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  • CALÉNDULA: EL VALOR DE LA DIFERENCIA

    CALÉNDULA: EL VALOR DE LA DIFERENCIA

    Resumen

    Caléndula, una joven mitad hada y mitad humana, nunca ha sido aceptada en Enalterra. Cuando la espada sagrada Solkeium es robada, la envían a recuperarla más como castigo que como misión de honor. Su búsqueda la lleva al mundo mortal, donde un chico aparentemente común le ofrece ayuda… y esconde un secreto capaz de cambiar el destino de ambos mundos.

    Perseguidos por tanarianos, atrapados entre dimensiones y enfrentados a una verdad que puede destruirla, Caléndula deberá decidir si sigue sirviendo a un reino que la desprecia o si forja su propio camino.
    Una aventura de magia, identidades prohibidas y valentía nacida de la diferencia.


    Bajo la luna llena, dos hadas se miran intensamente en un balcón. Ella, de cabello rojo y figura curvilínea, viste una blusa verde. Él, con piel lavanda y cabello blanco, lleva un traje azul oscuro con detalles dorados. Él sostiene su rostro con delicadeza, mientras el fondo muestra sombras de torres en la noche, envolviendo la escena en un aura mágica y silenciosa.

    Caléndula echó a correr escaleras arriba tan rápido como su peso se lo permitía. El destello de la espada la guiaba en la oscuridad. Extendió las alas. Rompería la primera norma: no mostrar su naturaleza feérica en el mundo mortal, aunque, en realidad, siendo mestiza, tampoco es que quebrantaba la norma del todo. Quiso despegar en vertical, pero la falta de práctica y la gravedad jugaron en su contra; trastabilló y dio de bruces contra el suelo. Ailek aprovechó la caída y se escabulló por la puerta directo a la azotea del museo.

    La joven hada se incorporó con esfuerzo y retomó la persecución. En cuanto atravesó el umbral una red mágica le cayó encima. Envuelta en un capullo casi irrompible quedó suspendida de cabeza mientras el príncipe tanariano huía con la espada de Minok.

    —¿Ahora sí estás dispuesta a recibir la ayuda de un miserable mortal? —preguntó un joven de aspecto desgarbado—. O dejarás que el orgullo te gane la partida.

    Caléndula resopló, exasperada, mientras se revolvía como un insecto atrapado en una telaraña.

    —Tú ganas —masculló—. Si logras sacarme de aquí, aceptaré que me ayudes.

    —Trato hecho. Eso sí, no me vayas a salir después con que los mortales no podemos ir a tu mundo y bla, bla, bla.

    —Un trato es un trato —respondió con las mejillas arreboladas por el esfuerzo al intentar zafarse—. Libérame y te llevaré conmigo a Enalterra.

    —¿Lo prometes?

    —¡Sí! Ahora, sácame de aquí, si es que de verdad puedes.

    El joven enarcó una ceja.

    —Eres demasiado incrédula. Quizá debería…

    —¡Libérame! Anda, —pidió jadeante—. Me disculpo por dudar de tus capacidades.

    El joven cabeceó una vez. Luego rodeó la trampa varias veces. Extendió el brazo y tocó las hebras de la red. La sensación pegajosa le dio una idea.

    —Aguarda aquí —dijo y salió disparado.

    —Como si pudiese irme a alguna otra parte.

    Caléndula cerró los ojos un instante. Se reprochó por haber sido tan impulsiva al ofrecerse a cumplir una misión imposible ¿y para qué? Para nada. Al final, como siempre, Abrus la hizo a un lado En cuanto vio a su hermana. Obnubilado por la belleza de Mancinella, ni siquiera había tenido el gesto de darle las gracias. Olvidó de inmediato su sacrificio; claro, ¿quién era ella? nadie. Una mestiza regordeta incapaz de moldear la plata sin destrozar el metal. La culpa había sido solo suya por dejar que le comiera la cabeza una vez más y la enredara en sus problemas. Una sensación desagradable se le asentó en el estómago. De pronto, el calor se le hizo insoportable. Abandonó el hilo de pensamientos autocompasivos y abrió los ojos. Lo que vio, la dejó sin habla.

    Frente a ella, el joven desgarbado sostenía un artilugio moderno del que no recordaba el nombre. Lo había visto alguna vez en las clases de artes del fuego no convencional. Detrás del pequeño cristal que llevaba incrustado la gran máscara, los ojos cerúleos del joven brillaron con determinación. Parpadeó varias veces. Algo en esa mirada le resultaba familiar, solo que no lograba definir de qué se trataba. Alejó la idea de su cabeza y se concentró en el cacharro.

    —¿Estás seguro de lo que piensas hacer?

    —Absolutamente. Tú, confía en mí. Te sacaré de ahí, cueste lo que cueste.

    Caléndula elevó una plegaria para que, entre otras cosas, el fuego de aquel aparatejo no le quemase las alas. Por su parte, el joven se dedicó a calentar la red. Tras varios minutos las hebras se cristalizaron. En segundos, una reacción en cadena convirtió la pegajosa trampa en un capullo firme que se resquebrajó al primer golpe. Incapaz de luchar contra la gravedad y de remontar en vuelo por encontrarse de cabeza, la joven hada optó por hacer uso del único recurso que tenía a mano. Un secreto bien guardado que no compartía con nadie: magia antigua enalterrense, evidencia de que por sus venas también corría sangre real, además de la humana.

    Evait cug elj ataig —dijo en voz muy baja.

    El conjuro impidió que se estrellara contra el suelo de la azotea, aunque igual se golpeó la frente con el barandal.

    —¡Joder! —exclamó el joven—. Menuda forma de aterrizar. Debiste usar tus alas, ¿no?

    —No soportan mi peso, ¿acaso no me has visto bien? —masculló con las mejillas arreboladas.

    El joven la miró de arriba abajo, luego se rascó la barbilla, meditabundo.

    —Sí que parecen pequeñas. ¿Pueden ejercitarse?

    Caléndula se quedó algo perpleja.

    —No hablas en serio.

    —¿Por qué no? Si tienen tendones como otras partes de tu cuerpo, no veo por qué no puedes fortalecerlas para que las uses a plenitud.

    El hada se apoyó sobre las rodillas algo tambaleante. Él le tendió una mano como apoyo. Caléndula titubeó unos segundos; finalmente se asió, insegura. Temía arrastrarlo consigo de vuelta al suelo. Mayor fue su sorpresa al ver que, pese a su apariencia, el joven no se había movido ni un ápice. Era mucho más fuerte de lo que hubiese imaginado.

    —Creíste que era un debilucho, ¿verdad?

    Ella se sonrojó al verse descubierta.

    —No he dicho nada.

    —No hace falta, tu cara lo dice todo. Anda, vamos a ese mundo tuyo o jamás podrás recuperar la reliquia.

    —Nunca te he dicho qué buscaba.

    El joven puso los ojos en blanco. Disimular se le había hecho costumbre.

    —Tengo ojos en la cara, por si no te habías fijado. Vi lo que ese sujeto cogió del museo. ¿Y qué se exhibe en los museos? Reliquias.

    Caléndula entornó los párpados. El recelo y la desconfianza se abrieron paso desde su inconsciente. No obstante, se esfumaron con rapidez. Un trueno retumbó en lo alto; un ventarrón surgió de la nada. Nubes densas, de color morado oscuro se enroscaban como inquietos espirales que no tardaron en tapizar la bóveda celeste. La joven hada levantó la vista. La grieta dimensional que se formó sobre sus cabezas se expandía con demasiada rapidez. La palidez se apoderó de sus mejillas.

    —¡Corre! —gritó.

    —Ni sueñes que voy a abandonarte —exclamó y la rodeó por la amplia cintura.

    La novena ola terminó de abrirse y una fuerza descomunal los levantó como si fuesen un par de plumas.

    —¡Sujétate a mí con fuerza!

    —Nada me separará de ti, eso puedes jurarlo —le dijo muy cerca del oído.

    En segundos la magia los envolvió y los arrojó hacia el otro lado.

    🍃

    El ruido ensordecedor de la batalla junto al olor metálico de la sangre y la fetidez de los excrementos sacudió sus sentidos. La llanura que antecedía al bosque de álamos plateados que mantenía oculta la montaña de Airgid estaba tapizada de restos y sangre. La muerte de Minok había desatado el caos en algunos reinos de enalterra.

    —¡Despliega las alas! —pidió el joven.

    —¡No servirá de nada! Nos estrellaremos sin remedio.

    —¡Hazlo! Termina de quitarle poder al miedo que otros te sembraron. ¡Ábrelas!

