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  • BERENGE Y LA TRAMPA DEL LUPIRIÓN

    BERENGE Y LA TRAMPA DEL LUPIRIÓN

    Resumen

    Eternitus, la tierra del tiempo eterno donde habitan los merilov, afronta una rebelión. Los lupiriones, cambiaformas encargados de custodiar a los fantagnos,  hartos de servir han decidido alzarse contra el reino.

    En vista del peligro inminente, Nairea, la reina, solicita ayuda a Enalterra a fin de preservar la vida de Berenge, su primogénita y heredera.

    Liam y Connor, príncipes de Enalterra, tendrán la responsabilidad de escoltar a la joven que no es conocida, precisamente por su obediencia, antes de que se meta en problemas de los cuales pudiera no salir bien librada.

    Cuarta entrega de la serie «Crónicas de Enalterra».

    Berenge: Una joven con un aire místico y poderoso, situada en un paisaje al aire libre bajo un cielo crepuscular. Ella tiene el cabello largo, rizado y de un intenso color rojo que parece vibrar con vida propia. Lleva un vestido rojo sin mangas, con un corte que permite que una de sus piernas quede parcialmente al descubierto, y calza botas negras que contrastan con el tono cálido de su vestimenta. Un rasgo muy distintivo son sus grandes alas rojas, desplegadas a ambos lados, que se ven robustas y bien definidas, dando la impresión de estar listas para el vuelo. La expresión de su rostro es seria y fija, con ojos rojos que acentúan su apariencia sobrenatural, transmitiendo fuerza y determinación. Su postura es erguida y su cuerpo está ligeramente orientado hacia la derecha, como si estuviera atenta a algo fuera del encuadre. El fondo presenta un paisaje natural, con una pradera cubierta de hierba oscura y frondosos árboles a ambos lados, cuyas hojas tienen tonos anaranjados y amarillos, como si reflejaran la luz del atardecer o estuvieran en plena estación otoñal. El cielo, rico en matices de azul profundo y nubes difusas en tonalidades que varían del naranja al rosa, sugiere un momento de transición entre el día y la noche, aportando un aire místico y sereno al conjunto. En su totalidad, la imagen combina el elemento fantástico de la figura central con un entorno que invita a la contemplación y que realza la atmósfera mágica y etérea de la escena.

    El roce de una daga al abandonar la vaina se pierde en el fragor del enfrentamiento. Las fauces del lupirión quedan a centímetros del rostro de Berenge.  El gruñido ahogado enmudece de golpe. La sangre le salpica la cara. La joven  aprieta los ojos para evitar que sus retinas graben aquella agónica expresión. Tiembla a punto de desfallecer. Su mente divaga entre el presente y lo sucedido horas antes. Odia reconocerlo, pero no le queda otra alternativa. Su madre tenía razón, era un blanco fácil. Tendría que haberle obedecido y no darle dolores de cabeza a los príncipes de Enalterra. Pensar en Connor le dispara las pulsaciones. . El recuerdo irrumpe en su psique justo antes de que la engulla el agotamiento.

    Berenge avanza a zancadas con las alas tensas y las plumas desordenadas; la contrariedad se le dibuja en el rostro. La reina Nairea la mira de soslayo. Advierte, por su expresión, que se avecina otro de sus berrinches.

    —No aceptaré que me envíes a Enalterra justo ahora, Madre —dice y se planta con los brazos cruzados—. Le prometí a mi…

    —Tu abuela ha caído prisionera de los rebeldes. Hasta que no controlemos el alzamiento de los lupiriones, te quiero fuera y no se hable más del asunto. No voy a exponer a la heredera de Eternitus a las artes oscuras siendo un blanco tan fácil.

    La joven palidece, su mirada pierde animosidad. El gesto altivo de la reina la provoca.

    —¡No soy ninguna cría! Quizá no puedo enfrentarme en batalla por mis malditas alas, pero puedo ir a por el antídoto hasta la frontera. Yo…

    —¡No discutas conmigo! Te irás con los príncipes de vuelta a Enalterra hasta que resolvamos esta situación. Y ojito con arrastrarlos contigo a cualquiera de tus locuras. ¿Me he explicado bien?

    —¡Te entendí, madre, no soy una imberbe; pero  no estoy dispuesta a obedecerte!

    Berenge da media vuelta, echa a correr y alza el vuelo.

    —¡Detenedla! —ordena la reina.

    Un par de guardias salen tras la jovencita. Ella les da esquinazo y se oculta entre los arbustos que rodean la muralla del castillo.

    Media hora más tarde, un carraspeo seguido de una risita la catapulta como un resorte. La joven se vuelve dispuesta a enfrentar la amenaza. Levanta ambas manos y saca las garras.

    —Parece que la princesita está de mal humor —dice Liam risueño—. ¿tú que crees, Connor? ¿La desenmascaramos o le pedimos algo a cambio de guardarle el secretito?

    —Capullo —espeta y lanza un zarpazo.

    Connor se atraviesa y recibe el arañazo en el pecho. Berenge recula un paso y ahoga un gemido. El labio inferior le tiembla.

    —Lo-lo siento, yo…

    Connor hace un ademán y niega con la cabeza. Un suspiro cansado se le escapa.

    —Podemos hacer esto de la manera sencilla o de la difícil, tú decides.

    —Tú siempre tan correcto y remilgado, ¡verdad? Nunca rompes las reglas, nunca corres riesgos. ¿Es que no te aburre la cotidianidad?

    Liam pone los ojos en blanco. Connor guarda silencio. Si la princesa supiera cuál es la verdadera razón por la que los enviaron a Eternitus, no diría eso y se volvería un incordio.

    —Pues para considerarlo un duermeovejas, bien que le has hecho ojitos todo el verano, ¿no?

    —Tú no eres más Estúpido porque no tienes más tamaño ni más edad.

    —Basta de puyitas. —Connor mantiene su posición entre ambos—. Ven con nosotros, mi madre de seguro podrá hacer algo más…

    —Que os den a ambos —espeta con los ojos encendidos como dos ascuas. —Liam sonríe de oreja a oreja—. Idos al pozo sulfuroso del inframundo exclama y despega en vertical.

    Connor inspira hondo. El aroma floral de la princesa se le queda impreso en el olfato. Liam se inclina y recoge varias plumas que han quedado en el suelo.

    —Creo que prefiere la opción difícil, hermano.

    —Es mejor que la sigamos de cerca. La reina puede ser intransigente en ocasiones, pero esta vez tiene toda la razón. La revuelta no ofrece buen pronóstico y es mejor que estemos preparados.

    Los gemelos echan a andar a paso vivo antes de perderle la pista por completo.

    🍃

    Berenge pierde altura y esquiva, a duras penas, las copas de los árboles que rodean la frontera con Purgius. Aterriza y el impacto contra el suelo le llena los ojos de lágrimas. El bosque de la vigilia constante se muestra más penumbroso que nunca. El crujido de varias ramillas al quebrarse la obliga a ponerse de pie. El dolor en el tobillo derecho casi le arranca un chillido. Inspira hondo y contiene el aire. Recuerda las enseñanzas de su abuela: «lo que no se mueve es más difícil de percibir». En aquel instante se maldice por ser diferente. El intenso escarlata de sus plumas, cabello y ojos la convertían en una diana ineludible. El aroma acre del sudor masculino le irrita las fosas nasales. Las ganas de estornudar le disparan las pulsaciones. Aquello solo obedecía a una posibilidad: lupirión a menos de un metro. Por primera vez, en sus diecisiete años, agradece aquella maldita alergia.

    —No temáis, alteza —dice el lupirión con una voz tan grave que la piel de todo el cuerpo se le eriza.

    La familiar voz se abre paso entre la neblina de sus pensamientos. Sin embargo, mantiene la intención de ignorarlo. Laurence no es santo de su devoción. Presa de la desesperación hace cuanto puede por evitar estornudar; el hombre la mira con curiosidad. Los ambarinos ojos brillan en la penumbra y compiten con la blancura de esa sonrisa rapaz. El estornudo la estremece. El lupirión suelta una carcajada que silencia la melodía habitual del bosque.

    —Yo… —Berenge traga; las manos le sudan.

    —Insisto en que no debéis temerme, alteza. No formo parte de la rebelión —dice y avanza un paso hacia ella.

    La joven recula. El lupirión ladea la cabeza. Una brisa gélida los envuelve de improviso. El letargo que experimenta Berenge  se acentúa; el instinto de supervivencia la obliga a espabilarse. Da un vistazo alrededor. Los ojos del hombre siguen su mirada.

    —Debo marcharme —masculla ella y se desplaza en dirección al sonido cantarín del agua.

    —El nacimiento del riachuelo perspicaz está en aquella dirección. —Él señala con el índice hacia el sur.

    Berenge arruga el entrecejo. «me habré despistado». El pensamiento no tarda en volatilizarse. Los efectos de no haberse hidratado hacen de las suyas.

    —¿Estás seguro? Yo tenía entendido que se ubicaba al norte.

    El hombre niega con un balanceo suave de la cabeza. Varios mechones se le escapan y le enmarcan el rostro. La joven entrecierra los ojos. La cantinela dentro de su mente se le convierte en un incordio: «No hables con extraños, no confíes en desconocidos ni siquiera si parecen inofensivos y jamás, jamás te acerques a un lupirión por manso que te parezca». La voz de su abuela pasa de largo y apenas roza la densa niebla que le ralentiza los sentidos.

    —Puedo acompañaros, si lo preferís. El bosque no entraña peligros para alguien como vos, pero si  tenéis en cuenta el alzamiento reciente, cualquier precaución que toméis no está de más.

    —No es necesario que  os convirtáis en mi guardián. Sé cuidarme solita.

    —Perdonad que os contradiga, alteza, faltaría más. Solo cumplo con mi deber como custodio de los fantagnos; si alguno os cogiese… —El lupirión adopta una expresión compungida que se esfuma en segundos, sustituida por la preocupación.

     La referencia despierta en Berenge una sensación desagradable que le hormiguea en el estómago. Un fantagnos hijo de puta había atacado a su abuela y ella  estaba allí, rompiendo la primera norma que le habían inculcado desde que era niña. Se hallaba tan cerca de lograr su cometido que ignoró todas las advertencias.

    —¿Puedes indicarme cómo encontrar las lucídidas?

    —Puedo llevaros hasta donde florecen.

    Ella niega con la cabeza.

    —Indícame el camino, las hallaré.

    El lupirión sonríe de medio lado.

    —De acuerdo, alteza. Prestad atención.

    🍃

    Liam y Connor se detienen en el claro de la arboleda al toparse con el montón de plumas escarlata. Ambos jóvenes entornan los párpados mientras evalúan las huellas.

    —¿Qué diablos estaría pensando Berenge para irse en sentido contrario? —Liam recoge las plumas y las olisquea.

    —La pregunta exacta es: ¿tendría la suficiente claridad para pensar? —Connor dirige la mirada en dirección al sonido del riachuelo—. Ni una sola pisada —masculla.

    —Lleva sangre real, no sufrirá los efectos de la hipnesis como nosotros.

    —Todavía no ha cumplido los dieciocho.

    —Mierda, mierda, mierda. —Liam señala un segundo juego de pisadas.-

    —Recarguemos la reserva de agua y movamos el culo antes de que ocurra una tragedia.

    —Rastrearla no va a ser nada fácil —dice y vuelve a oler las plumas.

    —No hará falta. —Liam arruga el entrecejo—. Si está desorientada no dará con las lucídidas.

    —¿No estarás pensando en ir a Purgius o sí?

    La determinación en la mirada de Connor responde a su pregunta. Liam maldice y echa a andar tras su gemelo.

    🍃

    Laurence avanza con sigilo. La fetidez que mana del fantagnos lo orienta pasillo a través. Detiene la marcha en cuanto distingue al par de guardianes. Esos no iban a ser tan sencillos de manipular como la heredera. «Niñata estúpida». La idea de deshacerse de la princesa cobra intensidad. Desde luego, primero se ocupará de la maldita virreina. La boca se le hace agua al imaginar lo suculenta que le resultará la sangre real. Después irá a por la zorra de Nairea y, de postre, el engendro de la naturaleza. Él no hacía caso a profecías ni supersticiones. Poco le importaba la fantasía que su pueblo había tejido respecto de la primogénita; derramaría su sangre y la de cualquier merilov que se interpusiese en su camino con tal de obtener lo que le correspondía. Adoptó forma animal y se lanzó a por sus presas.

    🍃

    Berenge avanza a zancadas. El hedor ferruginoso le eriza la piel; el silencio se le clava en el corazón como cientos de alfileres candentes. El crujido del manto colorido de plumas al aplastarse le encoge el estómago. Un gemido lejano la empuja a correr. La escena que la recibe enardece su sentido del honor. La bestia que acorrala al guardia contra la pared, da un giro imposible y se abalanza sobre ella. La joven pliega las alas y da una voltereta atrás; rueda sobre sí y se incorpora tambaleante con las garras listas para atacar. A sus pies las flores que llevaba consigo yacen aplastadas. La distracción le brinda tiempo suficiente al guardián para desenvainar la espada. El grito de su abuela casi le detiene el corazón. Con el pulso a todo galope se eleva en dirección al torreón norte. Los efectos de la primera fase de la hipnesis se hacen sentir. Por una fracción de segundos se desorienta. El ruido de la reyerta la obliga a mirar hacia abajo. Los rebeldes habían atravesado la muralla del castillo brumoso. La situación es mucho peor de lo que se imaginaba. Agita las alas en un intento de imprimirse velocidad. Lo único que consigue es agotarse casi hasta el límite.

    Posa los pies en el pequeño balcón a duras penas. Avanza y atraviesa el umbral. La habitación permanece en penumbras. El hedor le revuelve las tripas.

    —¿Abuela?

    —Mi pequeña —dice la anciana con voz grave.

    —Te ves tan… —Ella titubea unos segundos antes de permitirse dar el primer paso—. Diferente.

    La virreina se aproxima. El brillo de  sus iris es menos deslumbrante.

    —Efectos del maldito fantagnos, querida —dice en voz muy baja.

    Berenge estornuda una, dos, tres veces. Un escalofrío le recorre de pies a cabeza. La piel se le eriza. Su cuerpo responde ante la amenaza que perciben sus sentidos y que su mente aún no procesa.

    —¿¡Qué hiciste con mi abuela?!

    La anciana sonríe con malevolencia. En segundos la piel arrugada se resquebraja y termina sustituida por una densa capa de pelaje oscuro. El rostro se deforma y un hocico surge en lugar de la aguileña nariz. Las fauces ocupan el espacio de los labios femeninos y la hilera de dientes   casi triplican su tamaño.

    —¿No se os ocurre que pude haber hecho con ella, alteza? —La voz casi gutural de la bestia le provoca una sensación de vacío en el estómago.

    —Laurence…

    —A vuestras órdenes.

    La criatura da un salto inesperado hacia ella; la joven recula. Lanza el brazo derecho al frente; las garras alcanzan a penetrar la gruesa capa de pelos.

    —¡Aléjate!

