Categoría: Serie — Crónicas de Enalterra

Serie de relatos de fantasía épica

  • BERENGE Y LA TRAMPA DEL LUPIRIÓN

    BERENGE Y LA TRAMPA DEL LUPIRIÓN

    Resumen

    Eternitus, la tierra del tiempo eterno donde habitan los merilov, afronta una rebelión. Los lupiriones, cambiaformas encargados de custodiar a los fantagnos,  hartos de servir han decidido alzarse contra el reino.

    En vista del peligro inminente, Nairea, la reina, solicita ayuda a Enalterra a fin de preservar la vida de Berenge, su primogénita y heredera.

    Liam y Connor, príncipes de Enalterra, tendrán la responsabilidad de escoltar a la joven que no es conocida, precisamente por su obediencia, antes de que se meta en problemas de los cuales pudiera no salir bien librada.

    Cuarta entrega de la serie «Crónicas de Enalterra».

    Berenge: Una joven con un aire místico y poderoso, situada en un paisaje al aire libre bajo un cielo crepuscular. Ella tiene el cabello largo, rizado y de un intenso color rojo que parece vibrar con vida propia. Lleva un vestido rojo sin mangas, con un corte que permite que una de sus piernas quede parcialmente al descubierto, y calza botas negras que contrastan con el tono cálido de su vestimenta. Un rasgo muy distintivo son sus grandes alas rojas, desplegadas a ambos lados, que se ven robustas y bien definidas, dando la impresión de estar listas para el vuelo. La expresión de su rostro es seria y fija, con ojos rojos que acentúan su apariencia sobrenatural, transmitiendo fuerza y determinación. Su postura es erguida y su cuerpo está ligeramente orientado hacia la derecha, como si estuviera atenta a algo fuera del encuadre. El fondo presenta un paisaje natural, con una pradera cubierta de hierba oscura y frondosos árboles a ambos lados, cuyas hojas tienen tonos anaranjados y amarillos, como si reflejaran la luz del atardecer o estuvieran en plena estación otoñal. El cielo, rico en matices de azul profundo y nubes difusas en tonalidades que varían del naranja al rosa, sugiere un momento de transición entre el día y la noche, aportando un aire místico y sereno al conjunto. En su totalidad, la imagen combina el elemento fantástico de la figura central con un entorno que invita a la contemplación y que realza la atmósfera mágica y etérea de la escena.

    El roce de una daga al abandonar la vaina se pierde en el fragor del enfrentamiento. Las fauces del lupirión quedan a centímetros del rostro de Berenge.  El gruñido ahogado enmudece de golpe. La sangre le salpica la cara. La joven  aprieta los ojos para evitar que sus retinas graben aquella agónica expresión. Tiembla a punto de desfallecer. Su mente divaga entre el presente y lo sucedido horas antes. Odia reconocerlo, pero no le queda otra alternativa. Su madre tenía razón, era un blanco fácil. Tendría que haberle obedecido y no darle dolores de cabeza a los príncipes de Enalterra. Pensar en Connor le dispara las pulsaciones. . El recuerdo irrumpe en su psique justo antes de que la engulla el agotamiento.

    Berenge avanza a zancadas con las alas tensas y las plumas desordenadas; la contrariedad se le dibuja en el rostro. La reina Nairea la mira de soslayo. Advierte, por su expresión, que se avecina otro de sus berrinches.

    —No aceptaré que me envíes a Enalterra justo ahora, Madre —dice y se planta con los brazos cruzados—. Le prometí a mi…

    —Tu abuela ha caído prisionera de los rebeldes. Hasta que no controlemos el alzamiento de los lupiriones, te quiero fuera y no se hable más del asunto. No voy a exponer a la heredera de Eternitus a las artes oscuras siendo un blanco tan fácil.

    La joven palidece, su mirada pierde animosidad. El gesto altivo de la reina la provoca.

    —¡No soy ninguna cría! Quizá no puedo enfrentarme en batalla por mis malditas alas, pero puedo ir a por el antídoto hasta la frontera. Yo…

    —¡No discutas conmigo! Te irás con los príncipes de vuelta a Enalterra hasta que resolvamos esta situación. Y ojito con arrastrarlos contigo a cualquiera de tus locuras. ¿Me he explicado bien?

    —¡Te entendí, madre, no soy una imberbe; pero  no estoy dispuesta a obedecerte!

    Berenge da media vuelta, echa a correr y alza el vuelo.

    —¡Detenedla! —ordena la reina.

    Un par de guardias salen tras la jovencita. Ella les da esquinazo y se oculta entre los arbustos que rodean la muralla del castillo.

    Media hora más tarde, un carraspeo seguido de una risita la catapulta como un resorte. La joven se vuelve dispuesta a enfrentar la amenaza. Levanta ambas manos y saca las garras.

    —Parece que la princesita está de mal humor —dice Liam risueño—. ¿tú que crees, Connor? ¿La desenmascaramos o le pedimos algo a cambio de guardarle el secretito?

    —Capullo —espeta y lanza un zarpazo.

    Connor se atraviesa y recibe el arañazo en el pecho. Berenge recula un paso y ahoga un gemido. El labio inferior le tiembla.

    —Lo-lo siento, yo…

    Connor hace un ademán y niega con la cabeza. Un suspiro cansado se le escapa.

    —Podemos hacer esto de la manera sencilla o de la difícil, tú decides.

    —Tú siempre tan correcto y remilgado, ¡verdad? Nunca rompes las reglas, nunca corres riesgos. ¿Es que no te aburre la cotidianidad?

    Liam pone los ojos en blanco. Connor guarda silencio. Si la princesa supiera cuál es la verdadera razón por la que los enviaron a Eternitus, no diría eso y se volvería un incordio.

    —Pues para considerarlo un duermeovejas, bien que le has hecho ojitos todo el verano, ¿no?

    —Tú no eres más Estúpido porque no tienes más tamaño ni más edad.

    —Basta de puyitas. —Connor mantiene su posición entre ambos—. Ven con nosotros, mi madre de seguro podrá hacer algo más…

    —Que os den a ambos —espeta con los ojos encendidos como dos ascuas. —Liam sonríe de oreja a oreja—. Idos al pozo sulfuroso del inframundo exclama y despega en vertical.

    Connor inspira hondo. El aroma floral de la princesa se le queda impreso en el olfato. Liam se inclina y recoge varias plumas que han quedado en el suelo.

    —Creo que prefiere la opción difícil, hermano.

    —Es mejor que la sigamos de cerca. La reina puede ser intransigente en ocasiones, pero esta vez tiene toda la razón. La revuelta no ofrece buen pronóstico y es mejor que estemos preparados.

    Los gemelos echan a andar a paso vivo antes de perderle la pista por completo.

    🍃

    Berenge pierde altura y esquiva, a duras penas, las copas de los árboles que rodean la frontera con Purgius. Aterriza y el impacto contra el suelo le llena los ojos de lágrimas. El bosque de la vigilia constante se muestra más penumbroso que nunca. El crujido de varias ramillas al quebrarse la obliga a ponerse de pie. El dolor en el tobillo derecho casi le arranca un chillido. Inspira hondo y contiene el aire. Recuerda las enseñanzas de su abuela: «lo que no se mueve es más difícil de percibir». En aquel instante se maldice por ser diferente. El intenso escarlata de sus plumas, cabello y ojos la convertían en una diana ineludible. El aroma acre del sudor masculino le irrita las fosas nasales. Las ganas de estornudar le disparan las pulsaciones. Aquello solo obedecía a una posibilidad: lupirión a menos de un metro. Por primera vez, en sus diecisiete años, agradece aquella maldita alergia.

    —No temáis, alteza —dice el lupirión con una voz tan grave que la piel de todo el cuerpo se le eriza.

    La familiar voz se abre paso entre la neblina de sus pensamientos. Sin embargo, mantiene la intención de ignorarlo. Laurence no es santo de su devoción. Presa de la desesperación hace cuanto puede por evitar estornudar; el hombre la mira con curiosidad. Los ambarinos ojos brillan en la penumbra y compiten con la blancura de esa sonrisa rapaz. El estornudo la estremece. El lupirión suelta una carcajada que silencia la melodía habitual del bosque.

    —Yo… —Berenge traga; las manos le sudan.

    —Insisto en que no debéis temerme, alteza. No formo parte de la rebelión —dice y avanza un paso hacia ella.

    La joven recula. El lupirión ladea la cabeza. Una brisa gélida los envuelve de improviso. El letargo que experimenta Berenge  se acentúa; el instinto de supervivencia la obliga a espabilarse. Da un vistazo alrededor. Los ojos del hombre siguen su mirada.

    —Debo marcharme —masculla ella y se desplaza en dirección al sonido cantarín del agua.

    —El nacimiento del riachuelo perspicaz está en aquella dirección. —Él señala con el índice hacia el sur.

    Berenge arruga el entrecejo. «me habré despistado». El pensamiento no tarda en volatilizarse. Los efectos de no haberse hidratado hacen de las suyas.

    —¿Estás seguro? Yo tenía entendido que se ubicaba al norte.

    El hombre niega con un balanceo suave de la cabeza. Varios mechones se le escapan y le enmarcan el rostro. La joven entrecierra los ojos. La cantinela dentro de su mente se le convierte en un incordio: «No hables con extraños, no confíes en desconocidos ni siquiera si parecen inofensivos y jamás, jamás te acerques a un lupirión por manso que te parezca». La voz de su abuela pasa de largo y apenas roza la densa niebla que le ralentiza los sentidos.

    —Puedo acompañaros, si lo preferís. El bosque no entraña peligros para alguien como vos, pero si  tenéis en cuenta el alzamiento reciente, cualquier precaución que toméis no está de más.

    —No es necesario que  os convirtáis en mi guardián. Sé cuidarme solita.

    —Perdonad que os contradiga, alteza, faltaría más. Solo cumplo con mi deber como custodio de los fantagnos; si alguno os cogiese… —El lupirión adopta una expresión compungida que se esfuma en segundos, sustituida por la preocupación.

     La referencia despierta en Berenge una sensación desagradable que le hormiguea en el estómago. Un fantagnos hijo de puta había atacado a su abuela y ella  estaba allí, rompiendo la primera norma que le habían inculcado desde que era niña. Se hallaba tan cerca de lograr su cometido que ignoró todas las advertencias.

    —¿Puedes indicarme cómo encontrar las lucídidas?

    —Puedo llevaros hasta donde florecen.

    Ella niega con la cabeza.

    —Indícame el camino, las hallaré.

    El lupirión sonríe de medio lado.

    —De acuerdo, alteza. Prestad atención.

    🍃

    Liam y Connor se detienen en el claro de la arboleda al toparse con el montón de plumas escarlata. Ambos jóvenes entornan los párpados mientras evalúan las huellas.

    —¿Qué diablos estaría pensando Berenge para irse en sentido contrario? —Liam recoge las plumas y las olisquea.

    —La pregunta exacta es: ¿tendría la suficiente claridad para pensar? —Connor dirige la mirada en dirección al sonido del riachuelo—. Ni una sola pisada —masculla.

    —Lleva sangre real, no sufrirá los efectos de la hipnesis como nosotros.

    —Todavía no ha cumplido los dieciocho.

    —Mierda, mierda, mierda. —Liam señala un segundo juego de pisadas.-

    —Recarguemos la reserva de agua y movamos el culo antes de que ocurra una tragedia.

    —Rastrearla no va a ser nada fácil —dice y vuelve a oler las plumas.

    —No hará falta. —Liam arruga el entrecejo—. Si está desorientada no dará con las lucídidas.

    —¿No estarás pensando en ir a Purgius o sí?

    La determinación en la mirada de Connor responde a su pregunta. Liam maldice y echa a andar tras su gemelo.

    🍃

    Laurence avanza con sigilo. La fetidez que mana del fantagnos lo orienta pasillo a través. Detiene la marcha en cuanto distingue al par de guardianes. Esos no iban a ser tan sencillos de manipular como la heredera. «Niñata estúpida». La idea de deshacerse de la princesa cobra intensidad. Desde luego, primero se ocupará de la maldita virreina. La boca se le hace agua al imaginar lo suculenta que le resultará la sangre real. Después irá a por la zorra de Nairea y, de postre, el engendro de la naturaleza. Él no hacía caso a profecías ni supersticiones. Poco le importaba la fantasía que su pueblo había tejido respecto de la primogénita; derramaría su sangre y la de cualquier merilov que se interpusiese en su camino con tal de obtener lo que le correspondía. Adoptó forma animal y se lanzó a por sus presas.

    🍃

    Berenge avanza a zancadas. El hedor ferruginoso le eriza la piel; el silencio se le clava en el corazón como cientos de alfileres candentes. El crujido del manto colorido de plumas al aplastarse le encoge el estómago. Un gemido lejano la empuja a correr. La escena que la recibe enardece su sentido del honor. La bestia que acorrala al guardia contra la pared, da un giro imposible y se abalanza sobre ella. La joven pliega las alas y da una voltereta atrás; rueda sobre sí y se incorpora tambaleante con las garras listas para atacar. A sus pies las flores que llevaba consigo yacen aplastadas. La distracción le brinda tiempo suficiente al guardián para desenvainar la espada. El grito de su abuela casi le detiene el corazón. Con el pulso a todo galope se eleva en dirección al torreón norte. Los efectos de la primera fase de la hipnesis se hacen sentir. Por una fracción de segundos se desorienta. El ruido de la reyerta la obliga a mirar hacia abajo. Los rebeldes habían atravesado la muralla del castillo brumoso. La situación es mucho peor de lo que se imaginaba. Agita las alas en un intento de imprimirse velocidad. Lo único que consigue es agotarse casi hasta el límite.

    Posa los pies en el pequeño balcón a duras penas. Avanza y atraviesa el umbral. La habitación permanece en penumbras. El hedor le revuelve las tripas.

    —¿Abuela?

    —Mi pequeña —dice la anciana con voz grave.

    —Te ves tan… —Ella titubea unos segundos antes de permitirse dar el primer paso—. Diferente.

    La virreina se aproxima. El brillo de  sus iris es menos deslumbrante.

    —Efectos del maldito fantagnos, querida —dice en voz muy baja.

    Berenge estornuda una, dos, tres veces. Un escalofrío le recorre de pies a cabeza. La piel se le eriza. Su cuerpo responde ante la amenaza que perciben sus sentidos y que su mente aún no procesa.

    —¿¡Qué hiciste con mi abuela?!