    Caléndula titubeó una fracción de segundos. A medida que la vista del paisaje se aproximaba a ellos a toda velocidad, pensó que no perdía nada por intentarlo. Al menos uno de los dos podría tener una oportunidad. Lanzó una orden silenciosa hacia los apéndices que colgaban de su espalda. El primer intento fue inútil; el segundo apenas si logró un leve estremecimiento; el tercero, con el suelo a punto de recibirlos en un abrazo mortal fue decisivo. Las alas cristalinas se desplegaron en toda su extensión. El tirón le robó el aliento. El vendaval se estrelló contra sus alas y la velocidad de caída disminuyó de manera significativa. Un crujido, seguido por un dolor agudo e insoportable le llenó los ojos de lágrimas. El alarido que brotó de entre sus labios ensordeció a su acompañante. Ambos se inclinaron hacia un lado. Por fortuna, el viento amortiguó el resto del descenso. La pareja chocó contra unos arbustos espinosos que se hallaban en dirección sur respecto del enfrentamiento.

    Un rugido atravesó el campo de lado a lado. El rumor de la reyerta era estremecedor. Llenos de arañazos y espinas lograron incorporarse. El joven se fijó en las alas de la feérica. Una parecía haber resistido, en cambio, la otra lucía algo caída.

    —¿Te duele mucho? —dijo señalándole las alas.

    Ella inspiró hondo y asintió con la cabeza.

    —Sanará —masculló conteniendo las lágrimas.

    —¿Y si no?

    —Tendré que cortarlas.

    —No hablas en serio. Dejarías de ser un hada.

    —Jamás he sido una verdadera hada de plata —dijo con amargura—. Es lo que te diría mi reina, incluso mi propia hermana.

    —Eso es cruel —replicó el joven.

    Ella intentó encogerse de hombros; el dolor la persuadió de hacerlo.

    —¿Acaso la vida no es cruel en sí misma?

    El joven abrió la boca para replicar. Un nuevo rugido, ahora más cercano, interrumpió sus intenciones. El hada se quedó boquiabierta en cuanto tuvo frente a sí al consejero real y a la reina Brianna.

    —¿Os encontráis bien? —preguntó la reina; el cúmulo de arrugas que se le formaron alrededor de los ojos daba cuenta de su preocupación.

    —¿Dónde están vuestros compañeros de armas? —gruñó Gult con impaciencia.

    —Calma —pidió la reina y hundió los dedos en la melena leonina—. Necesitan un tiempo para recuperarse.

    Caléndula hizo sendas reverencias y casi pierde el equilibrio producto del dolor del ala. El consejero real intercambió una mirada con el joven desgarbado que Brianna pilló al vuelo, aunque la joven hada, más ocupada en seguir el protocolo, ignoró por completo.

    —La reina Adelfa solo me ha enviado a mí, consejero —respondió y clavó los ojos en el suelo.

    —Eso es absurdo —protestó Brianna—. ¿Cómo es posible que Adelfa haya sido tan inconsciente? ¿Acaso no valora ella a su pueblo? ¿Qué clase de reina envía a una adolescente sola a enfrentar al heredero de Minok? ¿pero acaso es que se ha vuelto loca?

    Gult carraspeó.

    —Este no es momento para esos cuestionamientos, majestad

    Gritos desgarradores se impusieron durante un instante a la conversación.

    —Llevas razón, como siempre —reconoció la reina—. Entréganos solkeium y os podréis marchar de vuelta a vuestro sidhe.

    —No-no-no la tengo en mi-mi-mi poder.

    —Lo que quiere decir es que alguien más la robó —intervino el joven desgarbado—. Ella no tiene la culpa.

    El consejero rugió. El joven dio un paso atrás y se colocó a modo de escudo para proteger al hada.

    —Permite que se expliquen —ordenó la reina a su consejero.

    —Quien debe darnos muchas explicaciones es Adelfa, majestad. No un hada mesti… bueno de plata —se retractó al notar el gesto sombrío de la reina—. Y este… No sé ni cómo llamarlo.

    —Acompañante —interrumpió el joven

    —Lo que sea. El punto es que la reliquia sigue fuera de nuestro alcance y es indispensable obtenerla antes de que sea muy tarde.

    El firmamento se oscureció de improviso.

    —Perdonad que os lo recuerde, pero solkeium debe retornar a la forja o guardarse en nuestra cámara, es lo que manda la ley airgídnica, majestad.

    Brianna observó a la joven en silencio; en el fondo reconoció para sí que le complacía que se hubiese atrevido a señalarle el desliz.

    —Transmítele a Adelfa que mi deseo es que solkeium desaparezca.

    —Así se hará, majestad —aseguró la joven.

    Gult desplegó sus alas. La reina subió a su lomo con rapidez.

    —Volved a Airgid. Y advertidle a vuestra reina que más vale que tenga una buena explicación para haberos expuesto a tanto peligro.

    —Me comprometí a recuperar la reliquia y no cesaré hasta lograrlo. Perdonadme de nuevo si os desobedezco, majestad—dijo Caléndula antes de echar a correr en dirección a la nube de tanarianos que se aproximaba desde el oeste.

    —¡Aguarda, Testaruda inconsciente! —gritó el joven y echó a correr tras ella.

    Reina y consejero siguieron con la mirada a los dos jóvenes hasta que los perdieron de vista.

    —Espero que la testarudez de esa jovencita no la meta en más problemas de los que ya tiene —dijo el consejero y despegó con Brianna.

    —Espero lo mismo. Ahora tratemos de ganar un poco de tiempo para ellos, a ver si la suerte nos acompaña y la joven hada logra su propósito.

    —De acuerdo, cógete fuerte que vamos directo a la tormenta tanariana.

    🍃

    Caléndula se detuvo a fin de recuperar el resuello. Delante de ella, un pelotón de tanarianos avanzaba con Ailek a la cabeza. El joven desgarbado le dio alcance y tiró de su brazo para sacarla de la trayectoria.

    —¿Te volviste loca?

    Ella lo miró con los ojos encendidos.

    —¿No me dijiste que me deshiciera del miedo? Eso es lo que estoy haciendo ahora.

    —Me refería a que no te dejaras paralizar, no a que te lanzaras de frente a una muerte segura.

    —Prefiero morir como valiente que seguir viviendo como una cobarde de la que todos se burlan.

    El joven quiso detenerla; Caléndula lo esquivó y fue al encuentro del hijo de Minok que se había apostado en el claro que limitaba el bosque de los reflejos.

    —Vaya, tanto tiempo sin verte —ironizó Ailek—. Parece que no quedaste muy contenta con nuestro último encuentro o me equivoco.

    El hada plantó bien los pies en el suelo y se cruzó de brazos.

    —Robaste una reliquia que has de devolver.

    —La espada de mi padre me pertenece.

    —Sabes bien que no funciona así. Una vez fallecido el dueño de un arma forjada por nosotros, debe fundirse o pasar a formar parte de nuestros tesoros. Más vale que me la devuelvas. La reina Brianna dio orden de que…

    —Me importa una mierda lo que diga Brianna.

    —¿Es la reina de Enalterra!

    —¿Y qué?

    —¿Cómo que y qué? Sus deseos deben satisfacerse y ha sido muy clara, quiere que solkeium desaparezca.

    —Y si no obedezco ¿qué pasaría? ¿Vas a obligarme a devolvértela? No seas ridícula. Si ni siquiera eres capaz de volar. —La miró de arriba abajo con desdén—. No sé como la reina Adelfa no te ha ofrecido en sacrificio al forjatorum.

    —La rechazaría de inmediato, demasiada grasa y, para colmo de males, mestiza —gritó uno de los soldados; el resto se echó a reír.

    A Caléndula le tembló el labio inferior. Los ojos se le anegaron en lágrimas. Aquel príncipe había descubierto su punto débil y lo explotaba a su antojo.

    —Oh, pobrecilla, pero si va a llorar y todo —se burló—. Te invitaría a colgarte de uno de los álamos platinados —dijo mientras veía de soslayo al más próximo—, pero ni siquiera sus ramas soportarían tu peso.

    Una lágrima furtiva se le escapó por el rabillo del ojo. El recuerdo del infructuoso intento horadó la fortaleza con la cual había revestido su inseguridad. En su mente, el crujido de la rama se repetía como una cantinela insidiosa. Las risotadas de los tanarianos revivieron el centenar de cicatrices que albergaba en su corazón tras tantos años de burlas y desprecio por parte de su propia raza.

    —Pobrecillo tú —espetó el joven desgarbado—, que necesitas defenderte con burlas hirientes, en lugar de enfrentarte como lo haría cualquier enalterrense con honor.

    Ailek acortó la distancia espada en mano; el joven se adelantó

    —¡¿Qué sabrás tú, miserable mortal, sobre el honor de Enalterra?!

    —Insúltame todo lo que quieras, tu lengua venenosa me importa un bledo. Te estás comportando como un cobarde —dijo y se colocó delante de Caléndula—. Enfréntate como corresponde.

    El príncipe tanariano hizo una señal. Enseguida uno de los soldados le arrojó una espada al joven.

    —Es un humano, violas la ley al inmiscuirlo en este asunto —advirtió el hada y se interpuso entre ambos—. Lucharé yo, es lo correcto.