    La criatura emite un sonido entre rugido y risa burlona; segundos más tarde se lanza a por ella. La joven reprime el quejido que amenaza con escapársele al chocar contra el suelo.

    —No tenéis oportunidad.

    —Eso está por verse —masculla y le clava las garras en el abdomen.

    La bestia  usa sus zarpas contra los brazos de Berenge. Débil por el esfuerzo y los efectos de la segunda fase de la hipnesis, la joven apenas logra evitar que las fauces de la bestia se cierren alrededor de su garganta.

    La lucha desigual le pasa factura a la heredera de Eternitus. Una lágrima furtiva le recorre la mejilla. El lupirión la recoge con la lengua  y se regodea con el aroma del miedo que exhala en cada jadeo.

    El grito se le hace familiar y la catapulta de vuelta al presente. Parpadear es un verdadero incordio y las náuseas no tardan en apoderarse de su garganta. Connor se aleja del portal; Liam lo sigue de cerca. El lupirión articula alguna palabra que se termina desvaneciendo en los predios de la muerte.

    —Quitádmelo de encima, por favor —suplica la joven mientras se esfuerza por no vomitar.

    Liam recoge la daga y empuja el cuerpo de la bestia. El lupirión inicia la transmutación a fantagnos.

    Consciente del riesgo que implica enfrentarse a un espíritu sediento de venganza, Connor desenvaina su espada y tras varios golpes secos, le escinde la cabeza. El cuerpo combustiona y deja un cúmulo de cenizas que se convierten en polvo con lentitud.

    —Bebe —Le ofrece Liam a la joven.

    Ella niega con la cabeza. Harto de la actitud malcriada de Berenge, Connor suelta la espada, le arrebata el recipiente a su hermano, lo destapa y le presiona las mejillas a la joven de tal forma, que la obliga a abrir la boca y a beber.

    —Serás… —tose repetidas veces—. ¡Bruto! —espeta y se pone en pie.

    Liberada de la hipnesis, recobra buena parte de sus habilidades.

    —No pretendo incordiar, pero ten en cuenta que nos has complicado mucho las cosas —dice recogiendo la espada de su gemelo—. Agradece que en medio de todo, sigues siendo su prioridad.

    Berenge le lanza una mirada asesina.

    —Nadie te ha pedido tu opinión —reprocha Connor—. Cierra esa bocaza que tienes.

    El príncipe pone los ojos en blanco y le entrega la espada; luego da media vuelta.

    —Después no digas que no te echo una mano.

    —¿A dónde crees que vas? —Berenge le corta el paso.

    Liam extrae de la bolsa que lleva atada a la cintura, un ramillete de flores que abren y cierran los pétalos como si sus capullos palpitaran.

    La joven se sonroja. El recuerdo de las flores que había dejado caer la abofetea. Además de debilucha era una verdadera ignorante. ¿Cómo no se había fijado que las flores que ella había cogido no palpitaban?

    —Si me permites —dice el joven y la esquiva—. Voy a ocuparme de que la virreina sea liberada.

    —Lo lamento, Liam. —El príncipe hace un gesto con la mano libre y avanza hacia la cama.

    Connor se le acerca; Berenge sigue con las mejillas arreboladas.

    —Soy una inútil.

    —Eres malcriada, no una inútil. Azotarte no sirve de nada —dice y le retira un mechón del rostro—. Lo importante es que reconozcas el fallo y rectifiques.

    —¿No me odias?

    —Me exasperas más veces de las que me gustaría, pero ¿odiarte? No me has dado motivos de peso para ello.

    Ella da un paso hacia él. Connor le mira la boca;  traga saliva y asciende hasta fijar los ojos en aquella mirada escarlata.

    —En agradecimiento, ¿aceptarías  que te invite a comer? Podemos pasar un rato muy agradable, me comportaré, lo juro —asegura con tono seductor.

    —Mira, yo… este —Connor desvía la mirada.

    Berenge se vuelve. La expresión de la reina de la tierra del tiempo eterno, augura una tempestad.

    —¿Cómo te atreves a dirigirte al príncipe en esos términos? ¡Serás confinada en tu habitación lo que resta del verano!

    —¡Mamá!

    Connor se interpone entre ambas a riesgo de que cualquiera de las dos o ambas inclusive, le claven las garras.

    —Vuestra hija no ha roto el protocolo, majestad —asegura el príncipe—. Ambos la hemos autorizado a que nos trate con familiaridad.

    —Habéis hecho mal, alteza —reprocha con severidad.

    —¿Ahora qué hiciste, hermano? —pregunta Liam mientras sujeta a la virreina que va junto a él.

    —Madre —susurra Nairea con voz trémula.

    —¡Abuela!

    Berenge corre y abraza a la anciana. La virreina responde al gesto con cierta solemnidad.

    —Venga ya, no me he muerto. Aparta el dramatismo, ninea.

    El apelativo cariñoso le anega los ojos de lágrimas. Berenge traga varias veces. Logra recomponerse a duras penas.

    —¿Llevaréis a la virreina con vosotros? —pregunta Nairea—. Quizá Brianna podría asegurarse de que…

    —Estoy perfectamente bien, Nairea.

    Antes de que ambas mujeres se enzarcen en una pelea infinita, Berenge interviene:

    —Ven con nosotros, abuela —pide con suavidad—. Ya sabes que el protocolo se me da fatal. Además, mientras menos dolores de cabeza tenga la reina aquí, más pronto acabará de solucionar este asunto.

    La virreina levanta una ceja.

    —Solo me faltaba que tú también me tomes por estúpida, ninea.

    —Abu…

    —Abu una cornamenta completa de unicornios. El protocolo se te da a la perfección; otro asunto es que pases de él cuando te apetece. No obstante, como entiendo que has mentido en favor de colaborarle a tu madre, no te dejaré colgada de cabeza por demasiado tiempo. Ahora vamos, quiero a Eternitus en orden. Vosotros dos, ¡a qué esperáis? Abrid el portal hacia Enalterra.

    —Como ordene, mi señora —dice Liam, risueño.

    La virreina le da un cachete cariñoso.

    —Qué buen chico, si señor.

    —Informad cuando lleguéis al castillo —exige Nairea.

    —Así se hará, majestad —responde Connor justo antes de crear el portal.

    La reina asiente, satisfecha. Liam atraviesa el portal acompañado de la virreina. Berenge los sigue de cerca. De improviso se da media vuelta:

    —Entonces, ¿aceptas salir conmigo?

    El joven reprime la sonrisa y permanece todo lo serio que le permite el corazón; en cualquier momento el órgano va a salírsele por la boca como siga  palpitando así, a todo galope cual unicornio en estampida. «Si vuelves a pedirme que salga contigo, no respondo». El pensamiento se esfuma en cuanto divisa el comité de bienvenida que les espera del otro lado. Connor se dispone a observar y callar. Al menos esta vez ni él ni Liam eran responsables del embrollo. La lianta era otra y él no iba a perderse aquel espectáculo.

  • EXPERIMENTUM

    EXPERIMENTUM

    En un horizonte envuelto en fuego y sombras, una joven de mirada intensa observa el caos de una ciudad en ruinas. A su espalda, una silueta imponente y enigmática, vestida con casco y armadura, mira en silencio. Entre las llamas y edificios derruidos, surge una tensión palpable que parece vincularlos alrededor de un peligro inminente.

    Resumen

    En un futuro distópico donde la línea entre la evolución y la ética se difumina, Randra, una joven esentialis, presencia la cruda realidad de una sociedad dividida por el poder y la experimentación. Cuando una clase (constituída por individuos indispensables para la supervivencia de la élite)  se convierte en víctima de un sistema corrupto, Randra se ve obligada a tomar una decisión que cambiará su vida para siempre. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar para poner fin a la opresión y la desigualdad?

    Experimentum es una emocionante historia de ciencia ficción que te sumergirá en un mundo oscuro y lleno de secretos, donde la ética y la moralidad son puestas a prueba.


    Sácarac, 2055 d. CM.

    Randra procesó el último lote de alimentos sintéticos. Por el rabillo del ojo miró el reloj; faltaban cinco minutos para que terminara su jornada. El calor bajo el traje de seguridad le perló la frente de sudor. Detuvo la máquina y pulsó el botón. La voz sintética le dio la autorización y salió a prisa.

    Caminó pasillo a través en dirección al cuarto de intercambio. Colgó el traje, abrió su casillero y cogió la pequeña mochila. Echó un vistazo alrededor y después de asegurarse de que ningún obrero andaba por ahí, entró en el baño.

    El rostro andrógino que observaba en el espejo arrugó la nariz, juntó las cejas y apretó los labios. «Porquería de maquillaje», pensó mientras corregía el tono de piel. Usó el labial y cerró los ojos mientras fijaba el polvo con el sellador. Guardó el maquillaje y se aplicó el atenuador con destreza; enseguida sus rizos rebeldes se escurrieron, adoptando un tono azabache opaco que cubrió el bonito caoba oscuro de su pelo. Respiró hondo y asió el frasco de perfume. Pulsó el atomizador; odiaba el olor a químicos que se le impregnaba en la piel al utilizar ese maldito traje.

    La sirena de salida le aceleró el pulso. Revisó los lentes de contacto con rapidez, el derecho le molestaba horrores. Tragó saliva. La sed Hacía de las suyas. Cogió una esponja hidratante y se la metió en la boca en el instante en que abrían la puerta.

    —No sé cómo haces para finalizar siempre a tiempo y parecer recién salida de la ducha —dijo una de las obreras que entró.

    Randra se colgó la mochila con agilidad.

    —Cuestión de práctica —respondió y les guiñó un ojo.

    —Exigencias del curro nocturno —dijo otra—. Como llegue vuelta un asco la echan de patitas a la calle.

    —Eso también. En «Apocalipsis» son exigentes —dijo y apretó el paso.

    —No sé cómo trabaja en ese lugar —murmuró otra de las obreras.

    Las palabras le llegaron amortiguadas.

    —Mera supervivencia, querida —masculló para sí.

    Randra puso un pie fuera de la fábrica. La luz solar todavía no atenuaba su fulgor. Exhaló el aire y echó a andar. «Otro día más sin que me pillen», pensó mientras caminaba a zancadas hacia el transportador.

    El sicario verificó el monto recibido. 5 000 DIEC. Enseguida saltó la notificación del chat. Leyó el mensaje y frunció los labios. Deslizó los dedos sobre la pantalla y pulsó en enviar. Permaneció atento a la respuesta.

    La curiosidad lo impulsó a abrir el adjunto. Un cosquilleo desagradable le erizó la piel cuando se fijó en los ojos desiguales que le devolvían la mirada. El rostro de rasgos andróginos apenas representaba el principio de la adultez.

    El sonido de la notificación interrumpió el carrusel de pensamientos. «Maldito Ripe y su emporio». Envió la respuesta y bloqueó la pantalla. Giró la muñeca y miró el reloj. Faltaban quince minutos para que el sol se ocultara y la ciudad despertara del letargo diario.

    El sicario cogió los cuchillos y los envainó. Tiró del chaquetón que colgaba en el perchero y se puso las gafas oscuras. Entró en la cocina, abrió el congelador y pilló una tira de esponjas hidratantes. Aunque todavía tenía en existencia, se haría con otro lote. Después del Cataclismo Mundial, los agujeros en la capa atmosférica transformaron a la superficie terrestre en un infierno.

    El agua potable se había convertido en el activo de más valor, los alimentos escaseaban debido a la disminución de animales y vegetación. Si quería permanecer con vida no debía descuidar sus existencias.

    El ruido de las persianas automáticas lo invitó a asomarse al exterior. De pie en el salón, ignoró la palidez que le devolvía su reflejo en el cristal. Detestaba la idea de verse obligado a acudir al mercado negro. Constató que el ocaso se alzaba por fin y salió a cumplir con el último encargo, no iba a exponer su culo por mucho tiempo más.

    Ripe abandonó el despacho presidencial. Tomó el ascensor privado y descendió al sótano. Caminó por el pasillo y entró en el laboratorio. Fijó la mirada al frente. Contempló la escena que ocurría tras el cristal con una impasividad espeluznante.

    Experimentar con humanos estaba vetado por el Legislatium. Desde luego, esa restricción le tenía sin cuidado porque él presidía la organización y Zue-Lab, su corporación, financiaba las operaciones a lo largo y ancho de la región. En pocas palabras, él creaba las leyes y las violaba a conveniencia.

    La cámara empírica era un espacio aséptico e insonorizado. Sin embargo, no necesitaba oír; la expresión del sujeto de estudio era lo bastante elocuente como para percatarse de que sufría, probablemente, producto del dolor y las reacciones adversas que experimentaba su organismo.

    El sistema disparó la alerta naranja. Ripe apretó los dientes. «Puta mierda». Desde que cientos de enfermedades surgieron sin explicación aparente y la humanidad entró en un ciclo decadente del cual no había podido librarse, él, continuaba sin obtener los resultados que buscaba.

    El jefe del laboratorio se quedó petrificado al encontrarlo de pie junto al cristal. Tragó saliva y permaneció inmóvil.

    —Invierto DIEC a diestra y siniestra y tú sigues fallando. ¿Por qué no debería deshacerme de ti?

    El científico palideció. Sofocado por el traje y el nefasto resultado, sudaba como un cerdo. Un mínimo ademán de su inesperado visitante y se retiró la máscara protectora.

    —Estamos muy cerca —dijo en voz baja.

    —Llevo oyendo lo mismo durante los últimos tres años. Comienzas a agotar mi paciencia y la del sicario.

    —Hago… hacemos lo que podemos —se corrigió—. Hemos logrado alargar los períodos de inactividad del virus y…

    —Pero seguimos sin poder exponernos a la luz solar, teniendo que depender de esos… putos surtidores —dijo en voz alta—. ¿De qué nos ha servido acorralarlos y someterlos, si al final tienen el poder de…

    —Ellos no lo saben —interrumpió el científico—. Eso juega a nuestro favor. Mientras crean que surtirnos de su sangre es una excentricidad de la clase alta, los tendremos en nuestro poder y contaremos con tiempo y especímenes. Estamos cada vez más cerca.

    Ripe negó con la cabeza.

    —La organización de naciones Confederadas ha puesto la vista sobre nosotros. Las desapariciones y la dinámica de nuestro ecosistema actual no encaja con la mayoría y en la última reunión los delegados hicieron demasiadas preguntas.

    —Comprendo…

    Ripe lo acorraló en dos zancadas.

    —No, no has comprendido —dijo mientras lo cogía por el cuello—. El sicario insiste en abdicar y la ONC nos respira en la nuca. Tendrás una última oportunidad y más te vale no volver a fallar.

    El científico asintió con un leve movimiento de cabeza. Ripe lo soltó, se limpió las palmas en el propio traje de protección y abandonó el laboratorio con el rostro sombrío.

    Randra miraba por el cristal del transportador. La calle mostraba la misma cara de siempre: suciedad y desolación. Los despojados de estatus comiendo de la basura; los surtidores prostituyendo sus venas en el mercado negro. El corazón le dio un vuelco cuando atisbó aquella pequeñaja entre las zarpas de ese eliteum. ¿Cuánto tiempo más soportaremos esta miseria?

