Autor: Lehna Valduciel

  • ALOIA: LIBROAVENTURERA

    Una mano sostiene un libro abierto. El libro muestra las páginas escritas y en el punto de unión entre ambas páginas (izquierda y derecha) se ve una chica durmiendo entre las nubes.
    Imagen libre de derechos tomada de Pxfuel

    Aloia se volvió con rapidez. El corazón le galopaba en el pecho y los ojos se le anegaron como siempre. Contuvo las lágrimas a duras penas y salió del local con tanta premura que casi le pisa la cola a la gata himalaya de Eines que, desde que su madrastra la había dejado en Seadur, no se le despegaba ni a sol ni a sombra. Echó a andar sin rumbo fijo mientras se reprochaba, frustrada, por comportarse como una cría. Tenía diecisiete años; «edad suficiente para comportarse como una señorita y no como una desadaptada». Las palabras de su madrastra afloraron como tantas otras veces. Apartó el recuerdo y exhaló un hondo suspiro. A Eines le llegarían con otro cuento sobre lo arisca que era su nieta y ella, como siempre, alegaría que solo necesitaba tiempo para adaptarse. Una mentirijilla que, en el fondo, no se alejaba mucho de la realidad. Vivir en la ciudad no tenía nada que ver con la vida en esa aldea diminuta.

    El ronroneo de Baia rompió sus cavilaciones. El destello del cristal de la tienda-librería atrajo su atención. La gata dio un salto y se coló entre los pies de un turista que salía con las manos ocupadas. La joven maldijo a la bola de pelos y entró tras ella antes de que la pequeña rompiese algún objeto. Después de tanto esfuerzo para evitar que Eines se avergonzara de ella, sería una idiota si permitía que la gata hiciera de las suyas.

    El tintineo a sus espaldas le disparó el pulso. La puerta se había cerrado con rapidez. El olor a libros viejos le cosquilleó en la nariz. Dio un vistazo. Enseguida vio a la bola de pelos saltar sobre un banco, rozar una estatuilla de cristal y volar directo al mostrador. Las manos se le convirtieron en dos témpanos y el corazón casi le da un vuelco. Adelantó un paso antes de que la figura se estampara contra el suelo, pero Baia la distrajo al postrarse a sus anchas sobre la superficie repleta de objetos. La carcajada potente que retumbó contra las paredes la acicateó y se abalanzó sobre el adorno. Lo cogió en el aire. Un par de aplausos se impusieron al ronroneo de la gata que reclamaba atención.

    —Digna descendiente de tu abuela —señaló una voz áspera.

    Aloia colocó el objeto en su lugar y se volvió con lentitud. Fijó la mirada en un punto indefinido mientras se tomaba el tiempo de descifrar las primeras palabras que había oído. Resignada, como otras veces, inspiró hondo antes de hablar.

    —Mi abuela está bien. —La gata maulló; el hombre la miró con extrañeza.

    La joven desvió la mirada; otro paso la acercó al mostrador. Un objeto brillante la embelesó.

    —El camafeo de Reua es un objeto impresionante, ¿no crees? —Ella apenas asintió.

    El hombretón la siguió con la mirada. La joven, atraída por el magnetismo de la gema, la extrajo del exhibidor.

    —¿Es usted? —preguntó con desparpajo.

    Baia volvió a maullar. Aloia no le hizo el menor caso. El hombre sonrió. Los ojos ambarinos refulgieron.

    —Hay quien dice que mi padre se parece al dios —dijo otra voz varonil.

    Aloia se sobresaltó y casi suelta la gema.

    —Que mala costumbre tienes de asustar a los clientes, Artai —reprochó el hombre—. Soy Brigo, jovencita. Eines debe haberte hablado de mí en algún momento.

    Aloia se sonrojó. ¿Se lo habría mencionado su abuela? Que le costase memorizar algunas palabras era una puñetera maldición.

    —Cla-cla-claro —mintió y bajó la mirada.

    —¿Por qué no le cuentas sobre Reua y el camafeo mientras voy a por el paquete de Eines? Estoy seguro de que le gustará la historia —propuso el hombretón a su hijo.

    El joven se encogió de hombros. Aloia notó cierto desdén en su mirada. Sin embargo, se mordió la lengua. Pese a las creencias de su madrastra, no era tonta. Si el hombre la asoció con su abuela era porque la conocía bien. Así pues, no iba a darles motivos para quejarse con Eines. Al menos no si podía evitarlo.

    —Es verdad lo que dicen de ti —espetó el joven—. Eres una carencias, ¿eh?

    La joven enrojeció con intensidad y aferró el camafeo con fuerza. La rabia le aceleró la respiración. Se recordó la intención de no avergonzar a su abuela y contuvo las ganas de lanzarle la gema por la cabeza.

    —No te entiendo —masculló.

    —Ya veo —dijo Artai con los ojos fijos sobre la gema—. Ese objeto cuesta un pastizal. Es una reliquia. Yo de ti lo dejaba de vuelta en su puesto. A menos que quieras recibir el castigo del dios, claro. Porque dudo mucho que a ti te recompense.

    Aloia se percató del nerviosismo de Artai.

    —No te creo. —El joven se encogió de hombros.

    —Tú misma. La leyenda dice que a Reua no le gustan las niñatas que no siguen las normas. —Aloia bufó.

    Baia se incorporó. Maulló y dio un salto. La puerta de la tienda se abrió. Un grupo nutrido de turistas entró alborozado.

    La joven frotó el camafeo. La idea de darle una buena lección al capullo engreído coqueteó con ella. Dudó una fracción de segundos. ¿Se enfadaría Eines si se enteraba de su travesura? Quizá sí, en todo caso, tenía una buena razón y ella la entendería. Aprovechó la distracción del muchacho y se guardó la gema en el bolsillo del vaquero. Salió a toda prisa con la gata pisándole los talones.

    —¡Espera! —Aloia frenó y casi tropieza con Baia.

    La joven se volvió con lentitud. Las mejillas le palidecieron. ¿La habría descubierto el hombretón?

    —Yo… —Las palabras se le atragantaron.

    —Se te olvidó el paquete. —Le tendió un bulto envuelto en papel—. Dile que el encargo vale por dos botellas de su última cosecha.

    La joven lo cogió sin abrir la boca ni levantar la mirada del suelo.

    —Dos botellas —repitió en voz baja.

    Brigo la observaba con curiosidad.

    —¿Qué dijiste? —preguntó, aunque había entendido sin problemas—. ¿Va todo bien?

    —Sí, señor —murmuró con voz trémula.

    —Espero los disfrutes —dijo y se volvió en dirección a la tienda.

    Aloia no daba crédito. Por un instante creyó que el hombre la había pillado y que la denunciaría por ladrona. Echó a andar rumbo a casa de su abuela con la gata refunfuñando cada dos o tres pasos.

    Brigo se había detenido con la puerta entreabierta. Dio un vistazo en su dirección un instante antes de que la chica se perdiera al girar en la esquina. Sus ojos dorados brillaron y esbozó una tenue sonrisa.

    Eines aguardaba sentada en el sillón donde acostumbraba leer. Aloia había entrado con sigilo. No obstante, la bola de pelos delató su presencia con un fuerte ronroneo.

    —Tardaste más de lo previsto. ¿Tuviste algún problema?

    Aloia negó con la cabeza. Los ojos de Eines se posaron sobre el paquete que aferraba contra el pecho y sonrió de oreja a oreja.

    —Me distraje sin querer.

    —¿Pasaste por la panadería? —La joven guardó silencio—. No importa, luego hablo con Jonás. Veo que Baia te llevó con Brigo. —La mujer se levantó y extendió los brazos.

    La joven dejó el paquete en manos de su abuela. Eines destrozó el envoltorio. El rostro de Aloia se ensombreció.

    —Sabes que los odio —dijo cortante.

    Eines ignoró el comentario y le extendió los libros.

    —Son una maravilla, ¿no crees?

    La joven cogió los tomos. La cubierta de uno captó su atención. El rostro de la chica que le devolvía la mirada sobre el fondo azulado y ese barco lejano le hablaba de viajes y aventuras.

    —Dioses de Antara —murmuró Aloia con lentitud.

    La chica tragó saliva. La lengua se le había enredado como tantas otras veces. «Maldita dislexia». El pensamiento se esfumó como un suspiro.

    —Es un libro fascinante —dijo la mujer con entusiasmo.

    —¿Por qué me haces esto? Sabes que no puedo leer. Creí que tú sí me entendías, que me creías.

    Aturdida por la reacción de su nieta, la mujer se le acercó. Aloia reculó un paso y salió corriendo hacia su habitación. La gata maulló.