    Caléndula se inclinó y recogió la espada.

    —Como prefieras. En todo caso, solo cambiará el orden de vuestras muertes.

    Los ojos verdes de la joven refulgieron. Recordó la vez en que había vencido a Mancinella justo por alardear tanto. Volvió la cabeza un instante. La mirada que le ofreció aquel mortal le insufló energía. Él confiaba en ella. Ya era hora de que ella confiara en sí misma, aunque fuese en una situación tan desesperada como esa.

    —¿Nadie te ha dicho que alardear es una muy mala señal?

    —¡Déjate de palabrerías estúpidas! Venga, terminemos con esto que quiero volver a casa.

    Ella cabeceó una vez y levantó la espada. El grácil movimiento sorprendió al tanariano. Ailek avanzó con fuerza y agilidad. ambas espadas chocaron. El chispazo provocó exclamaciones entre los presentes. Caléndula apretó los dientes. El impacto del golpe la obligó a contraer los músculos de la espalda. El dolor del ala lesionada le recorrió la columna de arriba abajo. Mientras valoraba a su oponente agradeció cada tarde que su padre la obligó a tomar clases con la espada. El recuerdo surgió desde lo más profundo de su memoria:

    «Que no puedas forjar una espada o cualquier otra arma no significa que no puedas aprender a usarlas. Enfocarte en lo que sí puedes hacer es más beneficioso que desgastarte porque no tienes la misma habilidad que otras criaturas. Lamentarte por aquello que no tienes, no te permitirá disfrutar de lo que tienes al alcance de la mano».

    El gruñido de su contrincante la catapultó al presente. La enseñanza de su padre aquel día guio sus movimientos. «aprovecha toda oportunidad que te brinde tu oponente. Por pequeña que te parezca, puede marcar la diferencia y otorgarte la victoria o salvarte la vida».

    Ailek volvió a embestir. La joven dio un paso atrás y flexionó las rodillas para absorber la fuerza del ataque. El príncipe creyó que la tenía a su merced y sonrió con malevolencia. Cogió la espada con una sola mano y la inclinó hacia adelante bajando la guardia. Ella aprovechó el descuido y embistió usando parte de su propio peso para infundirle más fuerza al mandoble.

    El tanariano trastabilló. Caléndula aprovechó la pérdida de equilibrio de su contrincante y conjuró un hechizo en voz muy baja.

    Livraij sithrek alm etrain.

    La espada Salió disparada por los aires a gran velocidad. Ailek quiso abalanzarse sobre ella. Sin embargo, el joven desgarbado le hizo una zancadilla que el tanariano no tuvo tiempo de esquivar. Dispuesta a dejarse la piel en el enfrentamiento, Caléndula levantó la espada. Dos tanarianos lanzaron sendas lenguas de fuego que apenas pudo evitar. Ailek aprovechó la distracción para aumentar la distancia entre ambos.

    En ese momento, solkeium se clavó en el tronco de un álamo platinado. El quejido del árbol centenario los paralizó durante un instante; el suficiente para que el mortal cogiese la espada.

    Ailek dio orden de atacar. No obstante, no contaba con la intervención de centenares de hadas de plata que surgieron del interior de los álamos intactos y que lo obligaron a retroceder. El enfrentamiento duró un parpadeo gracias a la ventaja numérica de las hadas.

    —¡Te juro, por la memoria de mi padre que esto no se va a quedar así, me las vas a pagar! —amenazó antes de huir seguido por sus vasallos.

    Caléndula exhaló un hondo suspiro y bajó la espada.

    —¿Quién lo diría? Al final resultaste más útil de lo que me imaginaba —dijo Mancinella.

    La presencia de su hermana le dio mala espina.

    —Así que esta es tu hermana —dijo el joven desgarbado posicionándose a su lado—. No me parece tan hermosa como dijiste, la verdad.

    Las mejillas de Mancinella adoptaron un tono casi purpúreo.

    —Coged a ese humano insolente —ordenó Abrus.—Un par de hadas lo sujetaron con cadenas de plata—. Disculpa, esto me pertenece —dijo y le quitó la espada de entre las manos.

    — solkeium no tiene dueño, la reina Brianna desea que desaparezca —reveló Caléndula—. Nuestra soberana debe ser informada de…

    —La reina Adelfa es quien decidirá el destino de este objeto, cuando se lo entreguemos, ¿verdad, Manci?

    —Por supuesto. —El tono empalagoso le revolvió el estómago a Caléndula—. Se la entregaremos enseguida y recibiremos todos los honores. ¿No es genial?

    Abrus asintió con la cabeza, embelesado con los ademanes de la joven hada.

    —Tu plan salió a las mil maravillas —admitió risueño—. De no ser por ti, habría terminado quien sabe cómo o en dónde.

    —Te dije que mi hermanita era la solución perfecta. —Mancinella la miró con altivez—. Ahora que se trajo a este debilucho —dijo desdeñosa—, nos libraremos de ella y mi familia ya no tendrá que bajar la cabeza.

    La revelación fue un balde de agua helada. Había una gran diferencia entre ser consciente de que el chico que le gustaba estaba colado por su hermana y nunca  le prestaría atención, y descubrir que entre ambos la habían engañado de forma tan vil sin importarle lo más mínimo lo que le hubiese podido ocurrir. Qué tonta había sido al creer que después de recuperar la espada la verían con otros ojos; que la aceptarían como una más.

    —Sois despreciables —espetó el joven mientras se debatía contra las cadenas—. Debería daros vergüenza.

    —Tu opinión vale menos que la nada —replicó Mancinella trenzándose de nuevo los mechones platinados—. Ahora marcharemos a la corte y acabaremos con este asunto.

    —Desde luego que este asunto será dirimido, pero no como vosotros dos pensáis.

    El cambio en el tono de voz del joven mortal les puso los pelos como escarpias.

    Caléndula se quedó boquiabierta y ojiplática; no daba crédito a lo que veían sus ojos. Si en lugar de estar allí, se lo hubiesen contado, habría tomado por desquiciado al que le narrase semejante historia.

    —¿Tú? Pe-pe- pero… —Abrus era incapaz de articular una frase entera.

    🍃

    La piel del joven desgarbado se agrietó como el cascarón de un huevo a punto de eclosionar. La membrana pálida que se asomaba debajo adoptó el característico color lavanda claro propio de las hadas de plata. Los músculos tomaron su forma y tamaño habitual y los trozos del cascarón cayeron al suelo convertidos en fino polvo platinado. los iris le cambiaron a un azul grisáceo. El pelo se le aglutinó en las cortas trenzas que solía llevar de puntas y de su espalda emergieron dos alas cristalinas cuyo reborde plateado reflejaba el brillo de las antorchas que sostenían algunos combatientes.

    —Alteza —musitó Caléndula mientras se inclinaba en una protocolar reverencia.

    Los ojos de la joven chispeaban como dos ascuas.

    —Déjate de formalismos ahora —exigió y se cruzó de brazos—. No estoy de humor para tonterías.

    Caléndula se irguió. sus iris reflejaban la tormenta que se avecinaba.

    —Pues si su alteza no está de humor, muy su problema. Os aseguro que a mí me llevan los demonios del inframundo y no sin razón.

    —No seas insolente, Caléndula —reprochó Mancinella—. Esas no son formas de hablarle a nuestro príncipe. ¿Por qué siempre tienes que avergonzarnos de esta forma? Si la reina se enterase…

    —¡Cállate! —exclamaron príncipe y hada al mismo tiempo.

    Del álamo donde se había clavado la espada de Minok surgió la reina Adelfa. Trajeada con la vestimenta de guerra y seguida por un séquito de guardianes forjadores.

    —¿De qué tendría que enterarme, jovencita? —Mancinella abrió la boca; sin embargo, Caléndula se le adelantó.

    —De que soy una insolente, majestad, por atreverme a hablarle a su primogénito sin reprimir mi temperamento.

    Adelfa enarcó una ceja y entornó los párpados.

    —Eso no me sorprende en absoluto, a decir verdad. Sois una mestiza sin abolengo. No se puede esperar demasiado.

    El comentario fue la gota que derramó la paciencia de la joven hada.

    —Pues esta mestiza sin abolengo recuperó a solkeium, cumplió vuestro encargo y, además, evité que la reina Brianna reclamase la reliquia.

    —¡Mentirosa! —Gritaron Abrus y Mancinella.

    —¿Esperáis que os crea? —Caléndula estaba tan furiosa que no reprimió su lengua.

    —Me importa un puerro venenoso si me creéis o no. Estoy harta… ¡Harta! —señaló a la reina con el índice—. De vuestros desprecios hacia los mestizos. —Adelfa iba a reprocharle las formas y la joven no se lo permitió—. Os creéis superior, cuando lo cierto es que sois una mestiza como yo. La diferencia es que mi madre se enredó con un humano y vuestro padre con una sílfide, a mí se me nota y vos lleváis la diferencia por dentro.

    —¿Cómo osas atreverte? Morirás por semejante ofensa.

