tanarianos revivieron el centenar de cicatrices que albergaba en su corazón tras tantos años de burlas y desprecio por parte de su propia raza.

    —Pobrecillo tú —espetó el joven desgarbado—, que necesitas defenderte con burlas hirientes, en lugar de enfrentarte como lo haría cualquier enalterrense con honor.

    Ailek acortó la distancia espada en mano; el joven se adelantó

    —¡¿Qué sabrás tú, miserable mortal, sobre el honor de Enalterra?!

    —Insúltame todo lo que quieras, tu lengua venenosa me importa un bledo. Te estás comportando como un cobarde —dijo y se colocó delante de Caléndula—. Enfréntate como corresponde.

    El príncipe tanariano hizo una señal. Enseguida uno de los soldados le arrojó una espada al joven.

    —Es un humano, violas la ley al inmiscuirlo en este asunto —advirtió el hada y se interpuso entre ambos—. Lucharé yo, es lo correcto.

    Caléndula se inclinó y recogió la espada.

    —Como prefieras. En todo caso, solo cambiará el orden de vuestras muertes.

    Los ojos verdes de la joven refulgieron. Recordó la vez en que había vencido a Mancinella justo por alardear tanto. Volvió la cabeza un instante. La mirada que le ofreció aquel mortal le insufló energía. Él confiaba en ella. Ya era hora de que ella confiara en sí misma, aunque fuese en una situación tan desesperada como esa.

    —¿Nadie te ha dicho que alardear es una muy mala señal?

    —¡Déjate de palabrerías estúpidas! Venga, terminemos con esto que quiero volver a casa.

    Ella cabeceó una vez y levantó la espada. El grácil movimiento sorprendió al tanariano. Ailek avanzó con fuerza y agilidad. ambas espadas chocaron. El chispazo provocó exclamaciones entre los presentes. Caléndula apretó los dientes. El impacto del golpe la obligó a contraer los músculos de la espalda. El dolor del ala lesionada le recorrió la columna de arriba abajo. Mientras valoraba a su oponente agradeció cada tarde que su padre la obligó a tomar clases con la espada. El recuerdo surgió desde lo más profundo de su memoria:

    «Que no puedas forjar una espada o cualquier otra arma no significa que no puedas aprender a usarlas. Enfocarte en lo que sí puedes hacer es más beneficioso que desgastarte porque no tienes la misma habilidad que otras criaturas. Lamentarte por aquello que no tienes, no te permitirá disfrutar de lo que tienes al alcance de la mano».

    El gruñido de su contrincante la catapultó al presente. La enseñanza de su padre aquel día guio sus movimientos. «aprovecha toda oportunidad que te brinde tu oponente. Por pequeña que te parezca, puede marcar la diferencia y otorgarte la victoria o salvarte la vida».

    Ailek volvió a embestir. La joven dio un paso atrás y flexionó las rodillas para absorber la fuerza del ataque. El príncipe creyó que la tenía a su merced y sonrió con malevolencia. Cogió la espada con una sola mano y la inclinó hacia adelante bajando la guardia. Ella aprovechó el descuido y embistió usando parte de su propio peso para infundirle más fuerza al mandoble.

    El tanariano trastabilló. Caléndula aprovechó la pérdida de equilibrio de su contrincante y conjuró un hechizo en voz muy baja.

    Livraij sithrek alm etrain.

    La espada Salió disparada por los aires a gran velocidad. Ailek quiso abalanzarse sobre ella. Sin embargo, el joven desgarbado le hizo una zancadilla que el tanariano no tuvo tiempo de esquivar. Dispuesta a dejarse la piel en el enfrentamiento, Caléndula levantó la espada. Dos tanarianos lanzaron sendas lenguas de fuego que apenas pudo evitar. Ailek aprovechó la distracción para aumentar la distancia entre ambos.

    En ese momento, solkeium se clavó en el tronco de un álamo platinado. El quejido del árbol centenario los paralizó durante un instante; el suficiente para que el mortal cogiese la espada.

    Ailek dio orden de atacar. No obstante, no contaba con la intervención de centenares de hadas de plata que surgieron del interior de los álamos intactos y que lo obligaron a retroceder. El enfrentamiento duró un parpadeo gracias a la ventaja numérica de las hadas.

    —¡Te juro, por la memoria de mi padre que esto no se va a quedar así, me las vas a pagar! —amenazó antes de huir seguido por sus vasallos.

    Caléndula exhaló un hondo suspiro y bajó la espada.

    —¿Quién lo diría? Al final resultaste más útil de lo que me imaginaba —dijo Mancinella.

    La presencia de su hermana le dio mala espina.

    —Así que esta es tu hermana —dijo el joven desgarbado posicionándose a su lado—. No me parece tan hermosa como dijiste, la verdad.

    Las mejillas de Mancinella adoptaron un tono casi purpúreo.

    —Coged a ese humano insolente —ordenó Abrus.—Un par de hadas lo sujetaron con cadenas de plata—. Disculpa, esto me pertenece —dijo y le quitó la espada de entre las manos.

    — solkeium no tiene dueño, la reina Brianna desea que desaparezca —reveló Caléndula—. Nuestra soberana debe ser informada de…

    —La reina Adelfa es quien decidirá el destino de este objeto, cuando se lo entreguemos, ¿verdad, Manci?

    —Por supuesto. —El tono empalagoso le revolvió el estómago a Caléndula—. Se la entregaremos enseguida y recibiremos todos los honores. ¿No es genial?

    Abrus asintió con la cabeza, embelesado con los ademanes de la joven hada.

    —Tu plan salió a las mil maravillas —admitió risueño—. De no ser por ti, habría terminado quien sabe cómo o en dónde.

    —Te dije que mi hermanita era la solución perfecta. —Mancinella la miró con altivez—. Ahora que se trajo a este debilucho —dijo desdeñosa—, nos libraremos de ella y mi familia ya no tendrá que bajar la cabeza.

    La revelación fue un balde de agua helada. Había una gran diferencia entre ser consciente de que el chico que le gustaba estaba colado por su hermana y nunca  le prestaría atención, y descubrir que entre ambos la habían engañado de forma tan vil sin importarle lo más mínimo lo que le hubiese podido ocurrir. Qué tonta había sido al creer que después de recuperar la espada la verían con otros ojos; que la aceptarían como una más.

    —Sois despreciables —espetó el joven mientras se debatía contra las cadenas—. Debería daros vergüenza.

    —Tu opinión vale menos que la nada —replicó Mancinella trenzándose de nuevo los mechones platinados—. Ahora marcharemos a la corte y acabaremos con este asunto.

    —Desde luego que este asunto será dirimido, pero no como vosotros dos pensáis.

    El cambio en el tono de voz del joven mortal les puso los pelos como escarpias.

    Caléndula se quedó boquiabierta y ojiplática; no daba crédito a lo que veían sus ojos. Si en lugar de estar allí, se lo hubiesen contado, habría tomado por desquiciado al que le narrase semejante historia.

    —¿Tú? Pe-pe- pero… —Abrus era incapaz de articular una frase entera.

    🍃

    La piel del joven desgarbado se agrietó como el cascarón de un huevo a punto de eclosionar. La membrana pálida que se asomaba debajo adoptó el característico color lavanda claro propio de las hadas de plata. Los músculos tomaron su forma y tamaño habitual y los trozos del cascarón cayeron al suelo convertidos en fino polvo platinado. los iris le cambiaron a un azul grisáceo. El pelo se le aglutinó en las cortas trenzas que solía llevar de puntas y de su espalda emergieron dos alas cristalinas cuyo reborde plateado reflejaba el brillo de las antorchas que sostenían algunos combatientes.

    —Alteza —musitó Caléndula mientras se inclinaba en una protocolar reverencia.

    Los ojos de la joven chispeaban como dos ascuas.

    —Déjate de formalismos ahora —exigió y se cruzó de brazos—. No estoy de humor para tonterías.

    Caléndula se irguió. sus iris reflejaban la tormenta que se avecinaba.

    —Pues si su alteza no está de humor, muy su problema. Os aseguro que a mí me llevan los demonios del inframundo y no sin razón.

    —No seas insolente, Caléndula —reprochó Mancinella—. Esas no son formas de hablarle a nuestro príncipe. ¿Por qué siempre tienes que avergonzarnos de esta forma? Si la reina se enterase…

    —¡Cállate! —exclamaron príncipe y hada al mismo tiempo.

    Del álamo donde se había clavado la espada de Minok surgió la reina Adelfa. Trajeada con la vestimenta de guerra y seguida por un séquito de guardianes forjadores.

    —¿De qué tendría que enterarme, jovencita? —Mancinella abrió la boca; sin embargo, Caléndula se le adelantó.

    —De que soy una insolente, majestad, por atreverme a hablarle a su primogénito sin reprimir mi temperamento.

    Adelfa enarcó una ceja y entornó los párpados.

    —Eso no me sorprende en absoluto, a decir verdad. Sois una mestiza sin abolengo. No se puede esperar demasiado.

    El comentario fue la gota que derramó la paciencia de la joven hada.