    —Ve con ella, querida. No es bueno que esté sola. —Baia, obediente, corrió tras la chica.

    Aloia dejó caer los libros sobre la mesita de noche y se tumbó en la cama. Baia arañó la puerta con tanto ímpetu que tuvo que levantarse y abrir. La gata entró y de un salto se subió a la cama. La joven se dejó caer. Seguía enfurruñada. Le encantaba Eines. Ella no se burlaba ni la acusaba de perezosa. La había escuchado o, al menos, eso había creído. ¿Por qué le salía con esto ahora? ¿Pretendía obligarla a leer igual que su madrastra? Baia maulló. Los ojos felinos se paseaban sobre la portada del libro. Aloia lo cogió y aspiró el aroma. Estuvo tentada de abrirlo. La certeza de que no entendería ni la mitad de las palabras refrenó el impulso. Un calor repentino la obligó a meter la mano en el bolsillo del vaquero. La gema que había sacado de la tienda refulgía. La culpa le despertó una sensación desagradable en el estómago.

    —Si pudiera ser alguien distinto —dijo en voz muy baja mientras frotaba la gema con el pulgar.

    La gata dio un zarpazo. El libro se abrió como por arte de magia. Una espiral de vívidos colores surgió del camafeo. Un viento gélido sopló con fuerza. Baia saltó al regazo de la chica y en segundos ambas desaparecieron.

    Un ronroneo junto a su oreja la sobresaltó.

    —Despierta, niña —dijo una voz femenina arrastrando las eres.

    Aloia se incorporó. El olor a salitre y humedad le revolvió el estómago. Dio un vistazo. Lo que la rodeaba semejaba mucho la bodega de un barco. El vaivén le provocó un leve mareo.

    —¿Dónde estoy?

    —Estamos, querida —corrigió la voz—. Nos trajiste al libro.

    Aloia se fijó en Baia y creyó que había perdido la cabeza igual que Eines. Los gatos no hablaban. Bajó la mirada hacia el papel que sujetaba. Abrió la boca y los ojos casi se le desorbitan. Leyó la frase con fluidez. ¿Quién sería Aidun? La portezuela de la bodega se abrió. La chica se guardó el papel en la manga de la blusa. Los ojos azules que la miraban con fiereza eran los mismos del joven que la trató con desdén. ¿Por qué estaría soñando con Artai?

    La voz de la gata irrumpió en sus pensamientos:

    —Ningún sueño, niña. Nos has traído al libro y estaremos aquí durante 24 horas, así que prepárate para la aventura que nos espera.

    Las veinticuatro horas se le hicieron demasiado breves. De vuelta en la habitación, Aloia miró el libro abierto sobre el colchón junto a la gema. Fijó la vista en el primer párrafo. Tal como esperaba, descifrar las palabras le costaba horrores. Miró el grabado en el camafeo. ¿Podría quedarse con el objeto? Un par de golpes sonaron contra la puerta. Eines entró sin esperar respuesta. Tras ella, Brigo permanecía de pie con los brazos cruzados. Ambos adultos se fijaron en el objeto. El hombre se adelantó.

    —Parece que tenías razón —reconoció Eines—. Así que te has ganado dos botellas más.

    La joven los miraba sin comprender.

    —¿Qué tal la aventura? Aposté con tu abuela a que aceptarías convertirte en libroaventurera. Nadie puede leer un libro y no enamorarse de la posibilidad que implica poder viajar entre líneas.

    —Lamento haberme robado su reliquia —dijo con las mejillas encendidas.

    Eines se sentó a su lado y le dio una palmadita en el muslo.

    —Acepto tus disculpas si me cuentas la verdad. ¿Disfrutaste del pequeño viaje? O de verdad odias los libros.

    La chica negó con la cabeza.

    —Odio no poder leer como los demás. Es frustrante que se burlen todo el tiempo o que piensen que soy perezosa.

    Baia maulló y se frotó contra los pies de su dueña.

    —Es una excelente idea —dijo Eines como si hubiese entendido lo que significaba la serie de maullidos.

    —Esa gata tuya es una joya, Eines, deberías dejármela unos días —propuso Brigo.

    La gata volvió a maullar, aireada. Aloia no daba crédito. ¿Se habrían vuelto locos los dos? Quizá había algún virus en el ambiente y por eso alucinaban. Aunque, visto lo visto, ella entraba en ese grupo también.

    —Sigo aquí, por si se os había olvidado. —Su abuela se echó a reír.

    —No nos hemos olvidado de ti, cariño.

    —Tienes que enseñarla a hablar con los gatos, va a resultarle muy útil si acepta.

    —¿Aceptar el qué? —La joven los miraba con las cejas muy juntas.

    —Baia ha propuesto que te dejemos la gema para que puedas viajar al interior de las historias —respondió el hombre.

    —Y que te busquemos los libros en digital para que puedas escucharlos. Así podrías disfrutarlos. Cuando mejore tu animadversión podremos comenzar a practicar la lectura.

    Aloia se estremeció de anticipación. ¿Podría tener la posibilidad de recrearse con los libros? Los labios se le curvaron en una amplia sonrisa.

    —Acepto —dijo y cogió el libro abierto—. ¿Podemos empezar con este? Quiero saber qué pasa con Aidun, Antara y el libro de los vínculos.

    —Por supuesto que sí, cariño. Además, la segunda parte es todavía mejor.

    —Y nada como vivir la historia desde cualquiera de los demás personajes.

    —¿Eso se puede? —preguntó entusiasmada.

    Ambos cabecearon a modo de asentimiento. Los ojos de Aloia chispearon de emoción. No podía esperar para regresar al libro. La idea de poder disfrutar de tantas historias hizo que el corazón le aleteara dentro del pecho. En su mente ya imaginaba cómo serían sus próximas veinticuatro horas.

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  • CÓDICE ANCESTRAL

    CÓDICE ANCESTRAL

    Al amanecer, entre edificios altos y un cielo de nubes naranjas y lilas surcado por relámpagos, la escena se tensa en una calle desierta donde la luz y la sombra se enfrentan: una mujer de alas de ángel extendidas se yergue con firmeza, el cabello rojo azotado por el aire, vestida con un top negro, pantalones caqui y botas de combate, sosteniendo un libro antiguo mientras su espada apunta sin titubeos a un hombre arrodillado ante ella. Él, vestido de negro, inclina la cabeza en silencio, envuelto por sombras o humo oscuro que parece desintegrarlo, vulnerable y vencido. La mirada de ella es dura y decidida, y en el contraste entre el cielo tormentoso, la claridad naciente y la oscuridad que lo consume, la imagen condensa un instante sobrenatural de poder y sumisión.

    A todas las Olivias del mundo,
    porque sin vosotras
    la humanidad se habría perdido
    eones atrás.


    Olivia tomó carrerilla y cerró los ojos en cuanto apoyó el pie en la cornisa. Segundos después se arrojó al vacío. La fricción con el aire caliente cubrió sus brazos y el rostro de una fina capa de sudor. Odiaba las noches veraniegas. Era un verdadero incordio combatir la humedad soporífera mientras estaba de caza. Un solo pensamiento le bastó para extender sus alas y planear. Abrió los ojos. Varias gotas de sudor la obligaron a parpadear y maldijo bajito. Su reciente conversión la mantenía expuesta a las debilidades humanas. No veía la hora de librarse de ellas.

    Agitó las alas mientras volaba en círculos. Lo menos que necesitaba en ese momento era que se le mojasen las plumas con el sudor. Inclinó un poco la cabeza y se volvió. Atisbar de reojo la empuñadura de su espada le infundió seguridad. Fiarse solo de la sensación de la funda a su espalda no era buena idea. Lo había comprobado una noche en las peores circunstancias y no repetiría la experiencia.

    Aguzó sus sentidos. El movimiento de una sombra que no era sombra captó su atención y se lanzó en picado.

    El parpadeo luminoso evitó que se estrellase contra el poste de luz. Por fortuna pudo remontar a tiempo. Distinguió a su objetivo mientras volaba entre los edificios. Lo siguió con la mirada. Esa era otra de las ventajas de contar con nuevas habilidades. aprovechó la corriente de aire para minimizar la tensión sobre sus alas y reducir la velocidad. No le apetecía estrellarse ahora que estaba tan cerca de cumplir la misión de esa noche.

    La sombra que no era sombra giró en la esquina. Olivia resopló. No comprendía la manía de los sombrius de correr siempre hacia los callejones. Tensó el cuerpo y recogió las alas sin plegarlas por completo. El impacto de sus botas contra el pavimento fue menor de lo que esperaba. Echó a correr. No volvería a perderlo esta vez.