    —¡Pues moriré con honor! Porque solo estoy diciendo la verdad. Mi madre me confesó vuestro origen antes de que la sacrificarais para ocultarlo y si no hubieseis sido tan mezquina, os habría guardado el secreto hasta el último día de mi existencia, pero no más.

    —¡Guardias! —gritó la reina.

    —¡Vas a condenarnos a todos! —gritó Abrus.

    —Ni te atrevas, madre —intervino el príncipe.

    —No te metas en esto, Napellus. He tolerado tus caprichos demasiado tiempo.

    Napellus se posicionó junto a Caléndula.

    —Sabes de sobra que no se trata de un capricho, madre. Llevo tiempo advirtiéndote sobre este par, sobre sus abusos y te has hecho la vista gorda, pero ya no más.

    —¿Te pondrás de lado de esa?

    —Esa tiene su nombre, majestad. Si le sirve de algo, no tengo ningún interés en que nadie se ponga de mi lado. La Caléndula que anhelaba pertenecer a vuestro reino dejó de existir —dijo con la voz quebrada por la emoción—. No quiero formar parte de una raza que castiga las diferencias; que desprecia lo que no comprende, que vive obnubilada por los prejuicios absurdos de una supremacía que solo existe en esas limitadas mentes de las que tanto os jactáis —vociferó sin quitarle los ojos de encima a Abrus y a su hermana —. No quiero pertenecer a vuestra sociedad mezquina, saturada de podredumbre de espíritu. Condenáis a los tanarianos, pero muchos de vosotros no sois tan diferentes.

    —Caléndula, por favor… —pidió el príncipe.

    La joven negó con la cabeza. Adelfa abrió la boca; sin embargo, Caléndula levantó una mano y le impidió pronunciar una sola sílaba.

    —No necesitáis molestaros en desterrarme, me largaré enseguida. Quedaos con la reliquia. Eso sí, al menos tened la decencia de cumplir con la voluntad de la soberana de Enalterra —dijo con las mejillas encendidas—. Por cierto, os manda a decir que espera que tengáis una buena explicación.

    —No puedes hacerme esto, hermana —chilló Mancinella—. Padre está muy enfermo y yo…

    —Tendrás que aprender a cuidarlo igual que hice yo en su momento.

    —¡No puedes dejarme, somos hermanas!

    —Hubieses pensado en eso cuando me usaste para ganarte el favor de la reina —espetó—. Hubieses recordado eso cuando decidiste que sería buena idea acusarme de traición por haber traído un mortal a nuestra tierra. Querías librarte de mí, ¿no? Pues lo has conseguido.

    La joven dio media vuelta. Las hadas se apartaron para dejarle vía libre. El murmullo ascendía en la medida que avanzaba. Algunos le daban la razón; otro tanto se disculpaba en voz baja. Un grupo menor al habitual cuchicheaba entre risitas. Levantó la cara y caminó con la frente en alto. Nunca más permitiría que la avergonzasen por ser quien era ni por su apariencia.

    —Espera, no te vayas así, por favor.

    Napellus le cortó el paso.

    —Dejad que me marche —dijo con voz trémula—. Reconozco vuestras buenas intenciones, agradezco las molestias que os habéis tomado, pero ahora mismo solo quiero alejarme todo lo que pueda.

    —No quise engañarte, lo siento, de verdad.

    Ella apenas cabeceó una vez.

    —Pero lo hicisteis —dijo en voz baja y pasó a un lado del joven—. Las buenas intenciones no evitan el dolor del engaño, alteza.

    —¿A dónde irás?

    Ella se volvió un instante.

    —A algún lugar donde las diferencias tengan valor.

    —Prometo encontrarte.

    Ella no respondió. Napellus la siguió con la mirada hasta que la perdió de vista.

    Tres meses después

    Caléndula avanzaba a zancadas. Como volviese a llegar tarde a sus clases de vuelo, El consejero real iba a enfadarse muchísimo. La joven hada atravesó el arco de los deseos. Gult se paseaba de un lado a otro. La inquietud del gran animal impregnaba la estancia con un matiz preocupante.

    —¡A buena hora apareces! —refunfuñó el consejero—. ¿Tengo que asignarte más clases de protocolo y diplomacia?

    —Pero si solo han transcurrido dos minutos, ¿qué es lo que te tiene tan nervioso?

    El consejero fijó la mirada; Caléndula se volvió en la misma dirección.

    —Hola, Caléndula.

    Tener a Napellus delante le pareció un espejismo.

    —Ahora ya sabes qué me tiene tan nervioso. Detesto las visitas sin previo aviso o invitación.

    —Lamento haberme personado de improviso. Mi intención jamás ha sido perturbar de manera alguna vuestra tranquilidad.

    —Vuestra madre se basta y se sobra para esa tarea —refunfuñó el consejero una vez más—. Así que doy gracias a los dioses porque su alteza pretenda ser más considerado.

    —No necesitas ser tan irónico, el príncipe no suele hablar por hablar.

    —Como sea —dijo y echó a andar hacia la gran puerta—. Os dejaré a solas, creo que tenéis mucho que deciros. Eso sí, ni por asomo te creas que vas a escaquearte de mis clases. Tarde o temprano aprenderás a volar o me cambiaré el nombre.

    —No pensaba hacerlo, ¿cómo crees?

    Gult soltó un gruñido y las puertas se cerraron tras de él.

    Napellus dio dos pasos hacia Caléndula.

    —¿No te alegras de verme?

    Ella suspiró y lo invitó a salir al balcón.

    De pie, bajo la noche aterciopelada cundida de estrellas titilantes, permanecieron en silencio durante algunos minutos.

    —No es que no me alegre, es solo que ya no soy la misma.

    —Eso se nota, créeme. Luces, distinta. Más…

    —¿Segura?

    Él negó con la cabeza.

    —Más hermosa. La luz que llevas por dentro ahora brilla con intensidad.

    —Por fuera no he cambiado casi nada; la ropa, la forma de arreglarme, quizá. En el fondo sigo siendo la misma.

    —Luces diferente y te sienta bien.

    Caléndula inspiró hondo. Por su cabeza pasaron miles de respuestas cáusticas; se las tragó todas. La verdad es que no había dicho nada impropio. En su mirada notó que hablaba con sinceridad. Se reprochó no haberse desecho de la costumbre de asumir que cada halago traía consigo una burla enmascarada.

    —No es necesario que despliegues tus encantos, estamos solos, de verdad.

    —Lo sé. Queda tranquila, ni estoy desplegando encantos ni creo que en palacio deseen espiarnos. No soy tan importante como mi madre. Solo he venido a cumplir con mi promesa, ¿recuerdas?

    Las palabras de Napellus resonaron en su mente y las mejillas se le encendieron.

    —Creí que…

    —Mentía, no me sorprende —dijo y se acercó un poco a ella.

    —Lo lamento.

    —No tienes por qué. En ese momento era natural que estuvieses llena de desconfianza hacia todo el mundo. La pregunta es: ¿sigues desconfiando?

    —Un poco sí, no voy a mentirte —confesó—. Aquí —hizo un ademán señalando el castillo—. Me han tratado con respeto y me han ayudado a superar muchas cosas. Pero sigo teniendo huellas, cicatrices invisibles que llevo en el corazón.

    —Me preocuparía si no fuese así. Con todo lo que tuviste que vivir no es para menos, faltaría más. Las heridas como las que te causaron no se borran como por arte de magia.

    Ella clavó los ojos en su mirada.

    —¿A qué has venido en realidad?

    —A cerciorarme de que eres feliz.

     —¿No te decepciona que no me transformara como suele pasar en los cuentos de fantasía?

    Él arrugó el entrecejo.

    —¿De qué hablas? ¿Te refieres a que no hayas cambiado tu aspecto? —Ella asintió—. A mí nunca me ha importado que fueses diferente al resto de hadas. Lo que valoro de ti lo llevas por dentro. No tiene que ver con tus carnes ni tu color de piel; con tus ojos o con esa melena de fuego díscola que nunca trenzaste. Y lo que llevas dentro de ti, hoy brilla como la más preciosa de las gemas. Justo esa diferencia siempre fue, es y será, lo que me atrae de ti.

    La caricia que le acunó la mejilla la estremeció. Sin darse cuenta uno se acercó al otro. Bajo la luz de la luna se fundieron en un cálido abrazo.

    —No deberíamos estar espiando —susurró Brianna inclinada sobre la melena de su consejero.

    —Chist, calla y déjame oír. Ya sabes que me encantan las historias románticas. Además, como le robe una sola lágrima lo devoro.

    —Ni se te ocurra —masculló—. Acabamos de firmar la paz y quiero pasarme otro par de años en el mundo mortal. No me gusta volver de improviso cada vez que algo se rompe por aquí.

    —Pero tendrás que volver para la boda, ¿no?

    Briana puso los ojos en blanco.

    —Calla o nos cargaremos la boda antes de que pidan su mano.