    —Pues esta mestiza sin abolengo recuperó a solkeium, cumplió vuestro encargo y, además, evité que la reina Brianna reclamase la reliquia.

    —¡Mentirosa! —Gritaron Abrus y Mancinella.

    —¿Esperáis que os crea? —Caléndula estaba tan furiosa que no reprimió su lengua.

    —Me importa un puerro venenoso si me creéis o no. Estoy harta… ¡Harta! —señaló a la reina con el índice—. De vuestros desprecios hacia los mestizos. —Adelfa iba a reprocharle las formas y la joven no se lo permitió—. Os creéis superior, cuando lo cierto es que sois una mestiza como yo. La diferencia es que mi madre se enredó con un humano y vuestro padre con una sílfide, a mí se me nota y vos lleváis la diferencia por dentro.

    —¿Cómo osas atreverte? Morirás por semejante ofensa.

    —¡Pues moriré con honor! Porque solo estoy diciendo la verdad. Mi madre me confesó vuestro origen antes de que la sacrificarais para ocultarlo y si no hubieseis sido tan mezquina, os habría guardado el secreto hasta el último día de mi existencia, pero no más.

    —¡Guardias! —gritó la reina.

    —¡Vas a condenarnos a todos! —gritó Abrus.

    —Ni te atrevas, madre —intervino el príncipe.

    —No te metas en esto, Napellus. He tolerado tus caprichos demasiado tiempo.

    Napellus se posicionó junto a Caléndula.

    —Sabes de sobra que no se trata de un capricho, madre. Llevo tiempo advirtiéndote sobre este par, sobre sus abusos y te has hecho la vista gorda, pero ya no más.

    —¿Te pondrás de lado de esa?

    —Esa tiene su nombre, majestad. Si le sirve de algo, no tengo ningún interés en que nadie se ponga de mi lado. La Caléndula que anhelaba pertenecer a vuestro reino dejó de existir —dijo con la voz quebrada por la emoción—. No quiero formar parte de una raza que castiga las diferencias; que desprecia lo que no comprende, que vive obnubilada por los prejuicios absurdos de una supremacía que solo existe en esas limitadas mentes de las que tanto os jactáis —vociferó sin quitarle los ojos de encima a Abrus y a su hermana —. No quiero pertenecer a vuestra sociedad mezquina, saturada de podredumbre de espíritu. Condenáis a los tanarianos, pero muchos de vosotros no sois tan diferentes.

    —Caléndula, por favor… —pidió el príncipe.

    La joven negó con la cabeza. Adelfa abrió la boca; sin embargo, Caléndula levantó una mano y le impidió pronunciar una sola sílaba.

    —No necesitáis molestaros en desterrarme, me largaré enseguida. Quedaos con la reliquia. Eso sí, al menos tened la decencia de cumplir con la voluntad de la soberana de Enalterra —dijo con las mejillas encendidas—. Por cierto, os manda a decir que espera que tengáis una buena explicación.

    —No puedes hacerme esto, hermana —chilló Mancinella—. Padre está muy enfermo y yo…

    —Tendrás que aprender a cuidarlo igual que hice yo en su momento.

    —¡No puedes dejarme, somos hermanas!

    —Hubieses pensado en eso cuando me usaste para ganarte el favor de la reina —espetó—. Hubieses recordado eso cuando decidiste que sería buena idea acusarme de traición por haber traído un mortal a nuestra tierra. Querías librarte de mí, ¿no? Pues lo has conseguido.

    La joven dio media vuelta. Las hadas se apartaron para dejarle vía libre. El murmullo ascendía en la medida que avanzaba. Algunos le daban la razón; otro tanto se disculpaba en voz baja. Un grupo menor al habitual cuchicheaba entre risitas. Levantó la cara y caminó con la frente en alto. Nunca más permitiría que la avergonzasen por ser quien era ni por su apariencia.

    —Espera, no te vayas así, por favor.

    Napellus le cortó el paso.

    —Dejad que me marche —dijo con voz trémula—. Reconozco vuestras buenas intenciones, agradezco las molestias que os habéis tomado, pero ahora mismo solo quiero alejarme todo lo que pueda.

    —No quise engañarte, lo siento, de verdad.

    Ella apenas cabeceó una vez.

    —Pero lo hicisteis —dijo en voz baja y pasó a un lado del joven—. Las buenas intenciones no evitan el dolor del engaño, alteza.

    —¿A dónde irás?

    Ella se volvió un instante.

    —A algún lugar donde las diferencias tengan valor.

    —Prometo encontrarte.

    Ella no respondió. Napellus la siguió con la mirada hasta que la perdió de vista.

    Tres meses después

    Caléndula avanzaba a zancadas. Como volviese a llegar tarde a sus clases de vuelo, El consejero real iba a enfadarse muchísimo. La joven hada atravesó el arco de los deseos. Gult se paseaba de un lado a otro. La inquietud del gran animal impregnaba la estancia con un matiz preocupante.

    —¡A buena hora apareces! —refunfuñó el consejero—. ¿Tengo que asignarte más clases de protocolo y diplomacia?

    —Pero si solo han transcurrido dos minutos, ¿qué es lo que te tiene tan nervioso?

    El consejero fijó la mirada; Caléndula se volvió en la misma dirección.

    —Hola, Caléndula.

    Tener a Napellus delante le pareció un espejismo.

    —Ahora ya sabes qué me tiene tan nervioso. Detesto las visitas sin previo aviso o invitación.

    —Lamento haberme personado de improviso. Mi intención jamás ha sido perturbar de manera alguna vuestra tranquilidad.

    —Vuestra madre se basta y se sobra para esa tarea —refunfuñó el consejero una vez más—. Así que doy gracias a los dioses porque su alteza pretenda ser más considerado.

    —No necesitas ser tan irónico, el príncipe no suele hablar por hablar.

    —Como sea —dijo y echó a andar hacia la gran puerta—. Os dejaré a solas, creo que tenéis mucho que deciros. Eso sí, ni por asomo te creas que vas a escaquearte de mis clases. Tarde o temprano aprenderás a volar o me cambiaré el nombre.

    —No pensaba hacerlo, ¿cómo crees?

    Gult soltó un gruñido y las puertas se cerraron tras de él.

    Napellus dio dos pasos hacia Caléndula.

    —¿No te alegras de verme?

    Ella suspiró y lo invitó a salir al balcón.

    De pie, bajo la noche aterciopelada cundida de estrellas titilantes, permanecieron en silencio durante algunos minutos.

    —No es que no me alegre, es solo que ya no soy la misma.

    —Eso se nota, créeme. Luces, distinta. Más…

    —¿Segura?

    Él negó con la cabeza.

    —Más hermosa. La luz que llevas por dentro ahora brilla con intensidad.

    —Por fuera no he cambiado casi nada; la ropa, la forma de arreglarme, quizá. En el fondo sigo siendo la misma.

    —Luces diferente y te sienta bien.

    Caléndula inspiró hondo. Por su cabeza pasaron miles de respuestas cáusticas; se las tragó todas. La verdad es que no había dicho nada impropio. En su mirada notó que hablaba con sinceridad. Se reprochó no haberse desecho de la costumbre de asumir que cada halago traía consigo una burla enmascarada.

    —No es necesario que despliegues tus encantos, estamos solos, de verdad.

    —Lo sé. Queda tranquila, ni estoy desplegando encantos ni creo que en palacio deseen espiarnos. No soy tan importante como mi madre. Solo he venido a cumplir con mi promesa, ¿recuerdas?

    Las palabras de Napellus resonaron en su mente y las mejillas se le encendieron.

    —Creí que…

    —Mentía, no me sorprende —dijo y se acercó un poco a ella.

    —Lo lamento.

    —No tienes por qué. En ese momento era natural que estuvieses llena de desconfianza hacia todo el mundo. La pregunta es: ¿sigues desconfiando?

    —Un poco sí, no voy a mentirte —confesó—. Aquí —hizo un ademán señalando el castillo—. Me han tratado con respeto y me han ayudado a superar muchas cosas. Pero sigo teniendo huellas, cicatrices invisibles que llevo en el corazón.

    —Me preocuparía si no fuese así. Con todo lo que tuviste que vivir no es para menos, faltaría más. Las heridas como las que te causaron no se borran como por arte de magia.

    Ella clavó los ojos en su mirada.

    —¿A qué has venido en realidad?

    —A cerciorarme de que eres feliz.

     —¿No te decepciona que no me transformara como suele pasar en los cuentos de fantasía?

    Él arrugó el entrecejo.

    —¿De qué hablas? ¿Te refieres a que no hayas cambiado tu aspecto? —Ella asintió—. A mí nunca me ha importado que fueses diferente al resto de hadas. Lo que valoro de ti lo llevas por dentro. No tiene que ver con tus carnes ni tu color de piel; con tus ojos o con esa melena de fuego díscola que nunca trenzaste. Y lo que llevas dentro de ti, hoy brilla como la más preciosa de las gemas. Justo esa diferencia siempre fue, es y será, lo que me atrae de ti.

    La caricia que le acunó la mejilla la estremeció. Sin darse cuenta uno se acercó al otro. Bajo la luz de la luna se fundieron en un cálido abrazo.