    La anciana sonríe con malevolencia. En segundos la piel arrugada se resquebraja y termina sustituida por una densa capa de pelaje oscuro. El rostro se deforma y un hocico surge en lugar de la aguileña nariz. Las fauces ocupan el espacio de los labios femeninos y la hilera de dientes   casi triplican su tamaño.

    —¿No se os ocurre que pude haber hecho con ella, alteza? —La voz casi gutural de la bestia le provoca una sensación de vacío en el estómago.

    —Laurence…

    —A vuestras órdenes.

    La criatura da un salto inesperado hacia ella; la joven recula. Lanza el brazo derecho al frente; las garras alcanzan a penetrar la gruesa capa de pelos.

    —¡Aléjate!

    La criatura emite un sonido entre rugido y risa burlona; segundos más tarde se lanza a por ella. La joven reprime el quejido que amenaza con escapársele al chocar contra el suelo.

    —No tenéis oportunidad.

    —Eso está por verse —masculla y le clava las garras en el abdomen.

    La bestia  usa sus zarpas contra los brazos de Berenge. Débil por el esfuerzo y los efectos de la segunda fase de la hipnesis, la joven apenas logra evitar que las fauces de la bestia se cierren alrededor de su garganta.

    La lucha desigual le pasa factura a la heredera de Eternitus. Una lágrima furtiva le recorre la mejilla. El lupirión la recoge con la lengua  y se regodea con el aroma del miedo que exhala en cada jadeo.

    El grito se le hace familiar y la catapulta de vuelta al presente. Parpadear es un verdadero incordio y las náuseas no tardan en apoderarse de su garganta. Connor se aleja del portal; Liam lo sigue de cerca. El lupirión articula alguna palabra que se termina desvaneciendo en los predios de la muerte.

    —Quitádmelo de encima, por favor —suplica la joven mientras se esfuerza por no vomitar.

    Liam recoge la daga y empuja el cuerpo de la bestia. El lupirión inicia la transmutación a fantagnos.

    Consciente del riesgo que implica enfrentarse a un espíritu sediento de venganza, Connor desenvaina su espada y tras varios golpes secos, le escinde la cabeza. El cuerpo combustiona y deja un cúmulo de cenizas que se convierten en polvo con lentitud.

    —Bebe —Le ofrece Liam a la joven.

    Ella niega con la cabeza. Harto de la actitud malcriada de Berenge, Connor suelta la espada, le arrebata el recipiente a su hermano, lo destapa y le presiona las mejillas a la joven de tal forma, que la obliga a abrir la boca y a beber.

    —Serás… —tose repetidas veces—. ¡Bruto! —espeta y se pone en pie.

    Liberada de la hipnesis, recobra buena parte de sus habilidades.

    —No pretendo incordiar, pero ten en cuenta que nos has complicado mucho las cosas —dice recogiendo la espada de su gemelo—. Agradece que en medio de todo, sigues siendo su prioridad.

    Berenge le lanza una mirada asesina.

    —Nadie te ha pedido tu opinión —reprocha Connor—. Cierra esa bocaza que tienes.

    El príncipe pone los ojos en blanco y le entrega la espada; luego da media vuelta.

    —Después no digas que no te echo una mano.

    —¿A dónde crees que vas? —Berenge le corta el paso.

    Liam extrae de la bolsa que lleva atada a la cintura, un ramillete de flores que abren y cierran los pétalos como si sus capullos palpitaran.

    La joven se sonroja. El recuerdo de las flores que había dejado caer la abofetea. Además de debilucha era una verdadera ignorante. ¿Cómo no se había fijado que las flores que ella había cogido no palpitaban?

    —Si me permites —dice el joven y la esquiva—. Voy a ocuparme de que la virreina sea liberada.

    —Lo lamento, Liam. —El príncipe hace un gesto con la mano libre y avanza hacia la cama.

    Connor se le acerca; Berenge sigue con las mejillas arreboladas.

    —Soy una inútil.

    —Eres malcriada, no una inútil. Azotarte no sirve de nada —dice y le retira un mechón del rostro—. Lo importante es que reconozcas el fallo y rectifiques.

    —¿No me odias?

    —Me exasperas más veces de las que me gustaría, pero ¿odiarte? No me has dado motivos de peso para ello.

    Ella da un paso hacia él. Connor le mira la boca;  traga saliva y asciende hasta fijar los ojos en aquella mirada escarlata.

    —En agradecimiento, ¿aceptarías  que te invite a comer? Podemos pasar un rato muy agradable, me comportaré, lo juro —asegura con tono seductor.

    —Mira, yo… este —Connor desvía la mirada.

    Berenge se vuelve. La expresión de la reina de la tierra del tiempo eterno, augura una tempestad.

    —¿Cómo te atreves a dirigirte al príncipe en esos términos? ¡Serás confinada en tu habitación lo que resta del verano!

    —¡Mamá!

    Connor se interpone entre ambas a riesgo de que cualquiera de las dos o ambas inclusive, le claven las garras.

    —Vuestra hija no ha roto el protocolo, majestad —asegura el príncipe—. Ambos la hemos autorizado a que nos trate con familiaridad.

    —Habéis hecho mal, alteza —reprocha con severidad.

    —¿Ahora qué hiciste, hermano? —pregunta Liam mientras sujeta a la virreina que va junto a él.

    —Madre —susurra Nairea con voz trémula.

    —¡Abuela!

    Berenge corre y abraza a la anciana. La virreina responde al gesto con cierta solemnidad.

    —Venga ya, no me he muerto. Aparta el dramatismo, ninea.

    El apelativo cariñoso le anega los ojos de lágrimas. Berenge traga varias veces. Logra recomponerse a duras penas.

    —¿Llevaréis a la virreina con vosotros? —pregunta Nairea—. Quizá Brianna podría asegurarse de que…

    —Estoy perfectamente bien, Nairea.

    Antes de que ambas mujeres se enzarcen en una pelea infinita, Berenge interviene:

    —Ven con nosotros, abuela —pide con suavidad—. Ya sabes que el protocolo se me da fatal. Además, mientras menos dolores de cabeza tenga la reina aquí, más pronto acabará de solucionar este asunto.

    La virreina levanta una ceja.

    —Solo me faltaba que tú también me tomes por estúpida, ninea.

    —Abu…

    —Abu una cornamenta completa de unicornios. El protocolo se te da a la perfección; otro asunto es que pases de él cuando te apetece. No obstante, como entiendo que has mentido en favor de colaborarle a tu madre, no te dejaré colgada de cabeza por demasiado tiempo. Ahora vamos, quiero a Eternitus en orden. Vosotros dos, ¡a qué esperáis? Abrid el portal hacia Enalterra.

    —Como ordene, mi señora —dice Liam, risueño.

    La virreina le da un cachete cariñoso.

    —Qué buen chico, si señor.

    —Informad cuando lleguéis al castillo —exige Nairea.

    —Así se hará, majestad —responde Connor justo antes de crear el portal.

    La reina asiente, satisfecha. Liam atraviesa el portal acompañado de la virreina. Berenge los sigue de cerca. De improviso se da media vuelta:

    —Entonces, ¿aceptas salir conmigo?

    El joven reprime la sonrisa y permanece todo lo serio que le permite el corazón; en cualquier momento el órgano va a salírsele por la boca como siga  palpitando así, a todo galope cual unicornio en estampida. «Si vuelves a pedirme que salga contigo, no respondo». El pensamiento se esfuma en cuanto divisa el comité de bienvenida que les espera del otro lado. Connor se dispone a observar y callar. Al menos esta vez ni él ni Liam eran responsables del embrollo. La lianta era otra y él no iba a perderse aquel espectáculo.

  • DUNAY: EL DESIERTO DEL SILENCIO INFINITO

    DUNAY: EL DESIERTO DEL SILENCIO INFINITO

    Resumen

    Liam y Connor no dejan de meterse en líos; esta vez, han arrastrado a la heredera del reino de las hadas de plata. Los gemelos no han estudiado para sus exámenes en el mundo mortal y pretenden ubicar los Cyrgüiles (frutos del conocimiento perenne) que solo se dan en el oasis de la luz perpetua; paraíso escondido en Dunay, el desierto del silencio infinito. la pequeña Amoena, hija de Caléndula y Napellus, abrirá el portal que los llevará a su destino. El problema es que su falta de experiencia los conducirá al desierto del silencio infinito y los dunayros no son conocidos, precisamente, por su amabilidad.

    Tercera entrega de la serie «Crónicas de Enalterra».


    En un paisaje desértico y sombrío, dos gemelos armados aguardan con determinación. Frente a ellos, una criatura enorme (mitad escarabajo mitad escorpión) azul, amenazante, se prepara para atacar. Sobre ellos, una pequeña hada luminosa observa con preocupación, mientras detrás del insecto gigante, una criatura de barro y piedra ruge, envuelta en furia bajo un cielo oscuro y cargado de misterio.

    Liam y Connor intercambiaron una mirada cómplice. Segundos después se dejaban arrastrar hacia el otro lado del portal tras la pequeña Amoena; aquella era una expedición ida por vuelta. Ni su madre ni Gult ni Caléndula tendrían por qué enterarse. Volverían para la cena y todos tan felices.

    Apenas aterrizaron del otro lado supieron que algo iba muy, pero que muy mal. El calor era sofocante y la hediondez perturbadora. La penumbra hacía difícil distinguir lo que tenían a un metro de distancia. Ambos gemelos se miraron. Abrieron la boca una, dos, tres veces. Movieron los labios, tensaron el cuello, chocaron las palmas, el miedo los recorrió de pies a cabeza. No cabía duda, estaban en el desierto del silencio infinito. La vibración que percibieron bajo los pies los alertó del peligro. Nada que fuese lo bastante pequeño causaría una sacudida tan colosal. Connor señaló los platinados mechones que danzaban a unos cuantos pasos; la pequeñaja brincoteaba mientras agitaba sus alitas y hacía palmas, ajena a lo que se les avecinaba.

    —¡Corre! —articuló Connor mientras señalaba en dirección de Amoena.

    Liam negó con la cabeza.

    —Tú. —Lo apuntó con el índice y luego se volvió.

    Al seguir sus movimientos y ver lo que se les aproximaba, Connor no lo dudó. Corrió en dirección a la chiquilla, la levantó como si fuese un saco de patatas y corrió todo lo que le permitía la arena.

    Liam se plantó frente al enorme escarpión. Tras dar un vistazo alrededor, exhaló un suspiro. No había ni una roca. Nada que pudiera usar como arma. Probaría lanzar un pequeño conjuro distractor. Al menos así su hermano tendría tiempo de sacarle ventaja al bicho. Solo esperaba que a ningún dunayro le diese por pasearse por allí.

    El insecto levantó la cola y lo apuntó con el aguijón. El líquido viscoso le rozó el muslo izquierdo. Liam maldijo y trastabilló. Debilitado por la potente ponzoña cayó de culo.

    Connor se detuvo para recuperar el resuello. Lidiar con la pequeña hada resultaba más difícil de lo que imaginó. Pese a su estatura, era fuerte e inquieta. Apenas había podido adelantarse un poco. Correr y luchar para que la chiquilla no se escabullera de sus brazos eran dos tareas incompatibles.

    Con los ojos desorbitados al ver la sombra que se cernía sobre Liam, Amoena movió sus deditos, extendió las alas y salió disparada. Connor salió tras ella. Abrió y cerró la boca; gritar no le serviría de nada, más que para perder aire. El corazón le dio un vuelco al ver a su hermano acorralado entre la arena y aquel bicho gigante. Recordó que se había guardado el boli en el bolsillo y tomó nota mental de agradecerle a Gult que fuese tan pesado con el tema de no salir a ningún lado sin protección. En cuanto lo sostuvo en la mano, el objeto adoptó su apariencia real.

    Elevó la espada y lanzó el mandoble con todas sus fuerzas. El cuerno que casi ensarta a su hermano se clavó en la arena. La bestia se sacudió como posesa. Otro chorro ponzoñoso salió en dirección a Connor. La pequeña hada remontó el vuelo y arrojó un hechizo aturdidor. Las alas de la criatura se despegaron de su caparazón.

    Ágil como un colibrí, Amoena captó la atención del bicho el tiempo suficiente como para que Connor ayudara a Liam a ponerse de pie. El rostro del joven había adoptado un tono verduzco muy alarmante.

    El escarpión se elevó unos centímetros sobre el suelo. El fuerte aleteo provocó una tormenta de arena que camufló su posición.

    La pequeña hada hizo un giro para volver con los gemelos. En ese instante, las dunas se estremecieron. Connor temió que otros escarpiones hubiesen despertado de su letargo. Las siluetas que iban cogiendo forma delante de sus narices le sentaron como una patada en el hígado. La suerte no podía ser tan cabrona. una decena de dunayros emergieron de las profundidades del desierto y la expresión de sus rostros mostraba lo enfadados que estaban.

    Gesticulando a gran velocidad, Naboirg, abordó a los adolescentes:

    —Habéis invadido Dunay y lesionasteis a uno de nuestros guardianes sagrados. Nuestra soberana ha contactado con el castillo y ni la reina Brianna ni su consejero han respondido a nuestras preguntas.

    Connor quiso responder. No obstante, como la diplomacia le interesaba tan poco, jamás aprendió a comunicarse con la lengua gestual de Dunay; por tanto, apenas si pudo captar el mensaje.

    —Nimos a oasis —intervino Amoena.

    —Ha sido un pequeño accidente —añadió Liam.

    Connor tiró del pantaloncillo corto de la pequeña y la apartó de la trayectoria de los brazos que pretendían apresarla.

    —¡Excusas! Habéis violentado el protocolo y deberéis pagar un precio —gesticuló Naboirg y a medida que hablaba, salpicaba granos de arena y virutas de cristal.

    El suelo vibró con más fuerza. Del resto de dunas emergieron más escarpiones. La fetidez hizo que el aire fuese casi irrespirable. La penumbra se volvió más densa. Era hora de salir de allí, si es que se le ocurría alguna estrategia.

    Como si les hubiese podido leer el pensamiento, Amoena agitó los deditos, extendió los brazos hacia arriba y un portal surgió sobre sus cabezas. La fuerza que manaba desde el otro lado los obligó a recular. El oasis de la luz perpetua era un lugar que todo dunayro evitaba de ser posible. La pequeña ascendió y atravesó la brecha.

    Algraim et selvet eireen trug.

    Connor sujetó con fuerza a su hermano mientras con la otra mano aferraba la espada y el conjuro los elevaba directo a la brecha.