    Desvió la mirada porque no quería guardar el recuerdo de una muerte más en su memoria. «Maldita cobarde», se reprochó. Reprimió la lluvia de azotes morales que solía infligirse de vez en cuando. El timbre estridente del transportador la sacó de su ensimismamiento. Adoptó el semblante habitual que la caracterizaba y bajó en la estación.

    El sicario redujo la velocidad y estacionó una cuadra antes del «Apocalipsis». Apagó el motor y se guardó la llave en el bolsillo interno. Se apeó de la motocicleta y echó a andar hacia el callejón.

    Surtidores y eliteums realizaban transacciones sin darle la menor importancia a encontrarse en un callejón mugriento. Ubicó a su surtidora de confianza y apretó el paso.

    Randra caminaba a toda prisa. El tiempo se le había echado encima y como llegase tarde, no se libraría del idiota del supervisor. Maldijo al encontrarse con el callejón en pleno apogeo. Empujó aquí y allá para aproximarse a la entrada lateral y así escabullirse de las cámaras. Una vez adentro siempre podría inventar cualquier excusa.

    La vibración de los drones de vigilancia antecedió a la voz sintética que advirtió el arribo del escuadrón de seguridad. El caos convirtió el callejón en un pandemónium. Varios surtidores echaron a correr.

    Randra quiso evitar la marabunta. En el intento tropezó y empujó a una pareja que aún no finalizaba el intercambio. El sicario levantó la cara. De sus comisuras chorreaba parte de la sangre que todavía no había podido tragar.

    Ambas miradas se encontraron durante algunos segundos. Las retinas del sicario evocaron los recuerdos recientes. Empujó a la surtidora y avanzó hacia su presa. Randra reculó un paso. El cambio repentino en la expresión de aquel sujeto le disparó las pulsaciones. El destello de reconocimiento que advirtió en esas pupilas solo podía significar una cosa: la habían encontrado.

    Echó a correr sin mirar atrás. El sicario le pisaba los talones. A punto de abandonar el callejón la alcanzó. Tiró de la mochila y se la arrancó. La apresó desde atrás y chocaron contra la pared del local. Él desenvainó un cuchillo. Ella le asestó un codazo en el abdomen.

    El sicario aflojó el agarre de la empuñadura. Ella giró sobre sus talones y le asestó una patada en los huevos. Doblado sobre sí, no tuvo tiempo de evitar el rodillazo que le dio de lleno en la nariz.

    —zorrita hija de puta… —masculló y escupió sangre—. Te atraparé no importa lo que hagas.

    —Ya lo veremos —respondió y le asestó una patada en la cara.

    Las gafas del sujeto salieron despedidas. Los cristales, convertidos en esquirlas atravesaron la pálida piel. El sicario cayó de espaldas. Randra aprovechó para hurgar entre sus ropas. Cogió el cuchillo y el llavero Okionkay.

    Él reaccionó y la cogió por la muñeca. Ella le clavó el cuchillo en el antebrazo. Forcejearon durante algunos minutos. La voz del oficial los paralizó una fracción de segundos. Ella aferró la empuñadura y se hizo con el cuchillo. Lo arrojó en dirección al oficial y salió a la carrera. El uniformado esquivó el filo a duras penas y apuntó al sicario.

    —¡Sigue a la espectrum! —dijo a su compañero—. YO me ocupo de este.

    —¡Idiotas! —gritó el sicario—. Habéis jodido mi misión —mintió.

    Ambos hombres palidecieron al reconocerlo.

    —Te-teniente, Schrödinger.

    —Dame tu arma, inútil —ordenó y se la arrancó de la mano.

    Schrödinger echó a correr seguido por el par de oficiales.

    Randra avistó la Okionkay y amplió las zancadas. Trepó al asiento e introdujo la llave en el switch de encendido y la giró, pulsó el botón de arranque y metió la tercera marcha. Pisó el embrague y empujó. Arrancó a toda velocidad justo cuando el par de oficiales le salió al paso. Esquivó a la pareja e ignoró las voces de alto.

    Schrödinger disparó. Falló cada tiro. La hija de puta lo había podido joder. El pulso le temblaba y el dolor en el rostro no le permitía pensar con claridad. Maldijo a Ripe mil veces y a sí mismo por no haber cortado por lo sano antes.

    La fugitiva tomó la autovía principal seguida por el escuadrón de la seguridad nacional. El uniformado que conservaba su arma de reglamento disparó. La llanta trasera explotó y Randra casi pierde el control de la motocicleta. Activó el sistema de suspensión. El oficial volvió a disparar. El olor a combustible se le filtró por la nariz y le revolvió el estómago.

    Soltó el manillar; el viento y la velocidad hicieron el resto. Otro disparo rozó el tanque y el chispazo desencadenó la explosión. Por fortuna la motocicleta no había logrado altura y la vegetación amortiguó el impacto.

    Randra rodó sobre sí. La fetidez le provocó arcadas. El sonido del agua le encogió las tripas. Estiró los brazos buscando asirse para evitar caer al río. El estómago le dio un vuelco en el momento en el que esa mano pálida la sujetó con firmeza.

    —Te lo advertí —susurró Schrödinger.

    —¿Teniente? ¿La encontró? —La voz del oficial se oía lejana.

    —¡Cayó al río! Informad a la central que hemos perdido a la fugitiva.

    Randra miró al sujeto boquiabierta. Schrödinger le sostuvo la mirada y arrugó el entrecejo. Se inclinó sobre ella y le frotó la piel del rostro con el pulgar. Abrió mucho los ojos al distinguir el tono alabastro que ocultaba el mejunje oscuro que simulaba la piel de una espectrum cualquiera.

    —Fija la mirada o quítate las lentillas —le exigió.

    —No sé de qué hablas —mintió Randra.

    —No me hagas perder la paciencia —amenazó con el arma—. Quítatelas.

    Ella obedeció. Schrödinger clavó la mirada en los iris desiguales y soltó una ristra de imprecaciones. Randra se encogió y cerró los ojos un instante.

    —¿Vas a llevarme con él? —preguntó resignada.

    —¿Con quién?

    —Ripe. ¿Acaso no te envió él?

    El teniente entornó los ojos.

    —¿De qué hablas?

    Ella abrió los ojos. La incredulidad se mezcló con la desconfianza innata que solía acompañarla día y noche desde que su familia entera desapareció.

    —Eres un cazador, ¿no?

    —¿Cazador?

    Ella se incorporó. Las sirenas se oían cada vez más lejanas.

    —No tienes pinta de ser un idiota —masculló.

    —Más respeto. Todavía puedo volarte la cabeza.

    Ella fijó la mirada en el cañón y asintió tragando saliva.

    —Llevas razón, disculpa —dijo a regañadientes.

    —¿Qué historia es esa de cazadores? Trabajo para Ripe como limpiador, sicario si lo prefieres.

    Randra negó con un balanceo casi imperceptible. La condescendencia se asomó en su mirada.

    —Quizá no eres idiota, pero sí muy ingenuo. ¿Esperas que crea que no tienes idea de qué hablo?

    El rostro de Schrödinger se ensombreció. La mocosa lo estaba sacando de quicio.

    —Lo que creas me tiene sin cuidado. Ahora, responde mi pregunta de una puta vez, niñata.

    —Los ejecutores, limpiadores, sicarios… vamos, oficiales bajo las órdenes de Ripe, esos encargados de las OLPS, son cazadores, ni más ni menos. Esas supuestas «Operaciones de Limpieza de Perturbadores Sociales», no son más que cazas encubiertas.

    El teniente abrió y cerró la boca. ¿Habría sido tan idiota para tragarse las historias de Ripe? Apuntó a la chica. Ella no parpadeó.

    —me estás queriendo decir que cazan… cazamos personas? ¿Para qué?

    Ella asintió con la cabeza en un movimiento sutil.

    —Experimentum…

    Schrödinger bajó el arma.

    —Eso es un mito. Además, No tiene sentido, yo siempre le entregué cadáveres.

    Ella se encogió de hombros.

    —No siempre tienes que estar vivo para que experimenten contigo.

    Él se le quedó mirando unos segundos. El asco le revolvió las tripas y contuvo las arcadas a duras penas.

    —¿Cómo es que sabes todo esto?

    —¿Qué más te da? Hace nada ibas a matarme, ¿no? Es a lo que te dedicas, a asesinar.

    El teniente gruñó, exasperado.

    —Mira, una cosa es limpiar el ecosistema de perturbadores sociales con el fin de garantizar la paz y nuestra prevalencia como especie y otra muy distinta participar en esa aberración de experimentos humanos. Jamás Hice sufrir a ninguno de mis objetivos —dijo en voz baja—. Se suponía que era por una buena razón, ¿lo entiendes? Ripe nunca me dijo…

    Al teniente se le quebró la voz. Le dio la espalda para recomponerse.

    —Quizá tú no, pero él y sus científicos sí y si nadie lo detiene… Condenará a toda Sácarac a la extinción.

    Schrödinger se estremeció. Randra sopesó sus posibilidades. Quizá si admitía la verdad ganaría tiempo a su favor y por qué no, un aliado. Usó su propia camiseta y se limpió el resto del maquillaje.

    —¿Por qué debería creerte?

    El teniente volvió el rostro para enfrentarla. Clavó los ojos en ella.

    —Puedes entregarme o rebelarte contra este maldito sistema.

    —¿Eres una esentialis? Se supone que sois una quimera.

    —la verdadera quimera es la teoría de nuestra extinción. Desaparecimos a la vista de nuestro enemigo, pero seguimos entre vosotros.

    Schrödinger desvió la mirada. A lo lejos, las pocas estrellas que aún brillaban en el manto nocturno competían con las luces de la ciudad. La esentialis aguardó en silencio. La espera se le hacía tortuosa. ¿Habría cometido un error?.

    El teniente inhaló y exhaló muy hondo antes de devolverle la mirada. Hervía de rabia por haberse tragado el anzuelo de Ripe y, al mismo tiempo, experimentaba un desasosiego inusual.

    En apenas unas horas todo su sistema de creencias se desmoronó como un castillo de naipes. Perdió el norte y el sentido de su existencia tal y como la había concebido. Esa niñata había puesto su mundo de cabeza.

    —¿Me entregarás? —preguntó con voz trémula.

    El miedo que escondía aquella interrogante lo sacó de sus cavilaciones. La observó con detenimiento. ¿Cómo podría alguien considerarla una amenaza mortal? Lo averiguaría sin duda.

    —No… Por ahora.

    —¿Qué harás conmigo?

    Schrödinger puso el seguro del arma y dio un vistazo alrededor.

    —Mantenerte a buen resguardo mientras me ocupo de resolver este embrollo. Es mejor que todos te sigan dando por muerta. Después… ya veremos.

    Randra disimuló el alivio; no contaría puntos a su favor hasta no estar segura de que aquel eliteum no la llevaría directo a las fauces del lobo. Él le hizo un ademán para que lo siguiera. Abandonaron las márgenes del río.

    —¿A dónde vamos?

    —Al único sitio en donde Ripe no se le ocurrirá buscarte.

    Ella lo miró ceñuda.

    —Ni siquiera sé cómo te llamas.

    —Schrödinger.

    «Vaya si le queda el nombre«, pensó y aceleró el paso para no quedarse atrás.

    Ripe permanecía sentado tras su escritorio con las yemas de los dedos juntas y los ojos fijos en la pantalla. Las imágenes de la persecución permanecían estáticas.

    Un par de golpes atrajeron su atención. La puerta del despacho presidencial se abrió despacio. Ataviada con el uniforme de Zue-Lab, su asistente precedía a la visita que estaba esperando.

    —El teniente Schrödinger, señor.

    —Gracias, puedes retirarte. No voy a necesitarte hasta mañana.

    La asistente asintió con un gesto leve y cerró la puerta tras de sí.

    —¿Visita oficial? —Dijo y lo invitó a sentarse con un ademán.

    Schrödinger permaneció de pie.

    —La ONC quiere respuestas.

    —Yo también las quiero —dijo y desvió la mirada de vuelta a la pantalla—. ¿Por qué no cumpliste el encargo?

    —De hecho lo hice. El objetivo fue eliminado —respondió en voz muy baja.

    Ripe se levantó y rodeó el escritorio en dos zancadas.

    —Te pago 9 000 DIEC para que te hagas cargo de una labor que cualquiera de tus compañeros haría gustoso por su salario convencional. ¿Cómo esperas que confíe si no me entregas pruebas?

    El teniente se cruzó de brazos y entornó los ojos.

    —Qué más da? Un cadáver más uno menos… No entiendo la insistencia con el tema de los cuerpos. Soy un oficial…

    —Eres un maldito sicario a mi servicio y si te pago por un sujeto, quiero al sujeto, ¿se entiende? —espetó Ripe.

    La conversación que había tenido con la esentialis tres noches  atrás surgió desde un rincón de su memoria. El tono hostil de su interlocutor despertó la rabia que llevaba aletargada a marchas forzadas. Mantener la serenidad le estaba exigiendo más de la cuenta.

    —¿Para qué? —preguntó en voz alta.

    —No te pago para hacer preguntas —dijo y volvió a su sillón.

    —Tampoco para exponer mi culo mientras permanece ahí sentado sin que la mierda lo salpique. Le advertí que las desapariciones llamarían la atención si continuaban a ese ritmo. Esta vez no…

    —Un encargo más —dijo y carraspeó con suavidad—. Te pagaré 18 000 DIEC si te ocupas de traerme al siguiente sujeto con vida.

    —¿Qué tiene de especial para que lo quiera con vida?

    —No es tu asunto, pero para tu tranquilidad, es un alborotador de los despojados. Lo queremos con vida para mantener las zonas rojas en calma —mintió sin reparo

    El teniente advirtió el engaño. Aquella oferta ocultaba un trasfondo oscuro que descubriría antes de que la ONC le pusiera precio a su cabeza. Ripe acababa de firmar su sentencia sin apenas darse cuenta y él se encargaría de ejecutarla.

  • DUNAY: EL DESIERTO DEL SILENCIO INFINITO

    DUNAY: EL DESIERTO DEL SILENCIO INFINITO

    Resumen

    Liam y Connor no dejan de meterse en líos; esta vez, han arrastrado a la heredera del reino de las hadas de plata. Los gemelos no han estudiado para sus exámenes en el mundo mortal y pretenden ubicar los Cyrgüiles (frutos del conocimiento perenne) que solo se dan en el oasis de la luz perpetua; paraíso escondido en Dunay, el desierto del silencio infinito. la pequeña Amoena, hija de Caléndula y Napellus, abrirá el portal que los llevará a su destino. El problema es que su falta de experiencia los conducirá al desierto del silencio infinito y los dunayros no son conocidos, precisamente, por su amabilidad.

    Tercera entrega de la serie «Crónicas de Enalterra».