    —No deberíamos estar espiando —susurró Brianna inclinada sobre la melena de su consejero.

    —Chist, calla y déjame oír. Ya sabes que me encantan las historias románticas. Además, como le robe una sola lágrima lo devoro.

    —Ni se te ocurra —masculló—. Acabamos de firmar la paz y quiero pasarme otro par de años en el mundo mortal. No me gusta volver de improviso cada vez que algo se rompe por aquí.

    —Pero tendrás que volver para la boda, ¿no?

    Briana puso los ojos en blanco.

    —Calla o nos cargaremos la boda antes de que pidan su mano.

    —Llevas toda la razón.

    Reina y consejero espiaron gran parte de la noche mientras cada uno imaginaba cómo sería aquel enlace.

  • TENTACIÓN – Microficción al vuelo

    TENTACIÓN – Microficción al vuelo

    En el corazón del dormitorio, la penumbra se pliega como terciopelo alrededor de la pareja. La chimenea respira brasas lentas que encienden reflejos ámbar en los candelabros y hacen temblar la imagen del gran espejo antiguo, testigo mudo de promesas nocturnas. Él, de cabello oscuro y mirada contenida, contrasta la blancura de su camisa con la noche que los envuelve; ella, envuelta en negro y rojo, es un filo de elegancia y peligro, con el corsé ceñido, la falda breve y las botas altas marcando su dominio del espacio. Sus colmillos asoman en una sonrisa que no pide permiso, y el medallón rojo en su cuello late con vida propia. Se abrazan con una intimidad inflamable: él la atrae por la cintura, la mano asciende hacia su garganta en un gesto suspendido entre la caricia y la posesividad; ella se abandona a su pecho, una mano abierta sobre él, una pierna rodeándole la cadera como si reclamara el instante. Desde la ventana, la luna llena derrama su plata sobre el paisaje nocturno, sellando la escena con un resplandor antiguo. Todo parece contener la respiración, como si el tiempo mismo supiera que hay encuentros ineludibles.

    Levantó la mirada en cuanto percibió su presencia. La expresión de su rostro hablaba por sí sola; ni siquiera hizo preguntas.

    —Me marcharé en cuanto finalice el ocaso.

    —No es necesario, Puedes quedarte el tiempo que quieras, es solo que…

    —Que prefieres que me marche, lo entiendo. —Él negó con la cabeza; MENTÍA, ELLA LO CONNOCÍA BIEN.

    Le apoyó la palma sobre el pecho a la altura del corazón. La sed despertó más acuciante que nunca. La lujuria, como tantas otras veces, tejió  una red entre ambos que los conminaba a saciarse el uno del otro.

    —No tengo nada que ofrecerte más allá de un polvo ocasional. Mi corazón es incapaz de sentir, lo sabes.

    —Siempre tan honesto —dijo y se inclinó para rozarle la piel del cuello con los colmillos.

    —Esta será nuestra última noche, luego te marcharás —decretó y hundió los dedos en su cabellera para atraerla hacia sí.

    ella se relamió la gota de sangre que había arrastrado  con la atrevida caricia. Él maldijo en silencio porque justo en ese instante comprendió que la tentación por ella le había ganado la partida.

  • INCURSIÓN NOCTURNA

    INCURSIÓN NOCTURNA

    A ti,
    que, aunque pudiste robarme el corazón,
    Me obsequiaste con tu maravillosa honestidad

    Entre estanterías repletas de libros antiguos, la pareja parece suspendida en un instante fuera del tiempo, envuelta por la solemnidad de la biblioteca y la luz dorada de una lámpara que suaviza las sombras; al fondo, la gran ventana arqueada revela la ciudad nocturna, un tapiz de edificios iluminados que late en silencio. Él, alto y poderoso, viste de negro y blanco como una figura nacida del contraste, con el cabello largo y ondulado enmarcando un rostro serio tras el que emergen alas imponentes, blancas y negras, que insinúan una naturaleza angelical marcada por la oscuridad. Ella, ceñida en un traje negro que resalta su silueta, oculta su identidad tras una máscara del mismo color, dejando que solo sus ojos —ardientes y atentos— dialoguen con los de él; sus rizos rojizos caen libres sobre los hombros y el colgante rojo en su cuello brilla como un secreto compartido. Él la sujeta de las muñecas con una cercanía cargada de tensión contenida, mirándose con una mezcla de atracción, poder y misterio en un escenario íntimo donde parece estar a punto de revelarse una historia prohibida.

    Tenía un plazo de dos semanas para cumplir su cometido. En un día, se había ganado la confianza de un tercio de los empleados. En una semana, más de la mitad de la oficina confiaba en ella.

    Luego de analizar a profundidad la dinámica de cada uno de ellos y los niveles de seguridad, incluyendo al personal rotativo, pensó que sería pan comido. Lo único que le faltaba era ojear el despacho de la presidencia. Sabía que eso sería lo más complicado y, sin embargo, no le preocupaba lo más mínimo.

    «Si se pone muy difícil, con seducirlo me bastará», pensó para sí mientras maquinaba el plan que le llevaría a concretar su encargo.

    A pesar de ser tan talentosa, algo no andaba bien. Había cambiado de táctica varias veces durante los últimos cinco días y no lograba por ningún motivo colarse en aquella oficina. Siempre surgía una excusa, una reunión imprevista, algún evento que tiraba abajo toda su planificación.

    Le quedaban apenas veinticuatro horas. Tendría que filtrarse de noche y eso no le hacía mucha gracia. No era complicado, pero implicaba siempre muchos más riesgos. Tomó nota mental de no volver a aceptar trabajos a última hora de parte de aquel vampiro atorrante.

    «Si contase con un poco más de tiempo, habría podido aplicar la estrategia más antigua del mundo. Ningún tío, por muy poderoso que fuese, se resistiría a la posibilidad de echar un polvo con una tía buena como yo», pensaba, mientras abría las oficinas con la llave maestra que había robado unos días atrás. Lo estaba meditando mucho para su gusto.  En todo caso, ya se lo disfrutaría otra. Por alguna extraña razón, cada intento de acercarse a él había terminado en un fracaso rotundo. Ahora seducirlo ya no era factible y le parecía una verdadera lástima; era bastante atractivo. Ese metro ochenta le otorgaba una apariencia imponente.

    —Esas manos fuertes y ese rostro siempre tan apacible, mejor dicho, inexpresivo —se corrigió en voz baja mientras caminaba con prudencia hacia su destino.

    Entró con tanta facilidad, que le pareció un juego de niños. No entendía por qué se tejían tantas historias en torno a aquel hombre. Algunos le temían, otros solo lo respetaban. Las mujeres se derretían por él o, quizá, por su dinero. Para ella solo era un hombre más; atractivo y con poder, sin duda. Ahora bien, eso no tenía nada que ver con el don místico que le querían atribuir. En su trayectoria se había topado con todo tipo de criaturas oscuras y él no aparentaba ser una de ellas.

    Sumida en sus pensamientos y tratando de ubicar la caja fuerte, pasó por alto la presencia de alguien más en la oficina. Vino a darse cuenta cuando la puerta se cerró haciendo un suave clic.

    —Maldita sea —masculló.

    Durante un par de segundos sopesó la posibilidad de salir por la ventana.

    —No creo que sea una buena idea saltar desde esta altura. A menos que seas capaz de volar sin escoba y a mí me pareces una simple mortal. Habilidosa, desde luego, pero humana, a fin de cuentas —dijo la voz con tono socarrón.

    «¡Mierda! ¿Pero cómo puede ser?». Se preguntó. Estaba segura de que no había nadie allí; a él lo había visto marcharse en su limusina.

    —Kof kof… —Tosió todo lo bajito que pudo.

    «Bonito momento para ahogarte con tu propia saliva», se reprochó e inspiró hondo.

    —Eres mucho más atrevida de lo que imaginaba. —La intrusa advirtió la severidad de su tono.

    Le pareció que había cambiado de posición; sin embargo, ella no oyó ningún ruido.

     «¡Por lo menos pesa noventa kilos!», calculó en silencio mientras que, en la oscuridad, trataba de ubicar la puerta moviéndose con todo el sigilo que le permitían los nervios.

    —¿A dónde crees que vas? —susurró a sus espaldas.

    Dio un respingo. La dolorosa presión de aquella mano tan varonil le impidió alcanzar el pomo. Los dedos de él se entrelazaron con los de ella y la doblegaron con firmeza. La arrolladora presencia le aceleró el pulso. Su piel emanaba un calor difícil de describir. No era abrasador, tampoco sutil. El aroma masculino la envolvió.

    Un inusitado estremecimiento la recorrió de pies a cabeza. La cercanía entre ambos cuerpos la obligó a tragar saliva. Entendió por qué algunos le temían. Su voz tenía una cadencia hipnotizante. Intentó zafarse, pero fue inútil. Quería salir de ahí y, a la vez, no quería. Se reprendió por permitir que la tentación le nublase el raciocinio.

    —Hueles tan delicioso, tan apetecible —volvió a susurrarle muy cerca del oído.