    —Llevas toda la razón.

    Reina y consejero espiaron gran parte de la noche mientras cada uno imaginaba cómo sería aquel enlace.

  • CAZA NOCTURNA

    Un sujeto que viste una sudadera con capucha, sostiene un gran cuchillo en una mano. La capucha impide que se le distinga el rostro. El fondo es negro y brinda una atmósfera lúgubre a la imagen.
    Imagen libre de derechos tomada de Pxfuel

    Samantha cerró los ojos y, como cada noche, se dejó arrastrar. Vinculada a la psique del asesino observó a la siguiente víctima. Bloqueó el torbellino de pensamientos de la mente masculina. El ansia de saborear las vísceras, en vivo y directo, ejercía un poder demasiado seductor, casi hipnótico. Logró dar un vistazo una fracción de segundos antes de que la conexión se rompiera. Apenas pudo atisbar la matrícula del coche; la exaltación la expulsó con violencia de regreso a su mente.

    Abrió los ojos y se enjugó las lágrimas. Inspiró hondo y se ajustó los auriculares. Tecleó como una posesa a medida que la síntesis de voz le ofrecía el retorno. Pulsó en enviar y se recostó contra el respaldo de la silla. Desde el accidente que la mantuvo en coma durante seis meses y le había robado la vista, Samantha había tenido que aprender a vivir a tientas. Todavía le costaba entenderse con la tecnología; sin embargo, desde el primer episodio nocturno se propuso encontrar una alternativa que no pusiese en duda su credibilidad. Aún recordaba la primera vez que se encontró con el Detective Marlon Patterson.

    —Comprendo su preocupación, señorita Finch. No obstante, este asunto es demasiado importante como para fiarnos de corazonadas.

    Algo en la manera de hablar del policía le resultó vagamente familiar. El intenso perfume varonil despertó un zumbido en su memoria que se esfumó demasiado rápido como para asimilarlo. Apartó la idea de sus pensamientos. Necesitaba enfocarse y convencerlo.

    —No se trata de ninguna corazonada, detective. Le estoy diciendo que una buena fuente me ha confirmado que la mujer desaparecida hace una semana ha sido asesinada. Tiene que escucharme.

    —Y la escuché. Dígame el nombre de su fuente para poder citarle a comisaría a que declare.

    —Sabe muy bien que no puedo hacer eso —dijo y bajó la mirada; aferraba con tanta fuerza el bastón que los nudillos le palidecieron.

    —Que tenga buen día —respondió y en segundos había dado media vuelta.

    La gelidez en su tono le provocó escalofríos. Las palabras se le agolpaban en la garganta; tuvo que dejarlas en libertad o se atragantaría.

    —Se arrepentirá, detective —soltó en voz alta.

    —¿Es una amenaza? Le recuerdo que está en una comisaría rodeada de policías y testigos.

    Samantha resopló. Que un agente la guiara fuera del lugar casi a empujones la crispó.

    —No se lo tenga en cuenta, señorita Finch. Marlon no es mal tipo y es un estupendo policía de homicidios.

    —¿Usted es? —preguntó un poco desorientada.

    —Lucas Trevor. —Enseguida giró el rostro en dirección a la voz—. Puedo llevarla si gusta. Sé que antes me mostré un poco brusco, no lo hice por mal, es solo que…

    —Nadie quiere a una ciega dando por culo, lo entiendo, no se preocupe.

    El hombre carraspeó y reprimió una risita.

    —Comparta el chiste conmigo —invitó ella.

    —No piense que me burlo de usted, es solo que sigue siendo tan deslenguada como siempre y esperaba…

    —Moriré deslenguada, entre otras cosas, porque afortunadamente solo se me jodió el quiasma óptico. El resto de mis neuronas funcionan.

    —Y vaya si funcionan —masculló Lucas—. ¿Me acepta un café?

    —Solo si no es la bazofia que soléis beber ahí dentro —señaló hacia donde creyó que estaba la comisaría.

    Desde entonces y tras cada desaparición, Lucas acudía a Samantha. El detective no daba crédito a la precisión de la información que ella les ofrecía en ocasiones. Pese a su reticencia y a sus dudas; al rechazo contundente de Patterson a contar con su ayuda, el detective había mantenido contacto continuo con la periodista; no solo por disponer de alguien con una perspectiva tan analítica, sino porque le preocupaba su seguridad. Al menos había sido así hasta la noche en que había descubierto que no existía ninguna fuente.

    Samantha se había hecho un ovillo, tumbada en el sofá de su salón. Por más que Lucas la sacudía con la intención de despertarla, ella continuaba sumida en un estado que el detective no había visto jamás. Frenó el bofetón justo a tiempo. Los enormes ojos acerados de Samantha miraban desorbitados al vacío.

    —¿Qué coño ha sido todo esto? —preguntó apenas la vio parpadear—. ¿Consumes drogas?

    Samantha se enjugó las lágrimas y negó con la cabeza.

    —Te lo explicaré, aunque nunca vuelvas a creer en mí.

    —Habla, no puede ser tan grave —dijo y se sentó frente a ella.

    La periodista le contó la verdad, aunque omitió un pequeño detalle. No lanzaría una acusación tan grave hasta no contar con alguna certeza.

    —¿Esperas que crea que eres una especie de clarividente?

    —Desde luego que no —replicó y tras encoger las piernas se abrazó las rodillas—. Esto no va de ver el futuro, Lucas. Se trata de un vínculo distinto. Yo veo a través de los ojos del asesino.

    —No esperarás que te crea, ¿verdad? —ella negó con la cabeza y al detective se le encogió el corazón.

    Pese a lo descabellado de aquel asunto, la vio tan resignada que experimentó una punzada de culpabilidad.

    —Hoy ha ido a por la tercera víctima. Es una Estudiante universitaria. Si no es nadadora, debe practicar algún otro deporte acuático.

    —No sigas con esto —dijo y se puso de pie—. Será mejor que me marche. —Ella asintió con la cabeza en un gesto casi imperceptible.

    Una semana después, Lucas había regresado. La vergüenza se traslucía en el tono de voz y esa manera singular de titubear que solía aflorar cuando más incómodo se sentía.

    —¿Hay alguna posibilidad de que sepas algo más?

    —Pasa, te daré lo que llevo apuntado hasta ahora; con eso creo que podréis encontrar el cuerpo.

    Samantha no necesitó verle la cara. La forma en que se dejó caer en el sillón le habló de su abatimiento.

    —Tendría que haberte escuchado; debí haberte creído.

    Ella le extendió una mano.

    —Todavía no es demasiado tarde, le cogeremos; yo te ayudaré todo lo que pueda.

    El insistente sonido de las notificaciones la catapultó de vuelta. El último mensaje en el chat cifrado hizo que el corazón le diese un vuelco.

    «Voy a por ti, preciosa. Falta muy poco». Samantha revisó los mensajes previos. La desconexión intempestiva había interrumpido el mensaje de advertencia de Lucas. «¿Sabes quién soy?». La idea que cruzó por su mente le aceleró el pulso. El timbre de la puerta sonó una vez más de lo habitual. Cogió el abrecartas y se lo guardó bajo la manga de la sudadera sujeto con la correa del reloj.

    —Señorita Finch, es la policía. Soy el detective Patterson. ¿está Trevor con usted?

    Samantha entornó los párpados. Con cautela se aproximó a la puerta y cogió el bastón. Plegado como estaba lo mantuvo oculto a sus espaldas y abrió la puerta sin retirar la cadena.

    —Lucas no… —Marlon Patterson empujó la puerta.

    La chapa de la cadena saltó con la embestida. La periodista reculó un par de pasos. El hombre entró dispuesto a abalanzarse sobre ella. Samantha tiró de la liga y el bastón se extendió. El sonido sorprendió al policía el tiempo suficiente para que ella cogiera el bastón como si fuese un bate de beisbol. Con el corazón en la garganta lanzó el primer bastonazo. El jarrón en la mesita cerca de la entrada estalló convertido en añicos. ambos respiraban jadeantes. El crujido de los cristales la ayudó a abanicar de nuevo el bastón.

    Marlon chilló. La esfera giratoria le había dado de lleno en el pómulo. Furioso, saltó sobre ella. Ambos cayeron al suelo. Rodaron hechos una madeja de brazos y piernas. La periodista recordó el abrecartas y lo cogió con la mano diestra. Desesperada, se revolvía bajo el cuerpo masculino; entre tanto, Marlon le aferraba la muñeca. Ella levantó la izquierda y le clavó las uñas en el rostro. El policía gritó y aflojó el agarre. Impulsada por la adrenalina, aferró el abrecartas y se lo hundió varias veces.

    El olor ferruginoso se le filtró por la nariz. La humedad viscosa que le empapó las manos hizo que se le resbalara el objeto. La fetidez a baño de carretera le revolvió el estómago.

    El policía se desplomó sobre ella. La angustia de verse atrapada le llenó los ojos de lágrimas.