    🍃

    El sonido de algunos pájaros se impuso a la melódica bienvenida del agua brotando a borbotones. Connor inspiró hondo. El olor a hierba mojada le cosquilleó en la nariz. Abrió los ojos y los cerró de golpe. La luminosidad le provocó una punzada incómoda. Se frotó los párpados y llamó a su hermano en voz baja:

    —¿Liam?

    No obtuvo respuesta. El pulso se le aceleró. Se incorporó y abrió los ojos despacio. Dio un vistazo. Se levantó de un salto al distinguir el pequeño cuerpecillo de la niña. Temió que el esfuerzo hubiese sido demasiado para la criatura. Pensar en el dolor que le ocasionaría a Caléndula si Amoena moría, le produjo una culpa que se le clavó en el corazón. «¿Cómo hemos podido ser tan irresponsables? ¡¿Cómo he podido ser yo tan irresponsable?! Le daba igual que la culpa no sirviese de nada; que azotarse solo minase su ánimo y su espíritu. Si no hubiese mencionado lo de usar los recursos mágicos para obtener el conocimiento que deberían haber obtenido estudiando como cualquiera, no estarían metidos en aquel embrollo.

    Revisó a la chiquilla. El alivio que experimentó al percatarse de que respiraba y que solo permanecía en un sueño profundo le quitó miles de toneladas de peso de los hombros. Dio otro vistazo. La agradable sensación se esfumó enseguida. Liam yacía despatarrado un poco más allá. El tono verduzco de su piel se había intensificado y la manera en que su pecho apenas se movía le abrió las puertas al terror. Si perdía a su gemelo no se lo perdonaría jamás.

    —¿Qué puedo hacer? —masculló mientras se mesaba el pelo y deambulaba entre Amoena y Liam.

    Frenó en seco. La visión de aquel fruto de color violáceo casi le desorbita los ojos. Corrió hacia el árbol. Los intentos por desprender la fruta con una roca no sirvieron de nada. Paseó los ojos hasta que divisó la espada. Consciente de que la savia del Cyrgüil era cáustica, cortó las ramas con cuidado. El aroma penetrante de la fruta se le impregnó en los dedos. La acidez de la pulpa lo hizo salivar y le anegó los ojos.

    Masticó y tragó tan rápido como pudo. El jugo le corrió por las comisuras y le irritó la piel. Evitó frotarse con las manos enrojecidas. Cuando hubo engullido el último trozo, avanzó a zancadas hacia el riachuelo que rodeaba el pequeño claro donde se encontraban.

    A cada paso que daba, experimentaba los efectos del fruto. El conocimiento perenne se abría paso en su psique. Tras el primer trago de agua fresca ya sabía cómo salvar a Liam del envenenamiento.

    Minutos después de haberle administrado el antídoto a su hermano, una borrasca le advirtió que ya no estaban solos. Se volvió despacio sujetando la espada con firmeza. Parpadeó varias veces. La incredulidad lo dejó sin palabras. Ahora sí que estaban metidos en un problema muy gordo.

    🍃

    Gult aterrizó con Brianna en su lomo, seguido por Caléndula y Napellus. La reina de Enalterra dio un salto y corrió hacia Liam. Connor abrió la boca; la mirada de Brianna lo persuadió de excusarse. Arrodillada junto al joven rompió en un llanto silencioso que a Connor le encogió el corazón.

    —Estáis metidos en un problema muy serio —advirtió el consejero.

    Caléndula y Napellus se ocuparon de su hija y solo cuando se cercioraron de que se encontraba fuera de peligro relajaron la hosca expresión.

    —Nell-Dunayr está furiosa y no es para menos —dijo Napellus—. ¿Qué pretendíais?

    Liam abrió los ojos. Pese a tener la garganta como si hubiese tragado piedras ardientes, confesó su travesura:

    —Es culpa mía. —tosió y se incorporó con ayuda de Brianna—. Convencí a Amoena de que nos trajese al oasis…

    —La culpa es mía por proponer que usáramos los cyrgüiles porque no estudiamos y tenemos examen mañana. —Connor manoteaba inquieto—. Si suspendíamos la prueba, el entrenador se lo diría a mamá y nos dejaría sin el gran partido.

    Liam asintió con las mejillas arreboladas; el color verdoso de su piel apenas era una sombra tenue. Desvió la mirada hacia la pequeña y palideció. La preocupación se le dibujó en el rostro y los ojos se le anegaron, aunque no derramó una sola lágrima.

    —Solo está agotada —explicó Caléndula al ver su expresión—. Es más fuerte que otras crías de su edad, pero no lo bastante como para afrontar semejante esfuerzo sin quedar exhausta.

    Ambos jóvenes se relajaron, al menos respecto de la pequeña. Claro que, la sensación no les duró demasiado.

    —¡Ni os creáis que os vais a librar de reparar esta falta!

    El rugido del consejero espantó a un grupo de aves que permanecían en las ramas del Cyrgüil.

    —Recuerda lo que hablamos —dijo Brianna; Gult resopló y gruñó—. Me encargaré de este asunto.

    —Así sea, majestad.

    La reina se puso de pie y encaró a sus sobrinos.

    —Habéis corrido un peligro innecesario, os habéis saltado las normas, pasasteis por encima de lo que os hemos inculcado respecto del uso de la magia y los recursos enalterrenses. —Ambos jóvenes abrieron la boca; ella alzó la palma—. No solo os quedaréis sin el gran partido; desde este momento tendréis prohibido el uso de la magia, no tendréis acceso a recursos de enalterra de ningún tipo y os tendréis que ocupar de cuidar de los guardianes sagrados de Dunayr durante un mes completo.

    —Mamá… —protestaron ambos a la vez.

    —¡Mamá un cuerno de petrovarius!

    Gult abrió muchísimo los ojos. La reina no solía perder la compostura con frecuencia, pero cuando lo hacía, era mejor no atravesarse en su camino.

    —Obedeceréis y como os pille en alguna de las vuestras, os enviaré con Nairea a la tierra del tiempo eterno. A Berenge le encantará vuestra compañía.

    —¡No puedes hacernos eso! —protestaron de nuevo.

    —Puedo, claro que sí. Y será mejor que no me sigáis calentando la poca paciencia que me queda.

    Los jóvenes pusieron los ojos en blanco. Sin embargo, a sabiendas de que lo mejor era guardar silencio, se mantuvieron con la boca bien cerrada.

    —¿Algo que agregar? —preguntó Gult sin perderlos de vista.

    Liam y Connor negaron con la cabeza.

    —Yo si tengo algo que añadir —dijo Brianna y subió a lomos de su consejero—. Mas vale que no suspendáis ni una sola de las asignaturas o me veréis muy enfadada.

    La amenaza quedó flotando en el aire. Gult alzó el vuelo sin siquiera despedirse.

    Siuf, volt et camsaig —pronunció Caléndula.

    Un portal se formó con rapidez. La joven lo atravesó con Amoena en brazos. Del otro lado, la pradera verde azulada despertó la sensación de añoranza en Connor. Era hora de volver a casa.

    —Será mejor que me sigáis, chavales —propuso Napellus.

    Connor dio un paso adelante con el hada muy de cerca. Liam, en cambio dijo algo bajito, se agachó y lo cruzó un par de minutos después con una sonrisa traviesa en los labios.

    Al día siguiente

    Liam y Connor se miraron estupefactos. Ambos seguían con la hoja en blanco, incapaces de responder una sola pregunta. El profesor recogió las hojas; al verlas sin un solo trazo, chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Los jóvenes bajaron la mirada, resignados. La bronca que les esperaba iba a ser de magnitudes épicas.

    Brianna los esperaba con el motor encendido. A Connor lo miró de soslayo, a Liam por el espejo retrovisor. El escrutinio los puso nerviosos.

    —En casa tengo algo para esos labios agrietados. Tanto cítrico no os sienta nada bien —dijo y los jóvenes palidecieron—. Por cierto, no sé si Gult os lo explicó, quizá no.

    —¿El qué? —preguntaron con voz trémula. —Esa sonrisita de su madre les puso los pelos de punta.

    —Los cyrgüiles pierden todo su efecto en el mundo mortal —dijo en voz baja y pisó el pedal.

    Ambos jóvenes maldijeron su mala suerte. Ahora no solo estaban seguros de que suspenderían varias asignaturas, la peor parte era que tendrían que pasarse todo el verano ocupándose de entretener a la insoportable de Berenge.

  • CALÉNDULA: EL VALOR DE LA DIFERENCIA

    CALÉNDULA: EL VALOR DE LA DIFERENCIA

    Resumen

    Caléndula, una joven mitad hada y mitad humana, nunca ha sido aceptada en Enalterra. Cuando la espada sagrada Solkeium es robada, la envían a recuperarla más como castigo que como misión de honor. Su búsqueda la lleva al mundo mortal, donde un chico aparentemente común le ofrece ayuda… y esconde un secreto capaz de cambiar el destino de ambos mundos.

    Perseguidos por tanarianos, atrapados entre dimensiones y enfrentados a una verdad que puede destruirla, Caléndula deberá decidir si sigue sirviendo a un reino que la desprecia o si forja su propio camino.
    Una aventura de magia, identidades prohibidas y valentía nacida de la diferencia.


    Bajo la luna llena, dos hadas se miran intensamente en un balcón. Ella, de cabello rojo y figura curvilínea, viste una blusa verde. Él, con piel lavanda y cabello blanco, lleva un traje azul oscuro con detalles dorados. Él sostiene su rostro con delicadeza, mientras el fondo muestra sombras de torres en la noche, envolviendo la escena en un aura mágica y silenciosa.

    Caléndula echó a correr escaleras arriba tan rápido como su peso se lo permitía. El destello de la espada la guiaba en la oscuridad. Extendió las alas. Rompería la primera norma: no mostrar su naturaleza feérica en el mundo mortal, aunque, en realidad, siendo mestiza, tampoco es que quebrantaba la norma del todo. Quiso despegar en vertical, pero la falta de práctica y la gravedad jugaron en su contra; trastabilló y dio de bruces contra el suelo. Ailek aprovechó la caída y se escabulló por la puerta directo a la azotea del museo.

    La joven hada se incorporó con esfuerzo y retomó la persecución. En cuanto atravesó el umbral una red mágica le cayó encima. Envuelta en un capullo casi irrompible quedó suspendida de cabeza mientras el príncipe tanariano huía con la espada de Minok.

    —¿Ahora sí estás dispuesta a recibir la ayuda de un miserable mortal? —preguntó un joven de aspecto desgarbado—. O dejarás que el orgullo te gane la partida.

    Caléndula resopló, exasperada, mientras se revolvía como un insecto atrapado en una telaraña.

    —Tú ganas —masculló—. Si logras sacarme de aquí, aceptaré que me ayudes.

    —Trato hecho. Eso sí, no me vayas a salir después con que los mortales no podemos ir a tu mundo y bla, bla, bla.

    —Un trato es un trato —respondió con las mejillas arreboladas por el esfuerzo al intentar zafarse—. Libérame y te llevaré conmigo a Enalterra.

    —¿Lo prometes?

    —¡Sí! Ahora, sácame de aquí, si es que de verdad puedes.

    El joven enarcó una ceja.

    —Eres demasiado incrédula. Quizá debería…

    —¡Libérame! Anda, —pidió jadeante—. Me disculpo por dudar de tus capacidades.

    El joven cabeceó una vez. Luego rodeó la trampa varias veces. Extendió el brazo y tocó las hebras de la red. La sensación pegajosa le dio una idea.

    —Aguarda aquí —dijo y salió disparado.

    —Como si pudiese irme a alguna otra parte.

    Caléndula cerró los ojos un instante. Se reprochó por haber sido tan impulsiva al ofrecerse a cumplir una misión imposible ¿y para qué? Para nada. Al final, como siempre, Abrus la hizo a un lado En cuanto vio a su hermana. Obnubilado por la belleza de Mancinella, ni siquiera había tenido el gesto de darle las gracias. Olvidó de inmediato su sacrificio; claro, ¿quién era ella? nadie. Una mestiza regordeta incapaz de moldear la plata sin destrozar el metal. La culpa había sido solo suya por dejar que le comiera la cabeza una vez más y la enredara en sus problemas. Una sensación desagradable se le asentó en el estómago. De pronto, el calor se le hizo insoportable. Abandonó el hilo de pensamientos autocompasivos y abrió los ojos. Lo que vio, la dejó sin habla.

    Frente a ella, el joven desgarbado sostenía un artilugio moderno del que no recordaba el nombre. Lo había visto alguna vez en las clases de artes del fuego no convencional. Detrás del pequeño cristal que llevaba incrustado la gran máscara, los ojos cerúleos del joven brillaron con determinación. Parpadeó varias veces. Algo en esa mirada le resultaba familiar, solo que no lograba definir de qué se trataba. Alejó la idea de su cabeza y se concentró en el cacharro.

    —¿Estás seguro de lo que piensas hacer?

    —Absolutamente. Tú, confía en mí. Te sacaré de ahí, cueste lo que cueste.

    Caléndula elevó una plegaria para que, entre otras cosas, el fuego de aquel aparatejo no le quemase las alas. Por su parte, el joven se dedicó a calentar la red. Tras varios minutos las hebras se cristalizaron. En segundos, una reacción en cadena convirtió la pegajosa trampa en un capullo firme que se resquebrajó al primer golpe. Incapaz de luchar contra la gravedad y de remontar en vuelo por encontrarse de cabeza, la joven hada optó por hacer uso del único recurso que tenía a mano. Un secreto bien guardado que no compartía con nadie: magia antigua enalterrense, evidencia de que por sus venas también corría sangre real, además de la humana.

    Evait cug elj ataig —dijo en voz muy baja.

    El conjuro impidió que se estrellara contra el suelo de la azotea, aunque igual se golpeó la frente con el barandal.

    —¡Joder! —exclamó el joven—. Menuda forma de aterrizar. Debiste usar tus alas, ¿no?

    —No soportan mi peso, ¿acaso no me has visto bien? —masculló con las mejillas arreboladas.

    El joven la miró de arriba abajo, luego se rascó la barbilla, meditabundo.

    —Sí que parecen pequeñas. ¿Pueden ejercitarse?

    Caléndula se quedó algo perpleja.

    —No hablas en serio.

    —¿Por qué no? Si tienen tendones como otras partes de tu cuerpo, no veo por qué no puedes fortalecerlas para que las uses a plenitud.