    Le rozó la nuca con la nariz e inspiró profundo. Aquello había sido toda una declaración de intenciones. Ella procuraba resistirse, aunque la fuerza de voluntad le flaqueaba por momentos. El tono del sujeto rezumaba lascivia. ¿Acaso estaba loco? No intentas seducir a quien pretende robarte. No si tienes las tuercas bien puestas en la cabeza o, ¿sí?

    «Deja de plantearte lo que pasa por su cabeza y piensa cómo vas a librarte de esta», se reprendió de nuevo. El calor del cuerpo masculino le traspasaba la ropa. »¿De verdad quieres largarte sin darle una probadita?» La tentación le cosquilleaba en el estómago. Un hormigueo ascendía, vertiginoso, desde los dedos de los pies. La piel se le erizó y un rubor intenso le calentó las mejillas. Agradeció estar de espaldas a él.

    El ritmo acelerado de su respiración la puso nerviosa. Él afianzó el agarre con la mano izquierda limitando sus movimientos mientras que, con la derecha, descendía haciendo dibujos con la yema de los dedos.

    Delineó el cuello femenino y las clavículas. Bajó por sus pechos, jugando libremente con su forma, sopesando lo natural de su caída. Continuó dibujando círculos cada vez más pequeños, hasta alcanzar sus pezones. Primero uno, luego el otro.

     —¿Nadie te ha enseñado que no se toca sin permiso? —dijo con la voz entrecortada.

    Él percibió la tensión en el cuerpo femenino, los pezones erguidos y tan sensibles a su tacto que no pudo evitar sentir una punzada de deseo entre las piernas. Aun así, se apartó. Ella exhaló el aire y se volvió con rapidez. Él permanecía entre las sombras, tenso como un arco a punto de soltar una saeta.

    —Márchate —exigió en voz baja—. Espero que la próxima vez que intentes colarte en mi oficina seas más cuidadosa.

    —¿Hablas en serio? ¿Me dejarás ir así?

    —Yo no obligo a nadie a follar conmigo.

    —Ni falta que te hace —masculló ella y se maldijo por tener la lengua tan suelta—. Me refiero a que si me dejarás ir sin llamar a la policía —se corrigió enseguida.

    Él ladeó la cabeza como si sopesara la posibilidad de hacerlo.

    —¿Ahora es cuando intentas seducirme para que no lo haga?

    —Gilipollas —farfulló. —él soltó una risotada.

    —¿Acaso me equivoqué? —dijo y se aproximó a ella en dos zancadas—. Me parece que no. Por cierto, cuando te enfadas eres muy atractiva. Esa voz tuya me pone mucho. —Olisqueó como si fuese un sabueso—. Ni hablar de ese aroma —dijo casi en un ronroneo.

    Ella lo mantuvo a raya apoyándole la palma sobre el pecho.

    —No tan rápido, guapetón.

    —Vale —dijo y alzó ambas palmas hacia ella—. ¿tienes una condición, supongo. —Ella asintió con la cabeza, aunque luego se sintió algo estúpida por hacerlo—. Te escucho.

    —Si accedo a… ya me entiendes, contigo esta noche, no llamarás a la policía.

    —Follar —dijo acentuando las sílabas—. ¿Tienes reparo con la palabra?

    La interpelación la puso de mal genio.

    —¿Y qué si la tengo? Soy ladrona. Mi trabajo es robar, no acostarme con los objetivos.

    —¿Y entonces por qué vas a acceder a follar conmigo? —ella se ruborizó—. ¿Acaso me tienes lástima? Porque si es así, puedes irte tranquila, no necesitas negociar por tu libertad.

    Ella se le aproximó. Volvía a estar tenso.

    —No es lástima —dijo en voz baja—. La verdad es que… bueno, que me da morbo. ¿Contento? No es primera vez que la idea de seducirte se me pasa por la cabeza.

    —Me gusta la franqueza.

    —¿Y ahora qué? —La llamó con el índice.

    —Ahora vamos a terminar lo que empezamos.

    —¿Aquí? No hablas en serio. —Asintió con un movimiento leve de cabeza.

    La cogió por la cintura y se pegó más a ella. La hizo girar sobre sus talones hasta dejarla de espaldas. Le rozó el lóbulo de una de las orejas con el mentón. El cálido aliento le revolvió varios mechones con un soplo suave. Se estremeció de forma involuntaria.

    —Excitada me gustas más —susurró y la rodeó con los brazos.

    —¿Y si me resisto? —murmuró ella.

    —No pensé que te gustaran los juegos de ese estilo. ¿estás segura?

    —Quiero probar —confesó con las mejillas encendidas.

    —De acuerdo, juguemos.

    Ella echó la cabeza hacia atrás.

    —¿No piensas que estoy loca?

    —Un poco sí. Solo a una desquiciada se le ocurriría emplearse en una empresa como esta y luego robar al dueño.

    —Hablo en serio —dijo jadeante mientras él le acariciaba los pechos por encima de la blusa.

    —Si te refieres a tener sexo con un desconocido. No soy tan desconocido, en realidad. Puedo despedirte ahora mismo si te da reparos follar con tu jefe. En todo caso, eres libre de estar con quien quieras. ¿quién soy yo para juzgarte?

    Ella exhaló un suspiro. Pese a que la situación era el colmo de la extravagancia, había tomado una decisión. Si luego se equivocaba ya vería cómo asumir las consecuencias. Entró en su papel e intentó zafarse; no lo consiguió. Obtuvo una respuesta inesperada. Dio un leve respingo ante la sensación que le producía aquel dedo travieso deslizándose con habilidad entre sus piernas.  Contuvo un gemido y lo sujetó por la muñeca. Percibió de nuevo el mentón enredarse en su cabello.

    —Suéltame —logró decir entre jadeos.

    —No —respondió y acentuó los movimientos de aquel dedo experto.

    El mundo giraba y giraba dando mil vueltas. Cerró los ojos. El calor líquido entre sus piernas la sorprendió. él le susurraba sus intenciones. Imágenes decadentes se dibujaban en su psique. Batalló contra el estímulo de esa voz tan sugerente.

    —Déjame ir — dijo y ahogó un jadeo.

    —No —contestó y le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

    Le acarició los pechos, los pezones erguidos. Caricias que se acoplaban a los movimientos de aquel dedo perverso. Arqueó la espalda. El anhelo que se arremolinaba en su interior estuvo a punto de sacarla del juego.

    —No te abandones todavía, preciosa —le susurró.

    Intentaba resistirse, pero él no le daba tregua. Le rozó el cuello con la lengua, ahí donde le latía el pulso con más fuerza.

    —Juegas con ventaja —dijo con voz trémula.

    —Imagina cómo será cuando te quite la ropa —le dijo a media voz y la atrajo hacia sí—. Lo notas, ¿verdad?  Va a ser exquisito sentirte —susurró sin soltarla.

    Balanceó las caderas hacia adelante en un vaivén instintivo. Los dedos hábiles pellizcaban impacientes.  Ambas manos, la de ella y la de él, entrelazadas, seguían un ritmo enloquecedor. Dejó de pensar; no daba crédito, pero aquel hombre la llevaba al borde del precipicio. Segundos después alcanzó el clímax

    Las piernas le temblaban. Se había zafado de aquel abrazo; no obstante, él la cogió por la muñeca. Bajó la mirada un instante;  ahí estaba, con la cremallera abajo, sujetándose con firmeza. Se humedeció los labios. La imagen de sí misma hincada frente a él para saborearlo irrumpió en su mente.

    —Aún no —ordenó como si hubiese adivinado sus pensamientos.

    —Me marcho —dijo para probarlo.

    —No serás tan cruel para dejarme en este estado. Mírame —Ella se lo comió con los ojos.

    La atrajo hacia sí. Sus cuerpos chocaron un instante. Guio la mano femenina hasta que lo asió con firmeza y la indujo a masturbarlo. Le mostró cómo le gustaba y se sintió poderosa. Nada le resultaba más estimulante que verlo entregado al placer, con la respiración acelerada y con la petición dibujada en el rostro.

    Echó la cabeza hacia atrás y adelantó la pelvis. Un gemido trémulo precedió al líquido tibio y espeso que le corría entre los dedos y descendía despacio hacia su muñeca. Un par de gotas se estrellaron contra el suelo. Lo creyó distraído en medio del orgasmo y se movió con lentitud. La tenue luz que se filtraba por el ventanal le otorgó un matiz sobrenatural a la figura masculina. Ahogó un gemido. ¿Dónde se había metido? Dio un vistazo alrededor. ¿Acaso había alucinado? La sensación pegajosa entre sus dedos rompió la incertidumbre. Lo escuchó detrás de sí.

    —Aún no acabamos —dijo con voz burlona.

    Giró con rapidez y entornó los párpados. Lo vio frente     a la puerta, bloqueándole la salida.

    —¿Cómo diablos…? —masculló sin terminar la frase.

    Dio un paso a la derecha y él le impidió el avance. Se movió a la izquierda y se lo volvió a impedir.

    —¿Pensabas marcharte sin que te folle, preciosa? —preguntó y se quitó la camisa por la cabeza.