    En un paisaje desértico y sombrío, dos gemelos armados aguardan con determinación. Frente a ellos, una criatura enorme (mitad escarabajo mitad escorpión) azul, amenazante, se prepara para atacar. Sobre ellos, una pequeña hada luminosa observa con preocupación, mientras detrás del insecto gigante, una criatura de barro y piedra ruge, envuelta en furia bajo un cielo oscuro y cargado de misterio.

    Liam y Connor intercambiaron una mirada cómplice. Segundos después se dejaban arrastrar hacia el otro lado del portal tras la pequeña Amoena; aquella era una expedición ida por vuelta. Ni su madre ni Gult ni Caléndula tendrían por qué enterarse. Volverían para la cena y todos tan felices.

    Apenas aterrizaron del otro lado supieron que algo iba muy, pero que muy mal. El calor era sofocante y la hediondez perturbadora. La penumbra hacía difícil distinguir lo que tenían a un metro de distancia. Ambos gemelos se miraron. Abrieron la boca una, dos, tres veces. Movieron los labios, tensaron el cuello, chocaron las palmas, el miedo los recorrió de pies a cabeza. No cabía duda, estaban en el desierto del silencio infinito. La vibración que percibieron bajo los pies los alertó del peligro. Nada que fuese lo bastante pequeño causaría una sacudida tan colosal. Connor señaló los platinados mechones que danzaban a unos cuantos pasos; la pequeñaja brincoteaba mientras agitaba sus alitas y hacía palmas, ajena a lo que se les avecinaba.

    —¡Corre! —articuló Connor mientras señalaba en dirección de Amoena.

    Liam negó con la cabeza.

    —Tú. —Lo apuntó con el índice y luego se volvió.

    Al seguir sus movimientos y ver lo que se les aproximaba, Connor no lo dudó. Corrió en dirección a la chiquilla, la levantó como si fuese un saco de patatas y corrió todo lo que le permitía la arena.

    Liam se plantó frente al enorme escarpión. Tras dar un vistazo alrededor, exhaló un suspiro. No había ni una roca. Nada que pudiera usar como arma. Probaría lanzar un pequeño conjuro distractor. Al menos así su hermano tendría tiempo de sacarle ventaja al bicho. Solo esperaba que a ningún dunayro le diese por pasearse por allí.

    El insecto levantó la cola y lo apuntó con el aguijón. El líquido viscoso le rozó el muslo izquierdo. Liam maldijo y trastabilló. Debilitado por la potente ponzoña cayó de culo.

    Connor se detuvo para recuperar el resuello. Lidiar con la pequeña hada resultaba más difícil de lo que imaginó. Pese a su estatura, era fuerte e inquieta. Apenas había podido adelantarse un poco. Correr y luchar para que la chiquilla no se escabullera de sus brazos eran dos tareas incompatibles.

    Con los ojos desorbitados al ver la sombra que se cernía sobre Liam, Amoena movió sus deditos, extendió las alas y salió disparada. Connor salió tras ella. Abrió y cerró la boca; gritar no le serviría de nada, más que para perder aire. El corazón le dio un vuelco al ver a su hermano acorralado entre la arena y aquel bicho gigante. Recordó que se había guardado el boli en el bolsillo y tomó nota mental de agradecerle a Gult que fuese tan pesado con el tema de no salir a ningún lado sin protección. En cuanto lo sostuvo en la mano, el objeto adoptó su apariencia real.

    Elevó la espada y lanzó el mandoble con todas sus fuerzas. El cuerno que casi ensarta a su hermano se clavó en la arena. La bestia se sacudió como posesa. Otro chorro ponzoñoso salió en dirección a Connor. La pequeña hada remontó el vuelo y arrojó un hechizo aturdidor. Las alas de la criatura se despegaron de su caparazón.

    Ágil como un colibrí, Amoena captó la atención del bicho el tiempo suficiente como para que Connor ayudara a Liam a ponerse de pie. El rostro del joven había adoptado un tono verduzco muy alarmante.

    El escarpión se elevó unos centímetros sobre el suelo. El fuerte aleteo provocó una tormenta de arena que camufló su posición.

    La pequeña hada hizo un giro para volver con los gemelos. En ese instante, las dunas se estremecieron. Connor temió que otros escarpiones hubiesen despertado de su letargo. Las siluetas que iban cogiendo forma delante de sus narices le sentaron como una patada en el hígado. La suerte no podía ser tan cabrona. una decena de dunayros emergieron de las profundidades del desierto y la expresión de sus rostros mostraba lo enfadados que estaban.

    Gesticulando a gran velocidad, Naboirg, abordó a los adolescentes:

    —Habéis invadido Dunay y lesionasteis a uno de nuestros guardianes sagrados. Nuestra soberana ha contactado con el castillo y ni la reina Brianna ni su consejero han respondido a nuestras preguntas.

    Connor quiso responder. No obstante, como la diplomacia le interesaba tan poco, jamás aprendió a comunicarse con la lengua gestual de Dunay; por tanto, apenas si pudo captar el mensaje.

    —Nimos a oasis —intervino Amoena.

    —Ha sido un pequeño accidente —añadió Liam.

    Connor tiró del pantaloncillo corto de la pequeña y la apartó de la trayectoria de los brazos que pretendían apresarla.

    —¡Excusas! Habéis violentado el protocolo y deberéis pagar un precio —gesticuló Naboirg y a medida que hablaba, salpicaba granos de arena y virutas de cristal.

    El suelo vibró con más fuerza. Del resto de dunas emergieron más escarpiones. La fetidez hizo que el aire fuese casi irrespirable. La penumbra se volvió más densa. Era hora de salir de allí, si es que se le ocurría alguna estrategia.

    Como si les hubiese podido leer el pensamiento, Amoena agitó los deditos, extendió los brazos hacia arriba y un portal surgió sobre sus cabezas. La fuerza que manaba desde el otro lado los obligó a recular. El oasis de la luz perpetua era un lugar que todo dunayro evitaba de ser posible. La pequeña ascendió y atravesó la brecha.

    Algraim et selvet eireen trug.

    Connor sujetó con fuerza a su hermano mientras con la otra mano aferraba la espada y el conjuro los elevaba directo a la brecha.

    🍃

    El sonido de algunos pájaros se impuso a la melódica bienvenida del agua brotando a borbotones. Connor inspiró hondo. El olor a hierba mojada le cosquilleó en la nariz. Abrió los ojos y los cerró de golpe. La luminosidad le provocó una punzada incómoda. Se frotó los párpados y llamó a su hermano en voz baja:

    —¿Liam?

    No obtuvo respuesta. El pulso se le aceleró. Se incorporó y abrió los ojos despacio. Dio un vistazo. Se levantó de un salto al distinguir el pequeño cuerpecillo de la niña. Temió que el esfuerzo hubiese sido demasiado para la criatura. Pensar en el dolor que le ocasionaría a Caléndula si Amoena moría, le produjo una culpa que se le clavó en el corazón. «¿Cómo hemos podido ser tan irresponsables? ¡¿Cómo he podido ser yo tan irresponsable?! Le daba igual que la culpa no sirviese de nada; que azotarse solo minase su ánimo y su espíritu. Si no hubiese mencionado lo de usar los recursos mágicos para obtener el conocimiento que deberían haber obtenido estudiando como cualquiera, no estarían metidos en aquel embrollo.

    Revisó a la chiquilla. El alivio que experimentó al percatarse de que respiraba y que solo permanecía en un sueño profundo le quitó miles de toneladas de peso de los hombros. Dio otro vistazo. La agradable sensación se esfumó enseguida. Liam yacía despatarrado un poco más allá. El tono verduzco de su piel se había intensificado y la manera en que su pecho apenas se movía le abrió las puertas al terror. Si perdía a su gemelo no se lo perdonaría jamás.

    —¿Qué puedo hacer? —masculló mientras se mesaba el pelo y deambulaba entre Amoena y Liam.

    Frenó en seco. La visión de aquel fruto de color violáceo casi le desorbita los ojos. Corrió hacia el árbol. Los intentos por desprender la fruta con una roca no sirvieron de nada. Paseó los ojos hasta que divisó la espada. Consciente de que la savia del Cyrgüil era cáustica, cortó las ramas con cuidado. El aroma penetrante de la fruta se le impregnó en los dedos. La acidez de la pulpa lo hizo salivar y le anegó los ojos.

    Masticó y tragó tan rápido como pudo. El jugo le corrió por las comisuras y le irritó la piel. Evitó frotarse con las manos enrojecidas. Cuando hubo engullido el último trozo, avanzó a zancadas hacia el riachuelo que rodeaba el pequeño claro donde se encontraban.

    A cada paso que daba, experimentaba los efectos del fruto. El conocimiento perenne se abría paso en su psique. Tras el primer trago de agua fresca ya sabía cómo salvar a Liam del envenenamiento.

    Minutos después de haberle administrado el antídoto a su hermano, una borrasca le advirtió que ya no estaban solos. Se volvió despacio sujetando la espada con firmeza. Parpadeó varias veces. La incredulidad lo dejó sin palabras. Ahora sí que estaban metidos en un problema muy gordo.

    🍃

    Gult aterrizó con Brianna en su lomo, seguido por Caléndula y Napellus. La reina de Enalterra dio un salto y corrió hacia Liam. Connor abrió la boca; la mirada de Brianna lo persuadió de excusarse. Arrodillada junto al joven rompió en un llanto silencioso que a Connor le encogió el corazón.

    —Estáis metidos en un problema muy serio —advirtió el consejero.

    Caléndula y Napellus se ocuparon de su hija y solo cuando se cercioraron de que se encontraba fuera de peligro relajaron la hosca expresión.

    —Nell-Dunayr está furiosa y no es para menos —dijo Napellus—. ¿Qué pretendíais?

    Liam abrió los ojos. Pese a tener la garganta como si hubiese tragado piedras ardientes, confesó su travesura:

    —Es culpa mía. —tosió y se incorporó con ayuda de Brianna—. Convencí a Amoena de que nos trajese al oasis…

    —La culpa es mía por proponer que usáramos los cyrgüiles porque no estudiamos y tenemos examen mañana. —Connor manoteaba inquieto—. Si suspendíamos la prueba, el entrenador se lo diría a mamá y nos dejaría sin el gran partido.

    Liam asintió con las mejillas arreboladas; el color verdoso de su piel apenas era una sombra tenue. Desvió la mirada hacia la pequeña y palideció. La preocupación se le dibujó en el rostro y los ojos se le anegaron, aunque no derramó una sola lágrima.

    —Solo está agotada —explicó Caléndula al ver su expresión—. Es más fuerte que otras crías de su edad, pero no lo bastante como para afrontar semejante esfuerzo sin quedar exhausta.

    Ambos jóvenes se relajaron, al menos respecto de la pequeña. Claro que, la sensación no les duró demasiado.

    —¡Ni os creáis que os vais a librar de reparar esta falta!

    El rugido del consejero espantó a un grupo de aves que permanecían en las ramas del Cyrgüil.

    —Recuerda lo que hablamos —dijo Brianna; Gult resopló y gruñó—. Me encargaré de este asunto.

    —Así sea, majestad.

    La reina se puso de pie y encaró a sus sobrinos.

    —Habéis corrido un peligro innecesario, os habéis saltado las normas, pasasteis por encima de lo que os hemos inculcado respecto del uso de la magia y los recursos enalterrenses. —Ambos jóvenes abrieron la boca; ella alzó la palma—. No solo os quedaréis sin el gran partido; desde este momento tendréis prohibido el uso de la magia, no tendréis acceso a recursos de enalterra de ningún tipo y os tendréis que ocupar de cuidar de los guardianes sagrados de Dunayr durante un mes completo.

    —Mamá… —protestaron ambos a la vez.

    —¡Mamá un cuerno de petrovarius!

    Gult abrió muchísimo los ojos. La reina no solía perder la compostura con frecuencia, pero cuando lo hacía, era mejor no atravesarse en su camino.

    —Obedeceréis y como os pille en alguna de las vuestras, os enviaré con Nairea a la tierra del tiempo eterno. A Berenge le encantará vuestra compañía.

    —¡No puedes hacernos eso! —protestaron de nuevo.

    —Puedo, claro que sí. Y será mejor que no me sigáis calentando la poca paciencia que me queda.

    Los jóvenes pusieron los ojos en blanco. Sin embargo, a sabiendas de que lo mejor era guardar silencio, se mantuvieron con la boca bien cerrada.

    —¿Algo que agregar? —preguntó Gult sin perderlos de vista.

    Liam y Connor negaron con la cabeza.

    —Yo si tengo algo que añadir —dijo Brianna y subió a lomos de su consejero—. Mas vale que no suspendáis ni una sola de las asignaturas o me veréis muy enfadada.

    La amenaza quedó flotando en el aire. Gult alzó el vuelo sin siquiera despedirse.

    Siuf, volt et camsaig —pronunció Caléndula.

    Un portal se formó con rapidez. La joven lo atravesó con Amoena en brazos. Del otro lado, la pradera verde azulada despertó la sensación de añoranza en Connor. Era hora de volver a casa.

    —Será mejor que me sigáis, chavales —propuso Napellus.

    Connor dio un paso adelante con el hada muy de cerca. Liam, en cambio dijo algo bajito, se agachó y lo cruzó un par de minutos después con una sonrisa traviesa en los labios.

    Al día siguiente

    Liam y Connor se miraron estupefactos. Ambos seguían con la hoja en blanco, incapaces de responder una sola pregunta. El profesor recogió las hojas; al verlas sin un solo trazo, chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Los jóvenes bajaron la mirada, resignados. La bronca que les esperaba iba a ser de magnitudes épicas.

    Brianna los esperaba con el motor encendido. A Connor lo miró de soslayo, a Liam por el espejo retrovisor. El escrutinio los puso nerviosos.

    —En casa tengo algo para esos labios agrietados. Tanto cítrico no os sienta nada bien —dijo y los jóvenes palidecieron—. Por cierto, no sé si Gult os lo explicó, quizá no.

    —¿El qué? —preguntaron con voz trémula. —Esa sonrisita de su madre les puso los pelos de punta.

    —Los cyrgüiles pierden todo su efecto en el mundo mortal —dijo en voz baja y pisó el pedal.

    Ambos jóvenes maldijeron su mala suerte. Ahora no solo estaban seguros de que suspenderían varias asignaturas, la peor parte era que tendrían que pasarse todo el verano ocupándose de entretener a la insoportable de Berenge.

  • CALÉNDULA: EL VALOR DE LA DIFERENCIA

    CALÉNDULA: EL VALOR DE LA DIFERENCIA

    Resumen

    Caléndula, una joven mitad hada y mitad humana, nunca ha sido aceptada en Enalterra. Cuando la espada sagrada Solkeium es robada, la envían a recuperarla más como castigo que como misión de honor. Su búsqueda la lleva al mundo mortal, donde un chico aparentemente común le ofrece ayuda… y esconde un secreto capaz de cambiar el destino de ambos mundos.

    Perseguidos por tanarianos, atrapados entre dimensiones y enfrentados a una verdad que puede destruirla, Caléndula deberá decidir si sigue sirviendo a un reino que la desprecia o si forja su propio camino.
    Una aventura de magia, identidades prohibidas y valentía nacida de la diferencia.