    Las bombillas de las farolas y edificios se apagaron. El callejón quedó sumido en una oscuridad absoluta. Olivia desenvainó la espada y avanzó con paso firme.

    —Terminemos con esto de una vez —propuso mientras escudriñaba entre las sombras—. Entrégame el códice y contarás con cierta clemencia.

    —¡Es de mi amo!

    Olivia se agachó. Un par de estrellas dentadas pasaron por encima de su cabeza; una le rozó el arco externo del ala derecha. El dolor le arrancó un gruñido.

    —Sabes bien que no le pertenece. El códice es propiedad de la hermandad.

    —¡Mientes!

    —No, no miento y lo sabes. Es tu amo quien miente —aseguró y aferró la empuñadura—. Él incumplió su juramento, traicionó a la hermandad y ahora te usa como a todas sus criaturas para obtener poder.

    —¡Mi amo no es un traidor!

    Olivia giró el torso. La punta de la espada del sombrius la alcanzó en el intercostal izquierdo. La sombra que no era sombra había adoptado forma corpórea y ella había cometido el error de parlotear con la intención de persuadirlo. ¿Cuándo aprendería? Esteban había escogido su destino; del amigo de su infancia no quedaba nada en absoluto. Más le valía aceptarlo cuanto antes o terminaría convertida en una abominación al servicio de Gabriel.

    La fetidez que percibió le advirtió sobre su posición. Enfocó su mente y sus sentidos en la caza. Percibió la respiración acelerada y cogió la empuñadura con ambas manos. Alzó la espada y detuvo el mandoble. El choque metálico de las hojas desprendió algunas chispas. El sombrius la empujó. No obstante, ella no trastabilló. Los ojos de Esteban refulgieron en la oscuridad.

    —Ya no soy la misma Olivia —murmuró.

    —Tampoco soy el mismo de antes.

    Las espadas se volvieron a encontrar. La fuerza del golpe recorrió los brazos de la cazadora. El calor se intensificó. Esteban la barrió con una patada. Olivia cayó de espaldas; sus alas sufrieron el mayor impacto. El dolor la inmovilizó durante algunos segundos. El pulso se le aceleró en cuanto se percató de que no contaba con fuerza suficiente para levantar la espada. El sombrius sonrió.

    —Mi amo estará complacido. Él adora coleccionar vuestras alas.

    Esteban alzó la espada. La cazadora desvió la mirada un segundo de la hoja hacia el demacrado rostro. Un recuerdo afloró de improviso. Ella y Esteban practicaban en el jardín de su casa.

    —Si alguno de esos tíos te aborda, aprovecha su fanfarronería.

    —No te entiendo.

    —Eres tan delicada que pensará que eres una presa fácil. Deja que lo crea y luego usas las rodillas o los talones y golpeas con fuerza aquí. —Olivia se había quedado perpleja al ver que se señalaba entre las piernas.

    El hedor de la esencia la sacó de aquel recuerdo. Percibió el hormigueo que le recorría la piel del torso y los brazos, la parálisis estaba a punto de pasar a ser historia. Se concentró en sus piernas. La orden fue precisa. Pateó con todas sus fuerzas tal como él le había enseñado. El sombrius gritó y se tambaleó. La espada que descendía directo a su corazón, perdió velocidad. Olivia aferró la empuñadura de la suya. Un quiebre de muñeca y lo desarmó.

    El ruido metálico reverberó en el callejón. Esteban cayó de rodillas. Las miradas de ambos coincidieron una fracción de segundos. Olivia rodó sobre sí a velocidad sobrenatural. A sabiendas de que el tiempo corría en su contra cogió la empuñadura de nuevo con ambas manos, alzó la espada y le imprimió toda la fuerza al mandoble. El sombrius fijó los ojos en el brillo de la hoja que descendía hacia él.

    Olivia utilizó todo su cuerpo para vencer la resistencia de la piel, los músculos y el hueso al enfrentarse a la filosa hoja. La sangre negruzca le salpicó el rostro y los brazos. La cabeza se balanceó sin llegar a desprenderse del todo. Cayó hacia adelante junto con el resto del cuerpo. Reculó un par de pasos para evitar entrar en contacto con el cadáver.

    Intentó tragar saliva. El nudo de tristeza y amargura que le obstruía la garganta se lo puso difícil. Cualquier otro en su posición estaría dichoso o por lo menos, satisfecho. Ella, en cambio, se sentía incapaz de regocijarse. Que su amigo hubiese hecho una elección consciente no lo hacía más sencillo. Hurgó con todo el respeto de que pudo disponer. Halló el tomo envuelto en un paquete de piel que Esteban llevaba sujeto a la cintura con unas correas. Se ató el paquete de la misma forma y se ocupó de eliminar los rastros. Canalizó parte de su poder a través de la espada. Con ella desintegró el cuerpo; las sales purificadoras limpiaron el callejón. Mientras trabajaba reprimió las lágrimas. Lloraría su pérdida más tarde, cuando estuviese segura de estar a solas.

    Ocultó las alas con rapidez en el instante en el que el firmamento cambió a un degradé de tonos que le daban la bienvenida al amanecer. Abandonó el callejón a pie con la extraña sensación de que, pese a sus creencias y lo que pensara la hermandad, recuperar el códice ancestral no implicaba el fin de los problemas; por el contrario, era apenas el comienzo.

  • El Houdini de la muerte

    El mar y la luz solar que incide desde la superficie e ilumina el fondo marino.
    Imagen libre de derechos tomada de Pxfuel.com

    A sus trescientos treinta y tres años Nicola Di Ángelo había muerto seiscientas sesenta y seis veces y se había librado de la molesta experiencia el doble. El Houdini de la muerte lo apodaban los pocos que conocían su secreto. Negado a incrementar el lúgubre contador, contuvo el impulso de abrir la boca y expandir los pulmones. El agua salada le escoció en las heridas. Dio un vistazo alrededor. No halló nada de qué asirse para frenar el descenso. La corriente lo envolvió en un remolino. Se obligó a permanecer tan inmóvil como la idea de ahogarse se lo permitía. «Maldita incontinencia verbal. ¿Cuándo aprenderé a mantener el pico cerrado?». El pensamiento le sirvió de distractor mientras seguía su viaje al fondo marino.

    La triste mirada de la mujer mientras pedía clemencia surgió de súbito desde lo más profundo de sus recuerdos. La rabia acicateó al justiciero que habitaba en su interior desde tiempos inmemoriales. La historia recurrente de su vida era meterse donde nadie lo había invitado. Se dobló sobre sí mismo y se desató los cordones. En segundos estaba descalzo. Las cadenas se deslizaron apenas unos centímetros. No tenía alternativa; otra vez debía escoger la fórmula más dolorosa.

    Chiribitas de un azul intenso inundaron su visión en cuanto giró el pie con fuerza y percibió el agudo dolor. Abrió la boca, aunque no emitió ningún sonido. La corriente intensificó sus sacudidas. Era consciente de que no debía permitir que la desesperación tomase las riendas; no obstante, no estaba en su momento más lúcido, así que pataleó y braceó como poseso, pese a que con cada intento se debilitaba un poco más. El recuerdo de la risa cínica del matón de Constantín le insufló el empuje que necesitaba. El dolor era demasiado persistente como para usar ambos pies; por tanto, tendría que arreglarse con uno y ambos brazos. El alivio por liberarse del lastre no le duró mucho tiempo. El movimiento que percibió por el rabillo del ojo encendió sus alertas. Lo que menos necesitaba: otro depredador dispuesto a marcar su territorio.

    Por fortuna el mar enfurecido quiso escupirlo. Durante un par de minutos alcanzó la superficie. Tomó una gran bocanada. En el intento tragó agua. La enorme ola lo arrastró de nuevo al fondo. Aprovechó la corriente para aproximarse al arrecife coralino. El tiburón abrió las fauces. Nicola esquivó la dentellada a duras penas.

    Era su día de suerte, sin duda. La tormenta amainó. Las aguas de la bahía eran más benevolentes. Al menos esta vez no moriría ahogado y eso era de agradecer. De todas las formas de morir, la que más detestaba era el ahogamiento. Deshacerse del agua en los pulmones por sí solo era un verdadero incordio. Alcanzó la orilla y se dejó arrullar por el sonido de las olas. Cuando volviese a abrir los ojos estaría listo para la revancha.


    Esta historia fue escrita para participar en el #VaderetoJunio2021 propuesto por Jose A. Sánchez, @JascNet en su blog. La premisa era inspirarse en el color azul. Espero os guste.