    Aún en penumbras, distinguió la imponente silueta. Sin embargo, lo que más la sorprendió, fue verlo erguido, como si unos minutos antes no hubiese pasado nada.

    —Hum…

    «Este tío no es humano, al final van a tener razón los que creen que tiene un poder místico». La idea la mantuvo boquiabierta unos segundos. Miró de soslayo por si pudiese alcanzar la puerta.

    —¿Algún problema?

    —No me lo tomes a mal, de verdad. Estás como un tren, pero…

    Se movió tan rápido que no alcanzó a ver nada. Una fracción de segundos después, estaba adherido a su cuerpo estrechándola en un abrazo apasionado mientras le comía la boca con avidez. Con la lengua hurgaba y la exploraba con habilidad. La besó y acarició con tanto arrojo que su mente hizo corto circuito durante unos segundos.

    —¿Qué eres? No eres un vampiro, tampoco hueles como un demonio —preguntó entre jadeos.

    —¿Acaso importa? Estoy a tu entera disposición —dijo y extendió los brazos.

    De alguna forma que no comprendía del todo, se había deshecho de la ropa de ambos. Ella paseó la mirada y suspiró.

    —Supongo que a estas alturas no importa demasiado. —Él sonrió.

    La levantó como si fuese una pluma. De un manotazo barrió los objetos del escritorio y   La dejó sobre la fría superficie. Reprimió un gemido. La piel se le puso de gallina. No habían transcurrido ni tres minutos y ya la tenía tumbada sobre aquella madera pulida.

    —¿Seguimos jugando a la resistencia? O te apetece algo más.

    Le respondió revolviéndose como si intentase escapar.

    —Muy bien, preciosa, sigamos jugando —dijo a media voz y la tomó de las caderas.

    La atrajo hacia sí y le separó las piernas con su propio cuerpo.

    —Suéltame —exigió fingiéndose desesperada, aunque su voz reflejaba algo muy distinto.

    —No —contestó y se deslizó en su interior con un solo movimiento.

    Metida en su papel reprimió el gemido que casi se le escapa. Se mordió el labio inferior para contener los jadeos. En un intento por continuar con la fantasía, fingió rebelarse. Le clavó las uñas en los brazos. Él levantó una ceja. El brillo que le iluminó la mirada vacía la hizo tragar saliva. ¿Se le habría pasado la mano? Sin mediar palabra, Hizo un ademán. Ataduras invisibles le rodearon las muñecas. Con otro gesto , las manos le quedaron por encima de la cabeza.

    Ella gimoteó, él respondió con una sonrisa perversa. El íntimo abrazo lo incitaba a moverse. Cada contracción involuntaria amenazaba con romper su autocontrol. La sensación de sentirse colmada por él le resultaba embriagadora. La asió con firmeza por las caderas   y adelantó la pelvis, una, dos, tres veces,  en un ritmo cadencioso que pretendía desatar su rendición.

    Iniciaron un duelo de voluntades. Ella se negaba a rendirse; él mantenía el asedio sobre su cuerpo. las sensaciones estaban a punto de romper su resistencia. «¡Muévete, por lo que más quieras, hazlo!».  Las palabras brotaban sin control dentro de su cabeza, una y otra vez.

    —Ríndete, preciosa. Pídeme eso que tanto deseas —le ordenaba mientras seguía empujando con parsimonia.

    La frotó con el pulgar. Círculos cada vez más pequeños la rozaban, una y otra vez, ahí, donde el placer parecía inagotable. Jadeó, gimoteó. Presa de las sensaciones, se retorcía, negaba con la cabeza. Movimientos casi espasmódicos le alborotaron la melena. La sujeción invisible desapareció. Se aferró los pechos y arqueó la espalda para no levantar las caderas e ir a su encuentro.

    Él aguardaba con deleite. Le fascinaba presenciar cómo se debatía contra su voluntad, cómo luchaba contra sus deseos más primitivos. A punto de perder la batalla, con el grito queriendo escapar desde su garganta,  Se contuvo mordiéndose un índice. Ahogó la súplica. La sensación de vacío le robó el aliento un instante. La frustración se mezcló con el anhelo en cuanto se deslizó fuera, rompiendo la íntima unión,  tan cerca de que alcanzase el clímax.

    —Veamos cuánto más puedes resistirte, preciosa —El cálido aliento sobre su pelvis le erizó la piel.

    Hurgó con dedos traviesos hasta que, por fin, halló lo que buscaba.  Presionó desde dentro mientras la acariciaba con la lengua desde fuera en un ritmo constante que amenazaba con llevarla a la rendición absoluta.

    —Maldito tramposo —dijo en un hilo de voz.

    —No imaginas cuánto —murmuró sobre sus labios resbaladizos—. Entrégate,  anda… Sé que lo deseas, pídemelo. —La suave letanía la tentaba.

    Ella cerró los ojos, arqueó la espalda y hundió los dedos entre los mechones gruesos, empapados de sudor. A punto de que el placer aplastara su voluntad, él volvió a detenerse. Le besó las ingles y ascendió despacio dejando un rastro de humedad sobre cada centímetro de piel.

    —Eres un…

    Él sonrió con malicia.

    —No te resistas más. Pídeme que te folle. —murmuró y le lamió los labios.

     Ambos sexos se rozaban con intimidad. La necesidad de sentirlo en su interior se volvía imperiosa. Él sabía que doblegarla no sería fácil, pero si algo había aprendido tras siglos de práctica, era tentar la psique de una mujer. Hizo el amago de penetrarla y ella contuvo la respiración, tensa como la cuerda de una guitarra a punto de romperse.

    —Dilo, nena; vamos, pídelo —La instigó con roces delicados alrededor del clítoris.

    —Fóllame —susurró tras un gemido ahogado.

    Exhaló de golpe el aire que llevaba contenido y le hacía arder los pulmones.

    —¿Perdona? No entendí qué dijiste. —continuó tentándola.

    —¿Me rindo! Fóllame, hazlo ya. —Cerró los ojos y obedeció gustoso.

    Ambos cuerpos se encontraron. Danzaron con desenfreno siguiendo la melodía que interpretaba el deseo primitivo que les palpitaba bajo la piel. Ella le rodeó las caderas con las piernas y le clavó las uñas en la espalda. El íntimo abrazo los catapultó al punto donde ya no habría retorno. Las pieles se rozaron, los gemidos se fundieron; saltar al abismo era el siguiente paso. Ella no se contuvo. Él no se esforzó por contenerla; en el fondo deseaba con locura dejarse llevar, disfrutar de perderse en aquel clímax y, una vez en la cima, volverse a encontrar con ella.

    Exhaustos sobre la alfombra, disfrutaban del letargo tras el orgasmo compartido. Ella jugaba con el vello de su torso, descendía con lentitud hasta rozarle el pubis y volvía a ascender.

    —¿Me darás alguna explicación si te la pido? —preguntó presa de la curiosidad.

    —¿Sobre qué?

    —¿Qué eres, por ejemplo? ¿Cómo puedes hacer lo que haces?

    —¿Hay alguien que no sepa follar?

    Se sentó a horcajadas como una amazona. Él le apoyó las manos en la cintura.

    —Hablo en serio —dijo y clavó la mirada en sus ojos, vacíos de expresión y de una negrura insondable.

    —No necesitas respuestas, ya has visto qué soy —replicó con naturalidad—. Confórmate con saber que no necesito ver para sentirte ni para reconocer a una ladrona consumada, por muy lista que sea.

    —Todos creen que eres un ciego muy adinerado; que ves más allá de lo evidente; que tienes dones místicos. Un ángel divino, dicen cuando te ven pasar.

    —Y lo soy. Que tenga el alma oscura es otro asunto que no le concierne a nadie. Además, cada quien cree lo que quiere.

    —¿Y tú qué crees? —Se inclinó sobre él para besarlo.

    —Que, si sigues provocándome así, voy a follarte otra vez.

    —No puedo contigo, ¿lo sabías? —Él le mordisqueó el labio inferior.

    —Eres una bruja consumada, claro que puedes conmigo. Y te lo voy a demostrar…

    La sensación de una caricia íntima la estremeció. Aquel par de dedos invisibles sabían cómo tentarla.

    —Glotón —murmuró sobre sus labios.

    —Bésame de una puñetera vez. —Ella rompió a reír.

    En un parpadeo, él se cernió sobre ella para devorarle la boca como si no hubiese un mañana.

  • TORMENTA CÓMPLICE

    Un bosque en segundo plano. Arriba, en el cielo, una tormenta en pleno desarrollo con nubes y relámpagos. en primer plano, una chica con aspecto de duende dirige una mano hacia el firmamento. Pareciera como si controlase de alguna manera la tormenta.
    Imagen libre de derechos de Jim Kooper en Pixabay

    En segundos, los diamantes celestiales desaparecieron engullidos por la voraz capa de nubes. Un relámpago cruzó el firmamento. El destello iluminó la hoja. El rugido del trueno enmudeció el grito; el chapoteo de aquellos pies descalzos contra el fango resbaladizo se desvaneció.

    El goteo carmesí se confundió con el repicar de las lágrimas celestiales. El eco de los pasos, lejanos, se fundió entre la melodía salvaje del viento que aullaba lastimero. «Uno menos en la lista», pensó antes de limpiar la hoja de su daga y envainarla.