    Bajo la luna llena, dos hadas se miran intensamente en un balcón. Ella, de cabello rojo y figura curvilínea, viste una blusa verde. Él, con piel lavanda y cabello blanco, lleva un traje azul oscuro con detalles dorados. Él sostiene su rostro con delicadeza, mientras el fondo muestra sombras de torres en la noche, envolviendo la escena en un aura mágica y silenciosa.

    Caléndula echó a correr escaleras arriba tan rápido como su peso se lo permitía. El destello de la espada la guiaba en la oscuridad. Extendió las alas. Rompería la primera norma: no mostrar su naturaleza feérica en el mundo mortal, aunque, en realidad, siendo mestiza, tampoco es que quebrantaba la norma del todo. Quiso despegar en vertical, pero la falta de práctica y la gravedad jugaron en su contra; trastabilló y dio de bruces contra el suelo. Ailek aprovechó la caída y se escabulló por la puerta directo a la azotea del museo.

    La joven hada se incorporó con esfuerzo y retomó la persecución. En cuanto atravesó el umbral una red mágica le cayó encima. Envuelta en un capullo casi irrompible quedó suspendida de cabeza mientras el príncipe tanariano huía con la espada de Minok.

    —¿Ahora sí estás dispuesta a recibir la ayuda de un miserable mortal? —preguntó un joven de aspecto desgarbado—. O dejarás que el orgullo te gane la partida.

    Caléndula resopló, exasperada, mientras se revolvía como un insecto atrapado en una telaraña.

    —Tú ganas —masculló—. Si logras sacarme de aquí, aceptaré que me ayudes.

    —Trato hecho. Eso sí, no me vayas a salir después con que los mortales no podemos ir a tu mundo y bla, bla, bla.

    —Un trato es un trato —respondió con las mejillas arreboladas por el esfuerzo al intentar zafarse—. Libérame y te llevaré conmigo a Enalterra.

    —¿Lo prometes?

    —¡Sí! Ahora, sácame de aquí, si es que de verdad puedes.

    El joven enarcó una ceja.

    —Eres demasiado incrédula. Quizá debería…

    —¡Libérame! Anda, —pidió jadeante—. Me disculpo por dudar de tus capacidades.

    El joven cabeceó una vez. Luego rodeó la trampa varias veces. Extendió el brazo y tocó las hebras de la red. La sensación pegajosa le dio una idea.

    —Aguarda aquí —dijo y salió disparado.

    —Como si pudiese irme a alguna otra parte.

    Caléndula cerró los ojos un instante. Se reprochó por haber sido tan impulsiva al ofrecerse a cumplir una misión imposible ¿y para qué? Para nada. Al final, como siempre, Abrus la hizo a un lado En cuanto vio a su hermana. Obnubilado por la belleza de Mancinella, ni siquiera había tenido el gesto de darle las gracias. Olvidó de inmediato su sacrificio; claro, ¿quién era ella? nadie. Una mestiza regordeta incapaz de moldear la plata sin destrozar el metal. La culpa había sido solo suya por dejar que le comiera la cabeza una vez más y la enredara en sus problemas. Una sensación desagradable se le asentó en el estómago. De pronto, el calor se le hizo insoportable. Abandonó el hilo de pensamientos autocompasivos y abrió los ojos. Lo que vio, la dejó sin habla.

    Frente a ella, el joven desgarbado sostenía un artilugio moderno del que no recordaba el nombre. Lo había visto alguna vez en las clases de artes del fuego no convencional. Detrás del pequeño cristal que llevaba incrustado la gran máscara, los ojos cerúleos del joven brillaron con determinación. Parpadeó varias veces. Algo en esa mirada le resultaba familiar, solo que no lograba definir de qué se trataba. Alejó la idea de su cabeza y se concentró en el cacharro.

    —¿Estás seguro de lo que piensas hacer?

    —Absolutamente. Tú, confía en mí. Te sacaré de ahí, cueste lo que cueste.

    Caléndula elevó una plegaria para que, entre otras cosas, el fuego de aquel aparatejo no le quemase las alas. Por su parte, el joven se dedicó a calentar la red. Tras varios minutos las hebras se cristalizaron. En segundos, una reacción en cadena convirtió la pegajosa trampa en un capullo firme que se resquebrajó al primer golpe. Incapaz de luchar contra la gravedad y de remontar en vuelo por encontrarse de cabeza, la joven hada optó por hacer uso del único recurso que tenía a mano. Un secreto bien guardado que no compartía con nadie: magia antigua enalterrense, evidencia de que por sus venas también corría sangre real, además de la humana.

    Evait cug elj ataig —dijo en voz muy baja.

    El conjuro impidió que se estrellara contra el suelo de la azotea, aunque igual se golpeó la frente con el barandal.

    —¡Joder! —exclamó el joven—. Menuda forma de aterrizar. Debiste usar tus alas, ¿no?

    —No soportan mi peso, ¿acaso no me has visto bien? —masculló con las mejillas arreboladas.

    El joven la miró de arriba abajo, luego se rascó la barbilla, meditabundo.

    —Sí que parecen pequeñas. ¿Pueden ejercitarse?

    Caléndula se quedó algo perpleja.

    —No hablas en serio.

    —¿Por qué no? Si tienen tendones como otras partes de tu cuerpo, no veo por qué no puedes fortalecerlas para que las uses a plenitud.

    El hada se apoyó sobre las rodillas algo tambaleante. Él le tendió una mano como apoyo. Caléndula titubeó unos segundos; finalmente se asió, insegura. Temía arrastrarlo consigo de vuelta al suelo. Mayor fue su sorpresa al ver que, pese a su apariencia, el joven no se había movido ni un ápice. Era mucho más fuerte de lo que hubiese imaginado.

    —Creíste que era un debilucho, ¿verdad?

    Ella se sonrojó al verse descubierta.

    —No he dicho nada.

    —No hace falta, tu cara lo dice todo. Anda, vamos a ese mundo tuyo o jamás podrás recuperar la reliquia.

    —Nunca te he dicho qué buscaba.

    El joven puso los ojos en blanco. Disimular se le había hecho costumbre.

    —Tengo ojos en la cara, por si no te habías fijado. Vi lo que ese sujeto cogió del museo. ¿Y qué se exhibe en los museos? Reliquias.

    Caléndula entornó los párpados. El recelo y la desconfianza se abrieron paso desde su inconsciente. No obstante, se esfumaron con rapidez. Un trueno retumbó en lo alto; un ventarrón surgió de la nada. Nubes densas, de color morado oscuro se enroscaban como inquietos espirales que no tardaron en tapizar la bóveda celeste. La joven hada levantó la vista. La grieta dimensional que se formó sobre sus cabezas se expandía con demasiada rapidez. La palidez se apoderó de sus mejillas.

    —¡Corre! —gritó.

    —Ni sueñes que voy a abandonarte —exclamó y la rodeó por la amplia cintura.

    La novena ola terminó de abrirse y una fuerza descomunal los levantó como si fuesen un par de plumas.

    —¡Sujétate a mí con fuerza!

    —Nada me separará de ti, eso puedes jurarlo —le dijo muy cerca del oído.

    En segundos la magia los envolvió y los arrojó hacia el otro lado.

    🍃

    El ruido ensordecedor de la batalla junto al olor metálico de la sangre y la fetidez de los excrementos sacudió sus sentidos. La llanura que antecedía al bosque de álamos plateados que mantenía oculta la montaña de Airgid estaba tapizada de restos y sangre. La muerte de Minok había desatado el caos en algunos reinos de enalterra.

    —¡Despliega las alas! —pidió el joven.

    —¡No servirá de nada! Nos estrellaremos sin remedio.

    —¡Hazlo! Termina de quitarle poder al miedo que otros te sembraron. ¡Ábrelas!

    Caléndula titubeó una fracción de segundos. A medida que la vista del paisaje se aproximaba a ellos a toda velocidad, pensó que no perdía nada por intentarlo. Al menos uno de los dos podría tener una oportunidad. Lanzó una orden silenciosa hacia los apéndices que colgaban de su espalda. El primer intento fue inútil; el segundo apenas si logró un leve estremecimiento; el tercero, con el suelo a punto de recibirlos en un abrazo mortal fue decisivo. Las alas cristalinas se desplegaron en toda su extensión. El tirón le robó el aliento. El vendaval se estrelló contra sus alas y la velocidad de caída disminuyó de manera significativa. Un crujido, seguido por un dolor agudo e insoportable le llenó los ojos de lágrimas. El alarido que brotó de entre sus labios ensordeció a su acompañante. Ambos se inclinaron hacia un lado. Por fortuna, el viento amortiguó el resto del descenso. La pareja chocó contra unos arbustos espinosos que se hallaban en dirección sur respecto del enfrentamiento.

    Un rugido atravesó el campo de lado a lado. El rumor de la reyerta era estremecedor. Llenos de arañazos y espinas lograron incorporarse. El joven se fijó en las alas de la feérica. Una parecía haber resistido, en cambio, la otra lucía algo caída.

    —¿Te duele mucho? —dijo señalándole las alas.

    Ella inspiró hondo y asintió con la cabeza.

    —Sanará —masculló conteniendo las lágrimas.

    —¿Y si no?

    —Tendré que cortarlas.

    —No hablas en serio. Dejarías de ser un hada.

    —Jamás he sido una verdadera hada de plata —dijo con amargura—. Es lo que te diría mi reina, incluso mi propia hermana.

    —Eso es cruel —replicó el joven.

    Ella intentó encogerse de hombros; el dolor la persuadió de hacerlo.

    —¿Acaso la vida no es cruel en sí misma?

    El joven abrió la boca para replicar. Un nuevo rugido, ahora más cercano, interrumpió sus intenciones. El hada se quedó boquiabierta en cuanto tuvo frente a sí al consejero real y a la reina Brianna.

    —¿Os encontráis bien? —preguntó la reina; el cúmulo de arrugas que se le formaron alrededor de los ojos daba cuenta de su preocupación.

    —¿Dónde están vuestros compañeros de armas? —gruñó Gult con impaciencia.

    —Calma —pidió la reina y hundió los dedos en la melena leonina—. Necesitan un tiempo para recuperarse.

    Caléndula hizo sendas reverencias y casi pierde el equilibrio producto del dolor del ala. El consejero real intercambió una mirada con el joven desgarbado que Brianna pilló al vuelo, aunque la joven hada, más ocupada en seguir el protocolo, ignoró por completo.

    —La reina Adelfa solo me ha enviado a mí, consejero —respondió y clavó los ojos en el suelo.

    —Eso es absurdo —protestó Brianna—. ¿Cómo es posible que Adelfa haya sido tan inconsciente? ¿Acaso no valora ella a su pueblo? ¿Qué clase de reina envía a una adolescente sola a enfrentar al heredero de Minok? ¿pero acaso es que se ha vuelto loca?

    Gult carraspeó.

    —Este no es momento para esos cuestionamientos, majestad

    Gritos desgarradores se impusieron durante un instante a la conversación.

    —Llevas razón, como siempre —reconoció la reina—. Entréganos solkeium y os podréis marchar de vuelta a vuestro sidhe.

    —No-no-no la tengo en mi-mi-mi poder.

    —Lo que quiere decir es que alguien más la robó —intervino el joven desgarbado—. Ella no tiene la culpa.

    El consejero rugió. El joven dio un paso atrás y se colocó a modo de escudo para proteger al hada.

    —Permite que se expliquen —ordenó la reina a su consejero.

    —Quien debe darnos muchas explicaciones es Adelfa, majestad. No un hada mesti… bueno de plata —se retractó al notar el gesto sombrío de la reina—. Y este… No sé ni cómo llamarlo.

    —Acompañante —interrumpió el joven

    —Lo que sea. El punto es que la reliquia sigue fuera de nuestro alcance y es indispensable obtenerla antes de que sea muy tarde.

    El firmamento se oscureció de improviso.

    —Perdonad que os lo recuerde, pero solkeium debe retornar a la forja o guardarse en nuestra cámara, es lo que manda la ley airgídnica, majestad.

    Brianna observó a la joven en silencio; en el fondo reconoció para sí que le complacía que se hubiese atrevido a señalarle el desliz.

    —Transmítele a Adelfa que mi deseo es que solkeium desaparezca.

    —Así se hará, majestad —aseguró la joven.

    Gult desplegó sus alas. La reina subió a su lomo con rapidez.

    —Volved a Airgid. Y advertidle a vuestra reina que más vale que tenga una buena explicación para haberos expuesto a tanto peligro.

    —Me comprometí a recuperar la reliquia y no cesaré hasta lograrlo. Perdonadme de nuevo si os desobedezco, majestad—dijo Caléndula antes de echar a correr en dirección a la nube de tanarianos que se aproximaba desde el oeste.

    —¡Aguarda, Testaruda inconsciente! —gritó el joven y echó a correr tras ella.

    Reina y consejero siguieron con la mirada a los dos jóvenes hasta que los perdieron de vista.

    —Espero que la testarudez de esa jovencita no la meta en más problemas de los que ya tiene —dijo el consejero y despegó con Brianna.

    —Espero lo mismo. Ahora tratemos de ganar un poco de tiempo para ellos, a ver si la suerte nos acompaña y la joven hada logra su propósito.

    —De acuerdo, cógete fuerte que vamos directo a la tormenta tanariana.

    🍃

    Caléndula se detuvo a fin de recuperar el resuello. Delante de ella, un pelotón de tanarianos avanzaba con Ailek a la cabeza. El joven desgarbado le dio alcance y tiró de su brazo para sacarla de la trayectoria.

    —¿Te volviste loca?

    Ella lo miró con los ojos encendidos.

    —¿No me dijiste que me deshiciera del miedo? Eso es lo que estoy haciendo ahora.

    —Me refería a que no te dejaras paralizar, no a que te lanzaras de frente a una muerte segura.

    —Prefiero morir como valiente que seguir viviendo como una cobarde de la que todos se burlan.

    El joven quiso detenerla; Caléndula lo esquivó y fue al encuentro del hijo de Minok que se había apostado en el claro que limitaba el bosque de los reflejos.

    —Vaya, tanto tiempo sin verte —ironizó Ailek—. Parece que no quedaste muy contenta con nuestro último encuentro o me equivoco.

    El hada plantó bien los pies en el suelo y se cruzó de brazos.

    —Robaste una reliquia que has de devolver.

    —La espada de mi padre me pertenece.

    —Sabes bien que no funciona así. Una vez fallecido el dueño de un arma forjada por nosotros, debe fundirse o pasar a formar parte de nuestros tesoros. Más vale que me la devuelvas. La reina Brianna dio orden de que…

    —Me importa una mierda lo que diga Brianna.

    —¿Es la reina de Enalterra!

    —¿Y qué?

    —¿Cómo que y qué? Sus deseos deben satisfacerse y ha sido muy clara, quiere que solkeium desaparezca.

    —Y si no obedezco ¿qué pasaría? ¿Vas a obligarme a devolvértela? No seas ridícula. Si ni siquiera eres capaz de volar. —La miró de arriba abajo con desdén—. No sé como la reina Adelfa no te ha ofrecido en sacrificio al forjatorum.