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  • Brianna: El despertar de la sangre

    Brianna: El despertar de la sangre

    Una mujer de cabello largo y rojo, vestida con ropa de estilo medieval o tribal, que está en posición de disparar una flecha con un arco largo. A su lado, sentado en la hierba seca, hay un majestuoso león con melena espesa. El fondo es un paisaje de campo abierto con un cielo dramático y nublado en tonos oscuros y anaranjados, que sugiere un atardecer o amanecer.

    Resumen

    Dos mundos. Una memoria robada. Una madre dispuesta a incendiar el reino para recuperar a sus hijos.

    Primera entrega de las Crónicas de Enalterra.


    Brianna estaciona el coche a dos cuadras del Mount Temple, el instituto al que asisten sus hijos desde que se mudaron a Dublín. El par de adolescentes apenas si le hablan desde la discusión que tuvieron durante la cena. La misma que concluyó con el subsecuente castigo. Los chavales se bajan a toda prisa y dan sendos portazos. Ella inspira muy hondo y cuenta hasta diez. La técnica no le funciona y golpea el volante con todas sus fuerzas. La frustración es tanta que suelta un par de grititos; adoptar y criar a dos hijos de trece años sola con casi cincuenta tiene sus altibajos. Evita reprocharse la locura de convertirse en madre cuando ya casi debería ser abuela. Es una mujer moderna, no en vano se adapta a las exigencias de vivir en la ciudad en pleno 2030. Enciende el coche y mira el reloj. Todavía tiene que pedir cita con su terapeuta, ir al supermercado, la tintorería y el banco. Y pensar que había solicitado sus vacaciones para descansar. Qué ilusa. De seguir así quién sabe con qué otra extravagancia alucinará; recordar la última ida de pinza le provoca escalofríos. Menos mal que el entrenador de baloncesto de sus chicos no se ofendió porque lo confundiera con un ogro de piel púrpura.

    Un trueno retumba, atronador. El cielo se oscurece en apenas segundos. Brianna frena en el semáforo. Por el rabillo del ojo percibe un fogonazo en la esquina. La curiosidad vence su sentido común y voltea. Hacia ella camina un tipo enorme, con gafas de pasta, túnica estampada con lunas, rayos y estrellas, y un sombrero de forma indefinida que semeja una pamela mordisqueada por alguna criatura. Sin mediar palabra el hombre abre la portezuela del copiloto y sube al coche.

    —Venga, mujer, arranca que el cacharro luminoso ya cambió.

    El coro de bocinas la impulsa a pisar el acelerador.

    —¿Quién diablos es usted?

    —Puedes tutearme, Brianna, a fin de cuentas, soy tu consejero real y es mejor entrar en confianza cuanto antes para que recuerdes. —Brianna gira en una esquina y orilla el coche.

    —¿Consejero real? ¿Está usted loco? No sé de qué lugar se ha escapado ni quién es, pero haga el favor de bajarse de mi coche ahora mismo.

    —Soy Calixto, Brianna, por el amor a la diosa. Haz el favor de no ponerte difícil.

    —¡Bájese!

    El hombre resopla y mira las llaves del vehículo. Brianna las coge y se cruza de brazos. El tipo acerca el índice al volante. Una chispa brota y el motor corcovea hasta que se enciende. Brianna ahoga un grito mientras que el coche arranca sin que ninguno de los dos lo toque.

    —¿Qué clase de truco es este? —Ella intenta coger el volante y algo invisible la repele.

    —Explicártelo ahora mismo nos tomaría demasiado tiempo. —Calixto se ajusta las gafas sobre la nariz—. Lo que tienes que saber es que he venido a por ti porque en Enalterra te necesitamos. Este experimento tuyo en el mundo mortal nos está sacando canas violetas. Es hora de que regreses y pongas orden.

    —Brianna, estás alucinando de nuevo … —dice para sí misma—. Despierta de una vez y recuerda adelantar la cita con tu terapeuta.

    —No seas ridícula, Brianna. Presta atención porque esto no es un juego. Tienes que regresar. —El hombre la coge por los brazos y la sacude—. El rey de los tanarianos sabe que estás aquí y si no regresas, la tomará con lo que más quieres. Él no va a esperar a que te canses de jugar a ser humana, ¿lo entiendes?

    —¡Lo único que entiendo es que usted es un chalado! ¡Haga el favor de soltarme!

    El hombre se esfuma en medio de una nubecilla violeta. Un par de toques en el cristal de la portezuela del conductor provocan que Brianna bote en el asiento. Con los nervios a flor de piel baja la ventanilla y respira muy hondo.

    —¿Está usted bien, señora?

    —Sí, oficial —miente sin miramientos—. Mi coche parece que presenta una falla.

    El oficial cabecea.

    —Circule, por favor. —Ella asiente en silencio.

    Brianna introduce la llave en el contacto con premura. De pronto cae en cuenta de que sigue en el mismo semáforo donde ese chalado la abordó. El corazón le da un vuelco y el pulso se le dispara. La idea de que está enloqueciendo la tortura. Arranca el coche con ambas manos aferradas con fuerza al volante. Se dirige a su casa. Todo lo pendiente puede esperar. Ahora necesita relajarse y hablar con su terapeuta. Quizá todo es producto del estrés. Detesta discutir con los chicos y castigarlos, mucho más. La peor parte es que ellos son conscientes del poder que ejercen sobre ella y por eso la situación en casa ha ido a peor. Que sean adoptados no debería influir; aun así, lo hace. Todavía recuerda el día que los encontró perdidos en el parque.

    🍃

    Brianna entra en la casa casi a la carrera. El teléfono suena con insistencia. En su mente no dejan de repetirse los sucesos que acaba de vivir.

    —¿Diga?

    —¿Señora O’Neill?

    —Sí, ¿quién habla?

    —La estamos llamando del Mount Temple —la voz del otro lado titubea—. Liam y Connor no se presentaron hoy a clase.

    Brianna palidece.

    —No es posible, yo los dejé cerca del instituto hace —mira el reloj en la pared— poco más de una hora. ¿Habéis hablado con sus profesores? ¿Le preguntasteis a sus compañeros de clase? ¿Al vigilante?

    —Fue el mismo señor McDowell quien informó de su ausencia, señora.

    A Brianna le tiemblan las piernas. Un ruido a sus espaldas la sobresalta y se le cae el auricular del teléfono. Da un vistazo alrededor mientras valora qué objeto puede servirle como arma arrojadiza. Con rapidez se abalanza sobre la pequeña escultura de bronce que descansa sobre la mesa del pasillo. Gira sobre sus talones y la arroja.

    La figura se mueve con rapidez. La escultura pasa por encima de su cabeza y le tumba el sombrero. Brianna se lanza como una fiera. El miedo por sus hijos la ciega y un matiz rojizo la envuelve en una nube iracunda. Calixto la sujeta por las muñecas antes de que ella le arranque las gafas.

    —¡Maldito loco! ¿Dónde están mis hijos? ¿Qué hiciste con ellos?

    —Te lo advertí, Brianna —responde él sin soltarla—. No sé dónde están… imagino que en Enalterra, en el bosque de los espíritus; en poder de Minok.

    Ella lo patea. El hombre grita y afloja el agarre. Brianna recula y se zafa. Corre hacia la cocina para buscar un cuchillo. Apenas entra se encuentra a Calixto con los brazos en jarra y el rostro sombrío.

    —¿Tienes intención de serenarte? ¿O vamos a seguir así mucho rato más? —El hombre se ajusta las gafas—. Por si no has caído en cuenta, mientras más tiempo tardemos en volver, más peligro corren los chicos.

    Brianna se deja caer en un taburete. Hunde el rostro entre sus manos y llora con tanto desconsuelo que Calixto se le acerca y le acaricia el pelo.

    —He perdido la cabeza y también perderé a mis hijos. —El hombre se acuclilla y le retira las manos.

    —No estás loca, Brianna —asegura—. Eres heredera al trono de Enalterra. Ven conmigo y te demostraré que digo la verdad.

    Ella lo observa sin parpadear.

    —¿Cómo voy a ser una heredera? Yo sólo soy una mujer a punto de cumplir cincuenta años, secretaria de un bufete de abogados. Ni siquiera reconozco ese sitio que mencionas.

    —Lo recordarás todo si vienes conmigo —dice y se yergue—. Solo estás bajo el conjuro que transmuta tu esencia feérica para permitirte habitar el mundo mortal como una simple humana.

    —¿En serio esperas que te crea?

    —Ven conmigo. Poco tienes que perder y mucho tienes que ganar. Por ti, por tus sobrinos y por toda Enalterra.