    —Pudimos haber sido los mejores —le susurró muy cerca de la oreja antes de exhalar su último aliento.

    Samantha gritó. El alarido se impuso a la advertencia de la policía que entraba en tromba en el piso.

    —Está a salvo, señorita. Nos ocuparemos —aseguró un agente.

    —¡Sammy! —La voz de Lucas le devolvió el alma al cuerpo—. ¡Déjame pasar, Nicholson! ¿Sammy, estás bien?

    Ella extendió los brazos. El detective la estrechó con fuerza.

    —LO, lo maté; creo que lo maté.

    —No pienses en eso ahora —dijo y la ayudó a levantarse.

    Tres semanas después,  Samantha volvía a teclear como posesa frente al ordenador. Otro asesino serial rondaba por la ciudad. Las noches volvían a teñirse de escarlata. La cacería había comenzado de nuevo.

    Esta historia fue escrita para participar en el Va de reto de agosto 2021 propuesto por Jose A. Sánchez. La premisa era escribir una historia que ocurriese durante la noche.

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  • ALOIA: LIBROAVENTURERA

    Una mano sostiene un libro abierto. El libro muestra las páginas escritas y en el punto de unión entre ambas páginas (izquierda y derecha) se ve una chica durmiendo entre las nubes.
    Imagen libre de derechos tomada de Pxfuel

    Aloia se volvió con rapidez. El corazón le galopaba en el pecho y los ojos se le anegaron como siempre. Contuvo las lágrimas a duras penas y salió del local con tanta premura que casi le pisa la cola a la gata himalaya de Eines que, desde que su madrastra la había dejado en Seadur, no se le despegaba ni a sol ni a sombra. Echó a andar sin rumbo fijo mientras se reprochaba, frustrada, por comportarse como una cría. Tenía diecisiete años; «edad suficiente para comportarse como una señorita y no como una desadaptada». Las palabras de su madrastra afloraron como tantas otras veces. Apartó el recuerdo y exhaló un hondo suspiro. A Eines le llegarían con otro cuento sobre lo arisca que era su nieta y ella, como siempre, alegaría que solo necesitaba tiempo para adaptarse. Una mentirijilla que, en el fondo, no se alejaba mucho de la realidad. Vivir en la ciudad no tenía nada que ver con la vida en esa aldea diminuta.

    El ronroneo de Baia rompió sus cavilaciones. El destello del cristal de la tienda-librería atrajo su atención. La gata dio un salto y se coló entre los pies de un turista que salía con las manos ocupadas. La joven maldijo a la bola de pelos y entró tras ella antes de que la pequeña rompiese algún objeto. Después de tanto esfuerzo para evitar que Eines se avergonzara de ella, sería una idiota si permitía que la gata hiciera de las suyas.

    El tintineo a sus espaldas le disparó el pulso. La puerta se había cerrado con rapidez. El olor a libros viejos le cosquilleó en la nariz. Dio un vistazo. Enseguida vio a la bola de pelos saltar sobre un banco, rozar una estatuilla de cristal y volar directo al mostrador. Las manos se le convirtieron en dos témpanos y el corazón casi le da un vuelco. Adelantó un paso antes de que la figura se estampara contra el suelo, pero Baia la distrajo al postrarse a sus anchas sobre la superficie repleta de objetos. La carcajada potente que retumbó contra las paredes la acicateó y se abalanzó sobre el adorno. Lo cogió en el aire. Un par de aplausos se impusieron al ronroneo de la gata que reclamaba atención.

    —Digna descendiente de tu abuela —señaló una voz áspera.

    Aloia colocó el objeto en su lugar y se volvió con lentitud. Fijó la mirada en un punto indefinido mientras se tomaba el tiempo de descifrar las primeras palabras que había oído. Resignada, como otras veces, inspiró hondo antes de hablar.

    —Mi abuela está bien. —La gata maulló; el hombre la miró con extrañeza.

    La joven desvió la mirada; otro paso la acercó al mostrador. Un objeto brillante la embelesó.

    —El camafeo de Reua es un objeto impresionante, ¿no crees? —Ella apenas asintió.

    El hombretón la siguió con la mirada. La joven, atraída por el magnetismo de la gema, la extrajo del exhibidor.

    —¿Es usted? —preguntó con desparpajo.

    Baia volvió a maullar. Aloia no le hizo el menor caso. El hombre sonrió. Los ojos ambarinos refulgieron.

    —Hay quien dice que mi padre se parece al dios —dijo otra voz varonil.

    Aloia se sobresaltó y casi suelta la gema.

    —Que mala costumbre tienes de asustar a los clientes, Artai —reprochó el hombre—. Soy Brigo, jovencita. Eines debe haberte hablado de mí en algún momento.

    Aloia se sonrojó. ¿Se lo habría mencionado su abuela? Que le costase memorizar algunas palabras era una puñetera maldición.

    —Cla-cla-claro —mintió y bajó la mirada.

    —¿Por qué no le cuentas sobre Reua y el camafeo mientras voy a por el paquete de Eines? Estoy seguro de que le gustará la historia —propuso el hombretón a su hijo.

    El joven se encogió de hombros. Aloia notó cierto desdén en su mirada. Sin embargo, se mordió la lengua. Pese a las creencias de su madrastra, no era tonta. Si el hombre la asoció con su abuela era porque la conocía bien. Así pues, no iba a darles motivos para quejarse con Eines. Al menos no si podía evitarlo.

    —Es verdad lo que dicen de ti —espetó el joven—. Eres una carencias, ¿eh?

    La joven enrojeció con intensidad y aferró el camafeo con fuerza. La rabia le aceleró la respiración. Se recordó la intención de no avergonzar a su abuela y contuvo las ganas de lanzarle la gema por la cabeza.

    —No te entiendo —masculló.

    —Ya veo —dijo Artai con los ojos fijos sobre la gema—. Ese objeto cuesta un pastizal. Es una reliquia. Yo de ti lo dejaba de vuelta en su puesto. A menos que quieras recibir el castigo del dios, claro. Porque dudo mucho que a ti te recompense.

    Aloia se percató del nerviosismo de Artai.

    —No te creo. —El joven se encogió de hombros.

    —Tú misma. La leyenda dice que a Reua no le gustan las niñatas que no siguen las normas. —Aloia bufó.

    Baia se incorporó. Maulló y dio un salto. La puerta de la tienda se abrió. Un grupo nutrido de turistas entró alborozado.

    La joven frotó el camafeo. La idea de darle una buena lección al capullo engreído coqueteó con ella. Dudó una fracción de segundos. ¿Se enfadaría Eines si se enteraba de su travesura? Quizá sí, en todo caso, tenía una buena razón y ella la entendería. Aprovechó la distracción del muchacho y se guardó la gema en el bolsillo del vaquero. Salió a toda prisa con la gata pisándole los talones.

    —¡Espera! —Aloia frenó y casi tropieza con Baia.

    La joven se volvió con lentitud. Las mejillas le palidecieron. ¿La habría descubierto el hombretón?

    —Yo… —Las palabras se le atragantaron.

    —Se te olvidó el paquete. —Le tendió un bulto envuelto en papel—. Dile que el encargo vale por dos botellas de su última cosecha.

    La joven lo cogió sin abrir la boca ni levantar la mirada del suelo.

    —Dos botellas —repitió en voz baja.

    Brigo la observaba con curiosidad.

    —¿Qué dijiste? —preguntó, aunque había entendido sin problemas—. ¿Va todo bien?

    —Sí, señor —murmuró con voz trémula.

    —Espero los disfrutes —dijo y se volvió en dirección a la tienda.

    Aloia no daba crédito. Por un instante creyó que el hombre la había pillado y que la denunciaría por ladrona. Echó a andar rumbo a casa de su abuela con la gata refunfuñando cada dos o tres pasos.

    Brigo se había detenido con la puerta entreabierta. Dio un vistazo en su dirección un instante antes de que la chica se perdiera al girar en la esquina. Sus ojos dorados brillaron y esbozó una tenue sonrisa.

    Eines aguardaba sentada en el sillón donde acostumbraba leer. Aloia había entrado con sigilo. No obstante, la bola de pelos delató su presencia con un fuerte ronroneo.

    —Tardaste más de lo previsto. ¿Tuviste algún problema?

    Aloia negó con la cabeza. Los ojos de Eines se posaron sobre el paquete que aferraba contra el pecho y sonrió de oreja a oreja.

    —Me distraje sin querer.

    —¿Pasaste por la panadería? —La joven guardó silencio—. No importa, luego hablo con Jonás. Veo que Baia te llevó con Brigo. —La mujer se levantó y extendió los brazos.

    La joven dejó el paquete en manos de su abuela. Eines destrozó el envoltorio. El rostro de Aloia se ensombreció.

    —Sabes que los odio —dijo cortante.

    Eines ignoró el comentario y le extendió los libros.

    —Son una maravilla, ¿no crees?