    Levantó la mirada. Sus labios se curvaron. La tormenta había cumplido su cometido una vez más.

    Esta microficción surgió en la comunidad Surcaletras y corresponde al reto 54. La premisa era escribir una historia que ocurriese durante una noche tormentosa.

    A continuación puedes disfrutar del microrrelato narrado y ambientado en un simulacro de corto audiovisual. ¡Espero te guste!

    Tormenta cómplice – Video

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  • CAZA NOCTURNA

    Un sujeto que viste una sudadera con capucha, sostiene un gran cuchillo en una mano. La capucha impide que se le distinga el rostro. El fondo es negro y brinda una atmósfera lúgubre a la imagen.
    Imagen libre de derechos tomada de Pxfuel

    Samantha cerró los ojos y, como cada noche, se dejó arrastrar. Vinculada a la psique del asesino observó a la siguiente víctima. Bloqueó el torbellino de pensamientos de la mente masculina. El ansia de saborear las vísceras, en vivo y directo, ejercía un poder demasiado seductor, casi hipnótico. Logró dar un vistazo una fracción de segundos antes de que la conexión se rompiera. Apenas pudo atisbar la matrícula del coche; la exaltación la expulsó con violencia de regreso a su mente.

    Abrió los ojos y se enjugó las lágrimas. Inspiró hondo y se ajustó los auriculares. Tecleó como una posesa a medida que la síntesis de voz le ofrecía el retorno. Pulsó en enviar y se recostó contra el respaldo de la silla. Desde el accidente que la mantuvo en coma durante seis meses y le había robado la vista, Samantha había tenido que aprender a vivir a tientas. Todavía le costaba entenderse con la tecnología; sin embargo, desde el primer episodio nocturno se propuso encontrar una alternativa que no pusiese en duda su credibilidad. Aún recordaba la primera vez que se encontró con el Detective Marlon Patterson.

    —Comprendo su preocupación, señorita Finch. No obstante, este asunto es demasiado importante como para fiarnos de corazonadas.

    Algo en la manera de hablar del policía le resultó vagamente familiar. El intenso perfume varonil despertó un zumbido en su memoria que se esfumó demasiado rápido como para asimilarlo. Apartó la idea de sus pensamientos. Necesitaba enfocarse y convencerlo.

    —No se trata de ninguna corazonada, detective. Le estoy diciendo que una buena fuente me ha confirmado que la mujer desaparecida hace una semana ha sido asesinada. Tiene que escucharme.

    —Y la escuché. Dígame el nombre de su fuente para poder citarle a comisaría a que declare.

    —Sabe muy bien que no puedo hacer eso —dijo y bajó la mirada; aferraba con tanta fuerza el bastón que los nudillos le palidecieron.

    —Que tenga buen día —respondió y en segundos había dado media vuelta.

    La gelidez en su tono le provocó escalofríos. Las palabras se le agolpaban en la garganta; tuvo que dejarlas en libertad o se atragantaría.

    —Se arrepentirá, detective —soltó en voz alta.

    —¿Es una amenaza? Le recuerdo que está en una comisaría rodeada de policías y testigos.

    Samantha resopló. Que un agente la guiara fuera del lugar casi a empujones la crispó.

    —No se lo tenga en cuenta, señorita Finch. Marlon no es mal tipo y es un estupendo policía de homicidios.

    —¿Usted es? —preguntó un poco desorientada.

    —Lucas Trevor. —Enseguida giró el rostro en dirección a la voz—. Puedo llevarla si gusta. Sé que antes me mostré un poco brusco, no lo hice por mal, es solo que…

    —Nadie quiere a una ciega dando por culo, lo entiendo, no se preocupe.

    El hombre carraspeó y reprimió una risita.

    —Comparta el chiste conmigo —invitó ella.

    —No piense que me burlo de usted, es solo que sigue siendo tan deslenguada como siempre y esperaba…

    —Moriré deslenguada, entre otras cosas, porque afortunadamente solo se me jodió el quiasma óptico. El resto de mis neuronas funcionan.

    —Y vaya si funcionan —masculló Lucas—. ¿Me acepta un café?

    —Solo si no es la bazofia que soléis beber ahí dentro —señaló hacia donde creyó que estaba la comisaría.

    Desde entonces y tras cada desaparición, Lucas acudía a Samantha. El detective no daba crédito a la precisión de la información que ella les ofrecía en ocasiones. Pese a su reticencia y a sus dudas; al rechazo contundente de Patterson a contar con su ayuda, el detective había mantenido contacto continuo con la periodista; no solo por disponer de alguien con una perspectiva tan analítica, sino porque le preocupaba su seguridad. Al menos había sido así hasta la noche en que había descubierto que no existía ninguna fuente.

    Samantha se había hecho un ovillo, tumbada en el sofá de su salón. Por más que Lucas la sacudía con la intención de despertarla, ella continuaba sumida en un estado que el detective no había visto jamás. Frenó el bofetón justo a tiempo. Los enormes ojos acerados de Samantha miraban desorbitados al vacío.

    —¿Qué coño ha sido todo esto? —preguntó apenas la vio parpadear—. ¿Consumes drogas?

    Samantha se enjugó las lágrimas y negó con la cabeza.

    —Te lo explicaré, aunque nunca vuelvas a creer en mí.

    —Habla, no puede ser tan grave —dijo y se sentó frente a ella.

    La periodista le contó la verdad, aunque omitió un pequeño detalle. No lanzaría una acusación tan grave hasta no contar con alguna certeza.

    —¿Esperas que crea que eres una especie de clarividente?

    —Desde luego que no —replicó y tras encoger las piernas se abrazó las rodillas—. Esto no va de ver el futuro, Lucas. Se trata de un vínculo distinto. Yo veo a través de los ojos del asesino.

    —No esperarás que te crea, ¿verdad? —ella negó con la cabeza y al detective se le encogió el corazón.

    Pese a lo descabellado de aquel asunto, la vio tan resignada que experimentó una punzada de culpabilidad.

    —Hoy ha ido a por la tercera víctima. Es una Estudiante universitaria. Si no es nadadora, debe practicar algún otro deporte acuático.

    —No sigas con esto —dijo y se puso de pie—. Será mejor que me marche. —Ella asintió con la cabeza en un gesto casi imperceptible.

    Una semana después, Lucas había regresado. La vergüenza se traslucía en el tono de voz y esa manera singular de titubear que solía aflorar cuando más incómodo se sentía.

    —¿Hay alguna posibilidad de que sepas algo más?

    —Pasa, te daré lo que llevo apuntado hasta ahora; con eso creo que podréis encontrar el cuerpo.

    Samantha no necesitó verle la cara. La forma en que se dejó caer en el sillón le habló de su abatimiento.

    —Tendría que haberte escuchado; debí haberte creído.

    Ella le extendió una mano.

    —Todavía no es demasiado tarde, le cogeremos; yo te ayudaré todo lo que pueda.

    El insistente sonido de las notificaciones la catapultó de vuelta. El último mensaje en el chat cifrado hizo que el corazón le diese un vuelco.

    «Voy a por ti, preciosa. Falta muy poco». Samantha revisó los mensajes previos. La desconexión intempestiva había interrumpido el mensaje de advertencia de Lucas. «¿Sabes quién soy?». La idea que cruzó por su mente le aceleró el pulso. El timbre de la puerta sonó una vez más de lo habitual. Cogió el abrecartas y se lo guardó bajo la manga de la sudadera sujeto con la correa del reloj.

    —Señorita Finch, es la policía. Soy el detective Patterson. ¿está Trevor con usted?

    Samantha entornó los párpados. Con cautela se aproximó a la puerta y cogió el bastón. Plegado como estaba lo mantuvo oculto a sus espaldas y abrió la puerta sin retirar la cadena.

    —Lucas no… —Marlon Patterson empujó la puerta.

    La chapa de la cadena saltó con la embestida. La periodista reculó un par de pasos. El hombre entró dispuesto a abalanzarse sobre ella. Samantha tiró de la liga y el bastón se extendió. El sonido sorprendió al policía el tiempo suficiente para que ella cogiera el bastón como si fuese un bate de beisbol. Con el corazón en la garganta lanzó el primer bastonazo. El jarrón en la mesita cerca de la entrada estalló convertido en añicos. ambos respiraban jadeantes. El crujido de los cristales la ayudó a abanicar de nuevo el bastón.

    Marlon chilló. La esfera giratoria le había dado de lleno en el pómulo. Furioso, saltó sobre ella. Ambos cayeron al suelo. Rodaron hechos una madeja de brazos y piernas. La periodista recordó el abrecartas y lo cogió con la mano diestra. Desesperada, se revolvía bajo el cuerpo masculino; entre tanto, Marlon le aferraba la muñeca. Ella levantó la izquierda y le clavó las uñas en el rostro. El policía gritó y aflojó el agarre. Impulsada por la adrenalina, aferró el abrecartas y se lo hundió varias veces.

    El olor ferruginoso se le filtró por la nariz. La humedad viscosa que le empapó las manos hizo que se le resbalara el objeto. La fetidez a baño de carretera le revolvió el estómago.