    Brianna se levanta como un resorte. Frente a ella el aire se estremece. Poco a poco se abre una ventana que permite visualizar un extenso campo de flores, hierba verdeazulada y un cielo veteado con los colores del ocaso. El hombre le tiende una mano. Ella duda. La sensación de pertenencia que de súbito le arropa el corazón al observar el paisaje, la desconcierta. «Escucha tu corazón que nunca se equivoca». La voz que le habla le acelera el pulso. Un recuerdo fugaz ocupa su mente. La imagen de una mujer muy parecida a ella le sonríe con los brazos abiertos. Un nombre surge de pronto… Adara. Brianna toma una bocanada, aferra la mano del hombre, cierra los ojos y se deja arrastrar hacia el otro lado.

    🍃

    La sensación de vértigo que Brianna experimenta le revuelve el estómago. Dentro de su cabeza las peores imágenes se suceden una tras otra. Aguarda el golpe que va a llevarse en cuanto choque con alguna superficie sólida. Se aferra con más fuerza a la mano que la sujeta. De pronto, la sensación se detiene. Ella abre los ojos al percibir suelo firme bajo sus pies. El paisaje le da la bienvenida por muy poco tiempo. A un chasquido de dedos todo desaparece. El vértigo regresa con más intensidad y la obliga a apretar los ojos. Segundos después percibe cómo los pies se le hunden en una superficie mullida y se anima a abrir los ojos de nuevo.

    Un destello capta su atención. Gira el rostro y los ojos casi se le desorbitan. El reflejo que la recibe la deja boquiabierta. Su cabello sigue rojo como un rubí, pero mucho más largo y rizado. Un par de orejas picudas destacan entre sus rizos. Sus ojos lucen como dos zafiros en lugar del habitual marrón oscuro. Sus facciones son más perfiladas y angulosas, menos humanas ,y su cuerpo ya no muestra los habituales michelines que tanto la acomplejaban.

    Un estruendo sacude los objetos de la habitación en la que se encuentra. El consejero le hace señas para que guarde silencio. Pasos, gritos, órdenes se escuchan fuera. Calixto bloquea la puerta con un hechizo y corre a desplazar un largo estandarte que cuelga del techo. Brianna mira el agujero que se abre detrás y palidece. El consejero real la empuja y salta tras ella en el instante en que una explosión derriba la puerta.

    El agua helada del foso que rodea el castillo los recibe. Incapaz de nadar, Brianna está a punto de sumergirse. Calixto la rodea por la cintura. Algunas voces se escuchan a lo lejos. El miedo mantiene a Brianna paralizada. ¿A dónde diablos fue a parar? Como si pudiera leerle el pensamiento, el consejero real le susurra en la oreja:

    —Tu partida puso todo de cabeza, pero no te preocupes, te ayudaremos a disolver el caos.

    El hombre alcanza la orilla. Un par de brazos fornidos levantan a Brianna. Ella se resiste producto de la ansiedad que le provoca encontrarse en manos de un desconocido.

    —No habéis cambiado nada, princesa —afirma una voz demasiado gruesa para ser humana.

    Brianna reprime el impulso de voltearse. Necesita serenarse antes de enfrentar lo que sea que permanece a sus espaldas sujetándola como si fuese un fardo.

    —Será mejor que la dejes en el suelo, Yiron —sugiere Calixto—. Todavía sufre los efectos del cambio. —La criatura la deja apoyar los pies en la orilla.

    Brianna pierde el equilibrio y resbala. Algo peludo y bastante grande evita que caiga de culo. La princesa se da vuelta. Los ojos casi se le desorbitan. Delante de ella, con una actitud por demás doméstica para semejante bestia, un león permanece sentado sobre sus patas traseras. Brianna traga saliva. Calixto se aproxima y acaricia la melena del animal. El felino emite un ruido que suena a un ronroneo antes de abrir las fauces:

    —Bienvenida, alteza. —La voz grave y cadenciosa del inmenso animal la deja con la boca abierta.

    —Será mejor que le demos un instante —propone Calixto—. No es conveniente que colapse justo en este momento.

    Una luz blanquecina ilumina sus rostros. La princesa da un vistazo. La brisa gélida que sacude los arbustos cercanos le cala hasta los huesos. Los dientes le castañetean y se abraza con fuerza. Lo menos que quiere es que crean que está muerta de miedo. Ahora que puede ver mejor, Brianna detalla a la criatura que la sacó del agua. Luce como un árbol gigante. Tiene el pelo alborotado y frondoso, igual que las hojas de los arbustos. La piel muestra vetas como la corteza de un gran árbol y es tan ancho que sería casi imposible abrazarlo.

    —Es mejor que os cambiéis de ropa, princesa. Ese atuendo humano os convierte en un blanco fácil para vuestros enemigos.

    Brianna contempla la pila de prendas que le acerca el gigante herbáceo. Sin perder tiempo se cambia. Exhala un suspiro. Las prendas calientan su piel y le transmiten una sensación de confort que la sorprende.

    —Pongámonos en marcha. En breve la medianoche nos envolverá y será mucho más factible pasar desapercibidos. —Calixto le cuelga un medallón a Brianna. La joya brilla enseguida y se apaga.

    —¿Qué es esto? —La princesa sostiene la joya en la mano.

    —El corion, ahí está parte de tu esencia y tus recuerdos. También tu don más preciado. —Ella lo mira con los ojos entornados.

    —Sé que todavía no me crees, pero lo harás.

    Yiron le extiende un carcaj lleno de flechas y un arco.

    Brianna los coge. La expresión de su rostro es un poema que contagia de preocupación al gigante herbáceo.

    —¿Qué voy a hacer con esto? —pregunta la princesa.

    —Por el momento, llevarlos. Cuando el corion libere tus recuerdos, sabrás lo que debes hacer.

    Yiron se echa al hombro su petate. Avanza delante con el candil en la mano. Detrás camina Brianna junto a Calixto y el león.

    —¿Cómo se llama? —Brianna señala al felino.

    —Gult —responde el consejero—. Puedes confiar en él. Irá contigo donde vayas.

    —Puedo responder por mí mismo —refunfuña y gruñe.

    La princesa cabecea una vez sin quitarle los ojos de encima al león. Pese a lo surrealista de toda la situación, hay algo; una voz interior que le susurra que ese hombre dice la verdad. Aparta las dudas y ciñe la correa de su habitual desconfianza. No es momento para rumiar tonterías. Liam y Connor la necesitan.

    —¿Dónde están mis chicos?

    —Lo más probable es que Minok los mantenga en su fortaleza.

    —Mencionaste un bosque de los espíritus. —Gult gruñe de nuevo—. ¿Cómo llegamos allí?

    El gigante herbáceo se detiene. Brianna observa con aprensión la cortina de gruesas lianas que cuelgan entre dos troncos enormes.

    —Para llegar al bosque hay que cruzar el lago humeante y enfrentar a los ignius en el bosque de los sacrificios, princesa —responde Yiron.

    —Los tres viajaremos contigo, no te preocupes, Brianna.

    «Como si eso borrase de un plumazo el pánico que me retuerce las tripas», piensa, aunque guarda silencio. La esperanza que atisba en el rostro de sus dos acompañantes le impide expresar la inseguridad que la corroe. Es demasiado peso para sus hombros; aun así, hurga en las profundidades de su corazón. El amor por sus chicos es lo único que le insufla fuerza… por ellos enfrentará lo que sea.

    🍃

    Brianna despierta con la sensación de ser dos personas distintas en un mismo cuerpo. Recuperar parte de su memoria le deja un regusto amargo en la garganta que no esperaba. Siente las miradas sobre ella y la incomodidad se apodera de la poca calma que le queda. No quiere ser injusta, faltaría más. Sin embargo, eso no resta que convertirse en el centro de atención le guste muy poco.

    —Esperadme aquí —propone Yiron—. Será mejor que yo me ocupe de conseguir la barcaza.

    Brianna lo observa alejarse.

    —¿Qué no me habéis dicho todavía?

    Calixto inspira hondo antes de hablar.

    —Tu partida no fue bien recibida por algunos enalterrenses. Las hadas de plata… no están nada contentas.

    —¿Tienen ellas que ver con lo ocurrido cuando regresamos? —Él asiente sin perder de vista a Yiron.

    —Ten en cuenta que Minok es muy hábil para sembrar cizaña.

    —Y que yo no fui nada inteligente al dejarle el camino libre.

    —No dije eso.

    —No, pero lo piensas.

    El consejero real guarda silencio. Yiron regresa. Su rostro es el vivo reflejo de la satisfacción.

    —Podemos partir cuando queráis, princesa.

    —No perdamos más tiempo —dice Brianna y se adelanta seguida por Gult.

    Consciente de que su regreso la expone al desprecio de algunos coterráneos, la princesa se sube la capucha y evita entablar contacto visual con los pobladores de Ignitas, la aldea que colida con el lago humeante.