    El hada se apoyó sobre las rodillas algo tambaleante. Él le tendió una mano como apoyo. Caléndula titubeó unos segundos; finalmente se asió, insegura. Temía arrastrarlo consigo de vuelta al suelo. Mayor fue su sorpresa al ver que, pese a su apariencia, el joven no se había movido ni un ápice. Era mucho más fuerte de lo que hubiese imaginado.

    —Creíste que era un debilucho, ¿verdad?

    Ella se sonrojó al verse descubierta.

    —No he dicho nada.

    —No hace falta, tu cara lo dice todo. Anda, vamos a ese mundo tuyo o jamás podrás recuperar la reliquia.

    —Nunca te he dicho qué buscaba.

    El joven puso los ojos en blanco. Disimular se le había hecho costumbre.

    —Tengo ojos en la cara, por si no te habías fijado. Vi lo que ese sujeto cogió del museo. ¿Y qué se exhibe en los museos? Reliquias.

    Caléndula entornó los párpados. El recelo y la desconfianza se abrieron paso desde su inconsciente. No obstante, se esfumaron con rapidez. Un trueno retumbó en lo alto; un ventarrón surgió de la nada. Nubes densas, de color morado oscuro se enroscaban como inquietos espirales que no tardaron en tapizar la bóveda celeste. La joven hada levantó la vista. La grieta dimensional que se formó sobre sus cabezas se expandía con demasiada rapidez. La palidez se apoderó de sus mejillas.

    —¡Corre! —gritó.

    —Ni sueñes que voy a abandonarte —exclamó y la rodeó por la amplia cintura.

    La novena ola terminó de abrirse y una fuerza descomunal los levantó como si fuesen un par de plumas.

    —¡Sujétate a mí con fuerza!

    —Nada me separará de ti, eso puedes jurarlo —le dijo muy cerca del oído.

    En segundos la magia los envolvió y los arrojó hacia el otro lado.

    🍃

    El ruido ensordecedor de la batalla junto al olor metálico de la sangre y la fetidez de los excrementos sacudió sus sentidos. La llanura que antecedía al bosque de álamos plateados que mantenía oculta la montaña de Airgid estaba tapizada de restos y sangre. La muerte de Minok había desatado el caos en algunos reinos de enalterra.

    —¡Despliega las alas! —pidió el joven.

    —¡No servirá de nada! Nos estrellaremos sin remedio.

    —¡Hazlo! Termina de quitarle poder al miedo que otros te sembraron. ¡Ábrelas!

    Caléndula titubeó una fracción de segundos. A medida que la vista del paisaje se aproximaba a ellos a toda velocidad, pensó que no perdía nada por intentarlo. Al menos uno de los dos podría tener una oportunidad. Lanzó una orden silenciosa hacia los apéndices que colgaban de su espalda. El primer intento fue inútil; el segundo apenas si logró un leve estremecimiento; el tercero, con el suelo a punto de recibirlos en un abrazo mortal fue decisivo. Las alas cristalinas se desplegaron en toda su extensión. El tirón le robó el aliento. El vendaval se estrelló contra sus alas y la velocidad de caída disminuyó de manera significativa. Un crujido, seguido por un dolor agudo e insoportable le llenó los ojos de lágrimas. El alarido que brotó de entre sus labios ensordeció a su acompañante. Ambos se inclinaron hacia un lado. Por fortuna, el viento amortiguó el resto del descenso. La pareja chocó contra unos arbustos espinosos que se hallaban en dirección sur respecto del enfrentamiento.

    Un rugido atravesó el campo de lado a lado. El rumor de la reyerta era estremecedor. Llenos de arañazos y espinas lograron incorporarse. El joven se fijó en las alas de la feérica. Una parecía haber resistido, en cambio, la otra lucía algo caída.

    —¿Te duele mucho? —dijo señalándole las alas.

    Ella inspiró hondo y asintió con la cabeza.

    —Sanará —masculló conteniendo las lágrimas.

    —¿Y si no?

    —Tendré que cortarlas.

    —No hablas en serio. Dejarías de ser un hada.

    —Jamás he sido una verdadera hada de plata —dijo con amargura—. Es lo que te diría mi reina, incluso mi propia hermana.

    —Eso es cruel —replicó el joven.

    Ella intentó encogerse de hombros; el dolor la persuadió de hacerlo.

    —¿Acaso la vida no es cruel en sí misma?

    El joven abrió la boca para replicar. Un nuevo rugido, ahora más cercano, interrumpió sus intenciones. El hada se quedó boquiabierta en cuanto tuvo frente a sí al consejero real y a la reina Brianna.

    —¿Os encontráis bien? —preguntó la reina; el cúmulo de arrugas que se le formaron alrededor de los ojos daba cuenta de su preocupación.

    —¿Dónde están vuestros compañeros de armas? —gruñó Gult con impaciencia.

    —Calma —pidió la reina y hundió los dedos en la melena leonina—. Necesitan un tiempo para recuperarse.

    Caléndula hizo sendas reverencias y casi pierde el equilibrio producto del dolor del ala. El consejero real intercambió una mirada con el joven desgarbado que Brianna pilló al vuelo, aunque la joven hada, más ocupada en seguir el protocolo, ignoró por completo.

    —La reina Adelfa solo me ha enviado a mí, consejero —respondió y clavó los ojos en el suelo.

    —Eso es absurdo —protestó Brianna—. ¿Cómo es posible que Adelfa haya sido tan inconsciente? ¿Acaso no valora ella a su pueblo? ¿Qué clase de reina envía a una adolescente sola a enfrentar al heredero de Minok? ¿pero acaso es que se ha vuelto loca?

    Gult carraspeó.

    —Este no es momento para esos cuestionamientos, majestad

    Gritos desgarradores se impusieron durante un instante a la conversación.

    —Llevas razón, como siempre —reconoció la reina—. Entréganos solkeium y os podréis marchar de vuelta a vuestro sidhe.

    —No-no-no la tengo en mi-mi-mi poder.

    —Lo que quiere decir es que alguien más la robó —intervino el joven desgarbado—. Ella no tiene la culpa.

    El consejero rugió. El joven dio un paso atrás y se colocó a modo de escudo para proteger al hada.

    —Permite que se expliquen —ordenó la reina a su consejero.

    —Quien debe darnos muchas explicaciones es Adelfa, majestad. No un hada mesti… bueno de plata —se retractó al notar el gesto sombrío de la reina—. Y este… No sé ni cómo llamarlo.

    —Acompañante —interrumpió el joven

    —Lo que sea. El punto es que la reliquia sigue fuera de nuestro alcance y es indispensable obtenerla antes de que sea muy tarde.

    El firmamento se oscureció de improviso.

    —Perdonad que os lo recuerde, pero solkeium debe retornar a la forja o guardarse en nuestra cámara, es lo que manda la ley airgídnica, majestad.

    Brianna observó a la joven en silencio; en el fondo reconoció para sí que le complacía que se hubiese atrevido a señalarle el desliz.

    —Transmítele a Adelfa que mi deseo es que solkeium desaparezca.

    —Así se hará, majestad —aseguró la joven.

    Gult desplegó sus alas. La reina subió a su lomo con rapidez.

    —Volved a Airgid. Y advertidle a vuestra reina que más vale que tenga una buena explicación para haberos expuesto a tanto peligro.

    —Me comprometí a recuperar la reliquia y no cesaré hasta lograrlo. Perdonadme de nuevo si os desobedezco, majestad—dijo Caléndula antes de echar a correr en dirección a la nube de tanarianos que se aproximaba desde el oeste.

    —¡Aguarda, Testaruda inconsciente! —gritó el joven y echó a correr tras ella.

    Reina y consejero siguieron con la mirada a los dos jóvenes hasta que los perdieron de vista.

    —Espero que la testarudez de esa jovencita no la meta en más problemas de los que ya tiene —dijo el consejero y despegó con Brianna.

    —Espero lo mismo. Ahora tratemos de ganar un poco de tiempo para ellos, a ver si la suerte nos acompaña y la joven hada logra su propósito.

    —De acuerdo, cógete fuerte que vamos directo a la tormenta tanariana.

    🍃

    Caléndula se detuvo a fin de recuperar el resuello. Delante de ella, un pelotón de tanarianos avanzaba con Ailek a la cabeza. El joven desgarbado le dio alcance y tiró de su brazo para sacarla de la trayectoria.

    —¿Te volviste loca?

    Ella lo miró con los ojos encendidos.

    —¿No me dijiste que me deshiciera del miedo? Eso es lo que estoy haciendo ahora.

    —Me refería a que no te dejaras paralizar, no a que te lanzaras de frente a una muerte segura.

    —Prefiero morir como valiente que seguir viviendo como una cobarde de la que todos se burlan.

    El joven quiso detenerla; Caléndula lo esquivó y fue al encuentro del hijo de Minok que se había apostado en el claro que limitaba el bosque de los reflejos.

    —Vaya, tanto tiempo sin verte —ironizó Ailek—. Parece que no quedaste muy contenta con nuestro último encuentro o me equivoco.

    El hada plantó bien los pies en el suelo y se cruzó de brazos.

    —Robaste una reliquia que has de devolver.

    —La espada de mi padre me pertenece.

    —Sabes bien que no funciona así. Una vez fallecido el dueño de un arma forjada por nosotros, debe fundirse o pasar a formar parte de nuestros tesoros. Más vale que me la devuelvas. La reina Brianna dio orden de que…

    —Me importa una mierda lo que diga Brianna.

    —¿Es la reina de Enalterra!

    —¿Y qué?

    —¿Cómo que y qué? Sus deseos deben satisfacerse y ha sido muy clara, quiere que solkeium desaparezca.

    —Y si no obedezco ¿qué pasaría? ¿Vas a obligarme a devolvértela? No seas ridícula. Si ni siquiera eres capaz de volar. —La miró de arriba abajo con desdén—. No sé como la reina Adelfa no te ha ofrecido en sacrificio al forjatorum.

    —La rechazaría de inmediato, demasiada grasa y, para colmo de males, mestiza —gritó uno de los soldados; el resto se echó a reír.

    A Caléndula le tembló el labio inferior. Los ojos se le anegaron en lágrimas. Aquel príncipe había descubierto su punto débil y lo explotaba a su antojo.

    —Oh, pobrecilla, pero si va a llorar y todo —se burló—. Te invitaría a colgarte de uno de los álamos platinados —dijo mientras veía de soslayo al más próximo—, pero ni siquiera sus ramas soportarían tu peso.

    Una lágrima furtiva se le escapó por el rabillo del ojo. El recuerdo del infructuoso intento horadó la fortaleza con la cual había revestido su inseguridad. En su mente, el crujido de la rama se repetía como una cantinela insidiosa. Las risotadas de los tanarianos revivieron el centenar de cicatrices que albergaba en su corazón tras tantos años de burlas y desprecio por parte de su propia raza.

    —Pobrecillo tú —espetó el joven desgarbado—, que necesitas defenderte con burlas hirientes, en lugar de enfrentarte como lo haría cualquier enalterrense con honor.

    Ailek acortó la distancia espada en mano; el joven se adelantó

    —¡¿Qué sabrás tú, miserable mortal, sobre el honor de Enalterra?!

    —Insúltame todo lo que quieras, tu lengua venenosa me importa un bledo. Te estás comportando como un cobarde —dijo y se colocó delante de Caléndula—. Enfréntate como corresponde.

    El príncipe tanariano hizo una señal. Enseguida uno de los soldados le arrojó una espada al joven.

    —Es un humano, violas la ley al inmiscuirlo en este asunto —advirtió el hada y se interpuso entre ambos—. Lucharé yo, es lo correcto.

    Caléndula se inclinó y recogió la espada.

    —Como prefieras. En todo caso, solo cambiará el orden de vuestras muertes.

    Los ojos verdes de la joven refulgieron. Recordó la vez en que había vencido a Mancinella justo por alardear tanto. Volvió la cabeza un instante. La mirada que le ofreció aquel mortal le insufló energía. Él confiaba en ella. Ya era hora de que ella confiara en sí misma, aunque fuese en una situación tan desesperada como esa.

    —¿Nadie te ha dicho que alardear es una muy mala señal?

    —¡Déjate de palabrerías estúpidas! Venga, terminemos con esto que quiero volver a casa.

    Ella cabeceó una vez y levantó la espada. El grácil movimiento sorprendió al tanariano. Ailek avanzó con fuerza y agilidad. ambas espadas chocaron. El chispazo provocó exclamaciones entre los presentes. Caléndula apretó los dientes. El impacto del golpe la obligó a contraer los músculos de la espalda. El dolor del ala lesionada le recorrió la columna de arriba abajo. Mientras valoraba a su oponente agradeció cada tarde que su padre la obligó a tomar clases con la espada. El recuerdo surgió desde lo más profundo de su memoria:

    «Que no puedas forjar una espada o cualquier otra arma no significa que no puedas aprender a usarlas. Enfocarte en lo que sí puedes hacer es más beneficioso que desgastarte porque no tienes la misma habilidad que otras criaturas. Lamentarte por aquello que no tienes, no te permitirá disfrutar de lo que tienes al alcance de la mano».

    El gruñido de su contrincante la catapultó al presente. La enseñanza de su padre aquel día guio sus movimientos. «aprovecha toda oportunidad que te brinde tu oponente. Por pequeña que te parezca, puede marcar la diferencia y otorgarte la victoria o salvarte la vida».

    Ailek volvió a embestir. La joven dio un paso atrás y flexionó las rodillas para absorber la fuerza del ataque. El príncipe creyó que la tenía a su merced y sonrió con malevolencia. Cogió la espada con una sola mano y la inclinó hacia adelante bajando la guardia. Ella aprovechó el descuido y embistió usando parte de su propio peso para infundirle más fuerza al mandoble.

    El tanariano trastabilló. Caléndula aprovechó la pérdida de equilibrio de su contrincante y conjuró un hechizo en voz muy baja.

    Livraij sithrek alm etrain.

    La espada Salió disparada por los aires a gran velocidad. Ailek quiso abalanzarse sobre ella. Sin embargo, el joven desgarbado le hizo una zancadilla que el tanariano no tuvo tiempo de esquivar. Dispuesta a dejarse la piel en el enfrentamiento, Caléndula levantó la espada. Dos tanarianos lanzaron sendas lenguas de fuego que apenas pudo evitar. Ailek aprovechó la distracción para aumentar la distancia entre ambos.

    En ese momento, solkeium se clavó en el tronco de un álamo platinado. El quejido del árbol centenario los paralizó durante un instante; el suficiente para que el mortal cogiese la espada.