    La joven cogió los tomos. La cubierta de uno captó su atención. El rostro de la chica que le devolvía la mirada sobre el fondo azulado y ese barco lejano le hablaba de viajes y aventuras.

    —Dioses de Antara —murmuró Aloia con lentitud.

    La chica tragó saliva. La lengua se le había enredado como tantas otras veces. «Maldita dislexia». El pensamiento se esfumó como un suspiro.

    —Es un libro fascinante —dijo la mujer con entusiasmo.

    —¿Por qué me haces esto? Sabes que no puedo leer. Creí que tú sí me entendías, que me creías.

    Aturdida por la reacción de su nieta, la mujer se le acercó. Aloia reculó un paso y salió corriendo hacia su habitación. La gata maulló.

    —Ve con ella, querida. No es bueno que esté sola. —Baia, obediente, corrió tras la chica.

    Aloia dejó caer los libros sobre la mesita de noche y se tumbó en la cama. Baia arañó la puerta con tanto ímpetu que tuvo que levantarse y abrir. La gata entró y de un salto se subió a la cama. La joven se dejó caer. Seguía enfurruñada. Le encantaba Eines. Ella no se burlaba ni la acusaba de perezosa. La había escuchado o, al menos, eso había creído. ¿Por qué le salía con esto ahora? ¿Pretendía obligarla a leer igual que su madrastra? Baia maulló. Los ojos felinos se paseaban sobre la portada del libro. Aloia lo cogió y aspiró el aroma. Estuvo tentada de abrirlo. La certeza de que no entendería ni la mitad de las palabras refrenó el impulso. Un calor repentino la obligó a meter la mano en el bolsillo del vaquero. La gema que había sacado de la tienda refulgía. La culpa le despertó una sensación desagradable en el estómago.

    —Si pudiera ser alguien distinto —dijo en voz muy baja mientras frotaba la gema con el pulgar.

    La gata dio un zarpazo. El libro se abrió como por arte de magia. Una espiral de vívidos colores surgió del camafeo. Un viento gélido sopló con fuerza. Baia saltó al regazo de la chica y en segundos ambas desaparecieron.

    Un ronroneo junto a su oreja la sobresaltó.

    —Despierta, niña —dijo una voz femenina arrastrando las eres.

    Aloia se incorporó. El olor a salitre y humedad le revolvió el estómago. Dio un vistazo. Lo que la rodeaba semejaba mucho la bodega de un barco. El vaivén le provocó un leve mareo.

    —¿Dónde estoy?

    —Estamos, querida —corrigió la voz—. Nos trajiste al libro.

    Aloia se fijó en Baia y creyó que había perdido la cabeza igual que Eines. Los gatos no hablaban. Bajó la mirada hacia el papel que sujetaba. Abrió la boca y los ojos casi se le desorbitan. Leyó la frase con fluidez. ¿Quién sería Aidun? La portezuela de la bodega se abrió. La chica se guardó el papel en la manga de la blusa. Los ojos azules que la miraban con fiereza eran los mismos del joven que la trató con desdén. ¿Por qué estaría soñando con Artai?

    La voz de la gata irrumpió en sus pensamientos:

    —Ningún sueño, niña. Nos has traído al libro y estaremos aquí durante 24 horas, así que prepárate para la aventura que nos espera.

    Las veinticuatro horas se le hicieron demasiado breves. De vuelta en la habitación, Aloia miró el libro abierto sobre el colchón junto a la gema. Fijó la vista en el primer párrafo. Tal como esperaba, descifrar las palabras le costaba horrores. Miró el grabado en el camafeo. ¿Podría quedarse con el objeto? Un par de golpes sonaron contra la puerta. Eines entró sin esperar respuesta. Tras ella, Brigo permanecía de pie con los brazos cruzados. Ambos adultos se fijaron en el objeto. El hombre se adelantó.

    —Parece que tenías razón —reconoció Eines—. Así que te has ganado dos botellas más.

    La joven los miraba sin comprender.

    —¿Qué tal la aventura? Aposté con tu abuela a que aceptarías convertirte en libroaventurera. Nadie puede leer un libro y no enamorarse de la posibilidad que implica poder viajar entre líneas.

    —Lamento haberme robado su reliquia —dijo con las mejillas encendidas.

    Eines se sentó a su lado y le dio una palmadita en el muslo.

    —Acepto tus disculpas si me cuentas la verdad. ¿Disfrutaste del pequeño viaje? O de verdad odias los libros.

    La chica negó con la cabeza.

    —Odio no poder leer como los demás. Es frustrante que se burlen todo el tiempo o que piensen que soy perezosa.

    Baia maulló y se frotó contra los pies de su dueña.

    —Es una excelente idea —dijo Eines como si hubiese entendido lo que significaba la serie de maullidos.

    —Esa gata tuya es una joya, Eines, deberías dejármela unos días —propuso Brigo.

    La gata volvió a maullar, aireada. Aloia no daba crédito. ¿Se habrían vuelto locos los dos? Quizá había algún virus en el ambiente y por eso alucinaban. Aunque, visto lo visto, ella entraba en ese grupo también.

    —Sigo aquí, por si se os había olvidado. —Su abuela se echó a reír.

    —No nos hemos olvidado de ti, cariño.

    —Tienes que enseñarla a hablar con los gatos, va a resultarle muy útil si acepta.

    —¿Aceptar el qué? —La joven los miraba con las cejas muy juntas.

    —Baia ha propuesto que te dejemos la gema para que puedas viajar al interior de las historias —respondió el hombre.

    —Y que te busquemos los libros en digital para que puedas escucharlos. Así podrías disfrutarlos. Cuando mejore tu animadversión podremos comenzar a practicar la lectura.

    Aloia se estremeció de anticipación. ¿Podría tener la posibilidad de recrearse con los libros? Los labios se le curvaron en una amplia sonrisa.

    —Acepto —dijo y cogió el libro abierto—. ¿Podemos empezar con este? Quiero saber qué pasa con Aidun, Antara y el libro de los vínculos.

    —Por supuesto que sí, cariño. Además, la segunda parte es todavía mejor.

    —Y nada como vivir la historia desde cualquiera de los demás personajes.

    —¿Eso se puede? —preguntó entusiasmada.

    Ambos cabecearon a modo de asentimiento. Los ojos de Aloia chispearon de emoción. No podía esperar para regresar al libro. La idea de poder disfrutar de tantas historias hizo que el corazón le aleteara dentro del pecho. En su mente ya imaginaba cómo serían sus próximas veinticuatro horas.

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  • CÓDICE ANCESTRAL

    CÓDICE ANCESTRAL

    Al amanecer, entre edificios altos y un cielo de nubes naranjas y lilas surcado por relámpagos, la escena se tensa en una calle desierta donde la luz y la sombra se enfrentan: una mujer de alas de ángel extendidas se yergue con firmeza, el cabello rojo azotado por el aire, vestida con un top negro, pantalones caqui y botas de combate, sosteniendo un libro antiguo mientras su espada apunta sin titubeos a un hombre arrodillado ante ella. Él, vestido de negro, inclina la cabeza en silencio, envuelto por sombras o humo oscuro que parece desintegrarlo, vulnerable y vencido. La mirada de ella es dura y decidida, y en el contraste entre el cielo tormentoso, la claridad naciente y la oscuridad que lo consume, la imagen condensa un instante sobrenatural de poder y sumisión.

    A todas las Olivias del mundo,
    porque sin vosotras
    la humanidad se habría perdido
    eones atrás.


    Olivia tomó carrerilla y cerró los ojos en cuanto apoyó el pie en la cornisa. Segundos después se arrojó al vacío. La fricción con el aire caliente cubrió sus brazos y el rostro de una fina capa de sudor. Odiaba las noches veraniegas. Era un verdadero incordio combatir la humedad soporífera mientras estaba de caza. Un solo pensamiento le bastó para extender sus alas y planear. Abrió los ojos. Varias gotas de sudor la obligaron a parpadear y maldijo bajito. Su reciente conversión la mantenía expuesta a las debilidades humanas. No veía la hora de librarse de ellas.

    Agitó las alas mientras volaba en círculos. Lo menos que necesitaba en ese momento era que se le mojasen las plumas con el sudor. Inclinó un poco la cabeza y se volvió. Atisbar de reojo la empuñadura de su espada le infundió seguridad. Fiarse solo de la sensación de la funda a su espalda no era buena idea. Lo había comprobado una noche en las peores circunstancias y no repetiría la experiencia.

    Aguzó sus sentidos. El movimiento de una sombra que no era sombra captó su atención y se lanzó en picado.

    El parpadeo luminoso evitó que se estrellase contra el poste de luz. Por fortuna pudo remontar a tiempo. Distinguió a su objetivo mientras volaba entre los edificios. Lo siguió con la mirada. Esa era otra de las ventajas de contar con nuevas habilidades. aprovechó la corriente de aire para minimizar la tensión sobre sus alas y reducir la velocidad. No le apetecía estrellarse ahora que estaba tan cerca de cumplir la misión de esa noche.