    Un mal presentimiento recorre la columna vertebral de Brianna. Abordar la barcaza ha sido demasiado sencillo. Gult permanece atento. El animal pasea la mirada de un lado a otro de la embarcación. Es como si él también presintiese que algo extraño está por suceder.

    La neblina que se forma alrededor de ellos estrecha su cerco. Vapores apestosos emergen y se entrelazan con la neblina. Formas fantasmales danzan con el viento que sopla, cada vez, con más fuerza. Algo choca con la barcaza. Brianna distingue la sombra gigante que se mueve bajo el agua. Desvía la mirada. La proximidad de lo que sea que nade bajo ellos le despierta un temor visceral. La barcaza cruje. El agua hirviente se filtra con rapidez.

    —¡Sujetaos! —La advertencia de Yiron llega algunos segundos tarde.

    Gult ruge. Calixto se apresura a conjurar un hechizo que les permita seguir a flote. La embarcación cruje de nuevo. Brianna reprime el deseo de gritar hasta quedarse sin voz; el recuerdo de su padre ahogándose aflora de improviso, es como revivir aquella tragedia en un bucle infinito. La grieta se ensancha y la barcaza se parte en dos. Una ola gigante los arrolla. La temperatura del agua es apenas tolerable. La piel de Brianna se escalda. Ella grita con los ojos llenos de lágrimas sin poder acallar los gritos que resuenan en su cabeza; los mismos que escuchó de su padre por última vez. La desesperación es tanta que traga agua y eso la desespera aún más. Gult va a por ella antes de que se hunda por completo. El miedo la paraliza. El felino la empuja con el hocico. La imagen del cuerpo de su padre hundiéndose es un lastre que tira de ella hacia el fondo. Calixto se ocupa de Yiron. La situación es caótica. De seguir sumergidos el agua los asará o la criatura que aún no emerge los devorará. El corazón de Brianna late desbocado. Pensar es una tarea demasiado compleja. El recuerdo de sus chicos acude en el instante en que está dispuesta a rendirse. Sus labios se mueven por inercia. Las palabras brotan con fluidez en el idioma antiguo:

    Caum eti isaam silf.

    El viento se arremolina con rapidez. Una figura femenina se materializa. Enseguida los cuatro son elevados por ráfagas de brisa fresca. El viaje al otro lado de la orilla dura apenas un par de minutos. La sílfide los deja a las puertas de un bosque de secoyas gigantes que resplandecen como diamantes.

    🍃

    Adentrarse en el bosque de los sacrificios les lleva más de lo que esperaban. Brianna avanza tras Gult mientras que Calixto y Yiron van a la retaguardia. El sol brilla en su zenit. La temperatura aumenta. La humedad es pegajosa e incómoda. Brianna se detiene. Un aroma acre y penetrante llama su atención. El crepitar que se aproxima en su dirección le provoca un hormigueo de anticipación que despierta un recuerdo que permanecía sepultado en lo profundo de su memoria. La princesa se vuelve; su temor se ve confirmado. La manada de animales flamígeros se abre paso incendiando el suelo por donde pisan.

    —¡Corred, princesa! —Yiron desenvaina una espada enorme.

    —No te dejaré aquí.

    —Debéis hacerlo. Pensad en vuestros sobrinos, en toda Enalterra.

    Ella intercambia una mirada con Calixto. Él cabecea. El breve asentimiento le ensombrece las facciones.

    —Ve tú adelante, Gult cuidará de ti. Nos veremos en cuanto nos libremos de la manada.

    Brianna aprieta los dientes para contener las lágrimas que amenazan con dejarla en evidencia. Aprecia el sacrificio y la lealtad de Yiron y, al mismo tiempo, lo odia. Le recuerda demasiado al sacrificio de su hermana. La cicatriz en su memoria vuelve a ser una herida abierta y sangrante. Lleva demasiado tiempo de pérdida en pérdida. Esa es la principal razón que tuvo para abandonar Enalterra en su momento.

    Gult ruge para captar su atención. El enorme felino se desplaza con seguridad. Sus ojos la empujan a seguir adelante sin mirar atrás. Caminar con el peso del desasosiego que le provoca el destino incierto de Yiron mina su ánimo. La incertidumbre se convierte en un lastre insoportable Sobre sus espaldas que todavía no comprende del todo. Continuar se le hace cada vez más difícil. Le cuesta lo inimaginable anular la culpa y el reproche que la sobrecogen de forma inesperada. «La culpa solo sirve para horadarnos el alma. Los sacrificios, por duro que te parezcan, tienen un propósito. Acepta mi sacrificio y el de cada enalterrense que te lo ofrezca porque con él estará sellando un pacto de lealtad eterna». La voz de su hermana es un susurro mental que atenúa la tormenta de emociones que amenazaba con resquebrajar su voluntad. El bosque de los sacrificios cobra un sentido que antes no tenía. El ocaso los alcanza al borde de un acantilado profundo. Gult se detiene. Ella entorna los párpados. El animal se pasea de un lado a otro mientras emite sonidos guturales que a Brianna le suenan a impaciencia.

    —¿Dónde diablos está el puente? —La princesa hurga entre sus recuerdos—. ¿Cómo es posible que el puente no esté en su lugar?

    —Sí que lo está —replica Calixto.

    Brianna se vuelve al escuchar su voz. El consejero tiene la túnica chamuscada, el rostro ennegrecido y su pelo es una especie de maraña indescifrable.

    —¿Yiron?

    Calixto niega con la cabeza. La princesa traga saliva y se recompone a medias; el dolor sigue allí, latente; por Adara, por Yiron, por tantos que han quedado atrás. Una lágrima se le escapa. La tristeza se le anuda en la garganta y la obliga a respirar varias veces. Las palabras de su hermana resurgen , potentes y surten un efecto sanador. Eleva entonces, una plegaria de agradecimiento y se envuelve en la coraza habitual que protege sus emociones más profundas, antes de hablar:

    —¿Qué me estoy perdiendo? Dices que está, sin embargo, yo no veo nada en absoluto más que vacío.

    —Debemos esperar a que anochezca. —asegura—. Solo entonces se mostrará.

    Brianna suspira profundo. El corazón le late demasiado aprisa. La ansiedad amenaza con tomar el control de un momento a otro y eso es algo que no debe permitirse.

    🍃

    La mañana siguiente es fría y neblinosa. Cruzar el puente les llevó toda la noche. Ver asomarse el sol a seis pasos de su destino es una experiencia sobrecogedora que Brianna espera no repetir, al menos en los próximos años. La emoción tras poner un pie en terreno firme se esfuma en cuanto ve los enormes árboles que le bloquean el paso. «Mejor no te lo pienses demasiado», se dice y avanza con el corazón en un puño. Atravesar el bosque de los espíritus resulta tan inquietante de noche como a plena luz del día. Pese a que los grandes árboles permanecen en pie y ofrecen un llamativo colorido, todo es un espejismo. A medida que avanza, Brianna experimenta una extraña presión en el estómago. Calixto camina a la vanguardia mientras que Gult se ocupa de mantener a raya a las espectrales hamadríades que se amontonan y susurran su canto mortal. El trío se detiene a unos cuantos metros de la comitiva real tanariana. Minok, a lomos de su kleusat, los observa con altivez.

    —Qué honor que la heredera de Enalterra acuda a mi presencia.

    —Como si me hubieses dejado otra alternativa. ¿Dónde están mis chicos? —Brianna adelanta un paso.

    —Has perdido los modales, querida. Qué mal te ha sentado la estancia entre los humanos.

    —Responde a mi pregunta y dime qué es lo que quieres. No perdamos más tiempo.

    La montura de Minok resopla. Un humillo apestoso brota de sus ollares. Gult se adelanta a Brianna. La tensión tiñe la atmósfera de un matiz tenebroso; tanto, que el sol queda envuelto por una densa capa de nubes plomizas.

    —¿Qué puede querer un rey como yo? Poder… Entrega el trono y te devolveré a tus chicos. Rechaza mi oferta y serán el aperitivo perfecto para Darkon, tú decides.

    La mera alusión a la posibilidad de que sus chicos mueran le estruja el corazón y el estómago con tanta fiereza que lucha para no doblarse sobre sí misma. El miedo despierta su irracionalidad. La ansiedad le impide respirar. »Prometiste que cuidarías de ellos». El recuerdo irrumpe dentro de su cabeza como un vendaval. Había hecho una promesa y debe cumplirla. No obstante, dejar Enalterra en manos de Minok sería imperdonable.

    —¿¡Cómo te has atrevido a entregarlos al dragón de piedra!? —brama Calixto con el rostro encendido.