    Ailek dio orden de atacar. No obstante, no contaba con la intervención de centenares de hadas de plata que surgieron del interior de los álamos intactos y que lo obligaron a retroceder. El enfrentamiento duró un parpadeo gracias a la ventaja numérica de las hadas.

    —¡Te juro, por la memoria de mi padre que esto no se va a quedar así, me las vas a pagar! —amenazó antes de huir seguido por sus vasallos.

    Caléndula exhaló un hondo suspiro y bajó la espada.

    —¿Quién lo diría? Al final resultaste más útil de lo que me imaginaba —dijo Mancinella.

    La presencia de su hermana le dio mala espina.

    —Así que esta es tu hermana —dijo el joven desgarbado posicionándose a su lado—. No me parece tan hermosa como dijiste, la verdad.

    Las mejillas de Mancinella adoptaron un tono casi purpúreo.

    —Coged a ese humano insolente —ordenó Abrus.—Un par de hadas lo sujetaron con cadenas de plata—. Disculpa, esto me pertenece —dijo y le quitó la espada de entre las manos.

    — solkeium no tiene dueño, la reina Brianna desea que desaparezca —reveló Caléndula—. Nuestra soberana debe ser informada de…

    —La reina Adelfa es quien decidirá el destino de este objeto, cuando se lo entreguemos, ¿verdad, Manci?

    —Por supuesto. —El tono empalagoso le revolvió el estómago a Caléndula—. Se la entregaremos enseguida y recibiremos todos los honores. ¿No es genial?

    Abrus asintió con la cabeza, embelesado con los ademanes de la joven hada.

    —Tu plan salió a las mil maravillas —admitió risueño—. De no ser por ti, habría terminado quien sabe cómo o en dónde.

    —Te dije que mi hermanita era la solución perfecta. —Mancinella la miró con altivez—. Ahora que se trajo a este debilucho —dijo desdeñosa—, nos libraremos de ella y mi familia ya no tendrá que bajar la cabeza.

    La revelación fue un balde de agua helada. Había una gran diferencia entre ser consciente de que el chico que le gustaba estaba colado por su hermana y nunca  le prestaría atención, y descubrir que entre ambos la habían engañado de forma tan vil sin importarle lo más mínimo lo que le hubiese podido ocurrir. Qué tonta había sido al creer que después de recuperar la espada la verían con otros ojos; que la aceptarían como una más.

    —Sois despreciables —espetó el joven mientras se debatía contra las cadenas—. Debería daros vergüenza.

    —Tu opinión vale menos que la nada —replicó Mancinella trenzándose de nuevo los mechones platinados—. Ahora marcharemos a la corte y acabaremos con este asunto.

    —Desde luego que este asunto será dirimido, pero no como vosotros dos pensáis.

    El cambio en el tono de voz del joven mortal les puso los pelos como escarpias.

    Caléndula se quedó boquiabierta y ojiplática; no daba crédito a lo que veían sus ojos. Si en lugar de estar allí, se lo hubiesen contado, habría tomado por desquiciado al que le narrase semejante historia.

    —¿Tú? Pe-pe- pero… —Abrus era incapaz de articular una frase entera.

    🍃

    La piel del joven desgarbado se agrietó como el cascarón de un huevo a punto de eclosionar. La membrana pálida que se asomaba debajo adoptó el característico color lavanda claro propio de las hadas de plata. Los músculos tomaron su forma y tamaño habitual y los trozos del cascarón cayeron al suelo convertidos en fino polvo platinado. los iris le cambiaron a un azul grisáceo. El pelo se le aglutinó en las cortas trenzas que solía llevar de puntas y de su espalda emergieron dos alas cristalinas cuyo reborde plateado reflejaba el brillo de las antorchas que sostenían algunos combatientes.

    —Alteza —musitó Caléndula mientras se inclinaba en una protocolar reverencia.

    Los ojos de la joven chispeaban como dos ascuas.

    —Déjate de formalismos ahora —exigió y se cruzó de brazos—. No estoy de humor para tonterías.

    Caléndula se irguió. sus iris reflejaban la tormenta que se avecinaba.

    —Pues si su alteza no está de humor, muy su problema. Os aseguro que a mí me llevan los demonios del inframundo y no sin razón.

    —No seas insolente, Caléndula —reprochó Mancinella—. Esas no son formas de hablarle a nuestro príncipe. ¿Por qué siempre tienes que avergonzarnos de esta forma? Si la reina se enterase…

    —¡Cállate! —exclamaron príncipe y hada al mismo tiempo.

    Del álamo donde se había clavado la espada de Minok surgió la reina Adelfa. Trajeada con la vestimenta de guerra y seguida por un séquito de guardianes forjadores.

    —¿De qué tendría que enterarme, jovencita? —Mancinella abrió la boca; sin embargo, Caléndula se le adelantó.

    —De que soy una insolente, majestad, por atreverme a hablarle a su primogénito sin reprimir mi temperamento.

    Adelfa enarcó una ceja y entornó los párpados.

    —Eso no me sorprende en absoluto, a decir verdad. Sois una mestiza sin abolengo. No se puede esperar demasiado.

    El comentario fue la gota que derramó la paciencia de la joven hada.

    —Pues esta mestiza sin abolengo recuperó a solkeium, cumplió vuestro encargo y, además, evité que la reina Brianna reclamase la reliquia.

    —¡Mentirosa! —Gritaron Abrus y Mancinella.

    —¿Esperáis que os crea? —Caléndula estaba tan furiosa que no reprimió su lengua.

    —Me importa un puerro venenoso si me creéis o no. Estoy harta… ¡Harta! —señaló a la reina con el índice—. De vuestros desprecios hacia los mestizos. —Adelfa iba a reprocharle las formas y la joven no se lo permitió—. Os creéis superior, cuando lo cierto es que sois una mestiza como yo. La diferencia es que mi madre se enredó con un humano y vuestro padre con una sílfide, a mí se me nota y vos lleváis la diferencia por dentro.

    —¿Cómo osas atreverte? Morirás por semejante ofensa.

    —¡Pues moriré con honor! Porque solo estoy diciendo la verdad. Mi madre me confesó vuestro origen antes de que la sacrificarais para ocultarlo y si no hubieseis sido tan mezquina, os habría guardado el secreto hasta el último día de mi existencia, pero no más.

    —¡Guardias! —gritó la reina.

    —¡Vas a condenarnos a todos! —gritó Abrus.

    —Ni te atrevas, madre —intervino el príncipe.

    —No te metas en esto, Napellus. He tolerado tus caprichos demasiado tiempo.

    Napellus se posicionó junto a Caléndula.

    —Sabes de sobra que no se trata de un capricho, madre. Llevo tiempo advirtiéndote sobre este par, sobre sus abusos y te has hecho la vista gorda, pero ya no más.

    —¿Te pondrás de lado de esa?

    —Esa tiene su nombre, majestad. Si le sirve de algo, no tengo ningún interés en que nadie se ponga de mi lado. La Caléndula que anhelaba pertenecer a vuestro reino dejó de existir —dijo con la voz quebrada por la emoción—. No quiero formar parte de una raza que castiga las diferencias; que desprecia lo que no comprende, que vive obnubilada por los prejuicios absurdos de una supremacía que solo existe en esas limitadas mentes de las que tanto os jactáis —vociferó sin quitarle los ojos de encima a Abrus y a su hermana —. No quiero pertenecer a vuestra sociedad mezquina, saturada de podredumbre de espíritu. Condenáis a los tanarianos, pero muchos de vosotros no sois tan diferentes.

    —Caléndula, por favor… —pidió el príncipe.

    La joven negó con la cabeza. Adelfa abrió la boca; sin embargo, Caléndula levantó una mano y le impidió pronunciar una sola sílaba.

    —No necesitáis molestaros en desterrarme, me largaré enseguida. Quedaos con la reliquia. Eso sí, al menos tened la decencia de cumplir con la voluntad de la soberana de Enalterra —dijo con las mejillas encendidas—. Por cierto, os manda a decir que espera que tengáis una buena explicación.

    —No puedes hacerme esto, hermana —chilló Mancinella—. Padre está muy enfermo y yo…

    —Tendrás que aprender a cuidarlo igual que hice yo en su momento.

    —¡No puedes dejarme, somos hermanas!

    —Hubieses pensado en eso cuando me usaste para ganarte el favor de la reina —espetó—. Hubieses recordado eso cuando decidiste que sería buena idea acusarme de traición por haber traído un mortal a nuestra tierra. Querías librarte de mí, ¿no? Pues lo has conseguido.

    La joven dio media vuelta. Las hadas se apartaron para dejarle vía libre. El murmullo ascendía en la medida que avanzaba. Algunos le daban la razón; otro tanto se disculpaba en voz baja. Un grupo menor al habitual cuchicheaba entre risitas. Levantó la cara y caminó con la frente en alto. Nunca más permitiría que la avergonzasen por ser quien era ni por su apariencia.

    —Espera, no te vayas así, por favor.

    Napellus le cortó el paso.

    —Dejad que me marche —dijo con voz trémula—. Reconozco vuestras buenas intenciones, agradezco las molestias que os habéis tomado, pero ahora mismo solo quiero alejarme todo lo que pueda.

    —No quise engañarte, lo siento, de verdad.

    Ella apenas cabeceó una vez.

    —Pero lo hicisteis —dijo en voz baja y pasó a un lado del joven—. Las buenas intenciones no evitan el dolor del engaño, alteza.

    —¿A dónde irás?

    Ella se volvió un instante.

    —A algún lugar donde las diferencias tengan valor.

    —Prometo encontrarte.

    Ella no respondió. Napellus la siguió con la mirada hasta que la perdió de vista.

    Tres meses después

    Caléndula avanzaba a zancadas. Como volviese a llegar tarde a sus clases de vuelo, El consejero real iba a enfadarse muchísimo. La joven hada atravesó el arco de los deseos. Gult se paseaba de un lado a otro. La inquietud del gran animal impregnaba la estancia con un matiz preocupante.

    —¡A buena hora apareces! —refunfuñó el consejero—. ¿Tengo que asignarte más clases de protocolo y diplomacia?

    —Pero si solo han transcurrido dos minutos, ¿qué es lo que te tiene tan nervioso?

    El consejero fijó la mirada; Caléndula se volvió en la misma dirección.

    —Hola, Caléndula.

    Tener a Napellus delante le pareció un espejismo.

    —Ahora ya sabes qué me tiene tan nervioso. Detesto las visitas sin previo aviso o invitación.

    —Lamento haberme personado de improviso. Mi intención jamás ha sido perturbar de manera alguna vuestra tranquilidad.

    —Vuestra madre se basta y se sobra para esa tarea —refunfuñó el consejero una vez más—. Así que doy gracias a los dioses porque su alteza pretenda ser más considerado.

    —No necesitas ser tan irónico, el príncipe no suele hablar por hablar.

    —Como sea —dijo y echó a andar hacia la gran puerta—. Os dejaré a solas, creo que tenéis mucho que deciros. Eso sí, ni por asomo te creas que vas a escaquearte de mis clases. Tarde o temprano aprenderás a volar o me cambiaré el nombre.

    —No pensaba hacerlo, ¿cómo crees?

    Gult soltó un gruñido y las puertas se cerraron tras de él.

    Napellus dio dos pasos hacia Caléndula.

    —¿No te alegras de verme?

    Ella suspiró y lo invitó a salir al balcón.

    De pie, bajo la noche aterciopelada cundida de estrellas titilantes, permanecieron en silencio durante algunos minutos.

    —No es que no me alegre, es solo que ya no soy la misma.

    —Eso se nota, créeme. Luces, distinta. Más…

    —¿Segura?

    Él negó con la cabeza.

    —Más hermosa. La luz que llevas por dentro ahora brilla con intensidad.

    —Por fuera no he cambiado casi nada; la ropa, la forma de arreglarme, quizá. En el fondo sigo siendo la misma.

    —Luces diferente y te sienta bien.

    Caléndula inspiró hondo. Por su cabeza pasaron miles de respuestas cáusticas; se las tragó todas. La verdad es que no había dicho nada impropio. En su mirada notó que hablaba con sinceridad. Se reprochó no haberse desecho de la costumbre de asumir que cada halago traía consigo una burla enmascarada.

    —No es necesario que despliegues tus encantos, estamos solos, de verdad.

    —Lo sé. Queda tranquila, ni estoy desplegando encantos ni creo que en palacio deseen espiarnos. No soy tan importante como mi madre. Solo he venido a cumplir con mi promesa, ¿recuerdas?

    Las palabras de Napellus resonaron en su mente y las mejillas se le encendieron.

    —Creí que…

    —Mentía, no me sorprende —dijo y se acercó un poco a ella.

    —Lo lamento.

    —No tienes por qué. En ese momento era natural que estuvieses llena de desconfianza hacia todo el mundo. La pregunta es: ¿sigues desconfiando?

    —Un poco sí, no voy a mentirte —confesó—. Aquí —hizo un ademán señalando el castillo—. Me han tratado con respeto y me han ayudado a superar muchas cosas. Pero sigo teniendo huellas, cicatrices invisibles que llevo en el corazón.

    —Me preocuparía si no fuese así. Con todo lo que tuviste que vivir no es para menos, faltaría más. Las heridas como las que te causaron no se borran como por arte de magia.

    Ella clavó los ojos en su mirada.

    —¿A qué has venido en realidad?

    —A cerciorarme de que eres feliz.

     —¿No te decepciona que no me transformara como suele pasar en los cuentos de fantasía?

    Él arrugó el entrecejo.

    —¿De qué hablas? ¿Te refieres a que no hayas cambiado tu aspecto? —Ella asintió—. A mí nunca me ha importado que fueses diferente al resto de hadas. Lo que valoro de ti lo llevas por dentro. No tiene que ver con tus carnes ni tu color de piel; con tus ojos o con esa melena de fuego díscola que nunca trenzaste. Y lo que llevas dentro de ti, hoy brilla como la más preciosa de las gemas. Justo esa diferencia siempre fue, es y será, lo que me atrae de ti.

    La caricia que le acunó la mejilla la estremeció. Sin darse cuenta uno se acercó al otro. Bajo la luz de la luna se fundieron en un cálido abrazo.

    —No deberíamos estar espiando —susurró Brianna inclinada sobre la melena de su consejero.

    —Chist, calla y déjame oír. Ya sabes que me encantan las historias románticas. Además, como le robe una sola lágrima lo devoro.