    —La rechazaría de inmediato, demasiada grasa y, para colmo de males, mestiza —gritó uno de los soldados; el resto se echó a reír.

    A Caléndula le tembló el labio inferior. Los ojos se le anegaron en lágrimas. Aquel príncipe había descubierto su punto débil y lo explotaba a su antojo.

    —Oh, pobrecilla, pero si va a llorar y todo —se burló—. Te invitaría a colgarte de uno de los álamos platinados —dijo mientras veía de soslayo al más próximo—, pero ni siquiera sus ramas soportarían tu peso.

    Una lágrima furtiva se le escapó por el rabillo del ojo. El recuerdo del infructuoso intento horadó la fortaleza con la cual había revestido su inseguridad. En su mente, el crujido de la rama se repetía como una cantinela insidiosa. Las risotadas de los tanarianos revivieron el centenar de cicatrices que albergaba en su corazón tras tantos años de burlas y desprecio por parte de su propia raza.

    —Pobrecillo tú —espetó el joven desgarbado—, que necesitas defenderte con burlas hirientes, en lugar de enfrentarte como lo haría cualquier enalterrense con honor.

    Ailek acortó la distancia espada en mano; el joven se adelantó

    —¡¿Qué sabrás tú, miserable mortal, sobre el honor de Enalterra?!

    —Insúltame todo lo que quieras, tu lengua venenosa me importa un bledo. Te estás comportando como un cobarde —dijo y se colocó delante de Caléndula—. Enfréntate como corresponde.

    El príncipe tanariano hizo una señal. Enseguida uno de los soldados le arrojó una espada al joven.

    —Es un humano, violas la ley al inmiscuirlo en este asunto —advirtió el hada y se interpuso entre ambos—. Lucharé yo, es lo correcto.

    Caléndula se inclinó y recogió la espada.

    —Como prefieras. En todo caso, solo cambiará el orden de vuestras muertes.

    Los ojos verdes de la joven refulgieron. Recordó la vez en que había vencido a Mancinella justo por alardear tanto. Volvió la cabeza un instante. La mirada que le ofreció aquel mortal le insufló energía. Él confiaba en ella. Ya era hora de que ella confiara en sí misma, aunque fuese en una situación tan desesperada como esa.

    —¿Nadie te ha dicho que alardear es una muy mala señal?

    —¡Déjate de palabrerías estúpidas! Venga, terminemos con esto que quiero volver a casa.

    Ella cabeceó una vez y levantó la espada. El grácil movimiento sorprendió al tanariano. Ailek avanzó con fuerza y agilidad. ambas espadas chocaron. El chispazo provocó exclamaciones entre los presentes. Caléndula apretó los dientes. El impacto del golpe la obligó a contraer los músculos de la espalda. El dolor del ala lesionada le recorrió la columna de arriba abajo. Mientras valoraba a su oponente agradeció cada tarde que su padre la obligó a tomar clases con la espada. El recuerdo surgió desde lo más profundo de su memoria:

    «Que no puedas forjar una espada o cualquier otra arma no significa que no puedas aprender a usarlas. Enfocarte en lo que sí puedes hacer es más beneficioso que desgastarte porque no tienes la misma habilidad que otras criaturas. Lamentarte por aquello que no tienes, no te permitirá disfrutar de lo que tienes al alcance de la mano».

    El gruñido de su contrincante la catapultó al presente. La enseñanza de su padre aquel día guio sus movimientos. «aprovecha toda oportunidad que te brinde tu oponente. Por pequeña que te parezca, puede marcar la diferencia y otorgarte la victoria o salvarte la vida».

    Ailek volvió a embestir. La joven dio un paso atrás y flexionó las rodillas para absorber la fuerza del ataque. El príncipe creyó que la tenía a su merced y sonrió con malevolencia. Cogió la espada con una sola mano y la inclinó hacia adelante bajando la guardia. Ella aprovechó el descuido y embistió usando parte de su propio peso para infundirle más fuerza al mandoble.

    El tanariano trastabilló. Caléndula aprovechó la pérdida de equilibrio de su contrincante y conjuró un hechizo en voz muy baja.

    Livraij sithrek alm etrain.

    La espada Salió disparada por los aires a gran velocidad. Ailek quiso abalanzarse sobre ella. Sin embargo, el joven desgarbado le hizo una zancadilla que el tanariano no tuvo tiempo de esquivar. Dispuesta a dejarse la piel en el enfrentamiento, Caléndula levantó la espada. Dos tanarianos lanzaron sendas lenguas de fuego que apenas pudo evitar. Ailek aprovechó la distracción para aumentar la distancia entre ambos.

    En ese momento, solkeium se clavó en el tronco de un álamo platinado. El quejido del árbol centenario los paralizó durante un instante; el suficiente para que el mortal cogiese la espada.

    Ailek dio orden de atacar. No obstante, no contaba con la intervención de centenares de hadas de plata que surgieron del interior de los álamos intactos y que lo obligaron a retroceder. El enfrentamiento duró un parpadeo gracias a la ventaja numérica de las hadas.

    —¡Te juro, por la memoria de mi padre que esto no se va a quedar así, me las vas a pagar! —amenazó antes de huir seguido por sus vasallos.

    Caléndula exhaló un hondo suspiro y bajó la espada.

    —¿Quién lo diría? Al final resultaste más útil de lo que me imaginaba —dijo Mancinella.

    La presencia de su hermana le dio mala espina.

    —Así que esta es tu hermana —dijo el joven desgarbado posicionándose a su lado—. No me parece tan hermosa como dijiste, la verdad.

    Las mejillas de Mancinella adoptaron un tono casi purpúreo.

    —Coged a ese humano insolente —ordenó Abrus.—Un par de hadas lo sujetaron con cadenas de plata—. Disculpa, esto me pertenece —dijo y le quitó la espada de entre las manos.

    — solkeium no tiene dueño, la reina Brianna desea que desaparezca —reveló Caléndula—. Nuestra soberana debe ser informada de…

    —La reina Adelfa es quien decidirá el destino de este objeto, cuando se lo entreguemos, ¿verdad, Manci?

    —Por supuesto. —El tono empalagoso le revolvió el estómago a Caléndula—. Se la entregaremos enseguida y recibiremos todos los honores. ¿No es genial?

    Abrus asintió con la cabeza, embelesado con los ademanes de la joven hada.

    —Tu plan salió a las mil maravillas —admitió risueño—. De no ser por ti, habría terminado quien sabe cómo o en dónde.

    —Te dije que mi hermanita era la solución perfecta. —Mancinella la miró con altivez—. Ahora que se trajo a este debilucho —dijo desdeñosa—, nos libraremos de ella y mi familia ya no tendrá que bajar la cabeza.

    La revelación fue un balde de agua helada. Había una gran diferencia entre ser consciente de que el chico que le gustaba estaba colado por su hermana y nunca  le prestaría atención, y descubrir que entre ambos la habían engañado de forma tan vil sin importarle lo más mínimo lo que le hubiese podido ocurrir. Qué tonta había sido al creer que después de recuperar la espada la verían con otros ojos; que la aceptarían como una más.

    —Sois despreciables —espetó el joven mientras se debatía contra las cadenas—. Debería daros vergüenza.

    —Tu opinión vale menos que la nada —replicó Mancinella trenzándose de nuevo los mechones platinados—. Ahora marcharemos a la corte y acabaremos con este asunto.

    —Desde luego que este asunto será dirimido, pero no como vosotros dos pensáis.

    El cambio en el tono de voz del joven mortal les puso los pelos como escarpias.

    Caléndula se quedó boquiabierta y ojiplática; no daba crédito a lo que veían sus ojos. Si en lugar de estar allí, se lo hubiesen contado, habría tomado por desquiciado al que le narrase semejante historia.

    —¿Tú? Pe-pe- pero… —Abrus era incapaz de articular una frase entera.

    🍃

    La piel del joven desgarbado se agrietó como el cascarón de un huevo a punto de eclosionar. La membrana pálida que se asomaba debajo adoptó el característico color lavanda claro propio de las hadas de plata. Los músculos tomaron su forma y tamaño habitual y los trozos del cascarón cayeron al suelo convertidos en fino polvo platinado. los iris le cambiaron a un azul grisáceo. El pelo se le aglutinó en las cortas trenzas que solía llevar de puntas y de su espalda emergieron dos alas cristalinas cuyo reborde plateado reflejaba el brillo de las antorchas que sostenían algunos combatientes.

    —Alteza —musitó Caléndula mientras se inclinaba en una protocolar reverencia.

    Los ojos de la joven chispeaban como dos ascuas.

    —Déjate de formalismos ahora —exigió y se cruzó de brazos—. No estoy de humor para tonterías.

    Caléndula se irguió. sus iris reflejaban la tormenta que se avecinaba.

    —Pues si su alteza no está de humor, muy su problema. Os aseguro que a mí me llevan los demonios del inframundo y no sin razón.

    —No seas insolente, Caléndula —reprochó Mancinella—. Esas no son formas de hablarle a nuestro príncipe. ¿Por qué siempre tienes que avergonzarnos de esta forma? Si la reina se enterase…

    —¡Cállate! —exclamaron príncipe y hada al mismo tiempo.

    Del álamo donde se había clavado la espada de Minok surgió la reina Adelfa. Trajeada con la vestimenta de guerra y seguida por un séquito de guardianes forjadores.

    —¿De qué tendría que enterarme, jovencita? —Mancinella abrió la boca; sin embargo, Caléndula se le adelantó.

    —De que soy una insolente, majestad, por atreverme a hablarle a su primogénito sin reprimir mi temperamento.

    Adelfa enarcó una ceja y entornó los párpados.

    —Eso no me sorprende en absoluto, a decir verdad. Sois una mestiza sin abolengo. No se puede esperar demasiado.

    El comentario fue la gota que derramó la paciencia de la joven hada.

    —Pues esta mestiza sin abolengo recuperó a solkeium, cumplió vuestro encargo y, además, evité que la reina Brianna reclamase la reliquia.

    —¡Mentirosa! —Gritaron Abrus y Mancinella.

    —¿Esperáis que os crea? —Caléndula estaba tan furiosa que no reprimió su lengua.

    —Me importa un puerro venenoso si me creéis o no. Estoy harta… ¡Harta! —señaló a la reina con el índice—. De vuestros desprecios hacia los mestizos. —Adelfa iba a reprocharle las formas y la joven no se lo permitió—. Os creéis superior, cuando lo cierto es que sois una mestiza como yo. La diferencia es que mi madre se enredó con un humano y vuestro padre con una sílfide, a mí se me nota y vos lleváis la diferencia por dentro.

    —¿Cómo osas atreverte? Morirás por semejante ofensa.

    —¡Pues moriré con honor! Porque solo estoy diciendo la verdad. Mi madre me confesó vuestro origen antes de que la sacrificarais para ocultarlo y si no hubieseis sido tan mezquina, os habría guardado el secreto hasta el último día de mi existencia, pero no más.

    —¡Guardias! —gritó la reina.

    —¡Vas a condenarnos a todos! —gritó Abrus.

    —Ni te atrevas, madre —intervino el príncipe.

    —No te metas en esto, Napellus. He tolerado tus caprichos demasiado tiempo.

    Napellus se posicionó junto a Caléndula.

    —Sabes de sobra que no se trata de un capricho, madre. Llevo tiempo advirtiéndote sobre este par, sobre sus abusos y te has hecho la vista gorda, pero ya no más.

    —¿Te pondrás de lado de esa?

    —Esa tiene su nombre, majestad. Si le sirve de algo, no tengo ningún interés en que nadie se ponga de mi lado. La Caléndula que anhelaba pertenecer a vuestro reino dejó de existir —dijo con la voz quebrada por la emoción—. No quiero formar parte de una raza que castiga las diferencias; que desprecia lo que no comprende, que vive obnubilada por los prejuicios absurdos de una supremacía que solo existe en esas limitadas mentes de las que tanto os jactáis —vociferó sin quitarle los ojos de encima a Abrus y a su hermana —. No quiero pertenecer a vuestra sociedad mezquina, saturada de podredumbre de espíritu. Condenáis a los tanarianos, pero muchos de vosotros no sois tan diferentes.

    —Caléndula, por favor… —pidió el príncipe.

    La joven negó con la cabeza. Adelfa abrió la boca; sin embargo, Caléndula levantó una mano y le impidió pronunciar una sola sílaba.

    —No necesitáis molestaros en desterrarme, me largaré enseguida. Quedaos con la reliquia. Eso sí, al menos tened la decencia de cumplir con la voluntad de la soberana de Enalterra —dijo con las mejillas encendidas—. Por cierto, os manda a decir que espera que tengáis una buena explicación.

    —No puedes hacerme esto, hermana —chilló Mancinella—. Padre está muy enfermo y yo…

    —Tendrás que aprender a cuidarlo igual que hice yo en su momento.

    —¡No puedes dejarme, somos hermanas!

    —Hubieses pensado en eso cuando me usaste para ganarte el favor de la reina —espetó—. Hubieses recordado eso cuando decidiste que sería buena idea acusarme de traición por haber traído un mortal a nuestra tierra. Querías librarte de mí, ¿no? Pues lo has conseguido.

    La joven dio media vuelta. Las hadas se apartaron para dejarle vía libre. El murmullo ascendía en la medida que avanzaba. Algunos le daban la razón; otro tanto se disculpaba en voz baja. Un grupo menor al habitual cuchicheaba entre risitas. Levantó la cara y caminó con la frente en alto. Nunca más permitiría que la avergonzasen por ser quien era ni por su apariencia.

    —Espera, no te vayas así, por favor.

    Napellus le cortó el paso.

    —Dejad que me marche —dijo con voz trémula—. Reconozco vuestras buenas intenciones, agradezco las molestias que os habéis tomado, pero ahora mismo solo quiero alejarme todo lo que pueda.

    —No quise engañarte, lo siento, de verdad.

    Ella apenas cabeceó una vez.

    —Pero lo hicisteis —dijo en voz baja y pasó a un lado del joven—. Las buenas intenciones no evitan el dolor del engaño, alteza.

    —¿A dónde irás?

    Ella se volvió un instante.

    —A algún lugar donde las diferencias tengan valor.

    —Prometo encontrarte.

    Ella no respondió. Napellus la siguió con la mirada hasta que la perdió de vista.

    Tres meses después

    Caléndula avanzaba a zancadas. Como volviese a llegar tarde a sus clases de vuelo, El consejero real iba a enfadarse muchísimo. La joven hada atravesó el arco de los deseos. Gult se paseaba de un lado a otro. La inquietud del gran animal impregnaba la estancia con un matiz preocupante.

    —¡A buena hora apareces! —refunfuñó el consejero—. ¿Tengo que asignarte más clases de protocolo y diplomacia?

    —Pero si solo han transcurrido dos minutos, ¿qué es lo que te tiene tan nervioso?

    El consejero fijó la mirada; Caléndula se volvió en la misma dirección.

    —Hola, Caléndula.

    Tener a Napellus delante le pareció un espejismo.