    El rey tanariano ignora al consejero. Con los ojos clavados en Brianna hace un gesto a su comitiva. Los guerreros que lo acompañan se desplazan hacia la retaguardia.

    —¿Y bien? ¿Qué decides?

    —El trono de Enalterra no será tuyo jamás, al menos mientras yo viva. —Los ojos de Minok refulgen.

    —Que no se diga que Minok irrespeta la última voluntad de una condenada.

    El suelo bajo los pies de Brianna se agrieta. La princesa cae, tragada por el enorme cráter. Gult salta tras ella. Minok se retira, sonriente. Antes de abandonar el bosque se vuelve.

    —Será mejor que vuelvas al castillo y prepares la ceremonia. No me gusta esperar demasiado, consejero.

    —No deberías cantar victoria tan pronto, Minok.

    —Si tú lo dices…

    Calixto observa cómo el rey se aleja montado sobre la infernal bestia. El consejero pasea la mirada por el cráter con aprensión y eleva una plegaria a los dioses para que protejan a Brianna.

    🍃

    La oscuridad es tan densa que a Brianna no le cabe la menor duda de que el traidor de Minok la envió directo al kleusaterium, la morada de Darkon. La humedad pestilente le irrita la nariz. El calor aumenta a medida que avanza a tientas. Un gruñido la detiene. El corazón se le sube a la garganta. El par de ojos felinos le arrancan un suspiro. El alivio le provoca un cosquilleo placentero. «Al menos no estoy aquí completamente sola». El pensamiento pretende convertirse en una especie de aliciente. Sin embargo, El potente rugido que estremece la tierra a su alrededor hace que se transforme en un arrepentimiento inmediato. Lo más probable es que la compañía que la espera sea, cualquier cosa, menos grata.

    Darkon se desplaza con pesadez. Sus enormes miembros rocosos desprenden arenisca con cada movimiento. La bestia se vuelve en cuanto advierte la presencia de Brianna.

    —Habéis tardado más tiempo del que había previsto, princesa. Vuestros sobrinos os han estado esperando con ilusión, ¿no es cierto?

    Liam y Connor observan a Brianna sin reconocerla. Es evidente que el miedo no les ha permitido pegar un ojo. Las medias lunas oscuras bajo sus párpados dan fe de ello.

    —Hagamos un trato.

    —¿Qué podéis ofrecerme? Aún no sois la reina de Enalterra, no contáis con suficiente poder.

    —Nuestra sangre es el antídoto a vuestra maldición. ¿No lo sabíais? —miente.

    Los ojos de la bestia se transforman en fogatas desbordantes.

    —¿Os sacrificaréis?

    —Lucharé, que es muy diferente. —Darkon se carcajea.

    —De acuerdo, princesa. Vuestro deseo se hará realidad.

    —Esperad —interrumpe, pese a que teme que la lengua se le trabe en cualquier momento—. Liberad a mis sobrinos primero.

    Confiado en tener todas las de ganar, Darkon corta las ataduras con una zarpa. Los gemelos echan a correr. Gult los alcanza. Aterrorizados, reculan hasta que rozan una de las paredes de la caverna; una lo bastante alejada de lo que promete convertirse en el campo de enfrentamiento.

    —¿Lista? —Brianna cabecea en un breve asentimiento.

    En voz muy baja invoca el poder de su sangre que, no es precisamente, para romper maldiciones. Por fortuna lleva consigo su arco y el carcaj.

    Bomlut dem it naetram. —Coge las flechas y se pincha la palma. Las puntas se iluminan.

    La bestia muestra la hilera de dientes. El fogoso escupitajo pasa muy cerca de la princesa. A sorprendente velocidad dispara un par de saetas que atinan en las pupilas verticales del dragón. La fiera ruge. Brianna tiene apenas el tiempo suficiente de disparar dos saetas más que van directo a la boca de la bestia. Darkon cierra las fauces con tanta fuerza que uno de sus colmillos cae y se clava en el suelo. Segundos después, la enorme cola la golpea. Calixto llega a tiempo de evitar que otro golpe aplaste el cuerpo desmadejado de Brianna. Las saetas encantadas cumplen su cometido. El consejero se maldice por no haber acudido en su auxilio con más presteza. El chillido de la bestia es tan agudo que el techo de la caverna se resquebraja.

    —¡Corred! —ordena Calixto a los gemelos.

    Los adolescentes están paralizados por el terror. Gult ruge. Un chispazo emerge de su lomo. Un par de alas se extienden. El felino clava sus pupilas en los chicos.

    —¡Montad en mi lomo, chavales! —les ordena.

    Liam y Connor suben sobre él. El animal se impulsa y evita que parte del techo los aplaste. Por su parte, Calixto recoge el colmillo del dragón y carga con Brianna. En el idioma antiguo conjura un remolino que los envuelve y los escupe hacia la superficie.

    🍃

    El tornado cesa en su ascenso. El león desciende sobre un azulado pastizal. Enseguida Calixto, Gult y los gemelos quedan rodeados por una decena de criaturas aladas. El consejero tiende el cuerpo de Brianna con delicadeza. Una de las criaturas lo aborda.

    —La reina Nairea no fue informada de vuestra visita —espeta el merilov antes de extender sus alas.

    —Ofrezco disculpas por esta visita tan abrupta; no he tenido otra alternativa. Necesito la ayuda de la reina. —Otro merilov se aproxima. La criatura fija sus ojos iridiscentes en Brianna.

    —Avisaré a su majestad. —El merilov se impulsa y en un parpadeo desaparece.

    Nairea acude de inmediato. Los merilov se inclinan y permanecen con la cabeza baja.

    —Levantaos —ordena y se acerca a Calixto—. ¿Qué ha ocurrido?

    El consejero real le informa sin omitir detalle.

    —Es de vital importancia traerla de vuelta, majestad.

    La reina observa a los gemelos. Después clava las pupilas en Calixto.

    —Contraeréis una deuda de sangre, ¿estáis dispuestos a asumirla?

    —Los herederos son demasiado jóvenes, majestad. La asumiré yo, si no os importa.

    —¡No somos unos críos! —gritan al unísono mientras avanzan hacia la reina.

    —Sí que lo sois —insiste ella—. Sin embargo, me resulta conmovedora vuestra reacción. Solo por ello no os tendré en cuenta esta insolencia. Encargaos de mantenerlos a cierta distancia —ordena a sus guerreros.

    Los merilov forman un círculo en torno a los adolescentes. Gult ruge a modo de advertencia. Una que los jóvenes entienden a la perfección.

    La reina procede. Con certera rapidez corta las muñecas de Calixto con sus garras. La sangre gotea a los pies de Nairea hasta formar un charco consistente. El consejero se tambalea. Los chicos gritan. La reina absorbe la sangre una vez purificada con la tierra del tiempo eterno.

    —¡Tinilat ersq viv! —pronuncia Nairea en el idioma antiguo.

    Los merilov sujetan a los chicos que, desesperados, luchan para liberarse. Una luz cegadora envuelve el cuerpo de Brianna. Calixto apoya una rodilla en el suelo a efectos de mantener el equilibrio; un consejero real debe morir con honor. La luz es absorbida por el cuerpo de la princesa. Poco después, Brianna toma una gran bocanada y abre los ojos.

    —Os agradezco vuestra intervención, majestad —interviene Gult.

    —No agradezcas. Vuestro consejero pagó un alto precio por ella. —La reina contempla a Brianna sin parpadear—. Además, solo actué en beneficio de mis intereses. No me conviene sostener una alianza con un rey como Minok, sería igual que permitir que el inframundo se apropie de la superficie. Eso es inadmisible. Ahora marchaos. Debéis restituir el orden en Enalterra.

    Los merilov se elevan en formación alrededor de Nairea. La vista de sus alas e intensos colores resulta fascinante. Un portal cobra forma en cuanto las criaturas desaparecen. Liam y Connor se aproximan. Brianna inspira hondo. Cientos de pensamientos pasan por su cabeza. No obstante, la voz de su corazón aplasta las dudas. Ella extiende los brazos y los chicos se lanzan a su encuentro.

    —¿De verdad eres tú, mamá? —pregunta Liam.

    —Sí, cariño.

    —Tienes un aspecto… diferente —comenta Conor.

    —Igual que el vuestro —agrega Gult.

    Ambos gemelos se observan un instante.

    —¿Sigues enfadada?

    —No, y vosotros ¿seguís enfadados conmigo? —Los chicos niegan con la cabeza y se aferran como pueden a ella.

    —No quiero ser impertinente —interrumpe el felino—, pero debemos regresar antes de que la situación en el castillo y, por tanto, en toda Enalterra, siga empeorando.