    —Ni se te ocurra —masculló—. Acabamos de firmar la paz y quiero pasarme otro par de años en el mundo mortal. No me gusta volver de improviso cada vez que algo se rompe por aquí.

    —Pero tendrás que volver para la boda, ¿no?

    Briana puso los ojos en blanco.

    —Calla o nos cargaremos la boda antes de que pidan su mano.

    —Llevas toda la razón.

    Reina y consejero espiaron gran parte de la noche mientras cada uno imaginaba cómo sería aquel enlace.

  • Brianna: El despertar de la sangre

    Brianna: El despertar de la sangre

    Una mujer de cabello largo y rojo, vestida con ropa de estilo medieval o tribal, que está en posición de disparar una flecha con un arco largo. A su lado, sentado en la hierba seca, hay un majestuoso león con melena espesa. El fondo es un paisaje de campo abierto con un cielo dramático y nublado en tonos oscuros y anaranjados, que sugiere un atardecer o amanecer.

    Resumen

    Dos mundos. Una memoria robada. Una madre dispuesta a incendiar el reino para recuperar a sus hijos.

    Primera entrega de las Crónicas de Enalterra.


    Brianna estaciona el coche a dos cuadras del Mount Temple, el instituto al que asisten sus hijos desde que se mudaron a Dublín. El par de adolescentes apenas si le hablan desde la discusión que tuvieron durante la cena. La misma que concluyó con el subsecuente castigo. Los chavales se bajan a toda prisa y dan sendos portazos. Ella inspira muy hondo y cuenta hasta diez. La técnica no le funciona y golpea el volante con todas sus fuerzas. La frustración es tanta que suelta un par de grititos; adoptar y criar a dos hijos de trece años sola con casi cincuenta tiene sus altibajos. Evita reprocharse la locura de convertirse en madre cuando ya casi debería ser abuela. Es una mujer moderna, no en vano se adapta a las exigencias de vivir en la ciudad en pleno 2030. Enciende el coche y mira el reloj. Todavía tiene que pedir cita con su terapeuta, ir al supermercado, la tintorería y el banco. Y pensar que había solicitado sus vacaciones para descansar. Qué ilusa. De seguir así quién sabe con qué otra extravagancia alucinará; recordar la última ida de pinza le provoca escalofríos. Menos mal que el entrenador de baloncesto de sus chicos no se ofendió porque lo confundiera con un ogro de piel púrpura.

    Un trueno retumba, atronador. El cielo se oscurece en apenas segundos. Brianna frena en el semáforo. Por el rabillo del ojo percibe un fogonazo en la esquina. La curiosidad vence su sentido común y voltea. Hacia ella camina un tipo enorme, con gafas de pasta, túnica estampada con lunas, rayos y estrellas, y un sombrero de forma indefinida que semeja una pamela mordisqueada por alguna criatura. Sin mediar palabra el hombre abre la portezuela del copiloto y sube al coche.

    —Venga, mujer, arranca que el cacharro luminoso ya cambió.

    El coro de bocinas la impulsa a pisar el acelerador.

    —¿Quién diablos es usted?

    —Puedes tutearme, Brianna, a fin de cuentas, soy tu consejero real y es mejor entrar en confianza cuanto antes para que recuerdes. —Brianna gira en una esquina y orilla el coche.

    —¿Consejero real? ¿Está usted loco? No sé de qué lugar se ha escapado ni quién es, pero haga el favor de bajarse de mi coche ahora mismo.

    —Soy Calixto, Brianna, por el amor a la diosa. Haz el favor de no ponerte difícil.

    —¡Bájese!

    El hombre resopla y mira las llaves del vehículo. Brianna las coge y se cruza de brazos. El tipo acerca el índice al volante. Una chispa brota y el motor corcovea hasta que se enciende. Brianna ahoga un grito mientras que el coche arranca sin que ninguno de los dos lo toque.

    —¿Qué clase de truco es este? —Ella intenta coger el volante y algo invisible la repele.

    —Explicártelo ahora mismo nos tomaría demasiado tiempo. —Calixto se ajusta las gafas sobre la nariz—. Lo que tienes que saber es que he venido a por ti porque en Enalterra te necesitamos. Este experimento tuyo en el mundo mortal nos está sacando canas violetas. Es hora de que regreses y pongas orden.

    —Brianna, estás alucinando de nuevo … —dice para sí misma—. Despierta de una vez y recuerda adelantar la cita con tu terapeuta.

    —No seas ridícula, Brianna. Presta atención porque esto no es un juego. Tienes que regresar. —El hombre la coge por los brazos y la sacude—. El rey de los tanarianos sabe que estás aquí y si no regresas, la tomará con lo que más quieres. Él no va a esperar a que te canses de jugar a ser humana, ¿lo entiendes?

    —¡Lo único que entiendo es que usted es un chalado! ¡Haga el favor de soltarme!

    El hombre se esfuma en medio de una nubecilla violeta. Un par de toques en el cristal de la portezuela del conductor provocan que Brianna bote en el asiento. Con los nervios a flor de piel baja la ventanilla y respira muy hondo.

    —¿Está usted bien, señora?

    —Sí, oficial —miente sin miramientos—. Mi coche parece que presenta una falla.

    El oficial cabecea.

    —Circule, por favor. —Ella asiente en silencio.

    Brianna introduce la llave en el contacto con premura. De pronto cae en cuenta de que sigue en el mismo semáforo donde ese chalado la abordó. El corazón le da un vuelco y el pulso se le dispara. La idea de que está enloqueciendo la tortura. Arranca el coche con ambas manos aferradas con fuerza al volante. Se dirige a su casa. Todo lo pendiente puede esperar. Ahora necesita relajarse y hablar con su terapeuta. Quizá todo es producto del estrés. Detesta discutir con los chicos y castigarlos, mucho más. La peor parte es que ellos son conscientes del poder que ejercen sobre ella y por eso la situación en casa ha ido a peor. Que sean adoptados no debería influir; aun así, lo hace. Todavía recuerda el día que los encontró perdidos en el parque.

    🍃

    Brianna entra en la casa casi a la carrera. El teléfono suena con insistencia. En su mente no dejan de repetirse los sucesos que acaba de vivir.

    —¿Diga?

    —¿Señora O’Neill?

    —Sí, ¿quién habla?

    —La estamos llamando del Mount Temple —la voz del otro lado titubea—. Liam y Connor no se presentaron hoy a clase.

    Brianna palidece.

    —No es posible, yo los dejé cerca del instituto hace —mira el reloj en la pared— poco más de una hora. ¿Habéis hablado con sus profesores? ¿Le preguntasteis a sus compañeros de clase? ¿Al vigilante?

    —Fue el mismo señor McDowell quien informó de su ausencia, señora.

    A Brianna le tiemblan las piernas. Un ruido a sus espaldas la sobresalta y se le cae el auricular del teléfono. Da un vistazo alrededor mientras valora qué objeto puede servirle como arma arrojadiza. Con rapidez se abalanza sobre la pequeña escultura de bronce que descansa sobre la mesa del pasillo. Gira sobre sus talones y la arroja.

    La figura se mueve con rapidez. La escultura pasa por encima de su cabeza y le tumba el sombrero. Brianna se lanza como una fiera. El miedo por sus hijos la ciega y un matiz rojizo la envuelve en una nube iracunda. Calixto la sujeta por las muñecas antes de que ella le arranque las gafas.

    —¡Maldito loco! ¿Dónde están mis hijos? ¿Qué hiciste con ellos?

    —Te lo advertí, Brianna —responde él sin soltarla—. No sé dónde están… imagino que en Enalterra, en el bosque de los espíritus; en poder de Minok.

    Ella lo patea. El hombre grita y afloja el agarre. Brianna recula y se zafa. Corre hacia la cocina para buscar un cuchillo. Apenas entra se encuentra a Calixto con los brazos en jarra y el rostro sombrío.

    —¿Tienes intención de serenarte? ¿O vamos a seguir así mucho rato más? —El hombre se ajusta las gafas—. Por si no has caído en cuenta, mientras más tiempo tardemos en volver, más peligro corren los chicos.

    Brianna se deja caer en un taburete. Hunde el rostro entre sus manos y llora con tanto desconsuelo que Calixto se le acerca y le acaricia el pelo.

    —He perdido la cabeza y también perderé a mis hijos. —El hombre se acuclilla y le retira las manos.

    —No estás loca, Brianna —asegura—. Eres heredera al trono de Enalterra. Ven conmigo y te demostraré que digo la verdad.

    Ella lo observa sin parpadear.

    —¿Cómo voy a ser una heredera? Yo sólo soy una mujer a punto de cumplir cincuenta años, secretaria de un bufete de abogados. Ni siquiera reconozco ese sitio que mencionas.

    —Lo recordarás todo si vienes conmigo —dice y se yergue—. Solo estás bajo el conjuro que transmuta tu esencia feérica para permitirte habitar el mundo mortal como una simple humana.

    —¿En serio esperas que te crea?

    —Ven conmigo. Poco tienes que perder y mucho tienes que ganar. Por ti, por tus sobrinos y por toda Enalterra.

    Brianna se levanta como un resorte. Frente a ella el aire se estremece. Poco a poco se abre una ventana que permite visualizar un extenso campo de flores, hierba verdeazulada y un cielo veteado con los colores del ocaso. El hombre le tiende una mano. Ella duda. La sensación de pertenencia que de súbito le arropa el corazón al observar el paisaje, la desconcierta. «Escucha tu corazón que nunca se equivoca». La voz que le habla le acelera el pulso. Un recuerdo fugaz ocupa su mente. La imagen de una mujer muy parecida a ella le sonríe con los brazos abiertos. Un nombre surge de pronto… Adara. Brianna toma una bocanada, aferra la mano del hombre, cierra los ojos y se deja arrastrar hacia el otro lado.

    🍃

    La sensación de vértigo que Brianna experimenta le revuelve el estómago. Dentro de su cabeza las peores imágenes se suceden una tras otra. Aguarda el golpe que va a llevarse en cuanto choque con alguna superficie sólida. Se aferra con más fuerza a la mano que la sujeta. De pronto, la sensación se detiene. Ella abre los ojos al percibir suelo firme bajo sus pies. El paisaje le da la bienvenida por muy poco tiempo. A un chasquido de dedos todo desaparece. El vértigo regresa con más intensidad y la obliga a apretar los ojos. Segundos después percibe cómo los pies se le hunden en una superficie mullida y se anima a abrir los ojos de nuevo.

    Un destello capta su atención. Gira el rostro y los ojos casi se le desorbitan. El reflejo que la recibe la deja boquiabierta. Su cabello sigue rojo como un rubí, pero mucho más largo y rizado. Un par de orejas picudas destacan entre sus rizos. Sus ojos lucen como dos zafiros en lugar del habitual marrón oscuro. Sus facciones son más perfiladas y angulosas, menos humanas ,y su cuerpo ya no muestra los habituales michelines que tanto la acomplejaban.

    Un estruendo sacude los objetos de la habitación en la que se encuentra. El consejero le hace señas para que guarde silencio. Pasos, gritos, órdenes se escuchan fuera. Calixto bloquea la puerta con un hechizo y corre a desplazar un largo estandarte que cuelga del techo. Brianna mira el agujero que se abre detrás y palidece. El consejero real la empuja y salta tras ella en el instante en que una explosión derriba la puerta.

    El agua helada del foso que rodea el castillo los recibe. Incapaz de nadar, Brianna está a punto de sumergirse. Calixto la rodea por la cintura. Algunas voces se escuchan a lo lejos. El miedo mantiene a Brianna paralizada. ¿A dónde diablos fue a parar? Como si pudiera leerle el pensamiento, el consejero real le susurra en la oreja:

    —Tu partida puso todo de cabeza, pero no te preocupes, te ayudaremos a disolver el caos.

    El hombre alcanza la orilla. Un par de brazos fornidos levantan a Brianna. Ella se resiste producto de la ansiedad que le provoca encontrarse en manos de un desconocido.

    —No habéis cambiado nada, princesa —afirma una voz demasiado gruesa para ser humana.

    Brianna reprime el impulso de voltearse. Necesita serenarse antes de enfrentar lo que sea que permanece a sus espaldas sujetándola como si fuese un fardo.

    —Será mejor que la dejes en el suelo, Yiron —sugiere Calixto—. Todavía sufre los efectos del cambio. —La criatura la deja apoyar los pies en la orilla.

    Brianna pierde el equilibrio y resbala. Algo peludo y bastante grande evita que caiga de culo. La princesa se da vuelta. Los ojos casi se le desorbitan. Delante de ella, con una actitud por demás doméstica para semejante bestia, un león permanece sentado sobre sus patas traseras. Brianna traga saliva. Calixto se aproxima y acaricia la melena del animal. El felino emite un ruido que suena a un ronroneo antes de abrir las fauces:

    —Bienvenida, alteza. —La voz grave y cadenciosa del inmenso animal la deja con la boca abierta.

    —Será mejor que le demos un instante —propone Calixto—. No es conveniente que colapse justo en este momento.

    Una luz blanquecina ilumina sus rostros. La princesa da un vistazo. La brisa gélida que sacude los arbustos cercanos le cala hasta los huesos. Los dientes le castañetean y se abraza con fuerza. Lo menos que quiere es que crean que está muerta de miedo. Ahora que puede ver mejor, Brianna detalla a la criatura que la sacó del agua. Luce como un árbol gigante. Tiene el pelo alborotado y frondoso, igual que las hojas de los arbustos. La piel muestra vetas como la corteza de un gran árbol y es tan ancho que sería casi imposible abrazarlo.

    —Es mejor que os cambiéis de ropa, princesa. Ese atuendo humano os convierte en un blanco fácil para vuestros enemigos.

    Brianna contempla la pila de prendas que le acerca el gigante herbáceo. Sin perder tiempo se cambia. Exhala un suspiro. Las prendas calientan su piel y le transmiten una sensación de confort que la sorprende.

    —Pongámonos en marcha. En breve la medianoche nos envolverá y será mucho más factible pasar desapercibidos. —Calixto le cuelga un medallón a Brianna. La joya brilla enseguida y se apaga.

    —¿Qué es esto? —La princesa sostiene la joya en la mano.

    —El corion, ahí está parte de tu esencia y tus recuerdos. También tu don más preciado. —Ella lo mira con los ojos entornados.

    —Sé que todavía no me crees, pero lo harás.

    Yiron le extiende un carcaj lleno de flechas y un arco.

    Brianna los coge. La expresión de su rostro es un poema que contagia de preocupación al gigante herbáceo.

