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  • TENTACIÓN – Microficción al vuelo

    TENTACIÓN – Microficción al vuelo

    En el corazón del dormitorio, la penumbra se pliega como terciopelo alrededor de la pareja. La chimenea respira brasas lentas que encienden reflejos ámbar en los candelabros y hacen temblar la imagen del gran espejo antiguo, testigo mudo de promesas nocturnas. Él, de cabello oscuro y mirada contenida, contrasta la blancura de su camisa con la noche que los envuelve; ella, envuelta en negro y rojo, es un filo de elegancia y peligro, con el corsé ceñido, la falda breve y las botas altas marcando su dominio del espacio. Sus colmillos asoman en una sonrisa que no pide permiso, y el medallón rojo en su cuello late con vida propia. Se abrazan con una intimidad inflamable: él la atrae por la cintura, la mano asciende hacia su garganta en un gesto suspendido entre la caricia y la posesividad; ella se abandona a su pecho, una mano abierta sobre él, una pierna rodeándole la cadera como si reclamara el instante. Desde la ventana, la luna llena derrama su plata sobre el paisaje nocturno, sellando la escena con un resplandor antiguo. Todo parece contener la respiración, como si el tiempo mismo supiera que hay encuentros ineludibles.

    Levantó la mirada en cuanto percibió su presencia. La expresión de su rostro hablaba por sí sola; ni siquiera hizo preguntas.

    —Me marcharé en cuanto finalice el ocaso.

    —No es necesario, Puedes quedarte el tiempo que quieras, es solo que…

    —Que prefieres que me marche, lo entiendo. —Él negó con la cabeza; MENTÍA, ELLA LO CONNOCÍA BIEN.

    Le apoyó la palma sobre el pecho a la altura del corazón. La sed despertó más acuciante que nunca. La lujuria, como tantas otras veces, tejió  una red entre ambos que los conminaba a saciarse el uno del otro.

    —No tengo nada que ofrecerte más allá de un polvo ocasional. Mi corazón es incapaz de sentir, lo sabes.

    —Siempre tan honesto —dijo y se inclinó para rozarle la piel del cuello con los colmillos.

    —Esta será nuestra última noche, luego te marcharás —decretó y hundió los dedos en su cabellera para atraerla hacia sí.

    ella se relamió la gota de sangre que había arrastrado  con la atrevida caricia. Él maldijo en silencio porque justo en ese instante comprendió que la tentación por ella le había ganado la partida.