    El policía se desplomó sobre ella. La angustia de verse atrapada le llenó los ojos de lágrimas.

    —Pudimos haber sido los mejores —le susurró muy cerca de la oreja antes de exhalar su último aliento.

    Samantha gritó. El alarido se impuso a la advertencia de la policía que entraba en tromba en el piso.

    —Está a salvo, señorita. Nos ocuparemos —aseguró un agente.

    —¡Sammy! —La voz de Lucas le devolvió el alma al cuerpo—. ¡Déjame pasar, Nicholson! ¿Sammy, estás bien?

    Ella extendió los brazos. El detective la estrechó con fuerza.

    —LO, lo maté; creo que lo maté.

    —No pienses en eso ahora —dijo y la ayudó a levantarse.

    Tres semanas después,  Samantha volvía a teclear como posesa frente al ordenador. Otro asesino serial rondaba por la ciudad. Las noches volvían a teñirse de escarlata. La cacería había comenzado de nuevo.

    Esta historia fue escrita para participar en el Va de reto de agosto 2021 propuesto por Jose A. Sánchez. La premisa era escribir una historia que ocurriese durante la noche.

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  • EL ÚLTIMO DE LOS KOLTAN

    Un joven de pie junto a unas rocas. viste una especie de sobre todo algo antiguo. lleva una mano enguantada de cuyos dedos emergen luces. En la otra mano sostiene una espada que apunta al suelo. Es de noche y al fondo parece distinguirse un poblado.
    Imagen libre de derechos de Jim Cooper en Pixabay

    ¿Alguna vez imaginaste una historia en la que una sentencia de muerte se convierte en una oportunidad? No es tan absurdo como parece. Aguarda y prepárate; cuando conozcas a Fred Tamray, mi protegido, lo entenderás.

    ¿Piqué tu curiosidad? No te enfades, esa era la idea. ¡Joder! No te separes de mí, antes de contarte sobre Fred voy a tener que hacer una pausa pequeñita. Por cierto, me llamo Saenza. No te asustes si ves que todo se acerca a prisa; estoy acostumbrada a lanzarme en picado y planear.

    —¿Con quién diablos hablas, Saenza?

    —Ahora no, Fred. Luego te lo explico.

    —Ese par de ahí abajo… Bueno, ya ni tanto.

    —Calla, chiquillo que espantas a nuestro visitante.

    Verás, Fred tiene una conexión especial conmigo. No te preocupes, a ti no puede verte ni escucharte. ¡Madre mía del amor hermoso! Menudo momento para enfrentamientos. No entiendes nada, lo siento, va todo tan rápido que no he podido ponerte al día.

    Mira, el guaperas es Reeve Koltan, el último mago del linaje y regente de Claionte. El otro es Ramtay Malvioq; un demonio que, como en toda historia de magia, ambiciona el poder y gobernar nuestra terra.

    —No deberías revelar esas cosas, Saenza, menos a alguien que no conoces.

    —Chist, déjame escuchar; además nuestro visitante también quiere enterarse. No me seas cobardica.

    ¡Buen ataque ese! Bien por el mago.

    —¿Es que no piensas rendirte nunca? El origen jamás va a quedar en manos de un demonio, acéptalo de una puñetera vez.

    —Eres tan egoísta como todo tu linaje. Mañana morirás y contigo, Claionte entero. ¿Acaso no te importan las vidas que segarás por tu tozudez?

    —Como si tú fueses a permitirles vivir. ¿Crees que no sé lo que te propones?

    Llevas razón, ese ataque casi le alcanza el corazón al mago.

    —Morirás de todas formas. ¿Qué más te da entregarme el legado si me apropiaré de él?

    —El origen no puede robarse. —Ese puño en alto está listo para atacar—. Ha de cederse; de lo contrario aniquilaría al portador.

    —¡Mientes! —Demonio cabrón; se ha elevado dispuesto a arrojar la bola de poder que tiene entre las manos.

    Ah no, eso sí que no. Convocar a la magia prohibida es una afrenta imperdonable. No permitiré que ese pelafustán gane con trampa. ¡Agárrate! ¡Ahí voy!

    —¡Cuidado, Saenza!

    —No grites, Fred, no estoy sorda.

    ¡Toma ya! Puaj, que asco la sangre demoníaca. Ni se te ocurra probarla, ¿eh? Venga, aférrate bien. Necesito que me ayudes. Cierto, no estás aquí, pero igual puedes proporcionarme energía para quintuplicar mi tamaño y remontar el vuelo. Mira que Reeve pesa lo suyo. Eso, así, imagíname gigante. Ahora ya puedo llevármelo con Fred.

    —¿Conmigo? ¿Vas a traértelo aquí? Coño, si me descubre soy hombre muerto.

    —Claro que no. Prepáralo todo, va a necesitar unos cuantos remiendos.

    ¿Sigues allí? Ah vale, creí que te habías perdido durante el vuelo. Mola nuestra cabaña, ¿no crees? Es pequeña pero acogedora. Ese que ves ahí sobre el guaperas es mi protegido. Parece un simple naguerot, aunque en realidad es un mestizo. Coño, ya se ha cabreado. Odia que le diga así; aquí entre tú y yo (acércate más para que no nos oiga): tener sangre demoníaca como legado es un verdadero coñazo. Razón aparte, estos jóvenes de hoy no son nada tolerantes.

    —¿Por qué no cierras ese pico de una vez? ¿Qué quieres? Si el regente se entera de qué soy me mandará a la guillotina.

    —Joder, no te enfades. Solo ponía al día a nuestro visitante. Además, Reeve sigue tumbado a pierna suelta, ¿cómo va a enterarse de que eres un mestizo y no un simple mortal?

    ¡Qué lengua de sapo la mía!, ¿cuándo aprenderé a no hablar de más? Verás tú cómo se me echa encima ahora.

    —¿Hablas con un halcón? Porque no veo a nadie más aquí. —Qué sueño más ligero tiene este regente.

    Qué pálido se ha puesto Fred; con qué lentitud se mueve.

    —Majestad…

    —Levántate y responde a mi pregunta. —Coño, esos ojos violetas van a atravesar las defensas de mi muchacho.

    —Así es, señor. Desde crío he hablado con Saenza.

    —¿Y con otras criaturas?

    —No lo he intentado jamás. —Sí, también me di cuenta. Reeve lo observa con curiosidad.

    —¿Vives solo?

    Iba todo demasiado bien. Verás tú cómo ahora se enfurruña. Y con razón, no se le puede negar. Los Koltan la vienen cagando desde hace mucho tiempo.

    —Vuestro linaje ha sentenciado a los míos por eones, majestad. De mi familia solo quedo yo.

    —Un error que he intentado corregir. Durante mi mandato no se ha vuelto a cazar a ningún mestizo.

    Punto para el regente, la verdad. Esperemos a ver qué dice ahora.

    —¿Me libraréis del ostracismo?

    —Con una condición.

    Comienzo a arrepentirme de haber ayudado a este capullín. ¿No te provoca darle un sopapo? Sí, a mí también.

    —¿Con quién coño habla tu puñetero halcón? ¿Albergas demonios en este lugar? —Reeve ya se puso a la defensiva, verás tú.

    Culpa mía, en realidad, por olvidar que como mago tiene la capacidad de detectar todos los vínculos mágicos. También el nuestro, por lo que veo, aunque no por eso voy a permitirle ofensas.

    —Más respeto. Podrás ostentar el cargo de regente de Claionte, pero no toleraré que dudes de mi decencia y la de mi protegido, aunque su sangre no sea tan pura como la tuya. Aquí no hay demonios. Solo la presencia de alguien que nos visita desde otro plano.

    —¿Ese visitante nos ve?

    —Sería más preciso decir que nos lee, majestad; solo es un mero espectador. —No te preocupes, a ti no puede tocarte ni un pelo.

    —¡Perfecto! —Vaya, mira cómo le brillan los ojos—. Es lo que necesitaba. Con testigos nadie podrá refutar mi decisión. Ahora, debo hacerte una pregunta…

    —Fred, majestad, ese es mi nombre.

    —¿Aceptarías convertirte en receptáculo del origen?

    —Estaría muerto en segundos. Todo Claionte sabe que solo los Koltan podéis…

    —Los mestizos también sois aptos, por eso se os ha cazado durante tanto tiempo. Escúchame… —Menuda revelación; ahora le ha cogido de ambas manos—. La profecía se cumple mañana. Debo morir para que Claionte viva y tú eres mi mejor… nuestra única oportunidad.

    —No sé, majestad. Solo soy un simple cetrero.

    —No te hagas de rogar. Tienes una oportunidad valiosa. —Ya sabía yo que ese gesto con las manos traía trampa; verlas entrelazadas con las de Reeve ya le disparó el pulso.

    —Ella tiene razón. Acepta el legado que estoy dispuesto a concederte y gobernarás Claionte.

    —Necesito pensarlo, majestad.

    —No tardes demasiado. —Al menos pide y no exige—. Solo tengo hasta el amanecer.