    —¿Qué voy a hacer con esto? —pregunta la princesa.

    —Por el momento, llevarlos. Cuando el corion libere tus recuerdos, sabrás lo que debes hacer.

    Yiron se echa al hombro su petate. Avanza delante con el candil en la mano. Detrás camina Brianna junto a Calixto y el león.

    —¿Cómo se llama? —Brianna señala al felino.

    —Gult —responde el consejero—. Puedes confiar en él. Irá contigo donde vayas.

    —Puedo responder por mí mismo —refunfuña y gruñe.

    La princesa cabecea una vez sin quitarle los ojos de encima al león. Pese a lo surrealista de toda la situación, hay algo; una voz interior que le susurra que ese hombre dice la verdad. Aparta las dudas y ciñe la correa de su habitual desconfianza. No es momento para rumiar tonterías. Liam y Connor la necesitan.

    —¿Dónde están mis chicos?

    —Lo más probable es que Minok los mantenga en su fortaleza.

    —Mencionaste un bosque de los espíritus. —Gult gruñe de nuevo—. ¿Cómo llegamos allí?

    El gigante herbáceo se detiene. Brianna observa con aprensión la cortina de gruesas lianas que cuelgan entre dos troncos enormes.

    —Para llegar al bosque hay que cruzar el lago humeante y enfrentar a los ignius en el bosque de los sacrificios, princesa —responde Yiron.

    —Los tres viajaremos contigo, no te preocupes, Brianna.

    «Como si eso borrase de un plumazo el pánico que me retuerce las tripas», piensa, aunque guarda silencio. La esperanza que atisba en el rostro de sus dos acompañantes le impide expresar la inseguridad que la corroe. Es demasiado peso para sus hombros; aun así, hurga en las profundidades de su corazón. El amor por sus chicos es lo único que le insufla fuerza… por ellos enfrentará lo que sea.

    🍃

    Brianna despierta con la sensación de ser dos personas distintas en un mismo cuerpo. Recuperar parte de su memoria le deja un regusto amargo en la garganta que no esperaba. Siente las miradas sobre ella y la incomodidad se apodera de la poca calma que le queda. No quiere ser injusta, faltaría más. Sin embargo, eso no resta que convertirse en el centro de atención le guste muy poco.

    —Esperadme aquí —propone Yiron—. Será mejor que yo me ocupe de conseguir la barcaza.

    Brianna lo observa alejarse.

    —¿Qué no me habéis dicho todavía?

    Calixto inspira hondo antes de hablar.

    —Tu partida no fue bien recibida por algunos enalterrenses. Las hadas de plata… no están nada contentas.

    —¿Tienen ellas que ver con lo ocurrido cuando regresamos? —Él asiente sin perder de vista a Yiron.

    —Ten en cuenta que Minok es muy hábil para sembrar cizaña.

    —Y que yo no fui nada inteligente al dejarle el camino libre.

    —No dije eso.

    —No, pero lo piensas.

    El consejero real guarda silencio. Yiron regresa. Su rostro es el vivo reflejo de la satisfacción.

    —Podemos partir cuando queráis, princesa.

    —No perdamos más tiempo —dice Brianna y se adelanta seguida por Gult.

    Consciente de que su regreso la expone al desprecio de algunos coterráneos, la princesa se sube la capucha y evita entablar contacto visual con los pobladores de Ignitas, la aldea que colida con el lago humeante.

    Un mal presentimiento recorre la columna vertebral de Brianna. Abordar la barcaza ha sido demasiado sencillo. Gult permanece atento. El animal pasea la mirada de un lado a otro de la embarcación. Es como si él también presintiese que algo extraño está por suceder.

    La neblina que se forma alrededor de ellos estrecha su cerco. Vapores apestosos emergen y se entrelazan con la neblina. Formas fantasmales danzan con el viento que sopla, cada vez, con más fuerza. Algo choca con la barcaza. Brianna distingue la sombra gigante que se mueve bajo el agua. Desvía la mirada. La proximidad de lo que sea que nade bajo ellos le despierta un temor visceral. La barcaza cruje. El agua hirviente se filtra con rapidez.

    —¡Sujetaos! —La advertencia de Yiron llega algunos segundos tarde.

    Gult ruge. Calixto se apresura a conjurar un hechizo que les permita seguir a flote. La embarcación cruje de nuevo. Brianna reprime el deseo de gritar hasta quedarse sin voz; el recuerdo de su padre ahogándose aflora de improviso, es como revivir aquella tragedia en un bucle infinito. La grieta se ensancha y la barcaza se parte en dos. Una ola gigante los arrolla. La temperatura del agua es apenas tolerable. La piel de Brianna se escalda. Ella grita con los ojos llenos de lágrimas sin poder acallar los gritos que resuenan en su cabeza; los mismos que escuchó de su padre por última vez. La desesperación es tanta que traga agua y eso la desespera aún más. Gult va a por ella antes de que se hunda por completo. El miedo la paraliza. El felino la empuja con el hocico. La imagen del cuerpo de su padre hundiéndose es un lastre que tira de ella hacia el fondo. Calixto se ocupa de Yiron. La situación es caótica. De seguir sumergidos el agua los asará o la criatura que aún no emerge los devorará. El corazón de Brianna late desbocado. Pensar es una tarea demasiado compleja. El recuerdo de sus chicos acude en el instante en que está dispuesta a rendirse. Sus labios se mueven por inercia. Las palabras brotan con fluidez en el idioma antiguo:

    Caum eti isaam silf.

    El viento se arremolina con rapidez. Una figura femenina se materializa. Enseguida los cuatro son elevados por ráfagas de brisa fresca. El viaje al otro lado de la orilla dura apenas un par de minutos. La sílfide los deja a las puertas de un bosque de secoyas gigantes que resplandecen como diamantes.

    🍃

    Adentrarse en el bosque de los sacrificios les lleva más de lo que esperaban. Brianna avanza tras Gult mientras que Calixto y Yiron van a la retaguardia. El sol brilla en su zenit. La temperatura aumenta. La humedad es pegajosa e incómoda. Brianna se detiene. Un aroma acre y penetrante llama su atención. El crepitar que se aproxima en su dirección le provoca un hormigueo de anticipación que despierta un recuerdo que permanecía sepultado en lo profundo de su memoria. La princesa se vuelve; su temor se ve confirmado. La manada de animales flamígeros se abre paso incendiando el suelo por donde pisan.

    —¡Corred, princesa! —Yiron desenvaina una espada enorme.

    —No te dejaré aquí.

    —Debéis hacerlo. Pensad en vuestros sobrinos, en toda Enalterra.

    Ella intercambia una mirada con Calixto. Él cabecea. El breve asentimiento le ensombrece las facciones.

    —Ve tú adelante, Gult cuidará de ti. Nos veremos en cuanto nos libremos de la manada.

    Brianna aprieta los dientes para contener las lágrimas que amenazan con dejarla en evidencia. Aprecia el sacrificio y la lealtad de Yiron y, al mismo tiempo, lo odia. Le recuerda demasiado al sacrificio de su hermana. La cicatriz en su memoria vuelve a ser una herida abierta y sangrante. Lleva demasiado tiempo de pérdida en pérdida. Esa es la principal razón que tuvo para abandonar Enalterra en su momento.

    Gult ruge para captar su atención. El enorme felino se desplaza con seguridad. Sus ojos la empujan a seguir adelante sin mirar atrás. Caminar con el peso del desasosiego que le provoca el destino incierto de Yiron mina su ánimo. La incertidumbre se convierte en un lastre insoportable Sobre sus espaldas que todavía no comprende del todo. Continuar se le hace cada vez más difícil. Le cuesta lo inimaginable anular la culpa y el reproche que la sobrecogen de forma inesperada. «La culpa solo sirve para horadarnos el alma. Los sacrificios, por duro que te parezcan, tienen un propósito. Acepta mi sacrificio y el de cada enalterrense que te lo ofrezca porque con él estará sellando un pacto de lealtad eterna». La voz de su hermana es un susurro mental que atenúa la tormenta de emociones que amenazaba con resquebrajar su voluntad. El bosque de los sacrificios cobra un sentido que antes no tenía. El ocaso los alcanza al borde de un acantilado profundo. Gult se detiene. Ella entorna los párpados. El animal se pasea de un lado a otro mientras emite sonidos guturales que a Brianna le suenan a impaciencia.

    —¿Dónde diablos está el puente? —La princesa hurga entre sus recuerdos—. ¿Cómo es posible que el puente no esté en su lugar?

    —Sí que lo está —replica Calixto.

    Brianna se vuelve al escuchar su voz. El consejero tiene la túnica chamuscada, el rostro ennegrecido y su pelo es una especie de maraña indescifrable.

    —¿Yiron?

    Calixto niega con la cabeza. La princesa traga saliva y se recompone a medias; el dolor sigue allí, latente; por Adara, por Yiron, por tantos que han quedado atrás. Una lágrima se le escapa. La tristeza se le anuda en la garganta y la obliga a respirar varias veces. Las palabras de su hermana resurgen , potentes y surten un efecto sanador. Eleva entonces, una plegaria de agradecimiento y se envuelve en la coraza habitual que protege sus emociones más profundas, antes de hablar:

    —¿Qué me estoy perdiendo? Dices que está, sin embargo, yo no veo nada en absoluto más que vacío.

    —Debemos esperar a que anochezca. —asegura—. Solo entonces se mostrará.

    Brianna suspira profundo. El corazón le late demasiado aprisa. La ansiedad amenaza con tomar el control de un momento a otro y eso es algo que no debe permitirse.

    🍃

    La mañana siguiente es fría y neblinosa. Cruzar el puente les llevó toda la noche. Ver asomarse el sol a seis pasos de su destino es una experiencia sobrecogedora que Brianna espera no repetir, al menos en los próximos años. La emoción tras poner un pie en terreno firme se esfuma en cuanto ve los enormes árboles que le bloquean el paso. «Mejor no te lo pienses demasiado», se dice y avanza con el corazón en un puño. Atravesar el bosque de los espíritus resulta tan inquietante de noche como a plena luz del día. Pese a que los grandes árboles permanecen en pie y ofrecen un llamativo colorido, todo es un espejismo. A medida que avanza, Brianna experimenta una extraña presión en el estómago. Calixto camina a la vanguardia mientras que Gult se ocupa de mantener a raya a las espectrales hamadríades que se amontonan y susurran su canto mortal. El trío se detiene a unos cuantos metros de la comitiva real tanariana. Minok, a lomos de su kleusat, los observa con altivez.

    —Qué honor que la heredera de Enalterra acuda a mi presencia.

    —Como si me hubieses dejado otra alternativa. ¿Dónde están mis chicos? —Brianna adelanta un paso.

    —Has perdido los modales, querida. Qué mal te ha sentado la estancia entre los humanos.

    —Responde a mi pregunta y dime qué es lo que quieres. No perdamos más tiempo.

    La montura de Minok resopla. Un humillo apestoso brota de sus ollares. Gult se adelanta a Brianna. La tensión tiñe la atmósfera de un matiz tenebroso; tanto, que el sol queda envuelto por una densa capa de nubes plomizas.

    —¿Qué puede querer un rey como yo? Poder… Entrega el trono y te devolveré a tus chicos. Rechaza mi oferta y serán el aperitivo perfecto para Darkon, tú decides.

    La mera alusión a la posibilidad de que sus chicos mueran le estruja el corazón y el estómago con tanta fiereza que lucha para no doblarse sobre sí misma. El miedo despierta su irracionalidad. La ansiedad le impide respirar. »Prometiste que cuidarías de ellos». El recuerdo irrumpe dentro de su cabeza como un vendaval. Había hecho una promesa y debe cumplirla. No obstante, dejar Enalterra en manos de Minok sería imperdonable.

    —¿¡Cómo te has atrevido a entregarlos al dragón de piedra!? —brama Calixto con el rostro encendido.

    El rey tanariano ignora al consejero. Con los ojos clavados en Brianna hace un gesto a su comitiva. Los guerreros que lo acompañan se desplazan hacia la retaguardia.

    —¿Y bien? ¿Qué decides?

    —El trono de Enalterra no será tuyo jamás, al menos mientras yo viva. —Los ojos de Minok refulgen.

    —Que no se diga que Minok irrespeta la última voluntad de una condenada.

    El suelo bajo los pies de Brianna se agrieta. La princesa cae, tragada por el enorme cráter. Gult salta tras ella. Minok se retira, sonriente. Antes de abandonar el bosque se vuelve.

    —Será mejor que vuelvas al castillo y prepares la ceremonia. No me gusta esperar demasiado, consejero.

    —No deberías cantar victoria tan pronto, Minok.

    —Si tú lo dices…

    Calixto observa cómo el rey se aleja montado sobre la infernal bestia. El consejero pasea la mirada por el cráter con aprensión y eleva una plegaria a los dioses para que protejan a Brianna.

    🍃

    La oscuridad es tan densa que a Brianna no le cabe la menor duda de que el traidor de Minok la envió directo al kleusaterium, la morada de Darkon. La humedad pestilente le irrita la nariz. El calor aumenta a medida que avanza a tientas. Un gruñido la detiene. El corazón se le sube a la garganta. El par de ojos felinos le arrancan un suspiro. El alivio le provoca un cosquilleo placentero. «Al menos no estoy aquí completamente sola». El pensamiento pretende convertirse en una especie de aliciente. Sin embargo, El potente rugido que estremece la tierra a su alrededor hace que se transforme en un arrepentimiento inmediato. Lo más probable es que la compañía que la espera sea, cualquier cosa, menos grata.

    Darkon se desplaza con pesadez. Sus enormes miembros rocosos desprenden arenisca con cada movimiento. La bestia se vuelve en cuanto advierte la presencia de Brianna.

    —Habéis tardado más tiempo del que había previsto, princesa. Vuestros sobrinos os han estado esperando con ilusión, ¿no es cierto?

    Liam y Connor observan a Brianna sin reconocerla. Es evidente que el miedo no les ha permitido pegar un ojo. Las medias lunas oscuras bajo sus párpados dan fe de ello.

    —Hagamos un trato.

    —¿Qué podéis ofrecerme? Aún no sois la reina de Enalterra, no contáis con suficiente poder.

    —Nuestra sangre es el antídoto a vuestra maldición. ¿No lo sabíais? —miente.

    Los ojos de la bestia se transforman en fogatas desbordantes.

    —¿Os sacrificaréis?

    —Lucharé, que es muy diferente. —Darkon se carcajea.