    La sombra que no era sombra giró en la esquina. Olivia resopló. No comprendía la manía de los sombrius de correr siempre hacia los callejones. Tensó el cuerpo y recogió las alas sin plegarlas por completo. El impacto de sus botas contra el pavimento fue menor de lo que esperaba. Echó a correr. No volvería a perderlo esta vez.

    Las bombillas de las farolas y edificios se apagaron. El callejón quedó sumido en una oscuridad absoluta. Olivia desenvainó la espada y avanzó con paso firme.

    —Terminemos con esto de una vez —propuso mientras escudriñaba entre las sombras—. Entrégame el códice y contarás con cierta clemencia.

    —¡Es de mi amo!

    Olivia se agachó. Un par de estrellas dentadas pasaron por encima de su cabeza; una le rozó el arco externo del ala derecha. El dolor le arrancó un gruñido.

    —Sabes bien que no le pertenece. El códice es propiedad de la hermandad.

    —¡Mientes!

    —No, no miento y lo sabes. Es tu amo quien miente —aseguró y aferró la empuñadura—. Él incumplió su juramento, traicionó a la hermandad y ahora te usa como a todas sus criaturas para obtener poder.

    —¡Mi amo no es un traidor!

    Olivia giró el torso. La punta de la espada del sombrius la alcanzó en el intercostal izquierdo. La sombra que no era sombra había adoptado forma corpórea y ella había cometido el error de parlotear con la intención de persuadirlo. ¿Cuándo aprendería? Esteban había escogido su destino; del amigo de su infancia no quedaba nada en absoluto. Más le valía aceptarlo cuanto antes o terminaría convertida en una abominación al servicio de Gabriel.

    La fetidez que percibió le advirtió sobre su posición. Enfocó su mente y sus sentidos en la caza. Percibió la respiración acelerada y cogió la empuñadura con ambas manos. Alzó la espada y detuvo el mandoble. El choque metálico de las hojas desprendió algunas chispas. El sombrius la empujó. No obstante, ella no trastabilló. Los ojos de Esteban refulgieron en la oscuridad.

    —Ya no soy la misma Olivia —murmuró.

    —Tampoco soy el mismo de antes.

    Las espadas se volvieron a encontrar. La fuerza del golpe recorrió los brazos de la cazadora. El calor se intensificó. Esteban la barrió con una patada. Olivia cayó de espaldas; sus alas sufrieron el mayor impacto. El dolor la inmovilizó durante algunos segundos. El pulso se le aceleró en cuanto se percató de que no contaba con fuerza suficiente para levantar la espada. El sombrius sonrió.

    —Mi amo estará complacido. Él adora coleccionar vuestras alas.

    Esteban alzó la espada. La cazadora desvió la mirada un segundo de la hoja hacia el demacrado rostro. Un recuerdo afloró de improviso. Ella y Esteban practicaban en el jardín de su casa.

    —Si alguno de esos tíos te aborda, aprovecha su fanfarronería.

    —No te entiendo.

    —Eres tan delicada que pensará que eres una presa fácil. Deja que lo crea y luego usas las rodillas o los talones y golpeas con fuerza aquí. —Olivia se había quedado perpleja al ver que se señalaba entre las piernas.

    El hedor de la esencia la sacó de aquel recuerdo. Percibió el hormigueo que le recorría la piel del torso y los brazos, la parálisis estaba a punto de pasar a ser historia. Se concentró en sus piernas. La orden fue precisa. Pateó con todas sus fuerzas tal como él le había enseñado. El sombrius gritó y se tambaleó. La espada que descendía directo a su corazón, perdió velocidad. Olivia aferró la empuñadura de la suya. Un quiebre de muñeca y lo desarmó.

    El ruido metálico reverberó en el callejón. Esteban cayó de rodillas. Las miradas de ambos coincidieron una fracción de segundos. Olivia rodó sobre sí a velocidad sobrenatural. A sabiendas de que el tiempo corría en su contra cogió la empuñadura de nuevo con ambas manos, alzó la espada y le imprimió toda la fuerza al mandoble. El sombrius fijó los ojos en el brillo de la hoja que descendía hacia él.

    Olivia utilizó todo su cuerpo para vencer la resistencia de la piel, los músculos y el hueso al enfrentarse a la filosa hoja. La sangre negruzca le salpicó el rostro y los brazos. La cabeza se balanceó sin llegar a desprenderse del todo. Cayó hacia adelante junto con el resto del cuerpo. Reculó un par de pasos para evitar entrar en contacto con el cadáver.

    Intentó tragar saliva. El nudo de tristeza y amargura que le obstruía la garganta se lo puso difícil. Cualquier otro en su posición estaría dichoso o por lo menos, satisfecho. Ella, en cambio, se sentía incapaz de regocijarse. Que su amigo hubiese hecho una elección consciente no lo hacía más sencillo. Hurgó con todo el respeto de que pudo disponer. Halló el tomo envuelto en un paquete de piel que Esteban llevaba sujeto a la cintura con unas correas. Se ató el paquete de la misma forma y se ocupó de eliminar los rastros. Canalizó parte de su poder a través de la espada. Con ella desintegró el cuerpo; las sales purificadoras limpiaron el callejón. Mientras trabajaba reprimió las lágrimas. Lloraría su pérdida más tarde, cuando estuviese segura de estar a solas.

    Ocultó las alas con rapidez en el instante en el que el firmamento cambió a un degradé de tonos que le daban la bienvenida al amanecer. Abandonó el callejón a pie con la extraña sensación de que, pese a sus creencias y lo que pensara la hermandad, recuperar el códice ancestral no implicaba el fin de los problemas; por el contrario, era apenas el comienzo.

  • El Houdini de la muerte

    El mar y la luz solar que incide desde la superficie e ilumina el fondo marino.
    Imagen libre de derechos tomada de Pxfuel.com

    A sus trescientos treinta y tres años Nicola Di Ángelo había muerto seiscientas sesenta y seis veces y se había librado de la molesta experiencia el doble. El Houdini de la muerte lo apodaban los pocos que conocían su secreto. Negado a incrementar el lúgubre contador, contuvo el impulso de abrir la boca y expandir los pulmones. El agua salada le escoció en las heridas. Dio un vistazo alrededor. No halló nada de qué asirse para frenar el descenso. La corriente lo envolvió en un remolino. Se obligó a permanecer tan inmóvil como la idea de ahogarse se lo permitía. «Maldita incontinencia verbal. ¿Cuándo aprenderé a mantener el pico cerrado?». El pensamiento le sirvió de distractor mientras seguía su viaje al fondo marino.

    La triste mirada de la mujer mientras pedía clemencia surgió de súbito desde lo más profundo de sus recuerdos. La rabia acicateó al justiciero que habitaba en su interior desde tiempos inmemoriales. La historia recurrente de su vida era meterse donde nadie lo había invitado. Se dobló sobre sí mismo y se desató los cordones. En segundos estaba descalzo. Las cadenas se deslizaron apenas unos centímetros. No tenía alternativa; otra vez debía escoger la fórmula más dolorosa.

    Chiribitas de un azul intenso inundaron su visión en cuanto giró el pie con fuerza y percibió el agudo dolor. Abrió la boca, aunque no emitió ningún sonido. La corriente intensificó sus sacudidas. Era consciente de que no debía permitir que la desesperación tomase las riendas; no obstante, no estaba en su momento más lúcido, así que pataleó y braceó como poseso, pese a que con cada intento se debilitaba un poco más. El recuerdo de la risa cínica del matón de Constantín le insufló el empuje que necesitaba. El dolor era demasiado persistente como para usar ambos pies; por tanto, tendría que arreglarse con uno y ambos brazos. El alivio por liberarse del lastre no le duró mucho tiempo. El movimiento que percibió por el rabillo del ojo encendió sus alertas. Lo que menos necesitaba: otro depredador dispuesto a marcar su territorio.

    Por fortuna el mar enfurecido quiso escupirlo. Durante un par de minutos alcanzó la superficie. Tomó una gran bocanada. En el intento tragó agua. La enorme ola lo arrastró de nuevo al fondo. Aprovechó la corriente para aproximarse al arrecife coralino. El tiburón abrió las fauces. Nicola esquivó la dentellada a duras penas.

    Era su día de suerte, sin duda. La tormenta amainó. Las aguas de la bahía eran más benevolentes. Al menos esta vez no moriría ahogado y eso era de agradecer. De todas las formas de morir, la que más detestaba era el ahogamiento. Deshacerse del agua en los pulmones por sí solo era un verdadero incordio. Alcanzó la orilla y se dejó arrullar por el sonido de las olas. Cuando volviese a abrir los ojos estaría listo para la revancha.


    Esta historia fue escrita para participar en el #VaderetoJunio2021 propuesto por Jose A. Sánchez, @JascNet en su blog. La premisa era inspirarse en el color azul. Espero os guste.


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