    —Ahora ya sabes qué me tiene tan nervioso. Detesto las visitas sin previo aviso o invitación.

    —Lamento haberme personado de improviso. Mi intención jamás ha sido perturbar de manera alguna vuestra tranquilidad.

    —Vuestra madre se basta y se sobra para esa tarea —refunfuñó el consejero una vez más—. Así que doy gracias a los dioses porque su alteza pretenda ser más considerado.

    —No necesitas ser tan irónico, el príncipe no suele hablar por hablar.

    —Como sea —dijo y echó a andar hacia la gran puerta—. Os dejaré a solas, creo que tenéis mucho que deciros. Eso sí, ni por asomo te creas que vas a escaquearte de mis clases. Tarde o temprano aprenderás a volar o me cambiaré el nombre.

    —No pensaba hacerlo, ¿cómo crees?

    Gult soltó un gruñido y las puertas se cerraron tras de él.

    Napellus dio dos pasos hacia Caléndula.

    —¿No te alegras de verme?

    Ella suspiró y lo invitó a salir al balcón.

    De pie, bajo la noche aterciopelada cundida de estrellas titilantes, permanecieron en silencio durante algunos minutos.

    —No es que no me alegre, es solo que ya no soy la misma.

    —Eso se nota, créeme. Luces, distinta. Más…

    —¿Segura?

    Él negó con la cabeza.

    —Más hermosa. La luz que llevas por dentro ahora brilla con intensidad.

    —Por fuera no he cambiado casi nada; la ropa, la forma de arreglarme, quizá. En el fondo sigo siendo la misma.

    —Luces diferente y te sienta bien.

    Caléndula inspiró hondo. Por su cabeza pasaron miles de respuestas cáusticas; se las tragó todas. La verdad es que no había dicho nada impropio. En su mirada notó que hablaba con sinceridad. Se reprochó no haberse desecho de la costumbre de asumir que cada halago traía consigo una burla enmascarada.

    —No es necesario que despliegues tus encantos, estamos solos, de verdad.

    —Lo sé. Queda tranquila, ni estoy desplegando encantos ni creo que en palacio deseen espiarnos. No soy tan importante como mi madre. Solo he venido a cumplir con mi promesa, ¿recuerdas?

    Las palabras de Napellus resonaron en su mente y las mejillas se le encendieron.

    —Creí que…

    —Mentía, no me sorprende —dijo y se acercó un poco a ella.

    —Lo lamento.

    —No tienes por qué. En ese momento era natural que estuvieses llena de desconfianza hacia todo el mundo. La pregunta es: ¿sigues desconfiando?

    —Un poco sí, no voy a mentirte —confesó—. Aquí —hizo un ademán señalando el castillo—. Me han tratado con respeto y me han ayudado a superar muchas cosas. Pero sigo teniendo huellas, cicatrices invisibles que llevo en el corazón.

    —Me preocuparía si no fuese así. Con todo lo que tuviste que vivir no es para menos, faltaría más. Las heridas como las que te causaron no se borran como por arte de magia.

    Ella clavó los ojos en su mirada.

    —¿A qué has venido en realidad?

    —A cerciorarme de que eres feliz.

     —¿No te decepciona que no me transformara como suele pasar en los cuentos de fantasía?

    Él arrugó el entrecejo.

    —¿De qué hablas? ¿Te refieres a que no hayas cambiado tu aspecto? —Ella asintió—. A mí nunca me ha importado que fueses diferente al resto de hadas. Lo que valoro de ti lo llevas por dentro. No tiene que ver con tus carnes ni tu color de piel; con tus ojos o con esa melena de fuego díscola que nunca trenzaste. Y lo que llevas dentro de ti, hoy brilla como la más preciosa de las gemas. Justo esa diferencia siempre fue, es y será, lo que me atrae de ti.

    La caricia que le acunó la mejilla la estremeció. Sin darse cuenta uno se acercó al otro. Bajo la luz de la luna se fundieron en un cálido abrazo.

    —No deberíamos estar espiando —susurró Brianna inclinada sobre la melena de su consejero.

    —Chist, calla y déjame oír. Ya sabes que me encantan las historias románticas. Además, como le robe una sola lágrima lo devoro.

    —Ni se te ocurra —masculló—. Acabamos de firmar la paz y quiero pasarme otro par de años en el mundo mortal. No me gusta volver de improviso cada vez que algo se rompe por aquí.

    —Pero tendrás que volver para la boda, ¿no?

    Briana puso los ojos en blanco.

    —Calla o nos cargaremos la boda antes de que pidan su mano.

    —Llevas toda la razón.

    Reina y consejero espiaron gran parte de la noche mientras cada uno imaginaba cómo sería aquel enlace.

  • TENTACIÓN – Microficción al vuelo

    TENTACIÓN – Microficción al vuelo

    En el corazón del dormitorio, la penumbra se pliega como terciopelo alrededor de la pareja. La chimenea respira brasas lentas que encienden reflejos ámbar en los candelabros y hacen temblar la imagen del gran espejo antiguo, testigo mudo de promesas nocturnas. Él, de cabello oscuro y mirada contenida, contrasta la blancura de su camisa con la noche que los envuelve; ella, envuelta en negro y rojo, es un filo de elegancia y peligro, con el corsé ceñido, la falda breve y las botas altas marcando su dominio del espacio. Sus colmillos asoman en una sonrisa que no pide permiso, y el medallón rojo en su cuello late con vida propia. Se abrazan con una intimidad inflamable: él la atrae por la cintura, la mano asciende hacia su garganta en un gesto suspendido entre la caricia y la posesividad; ella se abandona a su pecho, una mano abierta sobre él, una pierna rodeándole la cadera como si reclamara el instante. Desde la ventana, la luna llena derrama su plata sobre el paisaje nocturno, sellando la escena con un resplandor antiguo. Todo parece contener la respiración, como si el tiempo mismo supiera que hay encuentros ineludibles.

    Levantó la mirada en cuanto percibió su presencia. La expresión de su rostro hablaba por sí sola; ni siquiera hizo preguntas.

    —Me marcharé en cuanto finalice el ocaso.

    —No es necesario, Puedes quedarte el tiempo que quieras, es solo que…

    —Que prefieres que me marche, lo entiendo. —Él negó con la cabeza; MENTÍA, ELLA LO CONNOCÍA BIEN.

    Le apoyó la palma sobre el pecho a la altura del corazón. La sed despertó más acuciante que nunca. La lujuria, como tantas otras veces, tejió  una red entre ambos que los conminaba a saciarse el uno del otro.

    —No tengo nada que ofrecerte más allá de un polvo ocasional. Mi corazón es incapaz de sentir, lo sabes.

    —Siempre tan honesto —dijo y se inclinó para rozarle la piel del cuello con los colmillos.

    —Esta será nuestra última noche, luego te marcharás —decretó y hundió los dedos en su cabellera para atraerla hacia sí.

    ella se relamió la gota de sangre que había arrastrado  con la atrevida caricia. Él maldijo en silencio porque justo en ese instante comprendió que la tentación por ella le había ganado la partida.

  • INCURSIÓN NOCTURNA

    INCURSIÓN NOCTURNA

    A ti,
    que, aunque pudiste robarme el corazón,
    Me obsequiaste con tu maravillosa honestidad

    Entre estanterías repletas de libros antiguos, la pareja parece suspendida en un instante fuera del tiempo, envuelta por la solemnidad de la biblioteca y la luz dorada de una lámpara que suaviza las sombras; al fondo, la gran ventana arqueada revela la ciudad nocturna, un tapiz de edificios iluminados que late en silencio. Él, alto y poderoso, viste de negro y blanco como una figura nacida del contraste, con el cabello largo y ondulado enmarcando un rostro serio tras el que emergen alas imponentes, blancas y negras, que insinúan una naturaleza angelical marcada por la oscuridad. Ella, ceñida en un traje negro que resalta su silueta, oculta su identidad tras una máscara del mismo color, dejando que solo sus ojos —ardientes y atentos— dialoguen con los de él; sus rizos rojizos caen libres sobre los hombros y el colgante rojo en su cuello brilla como un secreto compartido. Él la sujeta de las muñecas con una cercanía cargada de tensión contenida, mirándose con una mezcla de atracción, poder y misterio en un escenario íntimo donde parece estar a punto de revelarse una historia prohibida.

    Tenía un plazo de dos semanas para cumplir su cometido. En un día, se había ganado la confianza de un tercio de los empleados. En una semana, más de la mitad de la oficina confiaba en ella.

    Luego de analizar a profundidad la dinámica de cada uno de ellos y los niveles de seguridad, incluyendo al personal rotativo, pensó que sería pan comido. Lo único que le faltaba era ojear el despacho de la presidencia. Sabía que eso sería lo más complicado y, sin embargo, no le preocupaba lo más mínimo.

    «Si se pone muy difícil, con seducirlo me bastará», pensó para sí mientras maquinaba el plan que le llevaría a concretar su encargo.

    A pesar de ser tan talentosa, algo no andaba bien. Había cambiado de táctica varias veces durante los últimos cinco días y no lograba por ningún motivo colarse en aquella oficina. Siempre surgía una excusa, una reunión imprevista, algún evento que tiraba abajo toda su planificación.

    Le quedaban apenas veinticuatro horas. Tendría que filtrarse de noche y eso no le hacía mucha gracia. No era complicado, pero implicaba siempre muchos más riesgos. Tomó nota mental de no volver a aceptar trabajos a última hora de parte de aquel vampiro atorrante.

    «Si contase con un poco más de tiempo, habría podido aplicar la estrategia más antigua del mundo. Ningún tío, por muy poderoso que fuese, se resistiría a la posibilidad de echar un polvo con una tía buena como yo», pensaba, mientras abría las oficinas con la llave maestra que había robado unos días atrás. Lo estaba meditando mucho para su gusto.  En todo caso, ya se lo disfrutaría otra. Por alguna extraña razón, cada intento de acercarse a él había terminado en un fracaso rotundo. Ahora seducirlo ya no era factible y le parecía una verdadera lástima; era bastante atractivo. Ese metro ochenta le otorgaba una apariencia imponente.

    —Esas manos fuertes y ese rostro siempre tan apacible, mejor dicho, inexpresivo —se corrigió en voz baja mientras caminaba con prudencia hacia su destino.

    Entró con tanta facilidad, que le pareció un juego de niños. No entendía por qué se tejían tantas historias en torno a aquel hombre. Algunos le temían, otros solo lo respetaban. Las mujeres se derretían por él o, quizá, por su dinero. Para ella solo era un hombre más; atractivo y con poder, sin duda. Ahora bien, eso no tenía nada que ver con el don místico que le querían atribuir. En su trayectoria se había topado con todo tipo de criaturas oscuras y él no aparentaba ser una de ellas.

    Sumida en sus pensamientos y tratando de ubicar la caja fuerte, pasó por alto la presencia de alguien más en la oficina. Vino a darse cuenta cuando la puerta se cerró haciendo un suave clic.

    —Maldita sea —masculló.

    Durante un par de segundos sopesó la posibilidad de salir por la ventana.

    —No creo que sea una buena idea saltar desde esta altura. A menos que seas capaz de volar sin escoba y a mí me pareces una simple mortal. Habilidosa, desde luego, pero humana, a fin de cuentas —dijo la voz con tono socarrón.

    «¡Mierda! ¿Pero cómo puede ser?». Se preguntó. Estaba segura de que no había nadie allí; a él lo había visto marcharse en su limusina.

    —Kof kof… —Tosió todo lo bajito que pudo.

    «Bonito momento para ahogarte con tu propia saliva», se reprochó e inspiró hondo.

    —Eres mucho más atrevida de lo que imaginaba. —La intrusa advirtió la severidad de su tono.

    Le pareció que había cambiado de posición; sin embargo, ella no oyó ningún ruido.

     «¡Por lo menos pesa noventa kilos!», calculó en silencio mientras que, en la oscuridad, trataba de ubicar la puerta moviéndose con todo el sigilo que le permitían los nervios.

    —¿A dónde crees que vas? —susurró a sus espaldas.

    Dio un respingo. La dolorosa presión de aquella mano tan varonil le impidió alcanzar el pomo. Los dedos de él se entrelazaron con los de ella y la doblegaron con firmeza. La arrolladora presencia le aceleró el pulso. Su piel emanaba un calor difícil de describir. No era abrasador, tampoco sutil. El aroma masculino la envolvió.

    Un inusitado estremecimiento la recorrió de pies a cabeza. La cercanía entre ambos cuerpos la obligó a tragar saliva. Entendió por qué algunos le temían. Su voz tenía una cadencia hipnotizante. Intentó zafarse, pero fue inútil. Quería salir de ahí y, a la vez, no quería. Se reprendió por permitir que la tentación le nublase el raciocinio.

    —Hueles tan delicioso, tan apetecible —volvió a susurrarle muy cerca del oído.

    Le rozó la nuca con la nariz e inspiró profundo. Aquello había sido toda una declaración de intenciones. Ella procuraba resistirse, aunque la fuerza de voluntad le flaqueaba por momentos. El tono del sujeto rezumaba lascivia. ¿Acaso estaba loco? No intentas seducir a quien pretende robarte. No si tienes las tuercas bien puestas en la cabeza o, ¿sí?

    «Deja de plantearte lo que pasa por su cabeza y piensa cómo vas a librarte de esta», se reprendió de nuevo. El calor del cuerpo masculino le traspasaba la ropa. »¿De verdad quieres largarte sin darle una probadita?» La tentación le cosquilleaba en el estómago. Un hormigueo ascendía, vertiginoso, desde los dedos de los pies. La piel se le erizó y un rubor intenso le calentó las mejillas. Agradeció estar de espaldas a él.

    El ritmo acelerado de su respiración la puso nerviosa. Él afianzó el agarre con la mano izquierda limitando sus movimientos mientras que, con la derecha, descendía haciendo dibujos con la yema de los dedos.

    Delineó el cuello femenino y las clavículas. Bajó por sus pechos, jugando libremente con su forma, sopesando lo natural de su caída. Continuó dibujando círculos cada vez más pequeños, hasta alcanzar sus pezones. Primero uno, luego el otro.

     —¿Nadie te ha enseñado que no se toca sin permiso? —dijo con la voz entrecortada.

    Él percibió la tensión en el cuerpo femenino, los pezones erguidos y tan sensibles a su tacto que no pudo evitar sentir una punzada de deseo entre las piernas. Aun así, se apartó. Ella exhaló el aire y se volvió con rapidez. Él permanecía entre las sombras, tenso como un arco a punto de soltar una saeta.

    —Márchate —exigió en voz baja—. Espero que la próxima vez que intentes colarte en mi oficina seas más cuidadosa.

    —¿Hablas en serio? ¿Me dejarás ir así?

    —Yo no obligo a nadie a follar conmigo.

    —Ni falta que te hace —masculló ella y se maldijo por tener la lengua tan suelta—. Me refiero a que si me dejarás ir sin llamar a la policía —se corrigió enseguida.

    Él ladeó la cabeza como si sopesara la posibilidad de hacerlo.

    —¿Ahora es cuando intentas seducirme para que no lo haga?