    Como el cabezota de Fred se niegue, nos iremos todos a la porra. Sí, en cierta forma tú también porque si desaparecemos no podrás volver. Ya sé, es una putada en letras mayúsculas. Diecinueve años; tantas primaveras cuidando de él y ahora… gracias, que imagines que me acaricias el plumaje consuela muchísimo. Claro, ayudaría más si Fred accede a convertirse en el nuevo regente.

    —Venga, Saenza, deja ya el dramatismo. Voy a aceptar. ¿Contenta? Solo espero sobrevivir y no terminar convertido en un cadáver seco y arrugado.

    —Ya sabía yo que eras un joven muy inteligente. Te he educado bien. —Me hace gracia esa forma de Fred de poner los ojos en blanco.

    ¿No te parece que los dos son guapísimos? Harían una pareja encantadora.

    —¡Saenza! Cierra el pico.

    —Déjala, no me molestan sus especulaciones… —sí, también me fijé en que sus ojos sonríen con picardía—. A fin de cuentas, no miente. Eres un joven muy atractivo.

    Fred es tan mono cuando se sonroja, ¿no crees? Ajá, al final si todo sale bien puede que haya romance. Llevas razón, mejor cierro el pico.

    —Acepto vuestro legado, majestad. —Me choca cuando baja la mirada—. ¿Qué debo hacer?

    —Ven. —¿Has visto cómo entrelazó sus dedos con los de Fred?—. Vamos afuera.

    Alzaré el vuelo. Es mejor estar atentos por si surgen complicaciones. ¿Te parece que soy pesimista? Lo que pasa es que como vives en otro plano no te imaginas la de improvistos que llegan a ocurrir en un simple parpadeo. No te preocupes, desde aquí arriba puedo vigilarlos sin problemas. Además, es mejor que tengan cierta privacidad.

    —Esa rapaz tuya es de armas tomar.

    —Es picoflojo, sin embargo…

    —No tienes que defenderla, no me molesta, todo lo contrario. Agradezco que interviniese en mi favor. Gracias a ella y a ti, claro, sigo vivo. ¿Estás listo? —Fred suele inspirar hondo antes de asentir, no te preocupes.

    Llevan un rato en ello, sí. Yo no noto nada diferente. ¿Tú desde allí has atisbado algo? Eso pensé. Voy a planear más bajo, así podremos oírlos mejor.

    —Quizá yo no sea el indicado, majestad.

    —Chist, lo que tienes es que abrirte a mí, a mi magia, quiero decir. —No sé por qué Reeve apoya las palmas sobre el pecho de Fred. Qué calor más asfixiante envuelve al chiquillo.

    Tengo la sensación de que algo no marcha bien. Me posaré en la rama de ese árbol de allí. Agárrate fuerte.

    —¿Está seguro de que es posible lo que pretende, majestad? —Pobrete, cómo tose; apoyado a gatas sobre el césped parece un animalillo—. Quizá deba buscar a otro.

    —Lamento haberte herido. Hago lo correcto, estoy seguro. Lo que necesito es que confíes más en ti y en mí.

    Sí, a mí también me preocupa. El amanecer no tardará en llegar. No sé, quizá metí la garra hasta el fondo por insistir.

    —Túmbate a mi lado y cierra los ojos. —Fred siempre ha sido obediente—. Ahora, imagina que hay un sendero que llega hasta tu corazón. Al final hay una verja. Ábrela e invítame a pasar.

    Reeve debe tener una buena razón para introducir la mano entre la apertura de la camisa y apoyar así la palma sobre el pecho desnudo. Quizá el fuerte latido del corazón juvenil le infunda confianza en su decisión.

    El alba despunta. Creo que algo ha ocurrido. ¿No lo sientes? Sí, la vista de ambos juntos es tan tierna.

    —¿Majestad? —Menos mal que abrieron los ojos.

    —Serás un justo gobernante para Claionte. —Ya le sacó los colores—. ¿Me concederías dos deseos?

    —Por supuesto. Lo que quiera.

    —Tutéame y bésame. Quiero morir y entregarte mi último aliento.

    —Majestad…

    —Por favor… —¿Has visto cómo se lanzó a comerle los morros?

    —¡Cuidado, Fred!

    ¿Cómo que por qué los interrumpo? ¿Quieres que la historia acabe sin final feliz? Reeve ya quedó laxo entre los brazos del nuevo regente.

    —Tienes algo que me pertenece. —Ramtay no le quita los ojos de encima al cuerpo del último Koltan, será capullo—. Entrégamelo y te perdonaré la vida.

    —Mientes. —Fred no es tonto, no te preocupes.

    —Da igual, ¿no crees? En todo caso, la verdad es que no estás preparado para gobernar Claionte; ni siquiera sabes qué hacer con el origen. La magia te consumirá.

    Espero que no se olvide de lo que le dijo Reeve. Si pierde la confianza será nuestro fin.

    —Puede que no sepa qué hacer. Para tu desgracia, aprendo rápido. Así pues, no seré yo quien acabe contigo. Será la magia que tanto ambicionas. —Qué listo mi chiquillo; permitió que el poder que lo habita cogiese las riendas.

    ¡Toma! Eso te pasa por gilipollas. ¿Te has fijado?, ha sido un ataque fantástico. ¡Mierda! Eso ha tenido que dolerle. Pobre de mi chico. ¿Te vienes conmigo? Voy a enseñarle a ese charlatán demoníaco lo que significa meterse con el polluelo de Saenza.

    Un demonio con aspecto de guerrero; muy cerca de él flota un pequeño halcón
    Imagen libre de derechos de Jim Cooper en Pixabay

    Lo he dicho antes y lo certifico: la sangre de demonio sabe asquerosa; ni hablar de cómo huele. Oye, esa es una brillante idea. Se lo diré.

    —Fred, chiquillo, dice nuestro visitante que lances un ataque directo al corazón. Yo distraeré a la bestia esperpéntica.

    —¡Maldito avechucho! ¡Sal de mi camino!

    —Dale saludos al regente del infierno.

    Ese movimiento de brazos extendidos hacia adelante hace que parezca todo un guerrero, ¿no crees? ¡Joder! Huelen mucho peor cuando arden a fuego intenso. Qué asco. No te preocupes, ya te digo que apestan. ¿Qué? ¿Qué dices? ¡Mierda! Llevas razón. El poder del demonio amenaza con arrasarlo todo.

    —¿Y ahora qué? No tengo idea de qué hacer, Saenza.

    Es verdad, ¿por qué no se me había ocurrido eso antes?

    —Nuestro visitante cree que si absorbes el poder del demonio podrías detener la hecatombe de nuestra terra.

    —Eso suena muy bien. ¿Cómo rayos lo hago? ¿Se os olvida que soy un simple cetrero?

    —¿Olvidas que llevas sangre de demonio en tus venas? ¡Atráelo! La sangre llama a la sangre.

    —Lo intentaré.

    ¿Has visto eso? ¡Parece una pértiga ahí de pie con las piernas separadas y los brazos estirados en dirección al sol! ¡Está atrayendo todo el poder! ¿Qué dices? No sé, se lo puedo comentar, aunque eso va contra las reglas universales. Llevas razón, Reeve ya se saltó una al darle el poder a Fred. Quizá funcione.

    —¿Ahora qué pretendéis? —Pobrete, se ha quedado sin resuello.

    —Verás, nuestro visitante cree que podrías intentar resucitar a Reeve.

    —¿Os creéis que soy un dios? —Supongo que llevas razón; caer en el césped de esa forma debe doler.

    —No pierdes nada si lo intentas.

    —No sé cómo hacerlo. —Tumbado junto a Reeve parece tan indefenso, ¿verdad?

    —¿Y si pruebas la técnica de todos los príncipes de cuentos de hadas?

    —Lees demasiada fantasía, Saenza.

    —Venga, inténtalo. Dale un beso.

    —De acuerdo. —Sí, el pobre se avergüenza muchísimo.

    No debería revelarte sus intimidades, pero ya que estás ahí, te lo cuento: posar los labios de nuevo sobre la boca de Reeve está despertando en él, cientos de sensaciones nuevas. El recuerdo del beso anterior le provocó un cosquilleo en el estómago y un aleteo en el corazón. Ha cedido, una vez más, el control a la magia que lo habita. El poder fluye de uno a otro en una comunión perfecta. Espero que no siga conteniendo así la respiración. ¡Uf! Por fin abrió los ojos.

    —¿Has muerto conmigo? ¿Todo se ha perdido? —sí, Fred es una monada cuando sonríe.

    Menos mal que negó con la cabeza o al pobre de Reeve le habría dado un soponcio. Chist, vamos a ver qué hacen ahora.

    —Bienvenido de vuelta, majestad. —¡Ostras! Sonrisa y beso de final de cuento.

    Vaya pillín está hecho Reeve. Como siga así terminarán… Mejor les dejamos intimidad para que sigan a lo suyo. Ahora que Claionte ya no corre peligro, el resto del mundo y otros planos pueden esperar.

    ¿Se te ha hecho corta la estancia esta vez? No te preocupes, historias habrá muchas más. Nos volveremos a encontrar cada vez que te apetezca leer.

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