    Los chicos se apartan de Brianna.

    —¿A dónde vamos? ¿De qué castillo hablas? —preguntan.

    —Vuestra… Hum, madre, tiene un asunto pendiente.

    Ella cabecea mientras les acaricia el rostro. Gult gruñe una vez más para llamar su atención.

    —Venga, al mal paso darle prisa —sugiere Brianna.

    Tomados de la mano con firmeza, los tres atraviesan el portal seguidos por Gult que carga al lomo el cuerpo de Calixto.

    🍃

    El retorno de Brianna junto a sus sobrinos genera emociones encontradas entre muchos de los habitantes del reino: alegría, sorpresa, tristeza. La muerte de Calixto ocasiona una cascada de cambios que ella asimila con el apoyo de Gult que, por fortuna acepta ocupar el puesto de consejero real. Resolver la crisis murallas adentro le lleva a la princesa una semana entera. Juicios, firma de pactos, decretos. Ganarse la confianza y la lealtad de quienes escucharon las promesas de Minok requiere de mucho más esfuerzo, aunque no puede decirse que las primeras reuniones no hayan dado frutos. Lograr que cese el baño de sangre hace que Brianna considere la posibilidad de volver al mundo mortal. Por ahora el rey y los tanarianos no han movido ficha. No obstante, eso no significa que el peligro haya pasado.

    —¿Estás segura de volver? —Gult la observa con los párpados entornados.

    —No voy a mentirte, no es seguridad lo que me motiva —reconoce ella—. Solo creo que si vuelvo con los chicos Minok tendrá mucho más difícil asesinarlos.

    —No lo sé, Brianna. Los trajo desde el mundo mortal una vez, ¿qué le impedirá volver a hacerlo?

    —Que tanto ellos como yo estaremos alerta. Los sedujo con promesas vacías. Ahora ya saben lo que hay, además han aprendido a utilizar parte de sus poderes durante su estancia aquí.

    Consejero y Princesa se asoman por el ventanal. Los gemelos reciben instrucción en la lucha cuerpo a cuerpo daga en mano.

    —Muy bien, lo tendré todo listo para cuando decidas volver. Pero esta vez llévate el corion, me quedaré más tranquilo si podemos mantener el contacto.

    —De acuerdo. Respecto de cuándo volver, démosles un par de días más. Quiero que al menos sean capaces de defenderse si no me encuentro cerca.

    —Así se hará.

    🍃

    Volver al mundo de los humanos con todos sus recuerdos intactos no fue sencillo de digerir. Disociar ambas partes de sí misma le costó días de estrés y desasosiego ante la posibilidad de llamar la atención más de la cuenta. Por fortuna Liam y Connor habían comprendido (y asimilado) la necesidad de trabajar como un equipo y su conducta había mejorado significativamente. Tener el corion consigo también le aporta cierta seguridad. Brianna reflexiona en relación con los hechos más recientes ocurridos en Enalterra mientras conduce en dirección a Tymon Park. Los chicos la esperan en el Estadio Nacional de Baloncesto y ya lleva cinco minutos de retraso. El sol que brilla con cierta timidez se esconde de pronto. Es como si ese mal presentimiento que lleva rato nublándole el ánimo hubiese abandonado su cuerpo para instaurarse en plena bóveda celeste. El corazón se le dispara y un nudo le impide tragar con facilidad. Las sombras que rodean al estadio despiertan en ella un miedo visceral. Consciente de que el tiempo se le agota pisa el acelerador.

    Brianna maniobra con el coche. Un escuadrón completo de tanarianos dirigidos por Minok le corta el paso. El volantazo obliga al vehículo a girar como un trompo. Ella se aferra al volante con fuerza. Mientras aguarda que el coche se detenga sujeta el corion y envía un mensaje a Enalterra. Los recuerdos amenazan con sumergirla en el pasado y ella no está dispuesta a permitir que su mente la traicione. Recibir la señal lumínica de Liam y Connor le insufla valor. Sus chicos se encuentran fuera del alcance de Minok. Ahora le toca a ella hacerse cargo.

    El coche se estrella contra la primera línea de tanarianos. Las monturas aúllan y caen despatarradas lanzando por los aires a sus jinetes. Brianna aprovecha el instante para bajarse del vehículo,  da dos zancadas y se aleja. Un trueno cruza el firmamento. La lluvia no tarda en caer. Minok alza el puño. Un vendaval choca contra el muro protector que Brianna acaba de conjurar. La princesa invoca su arco y una flecha. Los ojos del rey tanariano refulgen. Ella inspira hondo. Necesita serenarse para hacer uso de todo su poder.

    Claimar et laéng corp triscum.

    La punta de la saeta brilla con intensidad. Brianna coge la flecha y hace un pequeño corte que le atraviesa la línea de la vida en su palma derecha. La sangre empapa la punta. Segundos después, repite el conjuro.

    —Ni con todo el poder de tu linaje; ni con la magia de sangre… Ni siquiera los dioses van a librarte de mi venganza.

    Minok desmonta.

    —No será todo eso lo que te destruya, Minok. Es tu sed de venganza la que se volverá contra ti. Es el orgullo que te consume el que abrirá las puertas del inframundo y permitirá que Enalterra por fin sea libre.

    —¡No eres rival para mí!

    —Jamás he pretendido serlo.

    El rey tanariano desenvaina su espada y se abalanza sobre la princesa a gran velocidad. Ella permanece inmóvil a la espera. Los gemelos corren hacia Brianna al percatarse de lo que está por suceder.

    Minok empuña la espada con ambas manos. En el instante en que la alza sobre su cabeza, Brianna carga la flecha en el arco. El rey sonríe con malevolencia segundos antes de imprimirle toda su fuerza a la espada. La hoja destella reflejando el relámpago que acaba de iluminar el firmamento. Otro trueno ruge. La princesa apunta y dispara la saeta. La sonrisa de Minok se desdibuja en cuanto la filosa punta le atraviesa el hombro izquierdo. La espada desciende y alcanza a Brianna en el hombro derecho pese a la rapidez con la que se desplaza. La sangre le empapa la blusa. El rey vuelve a embestir. Ella trastabilla y apoya una rodilla en el suelo. El movimiento hace que roce la funda que lleva atada al muslo derecho. Minok ruge eufórico. Brianna coge el colmillo del dragón. Su sangre entra en contacto con el objeto y se enciende. La princesa lo arroja a la garganta del rey. La espada cae y rebota contra el pavimento. Sangre real empapa los labios del último rey tanariano. Minok se lleva la diestra al cuello. En el instante en el que roza el colmillo, estalla envuelto en una lengua de fuego que lo convierte en cenizas. Con él, todo el escuadrón de tanarianos también desaparece.

    Brianna se tambalea. Las piernas se le aflojan tanto, que se le dobla la otra rodilla. Los gemelos la abrazan y evitan que caiga al suelo. Un zumbido persistente le impide escuchar las palabras de Liam y los tacos de Connor. Una calidez le recorre todo el cuerpo. Las manos cariñosas de sus chicos la reconfortan. Cierta perplejidad ante sí misma la mantiene en una especie de limbo mientras los gemelos se ocupan de sanarle la herida. Todavía no es capaz de creer lo que acaba de hacer.

    La lluvia cesa. El cielo se aclara. El astro rey se abre paso con premura como si supiera que Brianna necesita de sus atenciones. La cálida caricia de los rayos vespertinos la desentumece.

    —Mamá, ¿seguro te encuentras bien? —La preocupación en el tono de Connor rompe el ensimismamiento de Brianna.

    —Lo estoy, cariño, de verdad. —Ella devuelve el abrazo y los estrecha contra su pecho con tanta fuerza que Liam protesta.

    —Eres un quejica —masculla Connor mientras no quita los ojos del hombro de Brianna—. Va a quedarte una cicatriz bastante fea, mamá. Todavía no aprendimos sanación estética.

    —A mamá no le importa tener cicatrices, no te rayes por eso.

    —Venga, chicos, volvamos a casa.

    —¡A Enalterra? —Brianna detecta la ilusión que se filtra en la voz de Liam.

    —Enalterra por fin es libre, puede esperarnos un poco más.

    —¿Cuánto más?

    —No seas petardo, Liam. Deja a mamá en paz. Tenemos trece, todavía nos quedan cinco años en este mundo.

    —Jo, este mundo es aburrido. —Connor pone los ojos en blanco.

    —Entonces lo haremos divertido —agrega Brianna.

    Los gemelos se lanzan un par de miraditas cómplices que su madre ataja al vuelo. Los conoce demasiado bien. La diferencia es que ahora está preparada para lidiar con ellos sin perder la cordura en el intento.