    —Gilipollas —farfulló. —él soltó una risotada.

    —¿Acaso me equivoqué? —dijo y se aproximó a ella en dos zancadas—. Me parece que no. Por cierto, cuando te enfadas eres muy atractiva. Esa voz tuya me pone mucho. —Olisqueó como si fuese un sabueso—. Ni hablar de ese aroma —dijo casi en un ronroneo.

    Ella lo mantuvo a raya apoyándole la palma sobre el pecho.

    —No tan rápido, guapetón.

    —Vale —dijo y alzó ambas palmas hacia ella—. ¿tienes una condición, supongo. —Ella asintió con la cabeza, aunque luego se sintió algo estúpida por hacerlo—. Te escucho.

    —Si accedo a… ya me entiendes, contigo esta noche, no llamarás a la policía.

    —Follar —dijo acentuando las sílabas—. ¿Tienes reparo con la palabra?

    La interpelación la puso de mal genio.

    —¿Y qué si la tengo? Soy ladrona. Mi trabajo es robar, no acostarme con los objetivos.

    —¿Y entonces por qué vas a acceder a follar conmigo? —ella se ruborizó—. ¿Acaso me tienes lástima? Porque si es así, puedes irte tranquila, no necesitas negociar por tu libertad.

    Ella se le aproximó. Volvía a estar tenso.

    —No es lástima —dijo en voz baja—. La verdad es que… bueno, que me da morbo. ¿Contento? No es primera vez que la idea de seducirte se me pasa por la cabeza.

    —Me gusta la franqueza.

    —¿Y ahora qué? —La llamó con el índice.

    —Ahora vamos a terminar lo que empezamos.

    —¿Aquí? No hablas en serio. —Asintió con un movimiento leve de cabeza.

    La cogió por la cintura y se pegó más a ella. La hizo girar sobre sus talones hasta dejarla de espaldas. Le rozó el lóbulo de una de las orejas con el mentón. El cálido aliento le revolvió varios mechones con un soplo suave. Se estremeció de forma involuntaria.

    —Excitada me gustas más —susurró y la rodeó con los brazos.

    —¿Y si me resisto? —murmuró ella.

    —No pensé que te gustaran los juegos de ese estilo. ¿estás segura?

    —Quiero probar —confesó con las mejillas encendidas.

    —De acuerdo, juguemos.

    Ella echó la cabeza hacia atrás.

    —¿No piensas que estoy loca?

    —Un poco sí. Solo a una desquiciada se le ocurriría emplearse en una empresa como esta y luego robar al dueño.

    —Hablo en serio —dijo jadeante mientras él le acariciaba los pechos por encima de la blusa.

    —Si te refieres a tener sexo con un desconocido. No soy tan desconocido, en realidad. Puedo despedirte ahora mismo si te da reparos follar con tu jefe. En todo caso, eres libre de estar con quien quieras. ¿quién soy yo para juzgarte?

    Ella exhaló un suspiro. Pese a que la situación era el colmo de la extravagancia, había tomado una decisión. Si luego se equivocaba ya vería cómo asumir las consecuencias. Entró en su papel e intentó zafarse; no lo consiguió. Obtuvo una respuesta inesperada. Dio un leve respingo ante la sensación que le producía aquel dedo travieso deslizándose con habilidad entre sus piernas.  Contuvo un gemido y lo sujetó por la muñeca. Percibió de nuevo el mentón enredarse en su cabello.

    —Suéltame —logró decir entre jadeos.

    —No —respondió y acentuó los movimientos de aquel dedo experto.

    El mundo giraba y giraba dando mil vueltas. Cerró los ojos. El calor líquido entre sus piernas la sorprendió. él le susurraba sus intenciones. Imágenes decadentes se dibujaban en su psique. Batalló contra el estímulo de esa voz tan sugerente.

    —Déjame ir — dijo y ahogó un jadeo.

    —No —contestó y le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

    Le acarició los pechos, los pezones erguidos. Caricias que se acoplaban a los movimientos de aquel dedo perverso. Arqueó la espalda. El anhelo que se arremolinaba en su interior estuvo a punto de sacarla del juego.

    —No te abandones todavía, preciosa —le susurró.

    Intentaba resistirse, pero él no le daba tregua. Le rozó el cuello con la lengua, ahí donde le latía el pulso con más fuerza.

    —Juegas con ventaja —dijo con voz trémula.

    —Imagina cómo será cuando te quite la ropa —le dijo a media voz y la atrajo hacia sí—. Lo notas, ¿verdad?  Va a ser exquisito sentirte —susurró sin soltarla.

    Balanceó las caderas hacia adelante en un vaivén instintivo. Los dedos hábiles pellizcaban impacientes.  Ambas manos, la de ella y la de él, entrelazadas, seguían un ritmo enloquecedor. Dejó de pensar; no daba crédito, pero aquel hombre la llevaba al borde del precipicio. Segundos después alcanzó el clímax

    Las piernas le temblaban. Se había zafado de aquel abrazo; no obstante, él la cogió por la muñeca. Bajó la mirada un instante;  ahí estaba, con la cremallera abajo, sujetándose con firmeza. Se humedeció los labios. La imagen de sí misma hincada frente a él para saborearlo irrumpió en su mente.

    —Aún no —ordenó como si hubiese adivinado sus pensamientos.

    —Me marcho —dijo para probarlo.

    —No serás tan cruel para dejarme en este estado. Mírame —Ella se lo comió con los ojos.

    La atrajo hacia sí. Sus cuerpos chocaron un instante. Guio la mano femenina hasta que lo asió con firmeza y la indujo a masturbarlo. Le mostró cómo le gustaba y se sintió poderosa. Nada le resultaba más estimulante que verlo entregado al placer, con la respiración acelerada y con la petición dibujada en el rostro.

    Echó la cabeza hacia atrás y adelantó la pelvis. Un gemido trémulo precedió al líquido tibio y espeso que le corría entre los dedos y descendía despacio hacia su muñeca. Un par de gotas se estrellaron contra el suelo. Lo creyó distraído en medio del orgasmo y se movió con lentitud. La tenue luz que se filtraba por el ventanal le otorgó un matiz sobrenatural a la figura masculina. Ahogó un gemido. ¿Dónde se había metido? Dio un vistazo alrededor. ¿Acaso había alucinado? La sensación pegajosa entre sus dedos rompió la incertidumbre. Lo escuchó detrás de sí.

    —Aún no acabamos —dijo con voz burlona.

    Giró con rapidez y entornó los párpados. Lo vio frente     a la puerta, bloqueándole la salida.

    —¿Cómo diablos…? —masculló sin terminar la frase.

    Dio un paso a la derecha y él le impidió el avance. Se movió a la izquierda y se lo volvió a impedir.

    —¿Pensabas marcharte sin que te folle, preciosa? —preguntó y se quitó la camisa por la cabeza.

    Aún en penumbras, distinguió la imponente silueta. Sin embargo, lo que más la sorprendió, fue verlo erguido, como si unos minutos antes no hubiese pasado nada.

    —Hum…

    «Este tío no es humano, al final van a tener razón los que creen que tiene un poder místico». La idea la mantuvo boquiabierta unos segundos. Miró de soslayo por si pudiese alcanzar la puerta.

    —¿Algún problema?

    —No me lo tomes a mal, de verdad. Estás como un tren, pero…

    Se movió tan rápido que no alcanzó a ver nada. Una fracción de segundos después, estaba adherido a su cuerpo estrechándola en un abrazo apasionado mientras le comía la boca con avidez. Con la lengua hurgaba y la exploraba con habilidad. La besó y acarició con tanto arrojo que su mente hizo corto circuito durante unos segundos.

    —¿Qué eres? No eres un vampiro, tampoco hueles como un demonio —preguntó entre jadeos.

    —¿Acaso importa? Estoy a tu entera disposición —dijo y extendió los brazos.

    De alguna forma que no comprendía del todo, se había deshecho de la ropa de ambos. Ella paseó la mirada y suspiró.

    —Supongo que a estas alturas no importa demasiado. —Él sonrió.

    La levantó como si fuese una pluma. De un manotazo barrió los objetos del escritorio y   La dejó sobre la fría superficie. Reprimió un gemido. La piel se le puso de gallina. No habían transcurrido ni tres minutos y ya la tenía tumbada sobre aquella madera pulida.

    —¿Seguimos jugando a la resistencia? O te apetece algo más.

    Le respondió revolviéndose como si intentase escapar.

    —Muy bien, preciosa, sigamos jugando —dijo a media voz y la tomó de las caderas.

    La atrajo hacia sí y le separó las piernas con su propio cuerpo.

    —Suéltame —exigió fingiéndose desesperada, aunque su voz reflejaba algo muy distinto.

    —No —contestó y se deslizó en su interior con un solo movimiento.

    Metida en su papel reprimió el gemido que casi se le escapa. Se mordió el labio inferior para contener los jadeos. En un intento por continuar con la fantasía, fingió rebelarse. Le clavó las uñas en los brazos. Él levantó una ceja. El brillo que le iluminó la mirada vacía la hizo tragar saliva. ¿Se le habría pasado la mano? Sin mediar palabra, Hizo un ademán. Ataduras invisibles le rodearon las muñecas. Con otro gesto , las manos le quedaron por encima de la cabeza.

    Ella gimoteó, él respondió con una sonrisa perversa. El íntimo abrazo lo incitaba a moverse. Cada contracción involuntaria amenazaba con romper su autocontrol. La sensación de sentirse colmada por él le resultaba embriagadora. La asió con firmeza por las caderas   y adelantó la pelvis, una, dos, tres veces,  en un ritmo cadencioso que pretendía desatar su rendición.

    Iniciaron un duelo de voluntades. Ella se negaba a rendirse; él mantenía el asedio sobre su cuerpo. las sensaciones estaban a punto de romper su resistencia. «¡Muévete, por lo que más quieras, hazlo!».  Las palabras brotaban sin control dentro de su cabeza, una y otra vez.

    —Ríndete, preciosa. Pídeme eso que tanto deseas —le ordenaba mientras seguía empujando con parsimonia.

    La frotó con el pulgar. Círculos cada vez más pequeños la rozaban, una y otra vez, ahí, donde el placer parecía inagotable. Jadeó, gimoteó. Presa de las sensaciones, se retorcía, negaba con la cabeza. Movimientos casi espasmódicos le alborotaron la melena. La sujeción invisible desapareció. Se aferró los pechos y arqueó la espalda para no levantar las caderas e ir a su encuentro.

    Él aguardaba con deleite. Le fascinaba presenciar cómo se debatía contra su voluntad, cómo luchaba contra sus deseos más primitivos. A punto de perder la batalla, con el grito queriendo escapar desde su garganta,  Se contuvo mordiéndose un índice. Ahogó la súplica. La sensación de vacío le robó el aliento un instante. La frustración se mezcló con el anhelo en cuanto se deslizó fuera, rompiendo la íntima unión,  tan cerca de que alcanzase el clímax.

    —Veamos cuánto más puedes resistirte, preciosa —El cálido aliento sobre su pelvis le erizó la piel.

    Hurgó con dedos traviesos hasta que, por fin, halló lo que buscaba.  Presionó desde dentro mientras la acariciaba con la lengua desde fuera en un ritmo constante que amenazaba con llevarla a la rendición absoluta.

    —Maldito tramposo —dijo en un hilo de voz.

    —No imaginas cuánto —murmuró sobre sus labios resbaladizos—. Entrégate,  anda… Sé que lo deseas, pídemelo. —La suave letanía la tentaba.

    Ella cerró los ojos, arqueó la espalda y hundió los dedos entre los mechones gruesos, empapados de sudor. A punto de que el placer aplastara su voluntad, él volvió a detenerse. Le besó las ingles y ascendió despacio dejando un rastro de humedad sobre cada centímetro de piel.

    —Eres un…

    Él sonrió con malicia.

    —No te resistas más. Pídeme que te folle. —murmuró y le lamió los labios.

     Ambos sexos se rozaban con intimidad. La necesidad de sentirlo en su interior se volvía imperiosa. Él sabía que doblegarla no sería fácil, pero si algo había aprendido tras siglos de práctica, era tentar la psique de una mujer. Hizo el amago de penetrarla y ella contuvo la respiración, tensa como la cuerda de una guitarra a punto de romperse.

    —Dilo, nena; vamos, pídelo —La instigó con roces delicados alrededor del clítoris.

    —Fóllame —susurró tras un gemido ahogado.

    Exhaló de golpe el aire que llevaba contenido y le hacía arder los pulmones.

    —¿Perdona? No entendí qué dijiste. —continuó tentándola.

    —¿Me rindo! Fóllame, hazlo ya. —Cerró los ojos y obedeció gustoso.

    Ambos cuerpos se encontraron. Danzaron con desenfreno siguiendo la melodía que interpretaba el deseo primitivo que les palpitaba bajo la piel. Ella le rodeó las caderas con las piernas y le clavó las uñas en la espalda. El íntimo abrazo los catapultó al punto donde ya no habría retorno. Las pieles se rozaron, los gemidos se fundieron; saltar al abismo era el siguiente paso. Ella no se contuvo. Él no se esforzó por contenerla; en el fondo deseaba con locura dejarse llevar, disfrutar de perderse en aquel clímax y, una vez en la cima, volverse a encontrar con ella.

    Exhaustos sobre la alfombra, disfrutaban del letargo tras el orgasmo compartido. Ella jugaba con el vello de su torso, descendía con lentitud hasta rozarle el pubis y volvía a ascender.

    —¿Me darás alguna explicación si te la pido? —preguntó presa de la curiosidad.

    —¿Sobre qué?

    —¿Qué eres, por ejemplo? ¿Cómo puedes hacer lo que haces?

    —¿Hay alguien que no sepa follar?

    Se sentó a horcajadas como una amazona. Él le apoyó las manos en la cintura.

    —Hablo en serio —dijo y clavó la mirada en sus ojos, vacíos de expresión y de una negrura insondable.

    —No necesitas respuestas, ya has visto qué soy —replicó con naturalidad—. Confórmate con saber que no necesito ver para sentirte ni para reconocer a una ladrona consumada, por muy lista que sea.

    —Todos creen que eres un ciego muy adinerado; que ves más allá de lo evidente; que tienes dones místicos. Un ángel divino, dicen cuando te ven pasar.

    —Y lo soy. Que tenga el alma oscura es otro asunto que no le concierne a nadie. Además, cada quien cree lo que quiere.

    —¿Y tú qué crees? —Se inclinó sobre él para besarlo.

    —Que, si sigues provocándome así, voy a follarte otra vez.

    —No puedo contigo, ¿lo sabías? —Él le mordisqueó el labio inferior.

    —Eres una bruja consumada, claro que puedes conmigo. Y te lo voy a demostrar…

    La sensación de una caricia íntima la estremeció. Aquel par de dedos invisibles sabían cómo tentarla.

    —Glotón —murmuró sobre sus labios.

    —Bésame de una puñetera vez. —Ella rompió a reír.

    En un parpadeo, él se cernió sobre ella para devorarle la boca como si no hubiese un mañana.