    —De acuerdo, princesa. Vuestro deseo se hará realidad.

    —Esperad —interrumpe, pese a que teme que la lengua se le trabe en cualquier momento—. Liberad a mis sobrinos primero.

    Confiado en tener todas las de ganar, Darkon corta las ataduras con una zarpa. Los gemelos echan a correr. Gult los alcanza. Aterrorizados, reculan hasta que rozan una de las paredes de la caverna; una lo bastante alejada de lo que promete convertirse en el campo de enfrentamiento.

    —¿Lista? —Brianna cabecea en un breve asentimiento.

    En voz muy baja invoca el poder de su sangre que, no es precisamente, para romper maldiciones. Por fortuna lleva consigo su arco y el carcaj.

    Bomlut dem it naetram. —Coge las flechas y se pincha la palma. Las puntas se iluminan.

    La bestia muestra la hilera de dientes. El fogoso escupitajo pasa muy cerca de la princesa. A sorprendente velocidad dispara un par de saetas que atinan en las pupilas verticales del dragón. La fiera ruge. Brianna tiene apenas el tiempo suficiente de disparar dos saetas más que van directo a la boca de la bestia. Darkon cierra las fauces con tanta fuerza que uno de sus colmillos cae y se clava en el suelo. Segundos después, la enorme cola la golpea. Calixto llega a tiempo de evitar que otro golpe aplaste el cuerpo desmadejado de Brianna. Las saetas encantadas cumplen su cometido. El consejero se maldice por no haber acudido en su auxilio con más presteza. El chillido de la bestia es tan agudo que el techo de la caverna se resquebraja.

    —¡Corred! —ordena Calixto a los gemelos.

    Los adolescentes están paralizados por el terror. Gult ruge. Un chispazo emerge de su lomo. Un par de alas se extienden. El felino clava sus pupilas en los chicos.

    —¡Montad en mi lomo, chavales! —les ordena.

    Liam y Connor suben sobre él. El animal se impulsa y evita que parte del techo los aplaste. Por su parte, Calixto recoge el colmillo del dragón y carga con Brianna. En el idioma antiguo conjura un remolino que los envuelve y los escupe hacia la superficie.

    🍃

    El tornado cesa en su ascenso. El león desciende sobre un azulado pastizal. Enseguida Calixto, Gult y los gemelos quedan rodeados por una decena de criaturas aladas. El consejero tiende el cuerpo de Brianna con delicadeza. Una de las criaturas lo aborda.

    —La reina Nairea no fue informada de vuestra visita —espeta el merilov antes de extender sus alas.

    —Ofrezco disculpas por esta visita tan abrupta; no he tenido otra alternativa. Necesito la ayuda de la reina. —Otro merilov se aproxima. La criatura fija sus ojos iridiscentes en Brianna.

    —Avisaré a su majestad. —El merilov se impulsa y en un parpadeo desaparece.

    Nairea acude de inmediato. Los merilov se inclinan y permanecen con la cabeza baja.

    —Levantaos —ordena y se acerca a Calixto—. ¿Qué ha ocurrido?

    El consejero real le informa sin omitir detalle.

    —Es de vital importancia traerla de vuelta, majestad.

    La reina observa a los gemelos. Después clava las pupilas en Calixto.

    —Contraeréis una deuda de sangre, ¿estáis dispuestos a asumirla?

    —Los herederos son demasiado jóvenes, majestad. La asumiré yo, si no os importa.

    —¡No somos unos críos! —gritan al unísono mientras avanzan hacia la reina.

    —Sí que lo sois —insiste ella—. Sin embargo, me resulta conmovedora vuestra reacción. Solo por ello no os tendré en cuenta esta insolencia. Encargaos de mantenerlos a cierta distancia —ordena a sus guerreros.

    Los merilov forman un círculo en torno a los adolescentes. Gult ruge a modo de advertencia. Una que los jóvenes entienden a la perfección.

    La reina procede. Con certera rapidez corta las muñecas de Calixto con sus garras. La sangre gotea a los pies de Nairea hasta formar un charco consistente. El consejero se tambalea. Los chicos gritan. La reina absorbe la sangre una vez purificada con la tierra del tiempo eterno.

    —¡Tinilat ersq viv! —pronuncia Nairea en el idioma antiguo.

    Los merilov sujetan a los chicos que, desesperados, luchan para liberarse. Una luz cegadora envuelve el cuerpo de Brianna. Calixto apoya una rodilla en el suelo a efectos de mantener el equilibrio; un consejero real debe morir con honor. La luz es absorbida por el cuerpo de la princesa. Poco después, Brianna toma una gran bocanada y abre los ojos.

    —Os agradezco vuestra intervención, majestad —interviene Gult.

    —No agradezcas. Vuestro consejero pagó un alto precio por ella. —La reina contempla a Brianna sin parpadear—. Además, solo actué en beneficio de mis intereses. No me conviene sostener una alianza con un rey como Minok, sería igual que permitir que el inframundo se apropie de la superficie. Eso es inadmisible. Ahora marchaos. Debéis restituir el orden en Enalterra.

    Los merilov se elevan en formación alrededor de Nairea. La vista de sus alas e intensos colores resulta fascinante. Un portal cobra forma en cuanto las criaturas desaparecen. Liam y Connor se aproximan. Brianna inspira hondo. Cientos de pensamientos pasan por su cabeza. No obstante, la voz de su corazón aplasta las dudas. Ella extiende los brazos y los chicos se lanzan a su encuentro.

    —¿De verdad eres tú, mamá? —pregunta Liam.

    —Sí, cariño.

    —Tienes un aspecto… diferente —comenta Conor.

    —Igual que el vuestro —agrega Gult.

    Ambos gemelos se observan un instante.

    —¿Sigues enfadada?

    —No, y vosotros ¿seguís enfadados conmigo? —Los chicos niegan con la cabeza y se aferran como pueden a ella.

    —No quiero ser impertinente —interrumpe el felino—, pero debemos regresar antes de que la situación en el castillo y, por tanto, en toda Enalterra, siga empeorando.

    Los chicos se apartan de Brianna.

    —¿A dónde vamos? ¿De qué castillo hablas? —preguntan.

    —Vuestra… Hum, madre, tiene un asunto pendiente.

    Ella cabecea mientras les acaricia el rostro. Gult gruñe una vez más para llamar su atención.

    —Venga, al mal paso darle prisa —sugiere Brianna.

    Tomados de la mano con firmeza, los tres atraviesan el portal seguidos por Gult que carga al lomo el cuerpo de Calixto.

    🍃

    El retorno de Brianna junto a sus sobrinos genera emociones encontradas entre muchos de los habitantes del reino: alegría, sorpresa, tristeza. La muerte de Calixto ocasiona una cascada de cambios que ella asimila con el apoyo de Gult que, por fortuna acepta ocupar el puesto de consejero real. Resolver la crisis murallas adentro le lleva a la princesa una semana entera. Juicios, firma de pactos, decretos. Ganarse la confianza y la lealtad de quienes escucharon las promesas de Minok requiere de mucho más esfuerzo, aunque no puede decirse que las primeras reuniones no hayan dado frutos. Lograr que cese el baño de sangre hace que Brianna considere la posibilidad de volver al mundo mortal. Por ahora el rey y los tanarianos no han movido ficha. No obstante, eso no significa que el peligro haya pasado.

    —¿Estás segura de volver? —Gult la observa con los párpados entornados.

    —No voy a mentirte, no es seguridad lo que me motiva —reconoce ella—. Solo creo que si vuelvo con los chicos Minok tendrá mucho más difícil asesinarlos.

    —No lo sé, Brianna. Los trajo desde el mundo mortal una vez, ¿qué le impedirá volver a hacerlo?

    —Que tanto ellos como yo estaremos alerta. Los sedujo con promesas vacías. Ahora ya saben lo que hay, además han aprendido a utilizar parte de sus poderes durante su estancia aquí.

    Consejero y Princesa se asoman por el ventanal. Los gemelos reciben instrucción en la lucha cuerpo a cuerpo daga en mano.

    —Muy bien, lo tendré todo listo para cuando decidas volver. Pero esta vez llévate el corion, me quedaré más tranquilo si podemos mantener el contacto.

    —De acuerdo. Respecto de cuándo volver, démosles un par de días más. Quiero que al menos sean capaces de defenderse si no me encuentro cerca.

    —Así se hará.

    🍃

    Volver al mundo de los humanos con todos sus recuerdos intactos no fue sencillo de digerir. Disociar ambas partes de sí misma le costó días de estrés y desasosiego ante la posibilidad de llamar la atención más de la cuenta. Por fortuna Liam y Connor habían comprendido (y asimilado) la necesidad de trabajar como un equipo y su conducta había mejorado significativamente. Tener el corion consigo también le aporta cierta seguridad. Brianna reflexiona en relación con los hechos más recientes ocurridos en Enalterra mientras conduce en dirección a Tymon Park. Los chicos la esperan en el Estadio Nacional de Baloncesto y ya lleva cinco minutos de retraso. El sol que brilla con cierta timidez se esconde de pronto. Es como si ese mal presentimiento que lleva rato nublándole el ánimo hubiese abandonado su cuerpo para instaurarse en plena bóveda celeste. El corazón se le dispara y un nudo le impide tragar con facilidad. Las sombras que rodean al estadio despiertan en ella un miedo visceral. Consciente de que el tiempo se le agota pisa el acelerador.

    Brianna maniobra con el coche. Un escuadrón completo de tanarianos dirigidos por Minok le corta el paso. El volantazo obliga al vehículo a girar como un trompo. Ella se aferra al volante con fuerza. Mientras aguarda que el coche se detenga sujeta el corion y envía un mensaje a Enalterra. Los recuerdos amenazan con sumergirla en el pasado y ella no está dispuesta a permitir que su mente la traicione. Recibir la señal lumínica de Liam y Connor le insufla valor. Sus chicos se encuentran fuera del alcance de Minok. Ahora le toca a ella hacerse cargo.

    El coche se estrella contra la primera línea de tanarianos. Las monturas aúllan y caen despatarradas lanzando por los aires a sus jinetes. Brianna aprovecha el instante para bajarse del vehículo,  da dos zancadas y se aleja. Un trueno cruza el firmamento. La lluvia no tarda en caer. Minok alza el puño. Un vendaval choca contra el muro protector que Brianna acaba de conjurar. La princesa invoca su arco y una flecha. Los ojos del rey tanariano refulgen. Ella inspira hondo. Necesita serenarse para hacer uso de todo su poder.

    Claimar et laéng corp triscum.

    La punta de la saeta brilla con intensidad. Brianna coge la flecha y hace un pequeño corte que le atraviesa la línea de la vida en su palma derecha. La sangre empapa la punta. Segundos después, repite el conjuro.

    —Ni con todo el poder de tu linaje; ni con la magia de sangre… Ni siquiera los dioses van a librarte de mi venganza.

    Minok desmonta.

    —No será todo eso lo que te destruya, Minok. Es tu sed de venganza la que se volverá contra ti. Es el orgullo que te consume el que abrirá las puertas del inframundo y permitirá que Enalterra por fin sea libre.

    —¡No eres rival para mí!

    —Jamás he pretendido serlo.

    El rey tanariano desenvaina su espada y se abalanza sobre la princesa a gran velocidad. Ella permanece inmóvil a la espera. Los gemelos corren hacia Brianna al percatarse de lo que está por suceder.

    Minok empuña la espada con ambas manos. En el instante en que la alza sobre su cabeza, Brianna carga la flecha en el arco. El rey sonríe con malevolencia segundos antes de imprimirle toda su fuerza a la espada. La hoja destella reflejando el relámpago que acaba de iluminar el firmamento. Otro trueno ruge. La princesa apunta y dispara la saeta. La sonrisa de Minok se desdibuja en cuanto la filosa punta le atraviesa el hombro izquierdo. La espada desciende y alcanza a Brianna en el hombro derecho pese a la rapidez con la que se desplaza. La sangre le empapa la blusa. El rey vuelve a embestir. Ella trastabilla y apoya una rodilla en el suelo. El movimiento hace que roce la funda que lleva atada al muslo derecho. Minok ruge eufórico. Brianna coge el colmillo del dragón. Su sangre entra en contacto con el objeto y se enciende. La princesa lo arroja a la garganta del rey. La espada cae y rebota contra el pavimento. Sangre real empapa los labios del último rey tanariano. Minok se lleva la diestra al cuello. En el instante en el que roza el colmillo, estalla envuelto en una lengua de fuego que lo convierte en cenizas. Con él, todo el escuadrón de tanarianos también desaparece.

    Brianna se tambalea. Las piernas se le aflojan tanto, que se le dobla la otra rodilla. Los gemelos la abrazan y evitan que caiga al suelo. Un zumbido persistente le impide escuchar las palabras de Liam y los tacos de Connor. Una calidez le recorre todo el cuerpo. Las manos cariñosas de sus chicos la reconfortan. Cierta perplejidad ante sí misma la mantiene en una especie de limbo mientras los gemelos se ocupan de sanarle la herida. Todavía no es capaz de creer lo que acaba de hacer.

    La lluvia cesa. El cielo se aclara. El astro rey se abre paso con premura como si supiera que Brianna necesita de sus atenciones. La cálida caricia de los rayos vespertinos la desentumece.

    —Mamá, ¿seguro te encuentras bien? —La preocupación en el tono de Connor rompe el ensimismamiento de Brianna.

    —Lo estoy, cariño, de verdad. —Ella devuelve el abrazo y los estrecha contra su pecho con tanta fuerza que Liam protesta.

    —Eres un quejica —masculla Connor mientras no quita los ojos del hombro de Brianna—. Va a quedarte una cicatriz bastante fea, mamá. Todavía no aprendimos sanación estética.

    —A mamá no le importa tener cicatrices, no te rayes por eso.

    —Venga, chicos, volvamos a casa.

    —¡A Enalterra? —Brianna detecta la ilusión que se filtra en la voz de Liam.

    —Enalterra por fin es libre, puede esperarnos un poco más.

    —¿Cuánto más?

    —No seas petardo, Liam. Deja a mamá en paz. Tenemos trece, todavía nos quedan cinco años en este mundo.

    —Jo, este mundo es aburrido. —Connor pone los ojos en blanco.

    —Entonces lo haremos divertido —agrega Brianna.

    Los gemelos se lanzan un par de miraditas cómplices que su madre ataja al vuelo. Los conoce demasiado bien. La diferencia es que ahora está preparada para lidiar con ellos sin perder la cordura en el intento.